La casa es también paisaje

Montañas Ilustración Laura Ospina

En Medellín se vive con los cerros al pie. Santo Domingo, El Salvador, El Picacho, Nutibara, Pan de Azúcar, la Asomadera y el Volador rodean o se alzan en medio de la metrópoli y su presencia es tan monumental, que ha conseguido definirnos a quienes vivimos allí; a unos nos ha convertido en exploradores que crecen buscando saciar la curiosidad por lo que hay afuera y, a otros, nos vuelve temerosos y estáticos porque no hay atisbo de lo desconocido. La mirada de todos, eso sí, está acostumbrada al límite y al encierro.

Por Andrea Yepes Cuartas

Yo crecí viendo cómo los cerros acaparaban el panorama sin forma aparente de evitarlo. La playas o las planicies propias de la meseta eran paisajes que venían únicamente cuando estaba de vacaciones, es decir, eran siempre temporales y estaban cargados de esa pérdida de referentes que se experimenta al pasar una temporada en lugares que no se conocen. Cuando retornaba, claro, las montañas volvían a cobijarme y a hacerme sentir parte de ellas. Esto hizo que se instalara algo en mí, un pensamiento que solo entendí cuando me mudé a otra ciudad y busqué un apartamento con ventanas al oriente, el lugar donde están los cerros allí: me siento en casa cuando tengo montañas para mirar.

La escritora irlandesa Maggie O’Farrell piensa así del mar. “He vivido gran parte de mi vida cerca del mar: noto su fuerza de atracción… y su ausencia, si no lo frecuento con regularidad, si no paseo por la playa, respiro su aire y me sumerjo en el agua”, dice en su libro de ensayos Sigo aquí, donde narra todas las experiencias cercanas a la muerte que ha experimentado. Algunas de esas veces en las que ha sentido morir, la amenaza ha sido el mar profundo y aún así lo sigue queriendo cerca.

Estar buscando símiles de esas estampas que nos dejan los lugares a los que hemos llamado casa nos hace seres condenados. Ella está condenada a mudarse siempre a las orillas de los países y yo a buscar ciudades o pueblos voluptuosos donde el suelo se alce bastante. La casa es también paisaje.

Por eso ahora que hay encierro y que el mundo parece agotarse en las paredes que delimitan las habitaciones que frecuentamos, he tomado la costumbre de mirar por la ventana y de repetirme esa frase: la casa es también paisaje. Sí, la casa es la puerta por la que entro, los muebles que escogí y los objetos que han puesto allí quienes me aman, pero también es todo lo que entra por la ventana: las historias que veo como si fuera un teatro en los balcones de mis vecinos de enfrente, la luz enceguecedora de las mañanas y el reflejo de un atardecer que no alcanzo a ver del todo. El aire frío. Y, sobre todo, esa cadeneta de montañas que parece estar siempre tan cerca.

En el libro Qué es ser Antioqueño, Pedro Adrián Zuluaga habla de las montañas y de su padre así: “La visión del horizonte que para mí era opresora por ser siempre la misma, y por estar cortada por las montañas del frente, a él lo tranquilizaba”. Yo soy como su padre, a mí me pone suave ver que las líneas divisorias entre el suelo y el cielo vengan voluptuosas, verdes y pronunciadas.

Me siento resguardada por ellas. Su presencia de esfinges fieles e impasibles me abraza y me da una fortaleza transmitida por el ejemplo. Convivir con ellas me ha enseñado a echar raíz y a mantener un lugar para asentarme, a dejar que otros habiten en mí. A derrumbarme y a hacer ruido y desastres cuando plantan en mí lo malsano e invasivo, lo que me hace daño.

Me tranquilizan, también, cuando las miro en la noche y están alumbradas; cuando, como escribió el editor José Ardila, “se convierten en oscuras extensiones del firmamento oscuro. Una sola cosa negra repleta de puntitos luminosos, como estrellas”, porque cada uno de esos destellos es alguien que me acompaña, es la certeza de que una vez exista de nuevo el afuera, habrán otros para juntarnos.

Resignificar lo que puede ser una casa es quitarle la concepción de dureza y romper la imagen mental de las paredes y el límite. Es encontrar en el paisaje una sensación de familiaridad, de pertenencia. Cuando estamos convocados al encierro, nos queda igual la mirada y esa certeza de que cuando nos asomamos por la ventana las montañas estarán ahí, inagotables.

Guadalajara de Buga, un milagro por descubrir

Guadalajara de Buga

Como la notas cortas de viaje, como las de un cuaderno, de una bitácora, este es un apunte sobre Guadalajara de Buga en el Valle del Cauca.

