Cosmos, de Andrzej Żuławski

Cosmos poster Laura Ospina

Realidad transfigurada

Por Melissa Mira Sánchez
Ilustración: Laura Ospina

Dos jóvenes están buscando hospedaje y dan con un hostal de una familia bastante excéntrica. Desde su llegada, un gorrión colgado cerca a la entrada del hostal llama la atención de Witold, uno de los jóvenes; este hecho es solo el primero de una serie de eventos peculiares que se irán sumando durante su estadía, y que parecerán estar asociados entre sí. 

De acuerdo a la intención autoral, puede decirse que el cine hace sus propias demandas respecto a la posición que supone del espectador, de allí que ver una comedia romántica o una película de acción implique un ejercicio distinto que ver un documental o una película de arte y ensayo. 

Enfrentarse a Cosmos es justamente eso, un ejercicio, que en este caso invita a considerar y reinterpretar constantemente los diferentes elementos que se van sumando a la historia, pero esto, más que una implicación termina siendo una necesidad, un inevitable deseo, como espectador, de encontrar conexiones plausibles, de darle un orden al caos. 

Cosmos screenshot

Lo cautivador de esta historia no solo reside en su singularidad, sino en el tono y el ambiente que logra crear, gracias a la conjugación de unos personajes estrafalarios e impredecibles, puestos en situaciones igualmente particulares, y su tinte marcadamente dramático que por esta vía deriva en absurdo.

Dentro de la lógica de Cosmos, estos personajes se encargan de naturalizar lo extraño, los diálogos que intercambian no siempre se corresponden sino que cada uno parece estar en su mundo, y repentinamente, opinar o actuar de manera casi errática, en especial Witold, quien toma como inspiración para la escritura de una novela los sucesos por los que atraviesa durante su estadía y el repentino apasionamiento que experimenta por Lena, la hija de los dueños.

El hilo dramático de la película está trazado por los descubrimientos de las diferentes pistas que se van develando, estas claves se acumulan y se yuxtaponen a lo largo de la trama y son constantemente evocadas por el protagonista, quien las descifra a su manera y las mezcla con sus propias fantasías tratando de construir un sentido. De esta manera, el filme se convierte en un recorrido a través de la explosión de emociones de los personajes, cuya cotidianidad se ve afectada por los hechos extraños que van ocurriendo y las alteraciones que estos provocan en el orden de la casa, una marea dramática matizada por la comicidad del absurdo.

En ocasiones la puesta en escena parece una suerte de continuo performance, sea por las interpretaciones actorales, que de forma constante hacen referencia al cine, la literatura y el arte en general, por la constante declamación de los personajes, o por la disposición de los elementos que se construye desde el montaje. 

Más allá de decodificar el juego formal y estético que propone la película, resulta enriquecedor despojarse de la convención de encontrar en el cine un reflejo de lo real, y entender el filme como un viaje que deja entrever las pasiones y pulsiones de la naturaleza humana, una construcción poética que bien podría considerarse cercana al surrealismo, y que evidencia la libertad de Żuławski para rehusarse al empleo de las narrativas tradicionales en beneficio de la transfiguración de la realidad y la interpelación al espectador.

Como en el cosmos, en medio del caos la entropía encuentra nuevas dinámicas de orden, quizá son estos fenómenos de sublime belleza los que podemos augurar ahora, en medio de una contingencia en la que parece que el futuro se desdibuja. Este impasse no sólo da lugar a la incertidumbre, también es un alto que nos invita a la búsqueda de dinámicas alternativas para relacionarnos con el presente, quizá más trascendentales y más humanas.

 

 

*Disponible en la plataforma de Mowies.

Este texto es producto de la Escuela de crítica de cine de Cinéfagos.net y Kinetoscopio.

 

¿De qué hablamos cuando hablamos del Hay?

Hay Festival Jacom La Revista

El Hay nació en el patio de un bar. Un hijo acabado de salir de la universidad, una madre que leía a Voltaire y un padre alcahueta fueron los fundadores. Hoy, el festival ha recorrido todos los continentes pero el espíritu sigue siendo el mismo: esa mezcla de mamagallismo, honestidad y profundidad que caracteriza a las mejores democracias. Y a las mejores conversaciones.

Este es un registro bastante incompleto de algunas de esas conversaciones, en el segundo Hay Festival de Jericó.

Texto: Simón Murillo Melo | Ilustraciones: Laura Ospina Montoya

 

Víctor Gaviria y Fernando Trueba

Víctor Gaviria y Fernando Trueba en Hay Festival Jericó

 

Víctor Gaviria parece un oso perezoso. Se sienta en la silla como si fuera un árbol amazónico, dejando caer la barriga sobre las piernas y sonriendo incrédulo a su audiencia. Se parece así a su maestro, el sacerdote y crítico de cine Luis Alberto Álvarez: un espectador experimentado que se prepara para ver otra película. Fernando Trueba, su interlocutor, parece un alfil a su lado. Con las piernas cruzadas en un carrizo perfecto, un ojo de vidrio mirando a la inmensidad y ese sentido del humor que los madrileños han desarrollado a punta de hijueputeces.

