Wade Davis: un explorador en el Hay Festival

Wade Davis en Jericó

Rubio y alto, con pinta de turista pero porte de explorador, Wade Davis es el encargado espiritual de abrir el  Hay Festival de Jericó. El director de Comfama se encarga de hacer los agradecimientos de rigor ante un auditorio mudo, pero cuando menciona su nombre se escuchan vítores. Davis presenta el Sendero de la anaconda en el parque del pueblo, una de las películas inspiradas en sus libros y viajes por el mundo, sobre una suerte de renacimiento cultural que atraviesan algunos pueblos indígenas de la llanura amazónica. Después de la proyección decenas de personas se le arriman: jericoanos, el alcalde, gomelos, escritores e intelectuales. Quieren conversar con él, tocarlo, tomarse una foto. Él sonríe, estrecha manos y posa para las fotos con solo un poco de incomodidad.

Texto: Simón Murillo Melo | Fotografía: Miguel Contreras Palacio

Vino al país por primera vez cuando estaba en la universidad, para seguir los pasos de su maestro, el legendario botánico Richard Evans Schultes. Las fotos de la época lo muestran como un hippie apuesto y de ojos despiertos. Esa vez estuvo unas semanas en la Sierra Nevada de Santa Marta, herborizando, conociendo a los koguis, decidiendo su vida.  Desde entonces ha hecho alpinismo en el Himalaya, investigado el vudú en Haití, recorrido la jungla de Borneo, el Amazonas y mucho, mucho más. En el 2018, Santos lo nombró ciudadano colombiano en una dorada ceremonia en el Palacio de Nariño.

Su presentación en el Teatro Santamaría es el evento más esperado del festival. El auditorio está a reventar y apenas sale a escenario, el público lo vuelve a vitorear.  Conversa con Xandra Uribe y Andrés Roldán. Cuando habla en español la presencia épica de Davis se diluye. Pero al público no le importa. Parte de su atractivo en Colombia es que les muestra a sus lectores locales como es el país que no conocen ni conocerán. El Amazonas,  el Sibundoy, la Orinoquía y el Chocó pueden ser tan exóticos para el lector medellinense o bogotano como para el parisino.

La conversación en el Santamaría es más cercana. Habla de sus viajes por el río Magdalena, parte de un proyecto que empezó como un libro del Grupo Argos. La cementera hace parte de una de las industrias más contaminantes del mundo y además tiene graves señalamientos en derechos humanos. Pero los que ven a Davis extáticos no se inmutan. Son todos idénticos: vestidos floreados, diseño de sonrisa y bótox discreto, patriarcas ojiazules que pisan duro.

Davis muestra algunas fotos y responde a los comentarios de sus entrevistadores. Habla un poco incómodo, otra vez, sobre el renacimiento que atraviesa Colombia. ¡No tiene equivalente en Latinoamérica! Xandra Uribe, por ejemplo, tuvo que irse del país de niña y ahora ella, junto con muchos otros colombianos brillantes, están regresando, dice Davis. Al lado del antropólogo y el ejecutivo cultural, Uribe parece brillar de alegría. El público, por supuesto, aplaude.

Más allá del Santamaría, la obsesión de Davis es la de una generación de científicos: la desaparición del mundo. Educados por los últimos que vieron ecosistemas imberbes, sus vidas ha transcurrido a la par de la extinción de cientos de lenguas ancestrales y culturas, junto a fauna y flora que nunca llegaremos a conocer. Ha escrito extensamente de la importancia de reconocer a los pueblos indígenas como seres humanos, de darles una independencia perdida por centurias de explotación. Como me dijo: “ellos no son frágiles. No son delicados o están destinados a desaparecer. Son sociedades dinámicas atrapadas en el medio de varias fuerzas: la modernidad, las intrusiones industriales, el marxismo-leninismo”.