 

Por Lizeth Morelos

Sube tres cuadras, a mano derecha voltea, de ahí sube tres cuadras más y apenas vea una ventana medio abierta, queda de ahí a dos cuadras más… Si a usted le están dando estas indicaciones quiere decir que usted ha llegado a Guadalajara de Buga, una ciudad adornada por casas antiguas que tiene historias en cada esquina y un interesante pasado por contar. Muchos la conocen porque han ido a pedirle al milagroso algún favor o han escuchado decir “voy a ir a cumplir una penitencia a Buga”; pero, ¿realmente conocemos qué hay más allá del turismo religioso? 

Guadalajara de Buga

Yo no conocía Buga y debo aceptar que la única referencia que tenía de esta ciudad era la basílica. Pero al llegar y ver este paraíso que sobrevivió a un terremoto en el año de 1977 y a una toma guerrillera en una de sus veredas por el frente 5 de las Farc me hizo sentir admiración por cada calle que cruza esta gran ciudad, escuchar cómo con orgullo reviven las anécdotas de sus fundadores, me puso a pensar que los bugueños aman cada pedacito y rincón que los representa.

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“El bobo amarrado al papayo”: sobre esta expresión cuentan que las familias adineradas de la época, para no perder su pureza y riquezas, se casaban entre ellos mismos; esto generó que los descendientes nacieran con problemas genéticos y a algunos, dicen, tocaba amarrarlos a un papayo por tener problemas de conducta agresiva. Así como esta expresión se escuchan otras como “La dirección bugueña”, que la mencionamos al inicio de este texto y  “El paseo bugueño”, conocida por aludir a reuniones donde las mujeres van por un lado y los hombres por otro. 

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Su gastronomía busca que las familias se reúnan en la mesa a compartir una deliciosa chuleta que le da la vuelta a la bandeja, acompañada de papas fritas y arroz por montó, se invita a repetir y se demuestra que donde come uno comen tres con un sabor que es representativo de Guadalajara.

Guadalajara de Buga

Tesoros escondidos como la Casa Lago El Manantial ubicada en la vereda Alaska, te hacen soñar y querer volver y permanecer en este lugar, donde Don José construyó su casa encima del agua cristalina en una estancia acompañada de silencio, recibiendo a propios y visitantes que deseen  dejarse envolver por la magia y calma que irradian así se mire de lejos.     

Esta es Guadalajara de Buga, la ciudad señora, la que sueña, la orgullosa esa que todos los días trata de ser mejor y mostrarle al mundo su majestuosidad.

 

 

 

Oliva prefiere el silencio

Oliva casas Jericó Laura Henao Ortiz Jacom

Todos los días, a las 4:30 de la mañana, a la niña Oliva la despierta la llegada del arriero que trae el ganado para que lo ordeñe su mamá. Oliva tiene dos hermanas pero ninguna responde, solo ella (ha de ser porque están casadas que ya no quieren hablar). Oliva baja corriendo las escaleras de madera hasta el piso de tierra y desde abajo oye a su mamá gritando  desde la cocina: “¡Andá despacio que te caéeeees, Olivaaaa, cagona! ¡Que te cojo las trenzas!” La niña ríe silenciosa, se sacude la tierra de las rodillas y coge fuerza para abrir las cadenas de la puerta para las bestias (diez mil veces más grande que ella, piensa).

Detrás de cinco vacas gordas, grandes y lentas, su papá se levanta el sombrero a modo de saludo y el caballo y el perro que lo acompañan parecen saludarla también. Oliva les saca la lengua. No le gustan los animales, nunca le han gustado y de grande nunca los tendrá. Son sucios, se revuelcan en cualquier lado y siempre le ensucian los vestidos. Cuando sea grande y se vaya de esa casa… Entretenida en el piso de abajo, viendo a su mamá ordeñar, por poco se olvida de que se hace tarde y el almuerzo no está. Sube las escaleras, esta vez con la velocidad que la artrosis deja, mientras recuerda todas las veces que se cayó sobre el pasillo de madera por subir corriendo. Enciende la estufa de petróleo, pone a hervir agua mientras piensa qué hacer con el poco revuelto que tiene y camina hacia el corredor de atrás, desde donde se divisan algunas montañas, plataneras y árboles frutales de los patios vecinos.

Baja la mirada: en su patio nada. Apenas un árbol seco y algunas gallinas que dice querer ÚNICAMENTE porque le ayudan a desyerbar el patio y no se suben a la casa. ¿Y la gallina que está en el patio de las bestias? Está culeca y si la deja coger de un gallo… El problema que le pone la mamá. Regresa a la cocina, pela dos plátanos, los echa a la olla, media cucharadita de sal, la echa a la olla. Sigue su camino por el pasillo color crema casi que vacío, de no ser por contadas materas con flores rosas, moradas y blancas. Su papá siempre dice que a falta de lujos, las flores son la alegría de una casa. A Oliva no le gusta casi regar las matas, menos si sus hermanas no la ayudan, pero encuentra que el lema tiene sentido y parte de su tiempo lo invierte en cuidarlas.

