Oliva prefiere el silencio

Oliva casas Jericó Laura Henao Ortiz Jacom

Todos los días, a las 4:30 de la mañana, a la niña Oliva la despierta la llegada del arriero que trae el ganado para que lo ordeñe su mamá. Oliva tiene dos hermanas pero ninguna responde, solo ella (ha de ser porque están casadas que ya no quieren hablar). Oliva baja corriendo las escaleras de madera hasta el piso de tierra y desde abajo oye a su mamá gritando  desde la cocina: “¡Andá despacio que te caéeeees, Olivaaaa, cagona! ¡Que te cojo las trenzas!” La niña ríe silenciosa, se sacude la tierra de las rodillas y coge fuerza para abrir las cadenas de la puerta para las bestias (diez mil veces más grande que ella, piensa).

Detrás de cinco vacas gordas, grandes y lentas, su papá se levanta el sombrero a modo de saludo y el caballo y el perro que lo acompañan parecen saludarla también. Oliva les saca la lengua. No le gustan los animales, nunca le han gustado y de grande nunca los tendrá. Son sucios, se revuelcan en cualquier lado y siempre le ensucian los vestidos. Cuando sea grande y se vaya de esa casa… Entretenida en el piso de abajo, viendo a su mamá ordeñar, por poco se olvida de que se hace tarde y el almuerzo no está. Sube las escaleras, esta vez con la velocidad que la artrosis deja, mientras recuerda todas las veces que se cayó sobre el pasillo de madera por subir corriendo. Enciende la estufa de petróleo, pone a hervir agua mientras piensa qué hacer con el poco revuelto que tiene y camina hacia el corredor de atrás, desde donde se divisan algunas montañas, plataneras y árboles frutales de los patios vecinos.

Baja la mirada: en su patio nada. Apenas un árbol seco y algunas gallinas que dice querer ÚNICAMENTE porque le ayudan a desyerbar el patio y no se suben a la casa. ¿Y la gallina que está en el patio de las bestias? Está culeca y si la deja coger de un gallo… El problema que le pone la mamá. Regresa a la cocina, pela dos plátanos, los echa a la olla, media cucharadita de sal, la echa a la olla. Sigue su camino por el pasillo color crema casi que vacío, de no ser por contadas materas con flores rosas, moradas y blancas. Su papá siempre dice que a falta de lujos, las flores son la alegría de una casa. A Oliva no le gusta casi regar las matas, menos si sus hermanas no la ayudan, pero encuentra que el lema tiene sentido y parte de su tiempo lo invierte en cuidarlas.

Regresa dos pasos para asomarse hacia el salón comedor, cerrado desde que ya no hay gente que lo use. Entre los floreros, un par de  sillones y un cuadro del corazón de Jesús, el papá se queda dormido fumando tabaco mientras la mamá hace punto de cruz sobre el vidrio cubierto de polvo. Sigue el camino. Abre las cortinas del cuarto principal para que le entre la luz del pasillo. Coronando la cama, en el centro, un retrato pintado de su padre y su madre, idénticos a los que recién había encontrado en la mesa. “¡Oliva, la comidaaa!” Se regresa a la cocina. Pela unas papas, las echa. Una ramita de cilantro, la echa. Un huevo ponchado como para una agua-sal, lo echa. A lo lejos suena un bolero, quién sabe de dónde. Apaga la estufa y se entra lo más que puede.

Prefiere el silencio. Recorre lentamente el cuarto, de nuevo. Cruza los umbrales de las puertas que se entrecruzan y hacen del cuarto principal un gran cuarto hecho de muchos, para los hijos. Oliva mira fijamente las tres camas sobrantes. “Ah, pa’ qué se casaron, ¡ahora todas estas camas son mías!” Se tumba un rato a mirar el techo. Hoy no va a abrir las ventanas, tampoco ayer, lo más probable es que tampoco mañana. Tendría que ser que tocaran su puerta con aire noble, preguntándole sobre su historia y sobre la historia de la casa. Tendría que ser que alguien quisiera descubrir cómo se ve desde adentro la única casa en Jericó que habita por fuera del tiempo. Entonces de pronto diría que sí, con permiso de los padres y sin que le tomen fotos a la cara, porque qué vergüenza que se den cuenta de que es la última habitante y que “detrás de las ventanas grandes, amarillas, resiste la más ¡más! humilde casa”.