En Jericó, Davis parece atrapado en medio de otras fuerzas. Sale de su conferencia a una entrevista y después a otra y después a otra. Entre ellas, le piden fotos, conversar, una firma. Esta bañado en sudor pero no parece importarle. “La gente siempre me pregunta, ¿cómo mantienes tu energía?” Davis en persona es intenso, inteligente y listo para hilar sus experiencias personales con un conocimiento enciclopédico de literatura, botánica, historia, ciencia. Su discurso es uno eminentemente moral, pero es imposible saber qué tanto resuene su código moral con un público ávido de experiencias, discusiones y pasiones, pero que abrumadoramente parecen ser parte de esas élites colombianas que tanto han… saqueado, profanado, robado, aniquilado, incendiado, exterminado, dinamitado, traicionado y un larguísimo etcétera que tanto Davis como el lector conocen.

“Mi padre solía decir que hay bien y mal. Toma tu elección. Pero no es el destino lo que importa. Es el camino”, dice Davis. Es un argumento que hace eco a lo que ha hecho toda una vida: viajar. Lo mejor de sus libros está ahí, cuando cuenta sin juicios las formas de vidas de pueblos ancestrales. La maravilla de ver un rostro nuevo y el milagro de escuchar una lengua moribunda: el horizonte ético de Davis es escuchar.

El último día del festival, Davis entrevista a Rosie Boycott, una periodista británica experta en la alimentación y sus consecuencias sociopolíticas. Lo hace en inglés y cuando Davis habla su idioma nativo, su inteligencia hiperactiva se vuelve tangencial. Ambos tienen una de las conversaciones más interesantes del festival hasta que a medio camino, Davis se lanza en una espectacular diagonal de casi 15 minutos sobre los vaqueros norteamericanos. ¿Sabía el público que la mayoría eran latinos, pequeños y hacían un trabajo pacífico? ¿Sabía el público que John Wayne odiaba a los caballos? ¿Sabía el público que lo entrevistaron una vez en Anderson Cooper 360, uno de los shows con más rating en Estados Unidos, para hablar del tema? ¿Sabía el público que él escribió un libro del tema?

La audiencia, por primera vez, parece incómoda con él. Boycott lo mira incrédula. Él se disculpa, por allá en el minuto 11, pero añade que el tema es importante. Cuando acaba, Boycott vuelve al tema con gracia. El mismo Davis que narra la creación del universo tairona con el respeto del que quiere creer, es incapaz de escuchar a la brillante periodista que tiene enfrente sin meter la cucharada. Al final, todos aplauden.

Uno de los escritores favoritos de Davis, Peter Matthiessen, dijo que el que crea poder cambiar el mundo está tan equivocado como es peligroso. Davis no puede evitar comentar al estadounidense: “Pero él también decía que tenemos una obligación como contadores de historias de ser testigos del mundo. Eso ha sido mi salvación.”  Mientras se alista para una entrevista más, se ve profundamente orgulloso de ser él, salvado casi. Grande, feliz, el rostro surcado de arrugas y los ojos un poco cansados; tiene 66 años ya. Pero a él probablemente no le importa.

¿De qué hablamos cuando hablamos del Hay?

Hay Festival Jacom La Revista

El Hay nació en el patio de un bar. Un hijo acabado de salir de la universidad, una madre que leía a Voltaire y un padre alcahueta fueron los fundadores. Hoy, el festival ha recorrido todos los continentes pero el espíritu sigue siendo el mismo: esa mezcla de mamagallismo, honestidad y profundidad que caracteriza a las mejores democracias. Y a las mejores conversaciones.

Este es un registro bastante incompleto de algunas de esas conversaciones, en el segundo Hay Festival de Jericó.

Texto: Simón Murillo Melo | Ilustraciones: Laura Ospina Montoya

 

Víctor Gaviria y Fernando Trueba

Víctor Gaviria y Fernando Trueba en Hay Festival Jericó

 

Víctor Gaviria parece un oso perezoso. Se sienta en la silla como si fuera un árbol amazónico, dejando caer la barriga sobre las piernas y sonriendo incrédulo a su audiencia. Se parece así a su maestro, el sacerdote y crítico de cine Luis Alberto Álvarez: un espectador experimentado que se prepara para ver otra película. Fernando Trueba, su interlocutor, parece un alfil a su lado. Con las piernas cruzadas en un carrizo perfecto, un ojo de vidrio mirando a la inmensidad y ese sentido del humor que los madrileños han desarrollado a punta de hijueputeces.