Regresa dos pasos para asomarse hacia el salón comedor, cerrado desde que ya no hay gente que lo use. Entre los floreros, un par de  sillones y un cuadro del corazón de Jesús, el papá se queda dormido fumando tabaco mientras la mamá hace punto de cruz sobre el vidrio cubierto de polvo. Sigue el camino. Abre las cortinas del cuarto principal para que le entre la luz del pasillo. Coronando la cama, en el centro, un retrato pintado de su padre y su madre, idénticos a los que recién había encontrado en la mesa. “¡Oliva, la comidaaa!” Se regresa a la cocina. Pela unas papas, las echa. Una ramita de cilantro, la echa. Un huevo ponchado como para una agua-sal, lo echa. A lo lejos suena un bolero, quién sabe de dónde. Apaga la estufa y se entra lo más que puede.

Prefiere el silencio. Recorre lentamente el cuarto, de nuevo. Cruza los umbrales de las puertas que se entrecruzan y hacen del cuarto principal un gran cuarto hecho de muchos, para los hijos. Oliva mira fijamente las tres camas sobrantes. “Ah, pa’ qué se casaron, ¡ahora todas estas camas son mías!” Se tumba un rato a mirar el techo. Hoy no va a abrir las ventanas, tampoco ayer, lo más probable es que tampoco mañana. Tendría que ser que tocaran su puerta con aire noble, preguntándole sobre su historia y sobre la historia de la casa. Tendría que ser que alguien quisiera descubrir cómo se ve desde adentro la única casa en Jericó que habita por fuera del tiempo. Entonces de pronto diría que sí, con permiso de los padres y sin que le tomen fotos a la cara, porque qué vergüenza que se den cuenta de que es la última habitante y que “detrás de las ventanas grandes, amarillas, resiste la más ¡más! humilde casa”.

Jaime y las rosas

Porque las noches eran largas; porque los días de las noches eran lentos.
La tierra estaba más obscura porque faltaban las estrellas en el cielo.
El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón estaba seco.

Para escuchar mientras se lee (opcional):
3 Gymnopédies (1889): No. 1: Lent et douloureux, de Erik Satie.

El centro de la imagen es un jardín sostenido por las manos. Entre los dedos, pájaros que llegan veloces a traer secretos de Las nubes, secretos que usualmente vienen en forma de agua clara y fría de la cima del mundo. En el corazón de las manos reposa un manantial, ¿es ese el manantial de donde brota la luz que alumbra mi corazón? ¿Alguno de mis órganos internos se ha muerto? El manantial se ha secado. A las flores les cuesta abrir sus puntas desde que Jaime no ha vuelto. Llegan mensajeros humanos de lugares lejanos, mensajeros citadinos sin respuesta. Hay otras manos que también las riegan: unas de hombre, otras de mujer y otras de mujer pequeña. Las cuidan, las riegan, les escuchamos hablar y jugar (a veces), del otro lado, del piso de arriba, pero ya no entre nosotras y no demoran mucho acá abajo, pues las puertas del primer piso mantienen cerradas desde que Jaime no está.

Las rosas, sedientas de rocío, inclinan sus largos cuellos para beber del manantial de azulejos que no hace más que suspirar aire seco. Las veo retraerse en un movimiento preciso y lento: hacen complot entre ellas, se enredan y tiemblan. Si acallo las conversaciones cercanas (la hija de Jaime habla de un hospital en Medellín, mientras acerca a su hija con los brazos), puedo escuchar su murmullo titilante. Cada flor tiene una voz propia y en cada voz intuyo un lamento que, aunque diminuto acorde a su tamaño, se acrecienta al hacerse conjunto, al nacer en cada una de las ramas y las hojas y las flores y las plantas que han visto crecer a Jaime y que han crecido gracias a las manos del mismo. Las plantas rastreras de hoja pequeña, por ágiles y silenciosas, han sido asignadas para la honorable tarea de alcanzar a las flores de arriba, colgadas en capachos sobre el corredor de madera.