Jaime y las rosas

Porque las noches eran largas; porque los días de las noches eran lentos.
La tierra estaba más obscura porque faltaban las estrellas en el cielo.
El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón estaba seco.

Para escuchar mientras se lee (opcional):
3 Gymnopédies (1889): No. 1: Lent et douloureux, de Erik Satie.

El centro de la imagen es un jardín sostenido por las manos. Entre los dedos, pájaros que llegan veloces a traer secretos de Las nubes, secretos que usualmente vienen en forma de agua clara y fría de la cima del mundo. En el corazón de las manos reposa un manantial, ¿es ese el manantial de donde brota la luz que alumbra mi corazón? ¿Alguno de mis órganos internos se ha muerto? El manantial se ha secado. A las flores les cuesta abrir sus puntas desde que Jaime no ha vuelto. Llegan mensajeros humanos de lugares lejanos, mensajeros citadinos sin respuesta. Hay otras manos que también las riegan: unas de hombre, otras de mujer y otras de mujer pequeña. Las cuidan, las riegan, les escuchamos hablar y jugar (a veces), del otro lado, del piso de arriba, pero ya no entre nosotras y no demoran mucho acá abajo, pues las puertas del primer piso mantienen cerradas desde que Jaime no está.

Las rosas, sedientas de rocío, inclinan sus largos cuellos para beber del manantial de azulejos que no hace más que suspirar aire seco. Las veo retraerse en un movimiento preciso y lento: hacen complot entre ellas, se enredan y tiemblan. Si acallo las conversaciones cercanas (la hija de Jaime habla de un hospital en Medellín, mientras acerca a su hija con los brazos), puedo escuchar su murmullo titilante. Cada flor tiene una voz propia y en cada voz intuyo un lamento que, aunque diminuto acorde a su tamaño, se acrecienta al hacerse conjunto, al nacer en cada una de las ramas y las hojas y las flores y las plantas que han visto crecer a Jaime y que han crecido gracias a las manos del mismo. Las plantas rastreras de hoja pequeña, por ágiles y silenciosas, han sido asignadas para la honorable tarea de alcanzar a las flores de arriba, colgadas en capachos sobre el corredor de madera.

Cuando las habitaciones quedan vacías de esperar y recién han llegado noticias de pasos nuevos, el viento ayuda a que las hojas puedan preguntarle a las flores si lograron escuchar qué se ha sabido de Jaime, de la humanidad de Jaime o más importante todavía, de las manos de Jaime, conectadas (según noticias viejas) a horribles maquinarias de cables eléctricos y pulsos de sonidos extraños. Las flores se ocultan, derraman sobre el jardín de abajo algunos pétalos, se contraen y se abren para responder: aún nada. Al rosado que las enciende le asoman algunas manchas más claras y cuentan que aparentemente no tiene que ver con las manos, sino con la cabeza. A Jaime le duele el estambre y por eso no puede volver. Al parecer una enfermedad del estigma que aún no logran nombrar, alguna plaga de mosca blanca que le absorbe la vida o alguna oruga que sale por las noches para comerse sus pocos pétalos. La enredadera se retrae lentamente, se despide con un Entiendo y pasa la información a sus hojas más bajas y pequeñas, hasta que puede llegar al primer piso, propagándose por el jardín. Las rosas son las primeras en derramar su rocío. Los listones se hacen curva hasta rozar casi los adoquines. Las Gloria de la mañana se achiquitan y se cierran, aun cuando es de día y el sol brilla sobre ellas. Al pasar los días, las flores —sin embargo— esperan. Atraen mariposas, grillos, abejas, cucarrones, moscas y casi cualquier cosa que sirva de sorpresa a Jaime para cuando vuelva. El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón de la casa permanece seco, se niega a derramar una gota hasta que éste regrese. Los pájaros siguen filtrándose entre los dedos —de una mano que se cierra cada vez más y de a poco—  procurando traer algunas gotas de lluvia desde Las nubes, no vaya ser que el jardín se seque sin ver a Jaime una última vez.

Le dirán de Cuba

El espacio entre lo que se espera de un lugar desconocido y lo que realmente existe es enorme. Acá un paralelo de lo que se piensa que es Cuba y su realidad apretada, asombrosa y tan distinta a todo lo demás.