Es una conversación de dos establecidos directores, uno un día mayor que el otro, que todavía no se creen su éxito. Cuando eligieron Rodrigo D: no futuro, una película sobre la desesperanza, como la primera película colombiana en participar por la palma de oro en Cannes, los organizadores le dijeron a Gaviria que no le podía decir a nadie. Él se tomaba unos tragos y se lo contaba a todo el mundo. Nadie le creía, por supuesto. “¿Pero es que vos sabés qué es Cannes?”.

Sigue Gaviria: “Yo hacía poesía hasta que me lancé con mi primer corto. Mis amigos me decían: “’Qué bueno que llegó un poeta al cine colombiano’ y bueno, yo me lo creí”. Pero el poeta no es otra cosa que un compilador del sufrimiento, de la nada, de Medellín.

Gaviria volvería a Cannes para presentar la Vendedora de Rosas acompañado de sus estrellas: Giovanni Quiroz, el Zarco, y Lady Tabares. Si el espíritu del Hay es conversar, Gaviria lo ha encarnado en sus películas repletas de actores naturales: los diálogos son de ellos. Quiroz murió poco después de Cannes, como murió la mayoría del elenco de Rodrigo D: con violencia. Tabares pasaría un tiempo en la cárcel por matar a un taxista. Y Gaviria, ya un hombre adulto cuando los conoció, ha sobrevivido, por mucho, a los niños que fueron su voz.

Trueba, un director con una obra constante y actores convencionales, cambia la dirección de la conversación: “Cuando me nominaron al Óscar, estaba seguro de que no iba a ganar. Seguro. Encima, soñé que ganaba. Y se lo contaba a mi mujer y se echaba a reír. Y yo decía: es que soy un gilipollas. Mi esposa me preguntaba qué pasaba en el sueño y era que le dedicaba el Óscar a Billy Wilder, el hombre por el que me apasioné por el cine”.

“Entonces preparé un discurso del que estaba seguro nunca iba a leer. Decía que me gustaría creer en Dios para agradecérselo, pero que solo creía en Billy Wilder”. Trueba se ganó el Óscar y eso fue lo que dijo.

Este año saldrá una película suya, una adaptación de El olvido que seremos. “Hoy en día hay tantas películas de monstruos, sicópatas, serial killers. Creo que hacer una película de un hombre bueno hoy en día es casi una provocación” El hombre bueno: Héctor Abad Gómez nació en Jericó. El auditorio esta en silencio. Samuel Castro, el moderador, comenta: “Quieren que sigamos conversando o abrimos preguntas del público” y la gente grita: “¡Sigan!” Gaviria asiente lentamente, una pequeña sonrisa a punto de aflorar.

 

Dos señoras

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

Dos señoras, unos 130 años entre ellas, conversan en uno de los infinitos porches jericoanos. Parecen amigas de hace tiempo, tal vez primas, tal vez hermanas. Ya está oscuro, hay trago de por medio y un bafle diminuto: suena Silvestre, Martín Elias. Están hablando, por supuesto, de todo.

Bajo algunas estrellas que se asoman entre las nubes, van haciendo una cosa muy extraña que seguro les ha pasado muchas veces en su vida. Qué suerte del Hay que, por un ratico, lo mencionen. “Un programazo”, dice una señora con orgullo. “Ese señor estaba ahí presentando la película. Y unas imágenes que yo le digo, lo más de lindas”. Después empiezan a hablar de otra cosa, posponiendo el sueño un momentico más.

 

Davis, Wade Davis

 

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

Davis, Wade Davis, es un antropólogo, biólogo, explorador, fotógrafo, aventurero. Él se sabe todo eso y más. En frente de medio pueblo, va a presentar El sendero de la anaconda, el documental inspirado en sus devenires por el río. Cuando el presentador lo menciona, una vocecita se alza para vitorearlo. Es un héroe de muchos, sobre todo en Colombia. Para empezar es un colombiano –desde el 2018- que de verdad conoce a Colombia: la Sierra Nevada, Guainía, Vaupés, el Amazonas, el valle de Sibundoy, los llanos del Meta y la selva del Chocó. Las lejanías de las que hablaba Caro, un presidente que jamás salió de Bogotá.

Acaba de hablar ante un auditorio repleto y está empapado en sudor. Carga unas rosas de regalo y se ve, como siempre, profundamente orgulloso de ser él. Él mismo lo dice: “Lo más importante que puedes hacer es ser el arquitecto de tu propia vida. No vas a tomar las mejores decisiones, pero si te haces cargo de ellas, nunca vas a vivir amargado”.

