Los días de la ballena: resistir Medellín y nadar a contracorriente

Catalina Arroyave Los dí­as de la ballena

Catalina Arroyave siempre quiso hacer cine como guionista y directora; lo poco que la acercó su carrera cuando estudiaba Comunicación Social en la Universidad Eafit a su sueño la llevó a migrar a Argentina en donde la educación gratuita le permitiría estudiar guión y cine en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y así, por primera vez, escribió y dirigió su primer y único cortometraje hasta ahora: El truco (2010). Luego de nueve años volvió a escribir y a dirigir un proyecto cinematográfico, esta vez de proporciones tan grandes como las de una ballena azul. Detrás de su ópera prima hay años de mucho trabajo y multiplicidad de roles, pues Catalina además de haber sido productora, asistente de dirección y directora de casting en diferentes proyectos con los que nutrió su pasión y profesión, cofundó también hace nueve años junto a otros seis entusiastas Rara Colectivo Audiovisual, su casa productora y hogar cetáceo en el que ha logrado nadar en contra de corrientes que han querido limitarla a su entorno de origen, al deber ser de la clase media paisa en la que creció y a mantenerse al margen de temas y oficios que aún algunos creen ajenos a las mujeres en el cine.

Los días de la ballena narra la historia de Cristina y Simón, dos jóvenes grafiteros en Medellín que, sobre las amenazas pintadas en los muros por el combo del barrio para infundir el miedo estos dos artistas, deciden pintar una gran ballena con la firme intención de resistir y rechazar la censura y la imposición del miedo como método de control.

Como realizador audiovisual quise acercarme a Catalina para conversar y entender las otras luchas en su proceso de realización y las resistencias que hay detrás de su ópera prima como cineasta en Medellín.

Por Daniel Mateo Vallejo

 

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Fotografía: Cortesía Los días de la ballena.

En tu película hay tres momentos simbólicos que llevan al espectador al asombro de verse ante imágenes inusuales en un cine que representa a Medellín, ¿cómo crees que se ubica tu película en la tradición del cine hecho desde esta región?

Me parece que nuestra película hace parte de una tradición en muchos aspectos, sobre todo por el uso de actores naturales y por la aproximación a la calle, a querer contar unas realidades de la ciudad y no solamente de unos personajes particulares. Creo que tiene una apuesta y es que explora el terreno también de lo poético y de lo íntimo, de lo que pasa al interior de las casas, en el mundo interior de unos personajes, en unos diálogos cercanos, triviales, que lo que están haciendo también es revelando el amor —Laura Mora me dice que nuestra película sobre todo es escasa porque en Medellín poco se ha hablado del amor  entonces me parece que se inserta en esa tradición de alguna manera con elementos que la hacen común a otras, pero el elemento poético de la ballena sí que hace que al menos haya un código de lectura que lo que está proponiendo es, para mí, no contar la realidad, la verdad de una ciudad sino un punto de vista. 

Un punto de vista que además quiere que el espectador dialogue desde sus propias impresiones, que haya espacio para que no solamente veamos la realidad si no una aproximación metafórica de la realidad; creo que igual Víctor Gaviria ya había creado momentos surreales de alguna manera en sus pelis, pero Los días de la ballena lo que propone es entrar en el terreno de lo metafórico si se quiere, de lo simbólico. Nuestra película aporta una aproximación a la clase media que también ha sido bastante escasa en la cinematografía local, hemos insistido mucho en lo marginal también porque es muy doloroso, entonces creo que nuestra película tiene un querer hablar desde una voz propia y una mirada particular, eso creo.

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Fotografía: Cortesía Los días de la ballena.

Los días de la ballena al evidenciar cómo en esta ciudad estamos sometidos o acostumbrados día a día a convivir con la violencia o el crimen organizado ha sido asociada e incluso comparada con largometrajes como Matar a Jesús, de Laura Mora o Los nadie, de Juan Sebastián Mesa y Monociclo Cine, ¿crees que hay una única Medellín a representar desde el cine?

Me parece que de alguna forma la comparación es natural en la medida en que se está hablando de jóvenes en una ciudad que tiene características de violencia, pero creo que la apuesta de cada película es muy distinta, no solamente narrativa sino estéticamente, son miradas muy diferentes a Medellín. Creo, por supuesto, que no hay una única Medellín en el cine, todo lo contrario; cada vez más en el nacimiento de una pluralidad de voces mayor vamos a tener distintas ciudades retratadas y no solamente lo que se está mostrando sino cómo se está mostrando. Creo que a nosotros nos hace falta explorar los géneros, explorar también lo queer; para mí eso también es una cosa que hace falta en nuestra ciudad que apenas están haciendo por no hablar de lo que falta en términos experimentales, también hay un miedo a hacer narrativas más desestructuradas porque siento que apenas estamos empezando a contar a Medellín en el cine.

Pienso en los últimos diez años y creo que en comparación a las veces que se ha contado cualquier capital del mundo, aquí apenas estamos entendiendo cómo aproximarnos de otras maneras a contar a Medellín. Me parece también importante decir que las mismas comunidades, distintas comunidades encuentren las posibilidades financieras para contarse a sí mismas, creo que en este momento hay un esfuerzo en ese sentido, como de poner la voz, los recursos en distintas partes, que no se quede todo en un solo género, una sola clase social la que esté hablando, entonces creo que eso también es interesante y va a ser muy interesante dentro de diez años.

Si en tu película Cristina y Simón desobedecen el control e imposiciones por parte de los combos, ¿a qué se confronta o qué resiste en su cotidianidad Catalina Arroyave en Medellín?

Yo creo que mi mayor desobediencia ha sido no creer en el deber ser de una mujer de clase media de esta ciudad, a mí se me dijo mucho que no podía ir, que no podía decir, que no podía ser, y yo muy pronto decidí desobedecer a esa norma. 