Por Andrea Uribe Yepes
Fotografrías: Santiago Vélez

Le van a decir que está detenida en el tiempo y que esto se va a hacer palpable en las paredes de los edificios que se debaten entre el desgaste y la suciedad, en los muebles de madera golpeada, carcomida y nunca restaurada que se ven a través de las puertas casi siempre abiertas de las casas, en los vidrios de las vitrinas que tienen una tonalidad mate propia de algo que ha recibido mucho polvo y que, en igual proporción, se ha limpiado y en ese roce ha perdido el brillo. Le van a asegurar que va a ver ese otro tiempo en los carros parqueados frente al Hotel Inglaterra en La Habana Vieja y se va a escuchar en el bus que rechina. Recordará el sonido de las cosas que crujen porque ya han sobrevivido demasiado tiempo, recordará todo lo viejo que ha visto en su vida y pensará que lo va a encontrar ahí.

También le trazarán un recorrido: La Habana, Cienfuegos, Trinidad, Varadero y, si hay tiempo, mucho tiempo, Santiago de Cuba. La Habana será precioso, Cienfuegos estará bien, Trinidad será complaciente y luego sabrá que pudo haber no ido a Varadero, que allí solamente hay hoteles repletos de personas que compran paquetes turísticos todo incluido, hasta el hastío. Querrá más días en La Habana porque sentirá que le faltó ver cosas pero nunca sabrá si será cierto, porque lo más seguro es que nunca vuelva.

Le harán un menú.
El impuesto por Ernest Hemingway: un mojito en La Bodeguita del medio y un daikiri en La Floridita.
Le harán otro menú.
El impuesto por los cubanos: moros y cristianos (frijoles negros y arroz blanco), ropa vieja, cerdo.

Se decepcionará. Pensará que en cada esquina habrá agrupaciones tocando son cubano o salsa pero no será cierto. Verá que para conmoverse, para escuchar algo que diga así: “El cariño que te tengo, no te lo puedo negar” tendrá que rebuscar algún bar o restaurante con música en vivo y no será fácil. Sobre todo, si va en una época en la cual la Fábrica de Arte de Cubano no esté funcionando. En el único lugar donde no habrá problema encontrando la fiesta es en Trinidad, porque a las 11 de la noche verá a todos los que visten más ligero caminar hacia unas callecitas empinadas que desembocan en una cueva convertida en discoteca. Allí tampoco sonará música cubana porque la sobreponen el reggaetón, los one hit wonders y hasta la importada guaracha.

No le van a decir que hay gatos y perros sin dueño en todas las calles que recorra. Más en La Habana. No sabrá de dónde sacan la comida, ni el agua para beber, ni si algún día alguien les atenderá los males que se les nota –a algunos– en la piel. Pero sí verá a los gatos trepar las rejas con sus patas y colas de ninja y a los perros dormir a cualquier hora y pasear con lentitud en busca del sol.

No le van a decir que el lugar que se quedará más pegado en su memoria será la Universidad de La Habana, una asamblea de edificios estilo neoclásico de colores pastel rosa, amarillo y naranja. Entrará rápido por una puerta chiquitita con temor a que alguien le diga que no puede ingresar, pero nadie lo va a detener. Recorrerá los edificios, encontrará similitudes entre los programas de aquí y de allá –las mismas materias de derecho, por ejemplo– y terminará el recorrido viendo una esfinge de Alma Máter seguida de unas de escaleras largas altísimas que acogieron siempre la revolución.

Verá:
La fila del pan.
La fila para comprar las tarjetas de internet.
La fila de la carnicería.
La fila para comprar una helado en Coppelia.
La fila en la farmacia.
La fila para comprar merengues caseros en la calle.

Notará, en cualquier contacto que tenga con cubanos, que gozan de una dignidad distinta: entre lo dulce y lo altivo, pero siempre segura. No le dirán tampoco, que serán amables y a veces no entenderá por qué. Porque no pidieron nada, pero lo acompañaron hasta el lugar a donde iba, le contaron historias y le explicaron el camino de regreso.

 

Foto: Santiago Vélez.

