Litigante: la belleza y el caos de un juicio eterno

Fotograma Litigante Carolina Sanin

El mundo de los hijos y los padres conlleva implícito un juicio, en ocasiones porque las nociones de lo moral o lo correcto no comulgan o pueden extrapolarse fácilmente, y esta disputa además va mediada por una línea delgada  que oscila entre el amor y la rabia o la culpa y la compasión; sin duda siempre bajo el velo de la incertidumbre al no poder asumir que todo cuanto debía hacerse o decirse en vida ha sido saldado. Ser hijos es un duelo que se lleva internamente a lo largo de la vida, cuando debemos enfrentar la ausencia de los más amados, o incluso cuando hemos de relevarlos.

Por Daniel Mateo Vallejo

Silvia Paz es abogada, hija y madre soltera en Bogotá quien a sus 40 años enfrenta un contundente litigio en su vida al defender decisiones como mamá y mujer ante el tribunal más mordaz para ella: el juicio moral de su madre Leticia en su lecho de muerte; el agravante para Silvia, como si fuese poco, es sobrellevar esta situación mientras en su ejercer profesional se defiende hasta en los medios de una acusación por corrupción en la entidad pública para la que trabaja y al mismo tiempo se cuestiona qué hacer frente al constante interés de su hijo Antonio por saber sobre ese padre ausente.

Así como su trama y el estado emocional de su protagonista, en términos formales Litigante refleja la esencia de esta relación madre-hija y su universo narrativo: muchas capas que ensamblan el caos, un caos íntimo que expone la complejidad y virtud de las emociones humanas. A partir de una inquietante y lúgubre atmósfera de ruidos repetitivos de máquinas y salas hospitalarias, su director Franco Lolli nos presenta e introduce en la situación detonante para Silvia y Leticia: la madre se opone a someterse de nuevo a una quimioterapia para tratar el cáncer de pulmón mientras la hija apela por la infancia y crianza del nieto para persuadirla; así, estas dos mujeres nos guían en el relato entre constantes y acaloradas discusiones, reclamos e interminables vaivenes a través de espacios que son ya una suerte de marca personal en el cine de este realizador colombiano: apartamentos, oficinas, pasillos y piscinas.

La fuerza de esta obra, en comparación con recientes películas colombianas, no recae en el aparataje técnico o el efectismo visual y sonoro; Litigante es contundente en la medida en que sabe enfatizar los momentos clave de su puesta en escena propiciando pausas desde la imagen y el sonido para resaltar las conmovedoras interpretaciones de Carolina Sanín (escritora y prima segunda del director quien interpreta a Silvia) y Leticia Gómez (madre del director y del personaje de Silvia quien en su vida real había ya superado la lucha contra el cáncer) las cuales se destacan por lograr una empatía pero también incertidumbre en los espectadores pues la actuación del reparto compuesto también por el actor y director Vladimir Durán (Adiós entusiasmo), la curadora de arte Alejandra Sarria (como hermana menor) y el pequeño Antonio Martínez ofrece un halo de naturalidad, ocurrencia y espontaneidad, tanto en las lágrimas como en sus risas. 

Litigante Franco Lolli

Otro miembro del equipo realizador que se destaca es el director de fotografía venezolano Luis Armando Arteaga quien ha trabajado en largometrajes del centro y sur de América multipremiados por todo el mundo (Ixcanul, de Jayro Bustamante, La familia de Gustavo Rondón y Las herederas de Marcelo Martinessi) quien para Litigante logra mantener al borde del desenfoque y contenidos entre siluetas y escorzos a todos sus personajes como fiel retrato de las emociones que atraviesan la pantalla y de las relaciones allí entrelazadas, sabiendo siempre hasta dónde reforzar desde el encuadre y dejando que tomen fuerza ya desde una disposición más documentada los momentos de aparente crudeza, verdad y belleza que el director logra revivir del guión con los actores.