También a desobedecer que hay ciertos espacios que en teoría no puedo habitar por ser quién soy, porque soy vulnerable a la violación o qué sé yo; he querido romper cada una de las burbujas que me han sido impuestas y he querido no quedarme en un lugar cómodo sino encontrarme verdaderamente con habitar la ciudad, con poder entender cómo la habitan las distintas personas que estamos en ella; he desobedecido el pensar que la calle no puede ser para mí, que la noche no puede ser para mí, que los barrios que no fueron los barrios en los que nací no pueden ser para mí y creo que en esa medida hay una desobediencia del estereotipo. 

Creo que hay un tema de la economía sexual en nuestro medio, en nuestro gremio que para mí tampoco es una posibilidad, que desobedezco en la medida en que no quiero y nunca voy a jugar nunca es una palabra exagerada pero no quisiera nunca jugar a que ser una mujer me lleve a ciertos lugares para aceptar propuestas que aparecen y formas de relacionarse con otros géneros desde ahí, entonces creo que desobedezco también en esa medida. 

Creo que finalmente mi resistencia también tiene que ver con perseguir una voz que sea mía, y eso es difícil, no aceptar las imposiciones que vengan de ningún lugar, no temerle a lo que diga el contexto próximo y tampoco a lo que pueda llegar a decir la gente que tiene “la verdad”, bien sea esto en la familia, en la ciudad, en la crítica, en el mundo del cine, no sé, creo que esa es la mayor valentía, perseguir la autenticidad.

El gremio audiovisual en Antioquia es mayoritariamente masculino ¿te impuso márgenes en la forma de trabajar, esas márgenes limitaron Los días de la ballena, o pudiste hacer la película que soñabas?

Como nuestra película nace en el contexto de Rara, y Rara ya había encontrado una lógica de trabajo que de alguna manera rompe con esa cosa vertical, patriarcal del cine, nuestro equipo por el contrario tiene una manera de entender la creación colectiva que permeó Los días de la ballena. En el rodaje había gente que se burlaba de que yo dialogara las decisiones que tomaba, o que hubiera pedido que no se gritara en el set, o que tuviera una forma menos autoritaria o no autoritaria de trabajar y eso generaba chistes. Para mí es importante entender que en el cine hay una pluralidad de voces y creo que yo tenía un equipo extraordinario, siempre lo tuve, a lo largo de la creación de la película estuve acompañada por múltiples creadores que creo que aportaron mucho a lo que finalmente hoy es nuestra película.

Hay muchos detalles que no vinieron de mí sino que vinieron de la gran creatividad de mi equipo y el gran compromiso que siempre hubo en ellos; por ejemplo, cuento la historia de que “Maca” que es la utilera de la película fue la responsable de que el mico que Simón le entrega a Cristina tenga una areta y una cresta, y a partir de eso se creó una de las escenas que a mí me parece más interesantes de la peli donde hay una intimidad de unos personajes muy imperfectos que se relacionan en el deseo, en el chiste y la burla. Otra cosa que fue muy tremenda y también vino de ella es que en unas escenas que hacen parte del final necesitábamos crear una atmósfera de tensión alta y ella propuso utilizar una sangre real, y eso logró una atmósfera muy densa que también aportó a la creación del personaje por parte de Laura Tobón, la actriz.

Hay un error en el póster, la película no es de Catalina Arroyave, es escrita y dirigida por mí, pero es de un equipo enorme, muy grande, y creo que esa comprensión tiene que ver también con tratar de abandonar la lógica de lo patriarcal, entender que hay una manera fluida y colectiva de hacer las cosas; de alguna forma es revelarse contra el machismo y contra esas estructuras que nos han impuesto lo vertical.

Catalina Arroyave Los di­as de la ballena
Fotografía: Cortesía Los días de la ballena.

¿Cómo Rara Colectivo es un acto de resistencia en Medellín?

Me parece que nuestro mayor acto de resistencia fue apostarle a lo colectivo desde siempre, o sea, entender que juntos íbamos a crear y a entender que no íbamos a apostar a tener un nombre y a que eso sobrepasara el deseo colectivo, mantenernos juntos ha sido nuestra mayor resistencia, como poder sobrepasar la cantidad de obstáculos económicos, emocionales que ha supuesto crear a Rara; abrir camino en el monte con un machete sin filo como diría nuestra amiga Rarónica ha sido, me parece a mí, como el mayor acto de Resistencia. 

También ha sido muy difícil en términos prácticos encontrar una manera real de ser siete y estar ahí, permanecer. Y reinventarnos también me parece que ha sido un acto de resistencia, de entender que no nos podíamos quedar pensando que las cosas iban a ser como lo supusimos en el primer año, ni en el segundo ni en el tercer y que cada tanto tenemos que replantearnos nuestro modelo, eso también me parece un acto de resistencia y finalmente creo que en esa medida y en seguirle apostando a esto que nos inventamos cuando mucha gente nos llamaba ingenuos ha sido una forma de decir, de resistir, de permanecer y creo que la mayor resistencia es querer hacer cine, no habernos doblegado ante la posibilidad de hacer o de que nuestra vida girara en torno a otras cosas; solamente eso, dedicarse a hacer cine ya es un acto de resistencia mayor.

¿Dónde está esa ballena y qué crees que dirá en los muros el tiempo que exista?

La ballena existe, está en Envigado, en la fachada de la Universidad de Envigado, ha pasado algo bello y es que la dueña de la casa nos ha contado que ha habido como un peregrinaje, que algunas personas han ido a conocer la ballena. Pero lo que creo es que un poco nosotros no vemos lo que nos está diciendo la calle, a veces pasamos de largo y estamos ahí frente a un lenguaje que nos está queriendo decir cosas sobre lo que pasa en las entrañas de la ciudad y a veces no lo vemos, entonces creo que hay gente que va a pasar y no va a ver nada más que una linda ballena que está pintada pero también hay gente que cuando la vea pues va a recordar una historia de amor y de desobediencia.

