{"id":189,"date":"2017-08-03T12:09:46","date_gmt":"2017-08-03T12:09:46","guid":{"rendered":"https:\/\/radians.withemes.com\/?p=189"},"modified":"2023-05-04T21:55:03","modified_gmt":"2023-05-05T02:55:03","slug":"the-eye-of-god-himself","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.jacom.co\/revista\/2017\/08\/03\/the-eye-of-god-himself\/","title":{"rendered":"La casa es tambien paisaje"},"content":{"rendered":"<p>En Medell\u00edn se vive con los cerros al pie. Santo Domingo, El Salvador, El Picacho, Nutibara, Pan de Az\u00facar, la Asomadera y el Volador rodean o se alzan en medio de la metr\u00f3poli y su presencia es tan monumental, que ha conseguido definirnos a quienes vivimos all\u00ed; a unos nos ha convertido en exploradores que crecen buscando saciar la curiosidad por lo que hay afuera y, a otros, nos vuelve temerosos y est\u00e1ticos porque no hay atisbo de lo desconocido. La mirada de todos, eso s\u00ed, est\u00e1 acostumbrada al l\u00edmite y al encierro.<\/p>\n<p><strong><em>Por Andrea Yepes Cuartas<\/em><\/strong><\/p>\n<p>Yo crec\u00ed viendo c\u00f3mo los cerros acaparaban el panorama sin forma aparente de evitarlo. La playas o las planicies propias de la meseta eran paisajes que ven\u00edan \u00fanicamente cuando estaba de vacaciones, es decir, eran siempre temporales y estaban cargados de esa p\u00e9rdida de referentes que se experimenta al pasar una temporada en lugares que no se conocen. Cuando retornaba, claro, las monta\u00f1as volv\u00edan a cobijarme y a hacerme sentir parte de ellas. Esto hizo que se instalara algo en m\u00ed, un pensamiento que solo entend\u00ed cuando me mud\u00e9 a otra ciudad y busqu\u00e9 un apartamento con ventanas al oriente, el lugar donde est\u00e1n los cerros all\u00ed: me siento en casa cuando tengo monta\u00f1as para mirar.<\/p>\n<p>La escritora irlandesa Maggie O\u2019Farrell piensa as\u00ed del mar. \u201cHe vivido gran parte de mi vida cerca del mar: noto su fuerza de atracci\u00f3n\u2026 y su ausencia, si no lo frecuento con regularidad, si no paseo por la playa, respiro su aire y me sumerjo en el agua\u201d, dice en su libro de ensayos <em>Sigo aqu\u00ed, <\/em>donde narra todas las experiencias cercanas a la muerte que ha experimentado. Algunas de esas veces en las que ha sentido morir, la amenaza ha sido el mar profundo y a\u00fan as\u00ed lo sigue queriendo cerca.<\/p>\n<p>Estar buscando s\u00edmiles de esas estampas que nos dejan los lugares a los que hemos llamado casa nos hace seres condenados. Ella est\u00e1 condenada a mudarse siempre a las orillas de los pa\u00edses y yo a buscar ciudades o pueblos voluptuosos donde el suelo se alce bastante. La casa es tambi\u00e9n paisaje.<\/p>\n<p>Por eso ahora que hay encierro y que el mundo parece agotarse en las paredes que delimitan las habitaciones que frecuentamos, he tomado la costumbre de mirar por la ventana y de repetirme esa frase: la casa es tambi\u00e9n paisaje. S\u00ed, la casa es la puerta por la que entro, los muebles que escog\u00ed y los objetos que han puesto all\u00ed quienes me aman, pero tambi\u00e9n es todo lo que entra por la ventana: las historias que veo como si fuera un teatro en los balcones de mis vecinos de enfrente, la luz enceguecedora de las ma\u00f1anas y el reflejo de un atardecer que no alcanzo a ver del todo. El aire fr\u00edo. Y, sobre todo, esa cadeneta de monta\u00f1as que parece estar siempre tan cerca.<\/p>\n<p>En el libro <em>Qu\u00e9 es ser Antioque\u00f1o<\/em>, Pedro Adri\u00e1n Zuluaga habla de las monta\u00f1as y de su padre as\u00ed: \u201cLa visi\u00f3n del horizonte que para m\u00ed era opresora por ser siempre la misma, y por estar cortada por las monta\u00f1as del frente, a \u00e9l lo tranquilizaba\u201d. Yo soy como su padre, a m\u00ed me pone suave ver que las l\u00edneas divisorias entre el suelo y el cielo vengan voluptuosas, verdes y pronunciadas.<\/p>\n<p>Me siento resguardada por ellas. Su presencia de esfinges fieles e impasibles me abraza y me da una fortaleza transmitida por el ejemplo. Convivir con ellas me ha ense\u00f1ado a echar ra\u00edz y a mantener un lugar para asentarme, a dejar que otros habiten en m\u00ed. A derrumbarme y a hacer ruido y desastres cuando plantan en m\u00ed lo malsano e invasivo, lo que me hace da\u00f1o.<\/p>\n<p>Me tranquilizan, tambi\u00e9n, cuando las miro en la noche y est\u00e1n alumbradas; cuando, como escribi\u00f3 el editor Jos\u00e9 Ardila, \u201cse convierten en oscuras extensiones del firmamento oscuro. Una sola cosa negra repleta de puntitos luminosos, como estrellas\u201d, porque cada uno de esos destellos es alguien que me acompa\u00f1a, es la certeza de que una vez exista de nuevo el afuera, habr\u00e1n otros para juntarnos.<\/p>\n<p>Resignificar lo que puede ser una casa es quitarle la concepci\u00f3n de dureza y romper la imagen mental de las paredes y el l\u00edmite. Es encontrar en el paisaje una sensaci\u00f3n de familiaridad, de pertenencia. Cuando estamos convocados al encierro, nos queda igual la mirada y esa certeza de que cuando nos asomamos por la ventana las monta\u00f1as estar\u00e1n ah\u00ed, inagotables.<\/p>\n<p><!--\/codes_iframe--><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En Medell\u00edn se vive con los cerros al pie. 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