Cuando las habitaciones quedan vacías de esperar y recién han llegado noticias de pasos nuevos, el viento ayuda a que las hojas puedan preguntarle a las flores si lograron escuchar qué se ha sabido de Jaime, de la humanidad de Jaime o más importante todavía, de las manos de Jaime, conectadas (según noticias viejas) a horribles maquinarias de cables eléctricos y pulsos de sonidos extraños. Las flores se ocultan, derraman sobre el jardín de abajo algunos pétalos, se contraen y se abren para responder: aún nada. Al rosado que las enciende le asoman algunas manchas más claras y cuentan que aparentemente no tiene que ver con las manos, sino con la cabeza. A Jaime le duele el estambre y por eso no puede volver. Al parecer una enfermedad del estigma que aún no logran nombrar, alguna plaga de mosca blanca que le absorbe la vida o alguna oruga que sale por las noches para comerse sus pocos pétalos. La enredadera se retrae lentamente, se despide con un Entiendo y pasa la información a sus hojas más bajas y pequeñas, hasta que puede llegar al primer piso, propagándose por el jardín. Las rosas son las primeras en derramar su rocío. Los listones se hacen curva hasta rozar casi los adoquines. Las Gloria de la mañana se achiquitan y se cierran, aun cuando es de día y el sol brilla sobre ellas. Al pasar los días, las flores —sin embargo— esperan. Atraen mariposas, grillos, abejas, cucarrones, moscas y casi cualquier cosa que sirva de sorpresa a Jaime para cuando vuelva. El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón de la casa permanece seco, se niega a derramar una gota hasta que éste regrese. Los pájaros siguen filtrándose entre los dedos —de una mano que se cierra cada vez más y de a poco—  procurando traer algunas gotas de lluvia desde Las nubes, no vaya ser que el jardín se seque sin ver a Jaime una última vez.

Le dirán de Cuba

El espacio entre lo que se espera de un lugar desconocido y lo que realmente existe es enorme. Acá un paralelo de lo que se piensa que es Cuba y su realidad apretada, asombrosa y tan distinta a todo lo demás.

Por Andrea Uribe Yepes
Fotografrías: Santiago Vélez

Le van a decir que está detenida en el tiempo y que esto se va a hacer palpable en las paredes de los edificios que se debaten entre el desgaste y la suciedad, en los muebles de madera golpeada, carcomida y nunca restaurada que se ven a través de las puertas casi siempre abiertas de las casas, en los vidrios de las vitrinas que tienen una tonalidad mate propia de algo que ha recibido mucho polvo y que, en igual proporción, se ha limpiado y en ese roce ha perdido el brillo. Le van a asegurar que va a ver ese otro tiempo en los carros parqueados frente al Hotel Inglaterra en La Habana Vieja y se va a escuchar en el bus que rechina. Recordará el sonido de las cosas que crujen porque ya han sobrevivido demasiado tiempo, recordará todo lo viejo que ha visto en su vida y pensará que lo va a encontrar ahí.

También le trazarán un recorrido: La Habana, Cienfuegos, Trinidad, Varadero y, si hay tiempo, mucho tiempo, Santiago de Cuba. La Habana será precioso, Cienfuegos estará bien, Trinidad será complaciente y luego sabrá que pudo haber no ido a Varadero, que allí solamente hay hoteles repletos de personas que compran paquetes turísticos todo incluido, hasta el hastío. Querrá más días en La Habana porque sentirá que le faltó ver cosas pero nunca sabrá si será cierto, porque lo más seguro es que nunca vuelva.

Le harán un menú.
El impuesto por Ernest Hemingway: un mojito en La Bodeguita del medio y un daikiri en La Floridita.
Le harán otro menú.
El impuesto por los cubanos: moros y cristianos (frijoles negros y arroz blanco), ropa vieja, cerdo.

Se decepcionará. Pensará que en cada esquina habrá agrupaciones tocando son cubano o salsa pero no será cierto. Verá que para conmoverse, para escuchar algo que diga así: “El cariño que te tengo, no te lo puedo negar” tendrá que rebuscar algún bar o restaurante con música en vivo y no será fácil. Sobre todo, si va en una época en la cual la Fábrica de Arte de Cubano no esté funcionando. En el único lugar donde no habrá problema encontrando la fiesta es en Trinidad, porque a las 11 de la noche verá a todos los que visten más ligero caminar hacia unas callecitas empinadas que desembocan en una cueva convertida en discoteca. Allí tampoco sonará música cubana porque la sobreponen el reggaetón, los one hit wonders y hasta la importada guaracha.

No le van a decir que hay gatos y perros sin dueño en todas las calles que recorra. Más en La Habana. No sabrá de dónde sacan la comida, ni el agua para beber, ni si algún día alguien les atenderá los males que se les nota –a algunos– en la piel. Pero sí verá a los gatos trepar las rejas con sus patas y colas de ninja y a los perros dormir a cualquier hora y pasear con lentitud en busca del sol.

No le van a decir que el lugar que se quedará más pegado en su memoria será la Universidad de La Habana, una asamblea de edificios estilo neoclásico de colores pastel rosa, amarillo y naranja. Entrará rápido por una puerta chiquitita con temor a que alguien le diga que no puede ingresar, pero nadie lo va a detener. Recorrerá los edificios, encontrará similitudes entre los programas de aquí y de allá –las mismas materias de derecho, por ejemplo– y terminará el recorrido viendo una esfinge de Alma Máter seguida de unas de escaleras largas altísimas que acogieron siempre la revolución.