¿Qué viene luego de Los días de la ballena ? 

Viene seguir fortaleciendo a Rara, vamos a apostarle a terminar un documental que tiene David Correa que se llama Partes de una casa; ahora también estamos desarrollando el proyecto de Mariana Gil que se llama Siempre los leones rondaron siempre; tenemos también una coproducción de un corto que se llama La herencia y hemos estado trabajando en fortalecer nuestra casa en otros ámbitos: seguir siendo profesores, poder traer invitados a nuestra muestra de Cortos de largo alcance que se hace cada tres meses y finalmente yo también estoy escribiendo un nuevo guión que habla del despertar sexual de tres chicas en un colegio de monjas, ya tengo una primera versión, y mi mayor deseo, mi más grande deseo sería tener la forma de escribir esta nueva película, encontrar los recursos para escribirla bien, para poder vivir mientras la escribo y pues que luego podamos realizarla, eso sería muy bueno.

 

 

Miriam, hacedora de ventanas

Miriam. Pregúntaselo a las flores. Laura Henao. Jacom.

Desde que empezó mi inquietud por usar las manos, tengo una colección de casas que no son mías. Cada jueves a las dos salgo para encontrarlas y entre más coloridas mejor, me siento capaz de conseguir hilos de todos los colores con tal de reproducir fielmente los paisajes. Desde que salimos de Pamplona no hago otra cosa que trazar caminos —de tela, de lana, de resina, de papel— que me lleven de regreso al hogar de mi infancia. Quinientos metros cuadrados. 500 m. Todavía me va a tomar un tiempo repasar la estructura original y replicarla junto a estas otras casas que me ha dado el camino. Ahorita mismo estoy recolectando ventanas. Ya recorté la madera que me va a servir de tablero guía e incluso armé la retícula de hilos iniciales. Ya tomé las fotos de mis ventanas favoritas, ya escogí la combinación de colores y adiviné el trazado de las formas; pero cada vez que intento empezar, la mente se me va 676 metros más arriba, se pierde en la espesura del paisaje, en la blancura de las casas, en los tejados de ladrillo asomándose entre la neblina, y hasta alcanzo a sentir el frío de mis mejores días. Cuando las nubes se dispersan logro divisar a mis hermanos jugando a lo lejos en la finca, con los cachetes rojos y las botas sucias, con las manos heladas agarrando ramas y mostrando los escasos dientes detrás de la sonrisa. Para quien no acostumbre dejar el corazón en un solo sitio es fácil pensar que todas las montañas tienen el mismo verde y que todos los pueblos se parecen, pero en el mapa de mi corazón y mi memoria podría trazar cada curva, cada piedra de cada calle, cada árbol asomado por un patio antiguo, cada aroma proveniente de Pamplona. Hace días, sentada en el comedor, miraba hacia este pueblo que no es mío (aunque me guste) y pensaba en mi condición de pasajera lejos de sus campos. 

Apenas si pude concretar un par de palabras en el pensamiento cuando me vi interrumpida por el calor y suavidad de Coco, mi gata, paseando entre mis piernas. Pensé en mi obsesión por fijar las estructuras de los sitios y en cómo ninguno me hace sentir del todo en casa. ¿Y si en lugar de trazar marcos de puertas y ventanas, trazara paisajes de pelo y garras? ¿Si en lugar de bordar una pared, insinuara la huella de una pata, una colita? Quizás el hogar no tiene que ver necesariamente con un lugar sino que es algo más lo que permite que habitar encaje. La memoria del corazón también puede trasladarse con todo y su pasado a donde se le disponga. Al menos por ahora, mientras Coco se pasee entre mis cosas, tengo la sensación de que en Jericó vamos a estar muy bien.

Texto y fotografías: Laura Henao. 

Plantas, rocas y huesos leves en la obra de María Cecilia Botero Merino

Maria Cecilia Botero Merino. Fotografía: David Estrada Larrañeta.

La obra de la artista plástica María Cecilia Botero Merino materializa la levedad de elementos del mundo natural y nos habla de un paso por los tejidos de la vida y la muerte. Maya. Deidad que gobierna el sueño de la realidad. Ilusión del mundo y de la materia estará hasta el 26 de mayo de 2019 en el salón principal del Museo Maja de Jericó, Antioquia.

Por Laura Ospina Montoya
Fotografías: David Estrada Larrañeta

Al fondo de una gran sala de exposición de paredes rojas se ve lo que parece un papel tapiz y, en en las inmediaciones, una serie de partículas flotantes difíciles de enfocar. Desde la entrada se percibe la necesidad de ir a buscar la obra en silencio. Una vez se está cerca, hilos, plantas, ramas, rocas y huesos, pequeños todos, provocan una inmersión en el espacio que solo admite precisión en la mirada.

Esta obra se asemeja al instante de una detonación orgánica en el que cientos de pequeñas piezas quedaron suspendidas en el aire. Puede pensarse entonces en un bosque fragmentado y aéreo que aborda un ciclo vital hilado con detalle extremo. Por eso el espectador percibe necesariamente un gesto obsesivo en el acto de anudar, trazar, suspender. «Cuando estaba en mi taller y estaba haciendo las redes con las las piedras, me sorprendí que creando una estructura tan aérea, esta se convirtiera en un muro, en algo pesado. Se iba conformando la materia. Tengo la sensación de que la obra es una desmaterialización, como un estado anterior a la existencia, un antes de la materia», dice María Cecilia.