Es una conversación de dos establecidos directores, uno un día mayor que el otro, que todavía no se creen su éxito. Cuando eligieron Rodrigo D: no futuro, una película sobre la desesperanza, como la primera película colombiana en participar por la palma de oro en Cannes, los organizadores le dijeron a Gaviria que no le podía decir a nadie. Él se tomaba unos tragos y se lo contaba a todo el mundo. Nadie le creía, por supuesto. “¿Pero es que vos sabés qué es Cannes?”.

Sigue Gaviria: “Yo hacía poesía hasta que me lancé con mi primer corto. Mis amigos me decían: “’Qué bueno que llegó un poeta al cine colombiano’ y bueno, yo me lo creí”. Pero el poeta no es otra cosa que un compilador del sufrimiento, de la nada, de Medellín.

Gaviria volvería a Cannes para presentar la Vendedora de Rosas acompañado de sus estrellas: Giovanni Quiroz, el Zarco, y Lady Tabares. Si el espíritu del Hay es conversar, Gaviria lo ha encarnado en sus películas repletas de actores naturales: los diálogos son de ellos. Quiroz murió poco después de Cannes, como murió la mayoría del elenco de Rodrigo D: con violencia. Tabares pasaría un tiempo en la cárcel por matar a un taxista. Y Gaviria, ya un hombre adulto cuando los conoció, ha sobrevivido, por mucho, a los niños que fueron su voz.

Trueba, un director con una obra constante y actores convencionales, cambia la dirección de la conversación: “Cuando me nominaron al Óscar, estaba seguro de que no iba a ganar. Seguro. Encima, soñé que ganaba. Y se lo contaba a mi mujer y se echaba a reír. Y yo decía: es que soy un gilipollas. Mi esposa me preguntaba qué pasaba en el sueño y era que le dedicaba el Óscar a Billy Wilder, el hombre por el que me apasioné por el cine”.

“Entonces preparé un discurso del que estaba seguro nunca iba a leer. Decía que me gustaría creer en Dios para agradecérselo, pero que solo creía en Billy Wilder”. Trueba se ganó el Óscar y eso fue lo que dijo.

Este año saldrá una película suya, una adaptación de El olvido que seremos. “Hoy en día hay tantas películas de monstruos, sicópatas, serial killers. Creo que hacer una película de un hombre bueno hoy en día es casi una provocación” El hombre bueno: Héctor Abad Gómez nació en Jericó. El auditorio esta en silencio. Samuel Castro, el moderador, comenta: “Quieren que sigamos conversando o abrimos preguntas del público” y la gente grita: “¡Sigan!” Gaviria asiente lentamente, una pequeña sonrisa a punto de aflorar.

 

Dos señoras

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

Dos señoras, unos 130 años entre ellas, conversan en uno de los infinitos porches jericoanos. Parecen amigas de hace tiempo, tal vez primas, tal vez hermanas. Ya está oscuro, hay trago de por medio y un bafle diminuto: suena Silvestre, Martín Elias. Están hablando, por supuesto, de todo.

Bajo algunas estrellas que se asoman entre las nubes, van haciendo una cosa muy extraña que seguro les ha pasado muchas veces en su vida. Qué suerte del Hay que, por un ratico, lo mencionen. “Un programazo”, dice una señora con orgullo. “Ese señor estaba ahí presentando la película. Y unas imágenes que yo le digo, lo más de lindas”. Después empiezan a hablar de otra cosa, posponiendo el sueño un momentico más.