Mantenerse en movimiento, como sea, ha sido su trabajo durante toda una vida. Tuvo pasantías con los practicantes del vudú, en Haití, y fue decisivo en preservar la identidad de los pueblos indígenas, junto a su amigo Martin Von Hildebrand. Pero nunca ha tenido un empleo estable ni lo ha querido. Sus libros son un reflejo de ese interés múltiple. Ha escrito mucho de Colombia, pero también de vaqueros, de la Primera Guerra Mundial, de Nepal, la jungla de Borneo y el Everest. El explorador se hace a punta de viajes y de mucha, mucha curiosidad.

Sus textos parten de un profundo respeto hacia los pueblos amenazados por cientos de años de saqueo. Pero él no se hace ilusiones. “Uno de mis escritores favoritos, Peter Matthiessen, decía que el que creyera poder cambiar el mundo estaba tan equivocado como era peligroso. Pero también decía que tenemos una obligación como contadores de historias de ser testigos del mundo. Eso ha sido mi salvación”

¿Cuál será su próximo viaje? Al Vichada, el único sitio de Colombia que le falta. Le digo que muy pocos colombianos han estado –para empezar– en Vichada y me sonríe con orgullo: “Lo sé”, dice.

 

Un señor y la montaña

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

El director de Comfama arranca diciendo: “Este pueblo es la síntesis de lo mejor que podemos ser los antioqueños: que significa naturaleza, que significa patrimonio. No podemos estar más enamorados de Jericó”. Se va y muestran una película de pueblos amenazados por las petroleras, las carreteras, la minería.

En el parque, un pelado greñudo canta canciones contra la minería y algunos jericoanos lo corean. En las calles, algunas casas cargan todavía el letrero: “NO A LA MINERIA” o “SÍ AL AGUA”. Jaime Ramírez, diminuto con gafas negras, cachucha de I <3 Jericó y barba de profeta, se para afuera de cada conferencia envuelto en un colorido pendón: EN COLOMBIA NO HABRÁ PAZ, MIENTRAS HAYA MEGAMINERÍA DE METALES”.

Luis Jorge Garay, marxiano de barba setentera, habla una hora sobre la neoextracción neocolonial del capitalismo tardío ante un auditorio repleto que escucha hipnotizado. Uno de sus oyentes (“lo dejó muy claro”) es Jorge Eduardo Cock, ex miembro del directorio ejecutivo del Banco Mundial, exministro de minas y ex una cantidad de cosas más, dice con voz queda: “la minería implicaría daños ambientales irreversibles”.

Un grupo de Medellín pasa repartiendo un periódico que titula: “¿Quieres vivir junto al cráter de una mina? El futuro de Jericó lo decides tú”. Incluye horóscopo antiminero y una oración a San Benito para alejar a los malos vecinos.

Me quedo en una casa campesina que hace de hotel. Las vistas son espectaculares y entre los tonos de verde surgen casas, nubes, el cielo. Pregunto dónde va a quedar la mina y alguien extiende la mano, barriendo el horizonte hasta dar con un punto invisible detrás del hotel. No puedo ver nada. Entre la montaña, las casas y el cielo, se abrirá el suelo en decenas de pedazos. Así hasta que pueda ver alguna cosa.

El postre jericoano, una receta centenaria

Portada postre jericoano Ilustración Laura Ospina Montoya

El postre jericoano o postre de frutas es uno de los dulces tradicionales y más emblemáticos de Jericó, Antioquia. Esta receta, con sus variaciones, ajustes y apropiaciones, tiene alrededor de 100 años y viene de una de las formas de aprovechar las especies frutales en los solares de las casas.

No dejar perder nada de la huerta era el móvil de las abuelas para poner en marcha la invención culinaria. Toronja, papaya madura y papaya verde, piña, coco y brevas caladas en panela componen cinco de las siete capas que en total tiene este postre, las otras dos son de arequipe y de bizcocho remojado en ron y vino.

Las horas al fuego y el licor permiten que este postre dure en la mesa un poco más de diez días sin refrigerar. Además, la elaboración es artesanal y no contiene conservantes ni aditamentos más allá de la propia fruta al fuego. El proceso de preparación toma entre diez y doce días, seis de los cuales son para desamargar la cáscara de toronja y cada dulce se demora un día entero en elaborarse. Por el tiempo y esfuerzo que toma la elaboración de esta receta quedan pocas personas en el municipio que aún la preparan.

Postre jericoano Jacom la revista
Postre jericoano. Foto: cortesía de Nancy Garcés.

Sin embargo, hace años este postre congregaba familias enteras y vecinos. «En familias de 18 hijos, hombres y mujeres aprendieron a hacer el dulce», cuenta Nancy Garcés, una de las guardianas de esta receta quien desde hace 15 años elabora y vende el Postre jericoano en La Pizzería de Jose, su negocio familiar que además en 2006 se ganó el concurso Antójate de Antioquia.

Antes, el postre se hacía para fechas especiales como día del padre o de la madre, primeras comuniones o unos grados. La abuela y bisabuela de José Bernardo Alzate son unos de los pilares de este ensamblaje frutal que devuelve a los jericoanos en el tiempo a través del sabor y, ahora, con la transmisión de esta receta por generaciones, han permitido que el postre jericoano sea un manjar para llevar a casa en cualquier momento.