Durante diez días, esta artista preparó la sala en compañía de un equipo de seis mujeres y cuatro hombres que tejieron en la sala y fueron partícipes de la elaboración de esta gran malla. Durante más de un año, María Cecilia preparó el material con la meticulosidad de una taxónoma para guardar las plantas, las ramas, hacer más de mil ilustraciones botánicas, elegir las rocas y limpiar huesos de peces y de una zarigüeya.

Maria Cecilia Botero Merino. Fotografía: David Estrada Larrañeta.
Maria Cecilia Botero Merino y sus ayudantes. Fotografía: David Estrada Larrañeta.

«Con mi obra me gusta sorprender, sobre todo con las cosas que están en el cotidiano; vas caminando por la vida, súper rápido y de pronto el arte hace que vos digás: ay, un momentico. Parás, observás, das otra mirada. Entonces mi llamado es a que se mire el mundo desde otro lugar», concluye Maria Cecilia.

Maria Cecilia Botero Merino. Fotografía: David Estrada Larrañeta.
Maria Cecilia Botero Merino. Fotografía: David Estrada Larrañeta.

 

Día Internacional de la Mujer: una historia marcada por luchas y reivindicaciones de libertad

Día de la mujer Jacom

Hoy, 8 de marzo, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, hacemos un recorrido histórico por la consecución de sus derechos, desde la primera Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, hasta los actuales mecanismos legales de protección.

Texto por Carolina Sánchez Álvarez
Ilustraciones por Laura Ospina Montoya

Este proceso histórico, lleno de luchas y reivindicaciones en pro de la igualdad y la libertad, ha sido posible gracias a la consolidación de un movimiento social pacífico que ha venido evolucionando y creciendo conforme la sociedad se va haciendo más consciente de estos dos preceptos inamovibles que, valga la pena decir, no son exclusivos para las mujeres.

Y como bien se evidencia en este recorrido, se han hecho esfuerzos para fortalecer los marcos legales de protección a la mujer, pero falta no solo seguir avanzando en normas que propendan su libertad, sino además en la aplicación de las ya existentes. Y tal vez es aún mayor el reto en las otras esferas como la social, política, económica y, sobretodo, cultural, en cuanto a la discriminación y la violencia contra la mujer.

A 62 años de las mujeres haber obtenido el derecho al voto en Colombia, su representación en la política sigue siendo insuficiente al ser solo el 19,7% de congresistas y el 17% en asambleas departamentales, el 18% de los concejos municipales, 12% en alcaldías y el 15% en gobernaciones, como señala la ONU en su informe El progreso de las Mujeres en Colombia 2018: transformar la economía para realizar los Derechos.

“En 1991 el promedio de mujeres electas a Senado y Cámara era 7,7% y de 20.3% en 2018 (…) en resumen, el aumento de su representación en el Congreso ha sido tan solo del 15.7%, lo que, si bien es un incremento, sigue siendo demasiado lento e insuficiente”, continúa.

Y si bien para contrarrestar este fenómeno se instauró la Ley de Cuotas, esta sigue siendo poco efectiva, y tiene, además, muchas críticas desde los movimientos de mujeres por no responder a las demandas reales que se hacen para ampliar el espectro de representación de la mujer, y entender esta como una simple “cuota política”.

En el campo de la economía, por su parte, la participación laboral de las mujeres pasó del 46% al 54% entre 2008 y 2012, y se ha estancado en este porcentaje hasta hoy. Con relación a los hombres,  la brecha supera los 20 puntos porcentuales según, cita la ONU en el mismo informe, revela el Dane en el último censo del país. Por el contrario, continúa el documento, en términos de acceso a la educación, “entre 2006 y 2017 casi se duplicó la participación de la muer, pasando de 32.8% a 58.5%5 . Para 2016, 6 de cada 10 mujeres entre los 17 y 21 años estuvo matriculada en una institución de educación superior, frente a 5 de cada 10 hombres”.

 

La violencia contra la mujer

Actualmente, una de las luchas más persistentes en el mundo es la erradicación de todo tipo de violencias contra la mujer, que, como bien explican las Naciones Unidas, son diversas y perpetradas por todo tipo de actores. Y si bien desde 1981 el Derecho de las mujeres a vivir sin violencia está consagrado en la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW), y en la Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las Mujeres este sigue siendo un problema de dimensiones globales.

En Colombia, 4.2 millones de mujeres fueron víctimas del conflicto armado Según el Registro Único de Víctimas (RUV), de las cuales 3’780.677 de ellas fueron víctimas de desplazamiento; 458.781, víctimas de feminicidios; 191.784, de amenazas; 77.100, de desaparición forzada; 47.627, de pérdida de bienes muebles o inmuebles; 40.231 son víctimas de actos terroristas, atentados, combates y hostigamientos; y, 17.350 víctimas por violencia sexual.

Sumado a esto, el 24 de noviembre de 2018, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y las Niñas, Medicina Legal presentó un informe en el cual revelaba que para la fecha se habían presentado 103.481 casos de violencia de género, entre las que se destaca la violencia perpetrada por la pareja con 35.894 casos, seguida de la violencia intrafamiliar con 33.372 casos.

 

El camino continúa: las reivindicaciones de hoy

Actualmente una de las más fuertes demandas de los grupos de mujeres es el derecho a decidir sobre su propio cuerpo y gozar integralmente de sus derechos reproductivos. En este sentido se han venido haciendo movilizaciones en el mundo para la despenalización del aborto en todos sus casos, como sucedió en Argentina durante el año pasado cuando un movimiento ciudadano muy fortalecido presionaba a al Senado para que aprobara, en un séptimo intento, la ley del aborto en este país, que finalmente no vio vía legal por una votación de 38 votos frente a 31.