Verá:
La fila del pan.
La fila para comprar las tarjetas de internet.
La fila de la carnicería.
La fila para comprar una helado en Coppelia.
La fila en la farmacia.
La fila para comprar merengues caseros en la calle.

Notará, en cualquier contacto que tenga con cubanos, que gozan de una dignidad distinta: entre lo dulce y lo altivo, pero siempre segura. No le dirán tampoco, que serán amables y a veces no entenderá por qué. Porque no pidieron nada, pero lo acompañaron hasta el lugar a donde iba, le contaron historias y le explicaron el camino de regreso.

 

Foto: Santiago Vélez.

 

Únicamente una vez se adentre los suficiente en la Habana Vieja observará esas partes que sí están restauradas, pero solo para el turista, pues es allí donde están los museos de arte de arte mural, del cacao, de cerámica (varios), donde están las galerías, las tiendas especializadas en habanos, en abanicos, en ron Havana Club. Al lado de todo esto, en lo que parece ser un parqueadero, verá una feria de libros, discos y chécheres. Verá las primeras ediciones de clásicos cubanos como Paradiso de José Lezama Lima o El reino de este mundo de Alejo Carpentier. Comprará estampillas, pines soviéticos, un libro escrito por Fidel Castro sobre uno de los procesos de paz fallidos en Colombia, un disco que le encargaron de Bola de Nieve.

A pesar de no disfrutar mucho su estancia en Varadero sabrá que será difícil encontrar una playa más bella. Se sorprenderá con esos pedazos donde el mar se queda un poco atrás y la arena le hace fuerza a las olas y forman una pequeña bahía a la inversa. Le parecerá que nunca vió tanto mar y que allí conoció azules nuevos para su colección cromática. Cuando esté en Varadero tratará de buscar similitudes con la playa de Santa María que visitó en La Habana días antes, y entre los colores, la amplitud y la compañía se le caerá el estigma que tenía antes: que todas las playas son iguales.

Contará los atardeceres que puede ver completos. Desde que la luz del sol –que ya no calienta– es tan intensa que no deja verse sin gafas oscuras, hasta cuando ya solo hay un semicírculo, hasta que el mar o lo que sea que vea al fondo se traga el último rayo de luz.

Atardecer número 1: Cienfuegos. Sentados en la terraza del Palacio de Valle. En la mesa había mojitos. Se quedó hasta el final.
Atardecer número 2: Trinidad. Se separó del grupo y le tocó treparse a un muro para verlo. En el cielo había tonos rosados.
Atardecer número 3: lo olvidará.

Olvidará otras cosas también. El olor de las calles, casi todo lo que pasó en los días que no estuvieron soleados, cuál fue el mejor mojito y la peor comida. Pero cuando le pregunten, porque le van a preguntar, si quiere volver algún día, su respuesta saldrá balbuceada. Porque dirá que no, que ya estuvo, que ya lo conoció, pero vendrán los recuerdos, las imágenes que sí se fijaron en la memoria y sentirá una nostalgia chiquita y de ahí vendrá la duda.

Foto: Santiago Vélez.

Miriam, hacedora de ventanas

Miriam. Pregúntaselo a las flores. Laura Henao. Jacom.

Desde que empezó mi inquietud por usar las manos, tengo una colección de casas que no son mías. Cada jueves a las dos salgo para encontrarlas y entre más coloridas mejor, me siento capaz de conseguir hilos de todos los colores con tal de reproducir fielmente los paisajes. Desde que salimos de Pamplona no hago otra cosa que trazar caminos —de tela, de lana, de resina, de papel— que me lleven de regreso al hogar de mi infancia. Quinientos metros cuadrados. 500 m. Todavía me va a tomar un tiempo repasar la estructura original y replicarla junto a estas otras casas que me ha dado el camino. Ahorita mismo estoy recolectando ventanas. Ya recorté la madera que me va a servir de tablero guía e incluso armé la retícula de hilos iniciales. Ya tomé las fotos de mis ventanas favoritas, ya escogí la combinación de colores y adiviné el trazado de las formas; pero cada vez que intento empezar, la mente se me va 676 metros más arriba, se pierde en la espesura del paisaje, en la blancura de las casas, en los tejados de ladrillo asomándose entre la neblina, y hasta alcanzo a sentir el frío de mis mejores días. Cuando las nubes se dispersan logro divisar a mis hermanos jugando a lo lejos en la finca, con los cachetes rojos y las botas sucias, con las manos heladas agarrando ramas y mostrando los escasos dientes detrás de la sonrisa. Para quien no acostumbre dejar el corazón en un solo sitio es fácil pensar que todas las montañas tienen el mismo verde y que todos los pueblos se parecen, pero en el mapa de mi corazón y mi memoria podría trazar cada curva, cada piedra de cada calle, cada árbol asomado por un patio antiguo, cada aroma proveniente de Pamplona. Hace días, sentada en el comedor, miraba hacia este pueblo que no es mío (aunque me guste) y pensaba en mi condición de pasajera lejos de sus campos. 