 

Únicamente una vez se adentre los suficiente en la Habana Vieja observará esas partes que sí están restauradas, pero solo para el turista, pues es allí donde están los museos de arte de arte mural, del cacao, de cerámica (varios), donde están las galerías, las tiendas especializadas en habanos, en abanicos, en ron Havana Club. Al lado de todo esto, en lo que parece ser un parqueadero, verá una feria de libros, discos y chécheres. Verá las primeras ediciones de clásicos cubanos como Paradiso de José Lezama Lima o El reino de este mundo de Alejo Carpentier. Comprará estampillas, pines soviéticos, un libro escrito por Fidel Castro sobre uno de los procesos de paz fallidos en Colombia, un disco que le encargaron de Bola de Nieve.

A pesar de no disfrutar mucho su estancia en Varadero sabrá que será difícil encontrar una playa más bella. Se sorprenderá con esos pedazos donde el mar se queda un poco atrás y la arena le hace fuerza a las olas y forman una pequeña bahía a la inversa. Le parecerá que nunca vió tanto mar y que allí conoció azules nuevos para su colección cromática. Cuando esté en Varadero tratará de buscar similitudes con la playa de Santa María que visitó en La Habana días antes, y entre los colores, la amplitud y la compañía se le caerá el estigma que tenía antes: que todas las playas son iguales.

Contará los atardeceres que puede ver completos. Desde que la luz del sol –que ya no calienta– es tan intensa que no deja verse sin gafas oscuras, hasta cuando ya solo hay un semicírculo, hasta que el mar o lo que sea que vea al fondo se traga el último rayo de luz.

Atardecer número 1: Cienfuegos. Sentados en la terraza del Palacio de Valle. En la mesa había mojitos. Se quedó hasta el final.
Atardecer número 2: Trinidad. Se separó del grupo y le tocó treparse a un muro para verlo. En el cielo había tonos rosados.
Atardecer número 3: lo olvidará.

Olvidará otras cosas también. El olor de las calles, casi todo lo que pasó en los días que no estuvieron soleados, cuál fue el mejor mojito y la peor comida. Pero cuando le pregunten, porque le van a preguntar, si quiere volver algún día, su respuesta saldrá balbuceada. Porque dirá que no, que ya estuvo, que ya lo conoció, pero vendrán los recuerdos, las imágenes que sí se fijaron en la memoria y sentirá una nostalgia chiquita y de ahí vendrá la duda.

Foto: Santiago Vélez.

Inicia el 4 Festival de cine de Jardín | «Sobrevivir a través de los pequeños pactos de todos los días ha sido nuestro gran patrimonio»: Víctor Gaviria

Jardín Jacom La Revista Estefanía Giraldo

Jardín es toda una paleta de colores donde fachadas y flores compiten por el prestigio de la contemplación en uno de los municipios más bellos del suroeste de Antioquia. Allí, arquitectura, objetos, artefactos, archivos y experiencias culturales son testigos del paso del tiempo, son patrimonio, así como el cine.    

Chucu-chucu, máquinas de visión, cine mudo colombiano, patrimonios rebeldes, y rock tropical hacen parte de las palabras y conceptos que componen la programación del 4 Festival de cine de Jardín. 

Por eso, a propósito de la reinauguración del Teatro Municipal, uno de los recintos culturales más importantes del pueblo, esta cuarta edición del Festival de cine de Jardín trae como tema central Cine y patrimonio: maneras de encontrarnos como una forma de entrar «a ese patrimonio sagrado que es la vida cotidiana del país antes de abismarse en esa modalidad de guerra fría que nos tocó: un conflicto de sesenta años cuyas causas continúan ahí, y no sabemos qué forma tomará en el futuro», según las palabras del cineasta colombiano y director del Festival, Víctor Gaviria. 

Y es que el hilo conductor de estos festivales ha sido justamente una apuesta por conversar sobre los escenarios pasados y posibles que han rodeado la historia de una sociedad en conflicto como la nuestra: posconflicto, tierra y democracia. Es así como este evento ha propuesto no solo una conversación que es vital sino que integra actores académicos, culturales, creativos y comunitarios para recrear, cada año, un escenario diverso. 

Jardín, Antioquia. Jacom La Revista. Estefanía Giraldo Baena
Foto: Estefanía Giraldo Baena.

En el evento de inauguración se proyectará Simón el Mago (1992), una miniserie restaurada de cuatro capítulos dirigida por Víctor Gaviria y basada en la obra homónima de Tomás Carrasquilla, Esta apertura contará además con la participación de Pala, cantautor colombiano. 