Sumado a esto, han surgido iniciativas globales apoyadas en las redes sociales y en movilizaciones ciudadanas simultáneas que buscan visibilizar las problemáticas que enfrenta la mujer de hoy y concientizar a la sociedad de ellas. Este es el caso de #metoo o #niunamenos que se tomaron las redes con el fin de denunciar los abusos y acosos a los cuales han sido sometidas las mujeres por años y, normalmente, en silencio; con el propósito de seguir denunciado la violencia de género. O lo sucedido en enero de 2017 en Washington cuando medio millón de personas salieron a marchar contra los comentarios machistas del Presidente de Estados Unidos Donald Trump, acompañada de marchas que sucedieron el mismo día en otras ciudades del mundo.

Y es que hoy en el mundo cada vez tienen más fuerza los movimientos feministas que propenden por una igualdad real de género y la eliminación de todas las violencias estructurales contra la mujer; pues al contrario de lo que se pueda pensar y a pesar del avance que han tenido los derechos de la mujer, falta un largo camino por recorrer y las reivindicaciones son muchas aún.

 

 


Referencias usadas para la elaboración de este artículo

El progreso de las Mujeres en Colombia 2018: transformar la economía para realizar los Derechos. ONU Mujeres – Entidad de las Naciones Unidas para la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres. 2018. En línea:

http://www2.unwomen.org/-/media/field%20office%20colombia/documentos/publicaciones/2018/10/onu%20mujeres%20-%20libro%20progress.pdf?la=es&vs=1830

Congreso de la República

Constitución Política Colombiana

Corte Constitucional

La política de género en el Estado Colombiano: un camino de conquistas sociales. Peláez Mejía Margarita María; Rodas Rojas Luz Stella. Editorial Universidad de Antioquia, 2002.

Naciones Unidas http://www.un.org

ONU Mujeres.  Timeline. En Línea:

http://interactive.unwomen.org/multimedia/timeline/womenunite/es/index.html#/1980

 

Las manos de Manuel Mejía Vallejo

Manuel Mejía Vallejo dibujante

Andrea Uribe Yepes

El escritor antioqueño Manuel Mejía Vallejo tenía un impulso innato a hacer oficios manuales; el dibujo y la talla hicieron parte de su rutina.

Manuel Mejía Vallejo nació en Jericó, Antioquia, el 23 de abril de 1923. Las montañas de la tierra en la que creció y las imágenes de ríos brumosos que bajaban de la Cordillera Central fueron inspiración para su literatura y las guías para lo que hacían sus manos. Aunque su  quehacer artístico estuvo siempre vinculado a la escritura, su formación y su cotidianidad estuvieron encaminados a las bellas artes y las artesanías. De su origen montañero, que lucía con orgullo, se trajo la contemplación, su amor por las fincas acompañadas de buena música y mucho ron y la necesidad imperiosa de usar sus manos y volcarlas en diferentes oficios; él escogió tallar juguetes y dibujar.

Dibujo de animales. Manuel Mejía Vallejo.
Dibujo de animales. Manuel Mejía Vallejo. Archivo Biblioteca Pública Piloto. BPP-D-MMV-0231

Su familia estuvo siempre en contacto con el ejercicio artístico. Su hermana Rosana fue una reconocida ceramista que llegó a ganar varios premios de arte nacionales, su mamá tuvo acercamientos a la cerámica y a la pintura y su tía Jesusita Vallejo fue una gran pintora. Desde niño tuvo contacto con prácticas estéticas y eso hizo que luego de terminar el colegio en Medellín, en 1943 se inscribiera a la carrera de Bellas Artes para estudiar dibujo y cerámica. Con lo que no contaba era que su madre entregara la novela La tierra éramos nosotros al grupo de los Panidas encabezado por León de Greiff, que fuera publicada y que esto cambiara su camino para siempre.

Esto, sin embargo, no significó que dejara el impulso manual. En la casa que compartió con su esposa e hijos en el centro de Medellín, donde nunca faltaba la Coca Cola para el ron y el arroz para las tortolitas, llegaba algunos días un modelo que se ubicaba en el patio, que era el epicentro de la casa, y era retratado por Manuel y algunos de sus amigos como Óscar Jaramillo y Elkin Restrepo y su suegra Dora Ramírez, reconocida pintora antioqueña, cuenta su hija Valeria Mejía.

 

Estas tertulias fueron parte de sus actividades habituales al tiempo que se consagraba como uno de los escritores más importantes de la narrativa colombiana contemporánea. Los numerosos cuentos y poemas acompañaron a novelas como El día señalado con el cual ganó el premio Nadal en 1963, Aire de Tango con la cual recibió el Premio Bienal de Novela Colombiana en 1973 y La casa de las dos palmas que lo hizo merecedor del Rómulo Gallegos en 1988.

Le gustaba más dibujar que la pintura y la acuarela y apreciaba las formas simples; pensaba que lo fascinante del dibujo era el trabajo de síntesis: “quitarle a la realidad todo lo que sobra y dejar lo esencial”, recuerda su amigo Luis Fernando Macías. Su línea era cuidada y fina y tenía cierta fascinación por los desnudos de mujeres que resolvía con un pulso seguro y firme.

 

Aunque su pulsión creativa siempre estuvo más volcada a la escritura y su angustia permanente respondía más a la página en blanco que al lienzo crudo, ambas prácticas se complementaban y nutrían su imaginario. Ambos usaban la observación y la atención al detalle y ambos retrataban la realidad filtrada por una mirada leída, culta y siempre asombrada frente a la cotidianidad y la belleza.

Esta inclinación al dibujo no se inmiscuye como tema en su obra literaria, pero sí le fue útil. Hizo varias carátulas de libros con un trazo sencillo y se recuerda especialmente la portada del poemario Soledumbres; un azul brillante se interrumpe con el título y el crédito y en una esquina se asoma en trazo blanco delgado una mujer desnuda que mira una ventana.