 

Las casas de Inger Lise-Kristoffersen

Inger Lise-Kristoffersen Ilustración Laura Ospina

Inger Lise-Kristoffersen utiliza la ilustración como su herramienta artística y cada lugar que ha visitado como insumo para acumular recuerdos y potenciar su arte.

Por Andrea Uribe Yepes
Ilustración: Laura Ospina Montoya

Para la ilustradora nórdica Inger Lise-Kristoffersen (1949) la casa es cualquier lugar donde pueda ser creativa con su trabajo, donde su imaginación permanezca inagotable, activa. Hoy esto le sucede en su casa en Copenhague, Dinamarca –donde tiene dos habitaciones destinadas como estudio y una pequeña imprenta– pero también ha sido en Hong Kong, Colombia y Suecia. De cada lugar suele atesorar recuerdos, colores y pensamientos reales y de mentiras que más tarde –tal vez– alcanzan a ocupar sus ilustraciones, pinturas y grabados que casi siempre terminan en libros pensados para quienes disfrutan leer imágenes.

Inger ha habitado Colombia de muchas maneras. La primera vez que llegó fue cuando tenía 11 años de la mano de su tío. Él era era ingeniero y construía túneles en La Dorada y Rionegro, la trajo a vivir con él y su familia de tres primero a La Dorada y más tarde a Medellín. De esa época recuerda lo que sucedió, con quién se encontró y su vida que era, dice, alegre. Estuvo en el país de 1961 a 1965 pero no se ha ido del todo; eventualmente regresa a eventos y talleres y con la editorial bogotana Caín Press ha publicado El hombre, la mosca y la chica monstruosa (2014) y La chica en busca de su sombra (2019). Colombia es, de alguna manera y por ratos, una de sus casas.

Usted nació en Dinamarca pero muy pequeña se vino a vivir a Colombia, ¿por qué sucedió esto?

Mi madre murió de cáncer cuando yo tenía 6 meses de nacida entonces muy pequeña tuve que irme a vivir con mi abuela, luego con una hermana de mi padre y su familia de cuatro –tal vez el momento más feliz de mi infancia– pero a los 5 años tuve que regresar con mi abuela. Cuando cumplí 11 años un hermano de mi padre, que era ingeniero y no había conocido antes, en medio de una larga cena danesa y algunas cervezas me propuso una aventura: irme a vivir con él y su familia de tres a Colombia. Recuerdo haberle dicho a mis compañeros de clase que iba a viajar a América del Sur y nadie me creyó.

¿Y cómo fue llegar a La Dorada, Antioquia?, ¿qué imágenes recuerda?

Llegué a La Dorada en 1961. Era un pueblo pequeño de caminos polvorientos. Recuerdo que cuando llegué me tocaba únicamente mirar y escuchar porque no hablaba nada de español. Hacía mucho calor, tanto que la ropa de verano que tenía no me sirvió y mi tía me llevó donde una costurera para hacer 3 vestidos sin mangas. Recuerdo también que no podía andar sola por las calles ni jugar por fuera de la casa, aunque mi tío nos llevaba casi todos los días a una piscina que quedaba lejos del pueblo para refrescarnos, allí aprendí a nadar y allí también comí mis primeros tamales, muchas frutas y verduras y pescados. Todo era nuevo y sorprendente para mi. También fue bonito el proceso para aprender español en una escuela donde solo habían dos clases y una maestra.

¿Y tuvo lecciones de arte allí?

Las lecciones de arte consistían en copiar cosas que estaban ya ilustradas en un libro. Traté de pedirle al profesor que me permitiera a mí y a mis compañeros hacer dibujos libres con cosas que salieran de nuestra imaginación, pero no me entendían porque mi español era muy básico. Eso fue muy triste.

¿Cree que algunas de esas imágenes que tiene de La Dorada influyeron en su arte de alguna manera?

No, no utilicé ninguna de mis experiencias de La Dorada o Colombia hasta ahora en mi obra de arte de forma directa. Creo que sobre todo cuando estoy lejos de mi país, más escandinava soy y mi arte también. Pero tengo muchos recuerdos intactos de esa época.

Luego de Colombia se fue a vivir a Hong Kong, ¿allá sí tuvo clases de arte?

Allí viví desde 1965 hasta 1967, cuando Hong Kong era una colonia inglesa. Fui a una escuela de inglés y allí tuvimos la mejor educación de arte, allí dibujé por primera vez con modelos. En arte sacaba las mejores calificaciones y esas clases fueron de gran importancia para mí.

Usted pinta, dibuja y hace grabado, ¿hay una técnica que prefiere?