Invitados como Lisandro Duque, Pablo Mora y Gloria Triana harán parte de la programación académica del festival y actores como Humberto Dorado, Vicky Hernández y Manolo Cruz participarán en el encuentro de actores con el público.

La muestra central contará con proyecciones de películas como ¡Lumière! Comienza la aventura (Thierry Frémaux, 2016), El arca rusa (Aleksandr Sokúrov,2002) y 66 Kinos (Philipp Hartmann, 2016), entre otras. Por otra parte, la muestras alternas tendrán programación de video experimental, animación, documental y trabajos universitarios. La muestra Patrimonio cinematográfico colombiano tendrá más de diez proyecciones de filmes restaurados. Finalmente, la Muestra Nacional de Cortos Caleidoscopio proyectará 20 cortometrajes cuya premiación contará posteriormente con el concierto de Afrosound Vuelve!!!

Programación Festival de cine de Jardín

Fotografías de Estefanía Giraldo Baena.

Miriam, hacedora de ventanas

Miriam. Pregúntaselo a las flores. Laura Henao. Jacom.

Desde que empezó mi inquietud por usar las manos, tengo una colección de casas que no son mías. Cada jueves a las dos salgo para encontrarlas y entre más coloridas mejor, me siento capaz de conseguir hilos de todos los colores con tal de reproducir fielmente los paisajes. Desde que salimos de Pamplona no hago otra cosa que trazar caminos —de tela, de lana, de resina, de papel— que me lleven de regreso al hogar de mi infancia. Quinientos metros cuadrados. 500 m. Todavía me va a tomar un tiempo repasar la estructura original y replicarla junto a estas otras casas que me ha dado el camino. Ahorita mismo estoy recolectando ventanas. Ya recorté la madera que me va a servir de tablero guía e incluso armé la retícula de hilos iniciales. Ya tomé las fotos de mis ventanas favoritas, ya escogí la combinación de colores y adiviné el trazado de las formas; pero cada vez que intento empezar, la mente se me va 676 metros más arriba, se pierde en la espesura del paisaje, en la blancura de las casas, en los tejados de ladrillo asomándose entre la neblina, y hasta alcanzo a sentir el frío de mis mejores días. Cuando las nubes se dispersan logro divisar a mis hermanos jugando a lo lejos en la finca, con los cachetes rojos y las botas sucias, con las manos heladas agarrando ramas y mostrando los escasos dientes detrás de la sonrisa. Para quien no acostumbre dejar el corazón en un solo sitio es fácil pensar que todas las montañas tienen el mismo verde y que todos los pueblos se parecen, pero en el mapa de mi corazón y mi memoria podría trazar cada curva, cada piedra de cada calle, cada árbol asomado por un patio antiguo, cada aroma proveniente de Pamplona. Hace días, sentada en el comedor, miraba hacia este pueblo que no es mío (aunque me guste) y pensaba en mi condición de pasajera lejos de sus campos. 

Apenas si pude concretar un par de palabras en el pensamiento cuando me vi interrumpida por el calor y suavidad de Coco, mi gata, paseando entre mis piernas. Pensé en mi obsesión por fijar las estructuras de los sitios y en cómo ninguno me hace sentir del todo en casa. ¿Y si en lugar de trazar marcos de puertas y ventanas, trazara paisajes de pelo y garras? ¿Si en lugar de bordar una pared, insinuara la huella de una pata, una colita? Quizás el hogar no tiene que ver necesariamente con un lugar sino que es algo más lo que permite que habitar encaje. La memoria del corazón también puede trasladarse con todo y su pasado a donde se le disponga. Al menos por ahora, mientras Coco se pasee entre mis cosas, tengo la sensación de que en Jericó vamos a estar muy bien.

Texto y fotografías: Laura Henao. 

Las dos casas

Elia. Fotografía Laura Henao. Jacom.