Manuel Mejía también fue muy buen tallador. Cuando estudió Bellas Artes había tomado cursos de tallado de madera y dentro de su grupo de amigos estaban escultores como Edgar Negret, Oscar Rojas, José Horacio Betancur y Rodrigo Arenas Betancourt. Sus creaciones no tenían una pretensión tan rimbombante ni profesional como las de sus amigos, sino que se limitaban a crear juguetes en balso.

 

La única tarjeta de presentación que tuvo, regalo de Juan Luis Mejía, decía en letra mayúscula sencilla en color negro: MANUEL MEJÍA VALLEJO, INVENTOR DE JUGUETES, y estaba decorada con un dibujo de un caballo mecedor. Sobre todo era un apasionado por los mecanismos; le gustaba pensar en maneras ingeniosas de hacer que sus juguetes se movieran.

Dicen, que se sentaba sobre cualquier banco y tomaba pedazos de balso y los comenzaba a tallar con una navajita que mantenía en el bolsillo. Los diseños eran rústicos y modestos pero siempre con una idea específica detrás que hablaba de él y sus pensamientos. Muchos de los juguetes que hizo eran maromeros y doble maromeros: los amantes que al juntarse se besan, los gallos que pelean, boxeadores que se dan puños y toreros. Según su ex esposa Dora Echeverría, para él los juguetes eran una analogía a su pensamiento: “él tenía la visión que somos muñecos de Dios, que aunque tenemos la sensación de poder controlarlo todo, hay alguien que jala las cuerdas y define cada movimiento, como lo hacen las manos de alguien con los maromeros”.

Su fascinación con los juguetes no era únicamente en tallarlos; también solía coleccionarlos. Las figuras precolombinas, las cerámicas de Boyacá y pequeños jugueticos de diferentes técnicas artesanales eran un deleite para él. Dora Echeverría recuerda que cada que viajaban, una parada obligada eran las plazas y mercados para buscar juguetes artesanales y muñequitas para su curiosidad. Eran atesorados por él y jugados por sus hijos.

Aunque Manuel solía compartir con sus amigos y su familia las actividades que hacía, estas en las que utilizaba sus manos eran también una forma de meterse en sí mismo, una especie de meditación en la que se conectaba con sus orígenes campesinos a través del hacer y que hacía que su imaginación estuviese activa y dispuesta siempre a materializar.

Manuel Mejía murió un 23 de julio cuando tenía 75 años. Sus cenizas están en un árbol en Ziruma, la que fue su finca en El Retiro, Antioquia. Ojalá ese árbol permanezca en pié y si alguna vez se cae, que se haga con su madera juguetes que nos hablen de la vida y papel para retratarla.

“Escribo para un mundo simple, descomplicado”: Oliva Sossa de Jaramillo

Cada pueblo tiene quién lo escriba. Oliva Sossa de Jaramillo es una de las escritoras jericoanas más importantes con cuatro libros de poesía publicados y una extensa obra inédita. Asumió los oficios de escritora y madre con el esmero de los seres creativos.

Texto: Laura Ospina Montoya

Oliva Sossa de Jaramillo creció con la familia del médico José Domingo Gómez Moreno, en una casa de una esquina del parque de Jericó. Era de tapia, colgaban las macetas y había una habitación del «coco», un fogón de piedra y un solar para jugar.

La casa de la esquina, escribió Oliva, tenía cuatro balcones para un lado y tres para el otro desde donde ella miraba los muchachos, escuchaba las canciones de la cantina de enfrente y veía pasar «la vida provinciana». La casa tenía un patio de abajo por donde había una puerta de abajo y entraban las personas de abajo. En el patio, los niños hacían fila los domingos para que María los bañara con sus «elementos de tortura». Trece niños llenaban la casa y gastaban el tiempo contándose historias de Los hermanos Grimm, Alicia en el país de las maravillas, Barba Azul y Alibabá y los 40 ladrones. Oliva presidía estas reuniones que fueron su primer contacto con la literatura e hizo que en las noches la casa se llenara de monstruos. Había seis habitaciones amplias y se vivía el encierro del paraíso, sin muchos medios de comunicación ni alguna guerra. Por eso en esa época «el tiempo rendía» para robar golosinas y parva trenzada, espiar a las visitas, atrapar a doce oyentes pequeños con historias de espantos autóctonos, temer al ruido de los búhos, apachurrar gusanos como máxima forma de violencia y desconocer el aburrimiento.

Luego los niños de la fila empezaron a saber cuánto era un día, cuánto medía la semana; tuvieron conciencia del tiempo. Crecieron. Oliva, la mayor de todos, dejó la casa de la esquina por un amor que vino de afuera, se casó de negro, no sabía ni cocinar y es que en la casa de la esquina, María era la que se encargaba de esos oficios «rudos».

 

Una novela

Máquinas de escribir Oliva Sossa de Jaramillo
Máquinas de escribir de Oliva Sossa de Jaramillo.

Durante la década de los setenta Oliva escribió La casa de la esquina, una novela inédita todavía guardada en una caja de cartón que contiene además toda su obra y memoria escrita. Reescrita, mecanografiada, corregida en azul, húmeda, amarilla por el tiempo. Esta novela, escribió Oliva en un papel suelto, «nos devuelve a un mundo limpio, idílico, con aromas de nardos y azucenas refrescantes, amores que devuelven al alma la inconsciencia perdida entre las brumas del televisor y la magia demoledora del computador que reproduce escenas de sexo y violencia a un mundo ávido de poder y dinero».

Esta novela contiene el material en prosa más extenso que ha escrito Oliva y cuenta su infancia al lado de doce niños en esa casa, narra cómo es llegar al «temido mundo de los adultos» y cómo otra vez, en otra casa, esta vez la suya, vuelve a estar acompañada de doce niños, todos salidos de su barriga. Este relato es filigrana de la imagen literaria hecha documento histórico. En este texto, los ojos de Oliva permancen dentro develando su mundo interior, mientras que el exterior solo aparece en lo que se mira por su ventana.