He probado toda una gama de diferentes técnicas, desde acuarela, acrílico, pintura al óleo, dibujo a tinta, dibujo a lápiz y collages, hasta impresiones gráficas. En la escuela de arte tuvimos una clase de impresión en lino que me encantó. Desafortunadamente, los editores no estaban listos para las ilustraciones de corte de lino en ese momento, incluso ahora es acuarela o dibujo lo que eligen sobre todo en libros infantiles. Si quiere hacer algo fuera de lo común, es a los pequeños editores con los que tiene que ponerse en contacto, ya que están más abiertos a nuevas ideas.

Inger Lise-Kristoffersen La niña en busca de su sombra

¿Por qué le interesó hacer libros para los más pequeños?

La razón por la que hice libros infantiles desde el principio fue que casi no había libros para adultos que debían ilustrarse aparte de los libros de aves, peces e insectos. Ahora es un poco diferente, los ilustradores han comenzado a ilustrar para adultos y la mayoría de los ilustradores también son los escritores. Creo que la razón por la que sigo trabajando con el libro infantil es que puedes usar tu imaginación de una manera más vulnerable e infantil, pero quién sabe con qué trabajaré en el futuro.

¿Cree que tiene un estilo?

Creo que no, pero cuando miro mi arte definitivamente veo que tiene una personalidad reconocible.

Inger Lise-Kristoffersen La niña en busca de su sombra

¿Cuáles artistas o ilustradores suele mirar cuando necesita alimentar sus ojos, inspirarse?

Cuando era joven solía revisar Matisse, Paul Gauguin, Picasso, David Hockney y los surrealistas. Me gustaban los collages de Max Ernst y las películas de Man Ray. Ahora me gusta mirar autores e ilustradores suecos como Elsa Beskow o finalandeses como Tove Jansson o ingleses como Oscar Wilde. Las películas mudas y a blanco y negro son una gran fuente de inspiración sobre todo para mis libros que no tienen palabras como El hombre, la mosca y la chica monstruosa y La chica en busca de su sombra.

¿Tiene un color que prefieras usar o que te obsesione?

No tengo un color favorito, es la obra de arte la que define qué color va a llevar. Pero trabajar solo con blanco y negro, para mí, es alejarse de toda fantasía y ver solo la verdad.

Inger Lise-Kristoffersen La niña en busca de su sombra

 

Día Internacional de la Mujer: una historia marcada por luchas y reivindicaciones de libertad

Día de la mujer Jacom

Hoy, 8 de marzo, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, hacemos un recorrido histórico por la consecución de sus derechos, desde la primera Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, hasta los actuales mecanismos legales de protección.

Texto por Carolina Sánchez Álvarez
Ilustraciones por Laura Ospina Montoya

Este proceso histórico, lleno de luchas y reivindicaciones en pro de la igualdad y la libertad, ha sido posible gracias a la consolidación de un movimiento social pacífico que ha venido evolucionando y creciendo conforme la sociedad se va haciendo más consciente de estos dos preceptos inamovibles que, valga la pena decir, no son exclusivos para las mujeres.

Y como bien se evidencia en este recorrido, se han hecho esfuerzos para fortalecer los marcos legales de protección a la mujer, pero falta no solo seguir avanzando en normas que propendan su libertad, sino además en la aplicación de las ya existentes. Y tal vez es aún mayor el reto en las otras esferas como la social, política, económica y, sobretodo, cultural, en cuanto a la discriminación y la violencia contra la mujer.

A 62 años de las mujeres haber obtenido el derecho al voto en Colombia, su representación en la política sigue siendo insuficiente al ser solo el 19,7% de congresistas y el 17% en asambleas departamentales, el 18% de los concejos municipales, 12% en alcaldías y el 15% en gobernaciones, como señala la ONU en su informe El progreso de las Mujeres en Colombia 2018: transformar la economía para realizar los Derechos.

“En 1991 el promedio de mujeres electas a Senado y Cámara era 7,7% y de 20.3% en 2018 (…) en resumen, el aumento de su representación en el Congreso ha sido tan solo del 15.7%, lo que, si bien es un incremento, sigue siendo demasiado lento e insuficiente”, continúa.

Y si bien para contrarrestar este fenómeno se instauró la Ley de Cuotas, esta sigue siendo poco efectiva, y tiene, además, muchas críticas desde los movimientos de mujeres por no responder a las demandas reales que se hacen para ampliar el espectro de representación de la mujer, y entender esta como una simple “cuota política”.

En el campo de la economía, por su parte, la participación laboral de las mujeres pasó del 46% al 54% entre 2008 y 2012, y se ha estancado en este porcentaje hasta hoy. Con relación a los hombres,  la brecha supera los 20 puntos porcentuales según, cita la ONU en el mismo informe, revela el Dane en el último censo del país. Por el contrario, continúa el documento, en términos de acceso a la educación, “entre 2006 y 2017 casi se duplicó la participación de la muer, pasando de 32.8% a 58.5%5 . Para 2016, 6 de cada 10 mujeres entre los 17 y 21 años estuvo matriculada en una institución de educación superior, frente a 5 de cada 10 hombres”.