A Jericó se lo está tragando la tierra. Las casas, de puras tristes al ver que los de siempre ya no están, se niegan a resistir el paso del tiempo y cada vez son más los lotes vacíos, invadidos por escombros y un pantano que se extiende hasta las calles. Mi jardín era el jardín más lindo de Antioquia y de tanto polvo que entra de la calle las flores hicieron huelga y se rehúsan a salir. ¿Sí ve ese plástico blanco que rodea la cocina? Esa cocina no es ni cocina, es en esencia un corredor de madera donde corría dichosa cuando era niña, bordeando con mi visión las montañas del fondo. A los ocho años no hay forma de trazar un límite entre una misma y lo otro, ahora camino por mi propia casa y a la mitad la encuentro intrusa, interponiéndose entre mi memoria y el mundo. Donde antes había una mata ahora hay un balde con pintura. Donde antes mamá colgaba fotos y porcelanas ahora hay un remedo de pared y una escalera a la espera. Atrévase a salir a la calle, en todas partes es lo mismo: Jericó tambaleando ante la ausencia de los suyos y abriendo baches (que después llenan con cemento) ante la presencia de los que quieren “innovarse”. Mi esposo tiene la misma tienda desde hace quién sabe cuánto y ese cerro de poncho que crece junto a la puerta es mi papá, el mismo que compró esta casa en el ‘79. Si me recuerdo en esa época… Si me recuerdo de niña paseando por la casa, mi figura se destraza y se pierde al cruzar la parte nueva. Si la memoria se edifica junto a los recuerdos más grandes, en esta casa he vivido mi mejor vida y por eso me contiene toda. A veces cuando me nostalgio me da por contarle a mi hija. Ella está muy contenta con el cambio, le gusta la nueva casa, piensa que es moderna y bonita. Yo pienso en el corredor de madera, en la vista, en mis flores. Le digo que donde antes era el corredor por lo menos deje una ventana que me sugiera el viejo paisaje. Y dizque sí, van a poner la ventana, pero no sé… El mundo avanza sin parar y me toca decirle a los recuerdos que sigan creciendo, pero hacia adentro. A esta casa que soy no la tumba nadie. Fíjese usted en ese brote de orégano en el patio, él es el único sobreviviente. Como él, yo también me resisto al olvido. Aquí sigo.

Fotografías y texto: Laura Henao.

Plantas, rocas y huesos leves en la obra de María Cecilia Botero Merino

Maria Cecilia Botero Merino. Fotografía: David Estrada Larrañeta.

La obra de la artista plástica María Cecilia Botero Merino materializa la levedad de elementos del mundo natural y nos habla de un paso por los tejidos de la vida y la muerte. Maya. Deidad que gobierna el sueño de la realidad. Ilusión del mundo y de la materia estará hasta el 26 de mayo de 2019 en el salón principal del Museo Maja de Jericó, Antioquia.

Por Laura Ospina Montoya
Fotografías: David Estrada Larrañeta

Al fondo de una gran sala de exposición de paredes rojas se ve lo que parece un papel tapiz y, en en las inmediaciones, una serie de partículas flotantes difíciles de enfocar. Desde la entrada se percibe la necesidad de ir a buscar la obra en silencio. Una vez se está cerca, hilos, plantas, ramas, rocas y huesos, pequeños todos, provocan una inmersión en el espacio que solo admite precisión en la mirada.

Esta obra se asemeja al instante de una detonación orgánica en el que cientos de pequeñas piezas quedaron suspendidas en el aire. Puede pensarse entonces en un bosque fragmentado y aéreo que aborda un ciclo vital hilado con detalle extremo. Por eso el espectador percibe necesariamente un gesto obsesivo en el acto de anudar, trazar, suspender. «Cuando estaba en mi taller y estaba haciendo las redes con las las piedras, me sorprendí que creando una estructura tan aérea, esta se convirtiera en un muro, en algo pesado. Se iba conformando la materia. Tengo la sensación de que la obra es una desmaterialización, como un estado anterior a la existencia, un antes de la materia», dice María Cecilia.

Durante diez días, esta artista preparó la sala en compañía de un equipo de seis mujeres y cuatro hombres que tejieron en la sala y fueron partícipes de la elaboración de esta gran malla. Durante más de un año, María Cecilia preparó el material con la meticulosidad de una taxónoma para guardar las plantas, las ramas, hacer más de mil ilustraciones botánicas, elegir las rocas y limpiar huesos de peces y de una zarigüeya.

Maria Cecilia Botero Merino. Fotografía: David Estrada Larrañeta.
Maria Cecilia Botero Merino y sus ayudantes. Fotografía: David Estrada Larrañeta.