Apenas si pude concretar un par de palabras en el pensamiento cuando me vi interrumpida por el calor y suavidad de Coco, mi gata, paseando entre mis piernas. Pensé en mi obsesión por fijar las estructuras de los sitios y en cómo ninguno me hace sentir del todo en casa. ¿Y si en lugar de trazar marcos de puertas y ventanas, trazara paisajes de pelo y garras? ¿Si en lugar de bordar una pared, insinuara la huella de una pata, una colita? Quizás el hogar no tiene que ver necesariamente con un lugar sino que es algo más lo que permite que habitar encaje. La memoria del corazón también puede trasladarse con todo y su pasado a donde se le disponga. Al menos por ahora, mientras Coco se pasee entre mis cosas, tengo la sensación de que en Jericó vamos a estar muy bien.

Texto y fotografías: Laura Henao. 

Las dos casas

Elia. Fotografía Laura Henao. Jacom.

A Jericó se lo está tragando la tierra. Las casas, de puras tristes al ver que los de siempre ya no están, se niegan a resistir el paso del tiempo y cada vez son más los lotes vacíos, invadidos por escombros y un pantano que se extiende hasta las calles. Mi jardín era el jardín más lindo de Antioquia y de tanto polvo que entra de la calle las flores hicieron huelga y se rehúsan a salir. ¿Sí ve ese plástico blanco que rodea la cocina? Esa cocina no es ni cocina, es en esencia un corredor de madera donde corría dichosa cuando era niña, bordeando con mi visión las montañas del fondo. A los ocho años no hay forma de trazar un límite entre una misma y lo otro, ahora camino por mi propia casa y a la mitad la encuentro intrusa, interponiéndose entre mi memoria y el mundo. Donde antes había una mata ahora hay un balde con pintura. Donde antes mamá colgaba fotos y porcelanas ahora hay un remedo de pared y una escalera a la espera. Atrévase a salir a la calle, en todas partes es lo mismo: Jericó tambaleando ante la ausencia de los suyos y abriendo baches (que después llenan con cemento) ante la presencia de los que quieren “innovarse”. Mi esposo tiene la misma tienda desde hace quién sabe cuánto y ese cerro de poncho que crece junto a la puerta es mi papá, el mismo que compró esta casa en el ‘79. Si me recuerdo en esa época… Si me recuerdo de niña paseando por la casa, mi figura se destraza y se pierde al cruzar la parte nueva. Si la memoria se edifica junto a los recuerdos más grandes, en esta casa he vivido mi mejor vida y por eso me contiene toda. A veces cuando me nostalgio me da por contarle a mi hija. Ella está muy contenta con el cambio, le gusta la nueva casa, piensa que es moderna y bonita. Yo pienso en el corredor de madera, en la vista, en mis flores. Le digo que donde antes era el corredor por lo menos deje una ventana que me sugiera el viejo paisaje. Y dizque sí, van a poner la ventana, pero no sé… El mundo avanza sin parar y me toca decirle a los recuerdos que sigan creciendo, pero hacia adentro. A esta casa que soy no la tumba nadie. Fíjese usted en ese brote de orégano en el patio, él es el único sobreviviente. Como él, yo también me resisto al olvido. Aquí sigo.

Fotografías y texto: Laura Henao.

Jericó tuvo su primer Hay Festival

Por Paula Carolina Sánchez

El viernes 25 de enero llegó el día que había generado tanta expectativa entre muchos jericoanos durante toda la semana. En el parque principal del municipio se aglomeraron 750 personas, visitantes y locales, para presenciar la proyección de Jericó, el vuelo infinito de los días, y escuchar a su directora Catalina Mesa conversar con algunas de sus protagonistas, que constituían el evento inaugural del Hay Festival Jericó, que por primera vez se realizaba en el pueblo.

La expectativa no era para menos. La ocupación hotelera estaba al máximo desde varios días antes, los restaurantes y cafés contrataron personal extra para atender a todos los visitantes y las personas del pueblo veían como se levantaban en el parque una gran tarima y dos bibliotecas móviles de Comfama que tuvieron todo el fin de semana actividades y lecturas para los más pequeños del municipio. Todos hablaban del Hay Festival.

Y es que este evento a nivel mundial, que nació en Gales con el interés de encontrar en un mismo espacio literatos, músicos, cineastas y diferentes personalidades del mundo académico, ya se expandió a países como  México, Italia, Brasil, España, Perú y Colombia. En nuestro país se realiza actualmente en Medellín, en Cartagena de Indias y, este año por primera vez, en el municipio de Jericó apoyado principalmente por Comfama.