 

La violencia contra la mujer

Actualmente, una de las luchas más persistentes en el mundo es la erradicación de todo tipo de violencias contra la mujer, que, como bien explican las Naciones Unidas, son diversas y perpetradas por todo tipo de actores. Y si bien desde 1981 el Derecho de las mujeres a vivir sin violencia está consagrado en la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW), y en la Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las Mujeres este sigue siendo un problema de dimensiones globales.

En Colombia, 4.2 millones de mujeres fueron víctimas del conflicto armado Según el Registro Único de Víctimas (RUV), de las cuales 3’780.677 de ellas fueron víctimas de desplazamiento; 458.781, víctimas de feminicidios; 191.784, de amenazas; 77.100, de desaparición forzada; 47.627, de pérdida de bienes muebles o inmuebles; 40.231 son víctimas de actos terroristas, atentados, combates y hostigamientos; y, 17.350 víctimas por violencia sexual.

Sumado a esto, el 24 de noviembre de 2018, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y las Niñas, Medicina Legal presentó un informe en el cual revelaba que para la fecha se habían presentado 103.481 casos de violencia de género, entre las que se destaca la violencia perpetrada por la pareja con 35.894 casos, seguida de la violencia intrafamiliar con 33.372 casos.

 

El camino continúa: las reivindicaciones de hoy

Actualmente una de las más fuertes demandas de los grupos de mujeres es el derecho a decidir sobre su propio cuerpo y gozar integralmente de sus derechos reproductivos. En este sentido se han venido haciendo movilizaciones en el mundo para la despenalización del aborto en todos sus casos, como sucedió en Argentina durante el año pasado cuando un movimiento ciudadano muy fortalecido presionaba a al Senado para que aprobara, en un séptimo intento, la ley del aborto en este país, que finalmente no vio vía legal por una votación de 38 votos frente a 31.

Sumado a esto, han surgido iniciativas globales apoyadas en las redes sociales y en movilizaciones ciudadanas simultáneas que buscan visibilizar las problemáticas que enfrenta la mujer de hoy y concientizar a la sociedad de ellas. Este es el caso de #metoo o #niunamenos que se tomaron las redes con el fin de denunciar los abusos y acosos a los cuales han sido sometidas las mujeres por años y, normalmente, en silencio; con el propósito de seguir denunciado la violencia de género. O lo sucedido en enero de 2017 en Washington cuando medio millón de personas salieron a marchar contra los comentarios machistas del Presidente de Estados Unidos Donald Trump, acompañada de marchas que sucedieron el mismo día en otras ciudades del mundo.

Y es que hoy en el mundo cada vez tienen más fuerza los movimientos feministas que propenden por una igualdad real de género y la eliminación de todas las violencias estructurales contra la mujer; pues al contrario de lo que se pueda pensar y a pesar del avance que han tenido los derechos de la mujer, falta un largo camino por recorrer y las reivindicaciones son muchas aún.

 

 


Referencias usadas para la elaboración de este artículo

El progreso de las Mujeres en Colombia 2018: transformar la economía para realizar los Derechos. ONU Mujeres – Entidad de las Naciones Unidas para la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres. 2018. En línea:

http://www2.unwomen.org/-/media/field%20office%20colombia/documentos/publicaciones/2018/10/onu%20mujeres%20-%20libro%20progress.pdf?la=es&vs=1830

Congreso de la República

Constitución Política Colombiana

Corte Constitucional

La política de género en el Estado Colombiano: un camino de conquistas sociales. Peláez Mejía Margarita María; Rodas Rojas Luz Stella. Editorial Universidad de Antioquia, 2002.

Naciones Unidas http://www.un.org

ONU Mujeres.  Timeline. En Línea:

http://interactive.unwomen.org/multimedia/timeline/womenunite/es/index.html#/1980

 

Bomarzo, una casa que congrega arte, cultura e historia

Bomarzo Jericó

Bomarzo es un centro cultural y de circulación de arte que llegó a Jericó por casualidad, pero que sin saberse era esperado por años. Este lugar espera convertirse en el epicentro del arte en el Suroeste antioqueño y salvar la historia que conservaba una casa vieja de Jericó, La Casa de la Joven.

Por Juliana Palacio
Ilustración: Laura Ospina Montoya

Bomarzo es un espacio que, apoyado en una convicción de mecenazgo, se convirtió en un refugio que busca acoger y congregar artistas que vean en un mismo lugar: un hogar, un taller y una galería. De este modo, las instalaciones se dividen en dos plantas: en la planta alta encontramos 35 salones, de los cuales unos se prestan para ser dormitorios de los artistas y otros, sus talleres.  Ellos no deben pagar por hacer uso de estas instalaciones. ¿Cómo se financia entonces Bomarzo? En la planta baja del centro cultural se encuentra toda la actividad comercial que hace posible el sueño que hace un año y medio empieza a hacerse realidad para Fernando Fernández, artista que da vida a Bomarzo. Así, en en el primer piso encontramos una librería de libros usados que son prestados dentro de las instalaciones, pero que también se encuentran a la venta; además, hay un espacio de cine arte, una galería donde todas las obras están a la venta—, un café, una dulcería, un bar, entre otros puntos comerciales que además de financiar el proyecto rescatan también la cultura alrededor de la cocina, el café y la dulcería que caracteriza el pueblo jericoano.