«Con mi obra me gusta sorprender, sobre todo con las cosas que están en el cotidiano; vas caminando por la vida, súper rápido y de pronto el arte hace que vos digás: ay, un momentico. Parás, observás, das otra mirada. Entonces mi llamado es a que se mire el mundo desde otro lugar», concluye Maria Cecilia.

Maria Cecilia Botero Merino. Fotografía: David Estrada Larrañeta.
Maria Cecilia Botero Merino. Fotografía: David Estrada Larrañeta.

 

Bajo el lente de Gio Morales

Su trabajo ha sido reconocido mundialmente, ha recibido un sin número de galardones y ha trabajado con estrellas de talla internacional. Este hombre oriundo de Medellín, Colombia se ha ganado el respeto y la admiración de millones de personas, gracias a su talento innato y su trabajo arduo que hoy en día desempeña en una de las ciudades mas prestigiosas del mundo, Miami.

Gio Morales emigró a los Estados Unidos de América en el año 1999. Con una mochila en mano, miles de sueños y una amplia experiencia en los medios de comunicación comenzó a trabajar en importantes emisoras de la ciudad de Miami, junto a personalidades como Humberto Rodríguez Calderón más conocido como ‘El GATO’. Sin embargo su profesión era la publicidad y su sueño era trabajar en el ámbito creativo, pero lo que mas le gustaba hacer era la fotografía.

Natalia Bravo

 

 

N: Gio, ¿Cuándo decidiste dedicarte 100% a la Fotografía?
G: Estudié publicidad y la clase que más me gustaba era la de fotografía. Incluso pensaba ser fotógrafo creativo, pero un día fui al matrimonio de mi mejor amiga y me di cuenta cómo funcionaba la fotografía de bodas. Mientras trabajaba en la radio empecé a tomar cursos, aprender conceptos y desde entonces decidí enfocarme 100% en esto que me apasiona, aunque también hago de vez en cuando radio y voice overs.

N: ¿Qué es lo que mas te gusta de este tipo de fotografía ?
G: Me gusta capturar los momentos mas importantes de la vida de las personas. Ese reto de congelar los momentos que años después las novias ven y se ponen a llorar. Siempre quise causar ese sentimiento.

N: ¿Una boda que nunca olvidarás?
G: Hay una en especial. Solamente he llorado dos veces tomando fotos. En una, es una novia que esta hablando con su padre y él está llorando. Al tomar esa foto se me venían las lagrimas porque sabia la historia detrás. El padre tenia cáncer en la garganta e iba a morir. Al terminar la ceremonia, los novios salen caminando, el papa está en la primera fila de la iglesia, él quiere felicitarla pero la voz no lo deja. Yo le digo a ella que lo vea, cuando se acerca a él, lo abraza, lo mira a los ojos y se le vienen las lágrimas. El sueño de la novia era que yo pudiera tomarle fotos junto a su padre, porque sabia que no le quedaba mucho tiempo de vida.

Otra de las pasiones de Gio es viajar. Su trabajo y sus ganas de conocer el mundo le han permitido explorar países como México, República Dominicana, Puerto Rico, Bahamas, Jamaica, España, Panamá, Ecuador, Japón, China, Vietnam, Israel, Jordania, entre otros.

He estado en México nueve veces, es el país al que mas veces he ido, tanto que me siento mexicano. Cuando fui por primera vez sentí una conexión única que no he sentido con ningún otro país. Asia me encanta, tengo una fascinación con sus países. También me encantó Tailandia, su gente, sus paisajes, su cultura, su comida, la espiritualidad de la gente.

N: ¿Pero has visitado un pequeño pueblo en Colombia que tengo entendido te ha dejado fascinado en todos los aspectos?
G: A parte de la fotografía de bodas también me apasiona la fotografía de calle, ‘Street photography’ o ‘travel photography’. Cuando visité el pueblo de Jericó, en Antioquia, me enamoró que es un municipio muy pintoresco. La gente es súper amable, en cada esquina hay una historia que contar. Poder narrar sus experiencias por medio de mi lente es una experiencia increíble. Las calles empedradas, su vegetación, mas que ser el pueblo de la Santa Madre Laura, es la gente que te cautiva y como es tan colorido se lo puedes mostrar al mundo y la gente va a querer ir a conocerlo.

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