LLegado el día, la acogida no decepcionó. Durante todo el fin de semana 4.100 asistentes acudieron a las charlas que tuvieron lugar en el Teatro Santamaría y en el Museo Municipal MAJA, que agotaron su boletería días antes del evento, y por supuesto tuvieron lleno total y hasta personas afuera de los auditorios buscando poder comprar alguna entrada para escuchar a Carlos Magdalena, reconocido bótanico del Kew Garden, hablando sobre su libro El Mesías de las plantas que narra sus experiencias recorriendo el mundo en busca de plantas olvidadas a punto de la extinción; a Juan Gabriel Vásquez conversando sobre la importancia de la ficción, especialmente el cuento, en la recuperación de nuestra historia como país a propósito de su libro Canciones para el incendio; o a Pilar Quintana y Santiago Gamboa que le contaron a su público cómo enfrentarse a la hoja en blanco a la hora de escribir.

El sábado compartieron con los asistentes otros invitados como Héctor Abad Faciolince contando cuáles fueron los libros que lo marcaron como literato, el portugués Jerónimo Pizarro quien conversó con Luisa Restrepo sobre todo el proceso de un libro hasta su producto final, y Vlado quién con Pascual Gaviria comentaron acerca de Cuando la realidad supera a la sátira y al humor.  

Durante la jornada se realizaron además varios talleres y conversatorios dirigidos exclusivamente al público escolar del municipio de Jericó.

Finalmente fue el grupo Puerto Candelaria el encargado de reunir 2.600 personas en el parque principal, a quienes les brindaron un espectáculo musical durante dos horas que cerró el día satisfactoriamente.   

El domingo, en una jornada de medio día, los asistentes escucharon en el Museo Municipal MAJA hablar sobre Aquellos años del Boom, el grupo de amigos que lo cambiaron todo al periodista español Xavi Ayén en conversación con Juan Diego Mejía, y La voz de las mujeres en el periodismo a cargo de las periodistas Sabrina Duque y Paula Jaramillo.

Mientras tanto, en el Teatro Santamaría, la poesía abría el día con Horacio Benavides en conversación con Lucía Donadío quienes conversaron sobre la importancia de este género literario, seguido de una conversación entre la chilena Alejandra Costamagna quien habló con Mónica Quintero sobre su libro El sistema del tacto, que evoca historias de desarraigo, y finalmente cerró este Hay Festival Jericó Jorge Orlando Melo, que con sus Historias Mínimas de Colombia, libro ya considerado un texto biográfico de nuestra historia, le habló a los asistentes en compañía de Saúl Álvarez sobre los hallazgos encontrados en él.

Días después aún se comenta sobre lo que fue esta primera versión del Hay Festival Jericó, los buenos números que generó para el comercio sobretodo hotelero y gastronómico, y la importancia de seguir fomentando en un municipio históricamente marcado por la cultura, la literatura y las artes, la presencia de este tipo de eventos. Mientras se viene la espera por la ya anunciada segunda versión del Hay Festival Jericó para 2020, Jericó vuelve, poco a poco y como bien lo ha recordado Carolina Mesa, al vuelo infinito de sus días.

¿Cómo recibieron los jericoanos el Hay Festival ?

 

Páramo del Sol, un recorrido por las altas montañas

Frailejón Páramo del Sol Urrao Antioquia

Ricardo Castro Cano

Esta es una galería que muestra un recorrido por uno de los más bellos e importantes ecosistemas del suroeste antioqueño. Se trata del Páramo del Sol que está ubicado sobre la Cordillera Occidental entre los municipios de Urrao, Caicedo, Abriaquí y Frontino en Antioquia. Es considerado una de las estrellas hidrográficas más importantes de la Cordillera Occidental en el abastecimiento de agua de los departamentos de Antioquia y Chocó, puesto que allí nacen algunos de los afluentes del los ríos Atrato, Sucio y Cauca. 

Por eso, hemos elaborado una muestra fotográfica de las especies de aves y plantas más importantes que habitan este lugar con la ayuda de Juan Luis Parra y Fernando Alzate Guarín, docentes e investigadores del Instituto de Biología de la Universidad de Antioquia y especialistas en avifauna y plantas de páramo.

 

Urrao, un paraíso de Antioquia

Río Penderisco Urrao

Entrevista a Érika Durango, una valiosa emprendedora y empresaria que le apuesta a la provincia como punto de desarrollo turístico.

 

F: Cuéntanos sobre Urrao y su importancia tanto a nivel departamental como Nacional.

E: Es uno de los municipios con más variedades de cultivos, desde el café hasta la granadilla, tomate, fríjol, y gulupa de exportación. Está rodeado de 5 páramos por lo tanto es uno de los municipios con más agua en el mundo. También hace parte del Chocó biográfico, llamado así porque es uno de los lugares donde más cae lluvia, por lo tanto, es un municipio con gran cantidad de endemismos tanto en flora como en fauna. Por esta misma razón existen gran variedad de orquídeas teniendo así el Parque Nacional Natural de las Orquídeas que está ubicado en la zona noroccidente. Fue uno de los municipios víctimas de la violencia armada por diferentes grupos ilegales por su ubicación en una zona estratégica, por su tamaño y por sus límites ya que se puede llegar a varias ciudades principales de la región.