Además de ser hogar de artistas y lugar de divulgación del arte, Bomarzo es un centro cultural en todo el sentido de la palabra. Los artistas que allí se congregan asumen un papel social y educativo con la comunidad jericoana, pues dando uso a las instalaciones de Bomarzo, orientan talleres artísticos y formativos que apuestan a la potencialización del espíritu artístico de los jericoanos. Su apertura al público y al aprendizaje hace que Bomarzo se convierta en el centro cultural más importante de Jericó con extensión hacia el Suroeste de Antioquia.

Bomarzo Jericó
Bomarzo Jericó, Antioquia. Foto: Carolina Sánchez.

Dentro de las proyecciones que tiene Fernando Fernández se encuentra la posibilidad de crear alianzas con diferentes entidades, para así poder en un momento dar un apoyo salarial a los artistas alojados en Bomarzo. También espera poder brindar diferentes clases gratuitas a la comunidad jericoana orientadas por los residentes del centro, para que así, compartan con la municipalidad sus conocimientos artísticos.

¿Cómo llega Bomarzo a Jericó?

Fernando Fernández, un artista oriundo del municipio de Fredonia, Antioquia, cuenta que “andaba con su trapito tocando puertas”, pero mientras alcanzaba más éxitos no dejaba de ser consciente que varios de sus colegas, también talentosos, no habían contado con la misma suerte. Por esto decidió inaugurar la galería Arte Latino en la ciudad de Medellín. Esta buscaba recibir los cuadros de sus colegas y darlos a conocer, siendo así un apoyo para el posicionamiento de nuevos artistas. Con el paso del tiempo abrió también la Galería Cibeles y posteriormente Mundo arte | Galería.

Mientras tanto, en Jericó, Antioquia, un municipio ubicado a tres horas en carretera de Medellín, pese a ser patrimonio arquitectónico de la nación y ser la casa y cuna de la Santa Madre Laura, estaba a punto de perder una de sus instalaciones más emblemáticas: La Casa de la Joven, que con el paso del tiempo y sin que alguien limpiara el polvo y reparara las grietas, estaba determinada a un futuro nefasto pues no se contaban con los recursos para reconstruirla. Esta casa, que cuenta tantas historias jericoanas y que recibió con calor a las mujeres campesinas que querían estudiar en el pueblo y luego recibió cientos de niños y jóvenes para acompañarles en diferentes actividades culturales y formativas, estaba destinada a ser en el peor de los casos un terreno gris y baldío, un parqueadero.

Desde Medellín, el espíritu mecenas de Fernando Fernández no para y se incrementa cuando, inspirado en el libro Bomarzo del Argentino Manuel Mujica, se plantea un proyecto que parece ser ambicioso: instaurar un Bomarzo que, como en el relato pero a pequeña escala, sirva de hogar, taller, y galería para diferentes artistas del país que necesitan apoyo para posicionarse como él lo hizo en su momento, pero que a su vez sea una espacio de promoción cultural.

 

Las manos de Manuel Mejía Vallejo

Manuel Mejía Vallejo dibujante

Andrea Uribe Yepes

El escritor antioqueño Manuel Mejía Vallejo tenía un impulso innato a hacer oficios manuales; el dibujo y la talla hicieron parte de su rutina.

Manuel Mejía Vallejo nació en Jericó, Antioquia, el 23 de abril de 1923. Las montañas de la tierra en la que creció y las imágenes de ríos brumosos que bajaban de la Cordillera Central fueron inspiración para su literatura y las guías para lo que hacían sus manos. Aunque su  quehacer artístico estuvo siempre vinculado a la escritura, su formación y su cotidianidad estuvieron encaminados a las bellas artes y las artesanías. De su origen montañero, que lucía con orgullo, se trajo la contemplación, su amor por las fincas acompañadas de buena música y mucho ron y la necesidad imperiosa de usar sus manos y volcarlas en diferentes oficios; él escogió tallar juguetes y dibujar.

Dibujo de animales. Manuel Mejía Vallejo.
Dibujo de animales. Manuel Mejía Vallejo. Archivo Biblioteca Pública Piloto. BPP-D-MMV-0231

Su familia estuvo siempre en contacto con el ejercicio artístico. Su hermana Rosana fue una reconocida ceramista que llegó a ganar varios premios de arte nacionales, su mamá tuvo acercamientos a la cerámica y a la pintura y su tía Jesusita Vallejo fue una gran pintora. Desde niño tuvo contacto con prácticas estéticas y eso hizo que luego de terminar el colegio en Medellín, en 1943 se inscribiera a la carrera de Bellas Artes para estudiar dibujo y cerámica. Con lo que no contaba era que su madre entregara la novela La tierra éramos nosotros al grupo de los Panidas encabezado por León de Greiff, que fuera publicada y que esto cambiara su camino para siempre.