Al momento de su nacimiento, en 1928, el primer carro había llegado a Jericó en mula hacía apenas cuatro años. La luz eléctrica tenía un poco más de 20 años y solo encendían los bombillos durante la noche. Después de Medellín, Jericó fue el primer municipio de Antioquia en tener luz eléctrica, lo cual sentaría un precedente importante para el crecimiento de diferentes industrias, sobre todo textiles.

En 1930 funcionaba en el parque el Club Colombia, un lugar con «derecho de admisión reservado» que solo acogía a personas de la «alta sociedad»: políticos, empresarios o intelectuales, servía como sala de recepciones y tertuliadero literario. La entrada de las mujeres allí se consideraba inmoral e impropia. Más tarde, en los bajos de este edificio funcionó el Café femenino, el cual administraba una señora «de lo más empinado» llamada Conchita Uribe. Fue el primer café que significó para la mujer jericoana un espacio de liberación en el que el clero y una sociedad profundamente conservadora dejaban de tener relieve. Fue en esta década en la que las mujeres empezaron a concurrir otros cafés, a acceder a una educación formal y a participar en la vida pública.

Tres de los seis colegios que había en Jericó mientras creció Oliva eran femeninos: Colegio de la Presentación (1906), Colegio de María (1916) y Colegio del Perpetuo Socorro (1938). Cuenta el comunicador Nelson Restrepo Restrepo que «Todos eran privados, algunos con cierto apoyo del ente municipal con auxilios y dotación. Se accedía de manera libre, en todos se pagaba matrícula y mensualidad. Unos con mayor exigencia en libros, uniformes y elementos de estudio lo que hacía que accedieran personas de familias pudientes».

 

La infancia, Antioquia y las mujeres que escriben

Oliva Sossa de Jaramillo

 

La infancia de Oliva estuvo inmersa, entonces, en una época de grandes cambios industriales, políticos y culturales del país. Por un lado, las ciudades más grandes recibieron el impacto de la modernización y de los movimientos liberales y por otro, se consolidaron importantes grupos de artistas e intelectuales. En Medellín, desde hacía algunos años, los Panidas ya habían provocado un alboroto en las letras de Antioquia con Tomás Carrasquilla, León de Greiff, Luis Tejada y otros que sumaron trece. En 1919, La Sociedad de Mejoras Públicas convocó el primer concurso de literatura femenina en el que participaron 52 mujeres y reveló los temas, los miedos, las formas, los recursos, el humor y el conocimiento de las nuevas escritoras antioqueñas en la artesanía de las historias. Tomás Carrasquilla diría de este concurso:

 

«Para la gente filistea, rancia y pacata, que ve en las letradas algo nefando y abominable, aquel concurso asumió, desde luego, caracteres de cosa escandalosa. […] Para otros, no muy cristalizados en los en los prejuicios, aquello era un avance imprudente y prematuro, hacia un adelanto que no cabe todavía en nuestra época y en nuestro ambiente. En cambio, los espíritus nuevos, fundidos en los moldes de evoluciones y progresos, vieron en la ocurrencia algo sublime y redentor. Los más entusiastas, empero, aseguraban que no llegaría a dígito el número de producciones enviadas, creyendo no pocos en que el concurso iría a declararse desierto. ¿Qué mujeres iban a escribir en Antioquia?» (Citado en Pérez, 2000).

 

En 1922 Lola González Mesa, educadora y rectora del Instituto Central de Mujeres —el actual CEFA— y más tarde de Bellas Artes, «dijo en una conferencia dictada en el paraninfo de la Universidad de Antioquia que las señoritas de clase media, “en los últimos doce años han llevado a cabo un verdadero despertar más consciente y más lleno de deberes que cumplir. Era imposible para la mujer resignarse a llevar solamente una vida de costurero y visitas, de ser una muñeca preciosa en espera de marido, y cuando éste llegara, someterse incondicionalmente a su voluntad”» (Londoño, 2003).

Oliva era una de esas mujeres que cuando se casó no sabía ni cocinar ni coser. Cuando empezó su vida «sencilla de mujer de clase media» se encontró sin saber cómo despachar al marido —mensajero del Banco cafetero y amante de la pesca— para el trabajo. El primer día no pudo prender el fogón de la hornilla que funcionaba con carbón, le dieron las ocho de la mañana, él llegó, ella corrió y se escondió avergonzada de no saber preparar un chocolate espumoso con una arepa. Luego fueron llegando los hijos a la nueva casa, uno tras otro, cada año uno: Maria Isabel, Mariaelena, Antonio José, Carlos Eduardo, Luz María, Francisco Javier, Jorge Alberto, Álvaro, Ana Sofía, Rosalba, María Eugenia y Luz Amparo. Las últimas fueron gemelas. Mientras tanto, escribía.

«Cuando menos pensaba uno estaba durmiendo y a las dos o tres de la mañana la máquina de escribir nos despertaba: “chiqui, chiqui, chiqui”, se le vino un poema. En el bolsito no le podía faltar su libreta y su lapicero. Usted estaba hablando con ella y decía: “perdoname” y sacaba la libreta para escribir alguna cosa», cuenta su hija menor, Amparo, la que la cuida y quien además guarda como recuerdo preferido el de su madre dando clases de mecanografía en casa con cinco máquinas de escribir a las que les tapaba las teclas con esparadrapo.

Oliva trabajó como tesorera municipal, secretaria del concejo municipal, secretaria académica del Inem Roblecabildo, directora de la sección literaria del periódico Ecos del Piedras y fue miembro del Centro de Historia de Jericó. Éste último fue su casa literaria durante muchos años. En la Revista Jericó, órgano del Centro, hizo sus primeras publicaciones que con los años se acumularon volviéndose uno de los repositorios más importantes de su obra.