Además de ello, tiene un registro histórico muy importante ya que fue un municipio donde se luchó contra la colonización de los españoles en su llegada a Colombia, dando lugar a enfrentamientos entre caciques y colonos. Referente a esto se celebran las fiestas tradicionales del municipio para hacer memoria a ese registro histórico.

 

F: ¿Qué atracciones turísticas encuentra un visitante en Urrao?

E: Un turista puede disfrutar de un clima húmedo tropical visitando lugares como finca hoteles de descanso en familia, zonas de pesca y disfrute de paisajes hermosos. Además los amantes de las aves pueden disfrutar de La Reserva Natural Colibrí del Sol donde encuentran alrededor de ocho diferentes especies de colibríes y otras aves como el Tororoi de Urrao.

En las zonas de Páramo se puede hacer montañismo, acampar y disfrutar de imponentes paisajes. También se pueden visitar fincas agroturísticas para tener un mayor conocimiento sobre los cultivos de la zona, en especial el aguacate, ya que Urrao es el principal exportador del país con los mayores cultivos.

 

F: Háblanos sobre la fama de Urrao como el municipio con la mejor taza de Café de Colombia.

E: La señora Carmen es una cultivadora de café de la vereda San Carlos, ella junto con su familia tienen sus sembrados de café y en el año 2014 se ganaron la mejor taza de café de Colombia en la taza de la excelencia. Por tal razón Urrao es considerado uno de los municipios de Colombia con una excelente taza de café. Su desempeño como mejor taza de café es gracias al proceso que tienen de recolección del café, ya que solo recolectan grano maduro y lo fermentan en agua; además otro de los beneficios es la altura de la zona, por lo tanto, este conjunto de cosas hace que su café sea de los mejores del país, denominado café Chiroso.

 

F: Urrao tiene una de las montañas que alcanza la mayor altura en el departamento de Antioquia. Cuéntanos sobre su Importancia.

E: En el municipio se encuentra El Páramo del Sol que tiene una altura de 4.080msnm, siendo esta la mayor altura de Antioquia, justo donde termina la Cordillera Occidental, dando paso a la planicie chocoana. Es uno de los complejos paramunos más extensos de Colombia y en mayor estado de conservación; allí se pueden encontrar especies endémicas como Puya Anqioquensis (piñuela), Speletia Frontinoensis conocidos comúnmente como frailejón, esta especie crece de 3 a 5 centímetros por año y encontramos allí ejemplares hasta de 4 metros de altura, siendo ésta una de las especies más importantes para captación de agua y de vital importancia para estos ecosistemas, ya que es de las únicas especies que pueden sobrevivir a este tipo de ambientes; además existe Lephantes Paramosolensis (tipo de orquídea), éstas son plantas que solo se encuentran allí.

En esta zona también existe un corredor biológico para el oso de anteojos y cuenta con el complejo lagunar Puente largo, uno de los filtros de agua más profundos de Suramérica. Es de suma importancia para los turistas tener cuidado con el medio ambiente y proteger estas zonas de Páramo ya que son los principales captadores de CO2 y producción de agua dulce.

 

F: Usted es la persona que ha vuelto a traer un vuelo semanal a Urrao. ¿Cuándo nace esta idea y qué se puede esperar a futuro?

E: La idea de restablecer las rutas en avión de Medellín – Urrao – Medellín nace gracias al proyecto de turismo que se ha creado por medio de la empresa Viajes y Destinos Paraíso, la cual tiene un enfoque de turismo receptivo para turistas nacionales y extranjeros que quieran conocer los lugares atractivos del municipio. En años anteriores el aeropuerto estuvo activo y se hacían varios vuelos semanales por medio de la aerolínea Aces, empresa que cerró las rutas en el municipio en el año 2000 y en el año 2002 se fusionó con Avianca.

Desde entonces varias empresas privadas habían intentado posicionar de nuevo las rutas, pero no había sido posible. La agencia Viajes y Destinos Paraíso empezó con los vuelos comerciales en el mes de junio del presente año los sábados y lunes.

La respuesta de la comunidad ha sido muy satisfactoria ya que Urrao se encuentra a 5 horas de Medellín en transporte terrestre y en transporte aéreo se demora tan solo 20 minutos, ademas de que el aeropuerto Alí Piedrahita es uno de los mejores conservados de la región y se debe aprovechar para el servicio de la comunidad. Este proyecto se quiere hacer a largo plazo, posicionar el servicio y a futuro se espera tener un servicio más completo con rutas todos los días de la semana.

 

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