Esto, sin embargo, no significó que dejara el impulso manual. En la casa que compartió con su esposa e hijos en el centro de Medellín, donde nunca faltaba la Coca Cola para el ron y el arroz para las tortolitas, llegaba algunos días un modelo que se ubicaba en el patio, que era el epicentro de la casa, y era retratado por Manuel y algunos de sus amigos como Óscar Jaramillo y Elkin Restrepo y su suegra Dora Ramírez, reconocida pintora antioqueña, cuenta su hija Valeria Mejía.

 

Estas tertulias fueron parte de sus actividades habituales al tiempo que se consagraba como uno de los escritores más importantes de la narrativa colombiana contemporánea. Los numerosos cuentos y poemas acompañaron a novelas como El día señalado con el cual ganó el premio Nadal en 1963, Aire de Tango con la cual recibió el Premio Bienal de Novela Colombiana en 1973 y La casa de las dos palmas que lo hizo merecedor del Rómulo Gallegos en 1988.

Le gustaba más dibujar que la pintura y la acuarela y apreciaba las formas simples; pensaba que lo fascinante del dibujo era el trabajo de síntesis: “quitarle a la realidad todo lo que sobra y dejar lo esencial”, recuerda su amigo Luis Fernando Macías. Su línea era cuidada y fina y tenía cierta fascinación por los desnudos de mujeres que resolvía con un pulso seguro y firme.

 

Aunque su pulsión creativa siempre estuvo más volcada a la escritura y su angustia permanente respondía más a la página en blanco que al lienzo crudo, ambas prácticas se complementaban y nutrían su imaginario. Ambos usaban la observación y la atención al detalle y ambos retrataban la realidad filtrada por una mirada leída, culta y siempre asombrada frente a la cotidianidad y la belleza.

Esta inclinación al dibujo no se inmiscuye como tema en su obra literaria, pero sí le fue útil. Hizo varias carátulas de libros con un trazo sencillo y se recuerda especialmente la portada del poemario Soledumbres; un azul brillante se interrumpe con el título y el crédito y en una esquina se asoma en trazo blanco delgado una mujer desnuda que mira una ventana.

Manuel Mejía también fue muy buen tallador. Cuando estudió Bellas Artes había tomado cursos de tallado de madera y dentro de su grupo de amigos estaban escultores como Edgar Negret, Oscar Rojas, José Horacio Betancur y Rodrigo Arenas Betancourt. Sus creaciones no tenían una pretensión tan rimbombante ni profesional como las de sus amigos, sino que se limitaban a crear juguetes en balso.

 

La única tarjeta de presentación que tuvo, regalo de Juan Luis Mejía, decía en letra mayúscula sencilla en color negro: MANUEL MEJÍA VALLEJO, INVENTOR DE JUGUETES, y estaba decorada con un dibujo de un caballo mecedor. Sobre todo era un apasionado por los mecanismos; le gustaba pensar en maneras ingeniosas de hacer que sus juguetes se movieran.

Dicen, que se sentaba sobre cualquier banco y tomaba pedazos de balso y los comenzaba a tallar con una navajita que mantenía en el bolsillo. Los diseños eran rústicos y modestos pero siempre con una idea específica detrás que hablaba de él y sus pensamientos. Muchos de los juguetes que hizo eran maromeros y doble maromeros: los amantes que al juntarse se besan, los gallos que pelean, boxeadores que se dan puños y toreros. Según su ex esposa Dora Echeverría, para él los juguetes eran una analogía a su pensamiento: “él tenía la visión que somos muñecos de Dios, que aunque tenemos la sensación de poder controlarlo todo, hay alguien que jala las cuerdas y define cada movimiento, como lo hacen las manos de alguien con los maromeros”.

Su fascinación con los juguetes no era únicamente en tallarlos; también solía coleccionarlos. Las figuras precolombinas, las cerámicas de Boyacá y pequeños jugueticos de diferentes técnicas artesanales eran un deleite para él. Dora Echeverría recuerda que cada que viajaban, una parada obligada eran las plazas y mercados para buscar juguetes artesanales y muñequitas para su curiosidad. Eran atesorados por él y jugados por sus hijos.

Aunque Manuel solía compartir con sus amigos y su familia las actividades que hacía, estas en las que utilizaba sus manos eran también una forma de meterse en sí mismo, una especie de meditación en la que se conectaba con sus orígenes campesinos a través del hacer y que hacía que su imaginación estuviese activa y dispuesta siempre a materializar.

Manuel Mejía murió un 23 de julio cuando tenía 75 años. Sus cenizas están en un árbol en Ziruma, la que fue su finca en El Retiro, Antioquia. Ojalá ese árbol permanezca en pié y si alguna vez se cae, que se haga con su madera juguetes que nos hablen de la vida y papel para retratarla.

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