 

Davis, Wade Davis

 

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

Davis, Wade Davis, es un antropólogo, biólogo, explorador, fotógrafo, aventurero. Él se sabe todo eso y más. En frente de medio pueblo, va a presentar El sendero de la anaconda, el documental inspirado en sus devenires por el río. Cuando el presentador lo menciona, una vocecita se alza para vitorearlo. Es un héroe de muchos, sobre todo en Colombia. Para empezar es un colombiano –desde el 2018- que de verdad conoce a Colombia: la Sierra Nevada, Guainía, Vaupés, el Amazonas, el valle de Sibundoy, los llanos del Meta y la selva del Chocó. Las lejanías de las que hablaba Caro, un presidente que jamás salió de Bogotá.

Acaba de hablar ante un auditorio repleto y está empapado en sudor. Carga unas rosas de regalo y se ve, como siempre, profundamente orgulloso de ser él. Él mismo lo dice: “Lo más importante que puedes hacer es ser el arquitecto de tu propia vida. No vas a tomar las mejores decisiones, pero si te haces cargo de ellas, nunca vas a vivir amargado”.

Mantenerse en movimiento, como sea, ha sido su trabajo durante toda una vida. Tuvo pasantías con los practicantes del vudú, en Haití, y fue decisivo en preservar la identidad de los pueblos indígenas, junto a su amigo Martin Von Hildebrand. Pero nunca ha tenido un empleo estable ni lo ha querido. Sus libros son un reflejo de ese interés múltiple. Ha escrito mucho de Colombia, pero también de vaqueros, de la Primera Guerra Mundial, de Nepal, la jungla de Borneo y el Everest. El explorador se hace a punta de viajes y de mucha, mucha curiosidad.

Sus textos parten de un profundo respeto hacia los pueblos amenazados por cientos de años de saqueo. Pero él no se hace ilusiones. “Uno de mis escritores favoritos, Peter Matthiessen, decía que el que creyera poder cambiar el mundo estaba tan equivocado como era peligroso. Pero también decía que tenemos una obligación como contadores de historias de ser testigos del mundo. Eso ha sido mi salvación”

¿Cuál será su próximo viaje? Al Vichada, el único sitio de Colombia que le falta. Le digo que muy pocos colombianos han estado –para empezar– en Vichada y me sonríe con orgullo: “Lo sé”, dice.

 

Un señor y la montaña

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

El director de Comfama arranca diciendo: “Este pueblo es la síntesis de lo mejor que podemos ser los antioqueños: que significa naturaleza, que significa patrimonio. No podemos estar más enamorados de Jericó”. Se va y muestran una película de pueblos amenazados por las petroleras, las carreteras, la minería.

En el parque, un pelado greñudo canta canciones contra la minería y algunos jericoanos lo corean. En las calles, algunas casas cargan todavía el letrero: “NO A LA MINERIA” o “SÍ AL AGUA”. Jaime Ramírez, diminuto con gafas negras, cachucha de I <3 Jericó y barba de profeta, se para afuera de cada conferencia envuelto en un colorido pendón: EN COLOMBIA NO HABRÁ PAZ, MIENTRAS HAYA MEGAMINERÍA DE METALES”.

Luis Jorge Garay, marxiano de barba setentera, habla una hora sobre la neoextracción neocolonial del capitalismo tardío ante un auditorio repleto que escucha hipnotizado. Uno de sus oyentes (“lo dejó muy claro”) es Jorge Eduardo Cock, ex miembro del directorio ejecutivo del Banco Mundial, exministro de minas y ex una cantidad de cosas más, dice con voz queda: “la minería implicaría daños ambientales irreversibles”.

Un grupo de Medellín pasa repartiendo un periódico que titula: “¿Quieres vivir junto al cráter de una mina? El futuro de Jericó lo decides tú”. Incluye horóscopo antiminero y una oración a San Benito para alejar a los malos vecinos.

Me quedo en una casa campesina que hace de hotel. Las vistas son espectaculares y entre los tonos de verde surgen casas, nubes, el cielo. Pregunto dónde va a quedar la mina y alguien extiende la mano, barriendo el horizonte hasta dar con un punto invisible detrás del hotel. No puedo ver nada. Entre la montaña, las casas y el cielo, se abrirá el suelo en decenas de pedazos. Así hasta que pueda ver alguna cosa.

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