 

Los libros

Oliva publicó su primer libro Cuando pasa la brisa. Poemas el 26 de diciembre de 1978 a sus 50 años. En ese mismo año, la Revista Jericó, presentó una lista de 82 escritores locales y solo 7 eran mujeres entre las que se encontraba Oliva: Luz Bohorquez de Raigosa, Madre Laura Montoya, Dolly Mejía, Ruth Mesa de Isaza, Fabiola Mesa Buitrago, Oliva Sossa de Jaramillo y Luz Vallejo Zuluaga. El segundo libro, Tierra quemada, lo publicó en 1981; el tercero, Vino tinto, en 1990; y el cuarto, Me contaron las estrellas, en 1995. Todos sus libros fueron producto de una formación autodidacta en el oficio de escribir que Oliva ejercía de manera incansable. «Ella era muy independiente. El liderazgo de una mujer en ese tiempo era muy escandaloso», atina a decir Amparo sobre el hecho de que su madre todo el tiempo escribiera y que en el pueblo fuera una figura visible por eso, por asumirse como escritora, como una mujer creadora. Su esposo parece no haberlo soportado; una vez le dedicó una canción que decía «para qué los libros» y se fue. Oliva quedó al cuidado de sus doce hijos y dicho evento atravesaría el resto de su obra.

En los años noventa, Oliva, Faustina Alzate, José Jairo Peláez, y Silvio Villa, todos escritores, conformaron La Peña Literaria: un grupo de lectura y discusión de textos que además tenía por objeto una publicación mensual en papel, diseñada en máquina de escribir, llamada Luna llena. Esta revista se distribuía en fotocopias, de pocas páginas, en todo el pueblo; en la editorial reflexionaba académicamente sobre el proceso creativo de la escritura y en las siguientes páginas publicaba textos de los escritores miembros e invitados y contaba con las ilustraciones de dibujantes locales como José Jairo Peláez y Alonso Santa. “Mi mamá se sentaba con un grupito, se sentaban a tertuliar, tomaban vino. Les ofrecía algo, almuerzo y tinto. Y nosotros, chiquitas, no entendíamos nada”, recuerda Amparo de estas reuniones que precedieron los más de cien números de Luna llena.

 

Oliva Sossa de Jaramillo y Silvio Villa
Izquierda: Silvio Villa; derecha: Oliva Sossa de Jaramillo. Foto: cortesía de la familia.

Oliva hacía poesía clásica. La familia, la casa, el amor, la modernización, la injusticia, la religión y su entorno inmediato fueron los temas que abordó tanto en su obra publicada como en la que permanece inédita.“Doña Oliva le hizo poemas a todo el pueblo, por encargo o por la motivación de ella”, dice Silvio Villa quien además la recuerda como una mujer que escribía todo el tiempo, imparable en su afán creativo. Él, tanto como muchas de las personas cercanas al proceso literario de Oliva, reclaman que la mayoría de su obra no esté publicada. A menudo Oliva mencionaba la dificultad que supone la publicación de un libro por la complejidad del asunto editorial y, principalmente, porque un libro, dice ella, necesita padrinos, es decir, de unos “otros” ilustrados que avalen la obra. Oliva se cansó de eso, pero siguió escribiendo y, sobre todo, leyendo. La línea: “Escribo para un mundo simple, descomplicado” es parte de un poema que se titula “Los otros”, aparece en el libro Vino tinto (1989), y contiene la esencia de su obra que está llena de asombro por las cosas que tiene justo frente a sus ojos.

 


Referencias
Pérez Sastre, Paloma. (2000). Antología de escritoras antioqueñas, 1919-1951. Medellín: Secretaría de educación y cultura.
Londoño Vega, Patricia. (2003). La vida de las antioqueñas, 1890-1940. Banco de la República. Recuperado de http://www.banrepcultural.org/revista-72.

Memoria por correspondencia | Emma Reyes

Cuando la pintora colombiana Emma Reyes nunca pensó ni quiso ser reconocida como una gran escritora, la editorial independiente Laguna Libros publicó Memoria por Correspondencia en 2012 casi diez años después de su muerte.

Este libro recoge la historia de la infancia de la artista en 23 cartas dirigidas a su amigo, el intelectual Germán Arciniegas, en las que se revela una miseria casi divertida. La falta de comida, de luz, de agua, de amor y de todo son una constante en estas cartas que funcionan como cuentos, pero que, al contrario de generar un odio por las circunstancias, propicia la creación del mundo interior, sumamente poético y fantástico filtrado por los ojos de una niña de cinco años.

A los 20 años, Emma apenas estaba aprendiendo a escribir y luego de pasar por muchas dificultades, llegó a Argentina, se convirtió en pintora, trabajó en el taller del artista mexicano y esposo de Frida Kahlo, Diego Rivera, vivió en Italia y finalmente se radicó en París con dedicación exclusiva a su arte. Sin embargo, en Colombia su obra pictórica pasó casi desapercibida y es que durante su vida se privilegió más su historia de vida que su trabajo artístico; asunto del que siempre renegó. Uno de los artistas más importantes de nuestro país, Luis Caballero escribió una vez en un libro de Ramiro Castro que recogió textos críticos sobre la obra de Emma: “Hay pintores míticos, de leyenda. De los que se habla en torno a quienes se tejen y destejen anécdotas, pero cuya pintura se ignora. Emma es uno de ellos. Su enorme personalidad impide que se vea su obra para desventura de quienes aman la pintura. La leyenda de Emma se ha elaborado a partir de su propia vida a pesar de su obra; es por eso tal vez que su obra es ignorada”.

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