Está tan bien logrado el hilo central de la película, que cuestiones que dejan algunas mal logradas o vagas tramas secundarias como el juicio jurídico, la relación de Silvia con Abel y el desaprovechado Vladimir Durán, al igual que en términos representativos los casi caricaturizados personajes homosexuales (si no es el amigo gay incondicional de la protagonista, lo sería el anfitrión de una fiesta literalmente emplumado e interpretado por Pedro Adrián Zuluaga) no distraen finalmente de lo esencial de este filme puesto que sus apariciones o desarrollos no cumplen más que la tarea de matizar el entorno ya caótico y saturado de la cautivadora relación que se debate entre amores y reclamos entre Silvia y Leticia Paz.

Con este, su segundo largometraje el cual se encargó de dar apertura a la Semana de la Crítica del Festival de Cannes del 2019 Franco Lolli compone un conjunto de cuatro obras (dos cortometrajes y su ópera prima) que con mirada particular desde la autorepresentación lo reiteran como un director que emplaza su punto de vista sobre la clase media-alta colombiana a la cual ha sabido agrietar con precisión para dejarnos ante el retrato entrañable y doloroso de lo que somos como sociedad trascendiendo cualquier esfera social; ante la sensación de pertenencia a ese caos vasto compuesto por tantos otros dramas, otras tragedias que nos afligen como humanos; tan vasto como las ventanas de Silvia desde donde vemos esa Bogotá que se impone fría, saturada y vertiginosa mientras aferrados a eso que nos mantiene en pie seguimos descifrando y procesando esa lucha interna, ese juicio eterno por saber nuestro lugar en el mundo a pesar del  mundo, a pesar de la familia.

El reino de las apariencias

The Smiling Lombana, de Daniela Abad 

Escrito por Daniel Mateo Vallejo

 

Mientras compraba mi entrada para ver The Smiling Lombana, una mujer que me seguía en la fila le preguntaba a su acompañante por la directora de esta película: “es de una directora colombiana”, fue todo lo que logró saber antes de ingresar a la sala en donde se proyectaría el segundo largometraje de Daniela Abad Lombana, directora de cine nacida en Torino, Italia, quien estudió en la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña. Su filmografía va desde cortometrajes de ficción como Padre nuestro (2015) y La cama (actualmente en postproducción), hasta sus dos largometrajes Carta a una sombra (2015, codirigido con Miguel Salazar, cuyo estreno le otorgó dos premios en el Ficci) y The Smiling Lombana (2018, obra con la que dicho festival inauguró su versión 58). Daniela actualmente reside en Medellín, donde se ha desempeñado también como productora, y junto a la directora Laura Mora y su hermano, el artista visual Pablo Mora, Mirlanda Torres y Manuel Villa conformaron la emergente casa productora La Selva Cine.

Aunque no es nada subestimable la influencia de sus abuelos, Daniela, con sus dos largometrajes documentales (el primero inspirado en la vida y muerte de su abuelo paterno, Héctor Abad Gómez, maestro provida cuya voz fue acallada por opositores a su visión, y el segundo, siguiendo los pasos de su abuelo materno y esa casta de artistas Lombana), toda su filmografía es prueba de que sus apellidos no le hacen sombra cuando de talento se trata, pues su trabajo revela sentido crítico y sensibilidad para transformar su mirada sobre acontecimientos familiares en un espejo en el que ha sabido reflejar muy bien esa sociedad en la que ha crecido; así que hay pues mucho más por qué reconocerla y celebrarla.

Cuando tenía once años, Abad conoció por primera y única vez a su abuelo materno, Tito Lombana, quien en su lecho de muerte, le entregó a ella un sobre que contenía un fajo de dólares; este es el punto de partida de lo que aparentemente es un relato cronológico de la vida y obra de un artista plástico innato, narrado por su nieta; digo aparente, pues a medida que avanza el recuento de los viajes y las personas que llegan a la vida de Tito, capa a capa, se va develando un tema más global que absorbe la historia de este escultor, e incluso la de toda una sociedad y una ciudad desde la década de los setenta: la ambición por las cosas y el éxito a toda costa.

The Smiling Lombana no es solamente la historia de un hombre, ni de una familia, sino que, más bien, indaga acerca de las consecuencias de esa necesidad de ostentar riqueza y poder, sin importar los medios; mal tan arraigado en el espíritu de aquellos hombres impacientes que cimentaron un estilo de vida en nuestro país a través de la mafia y el narcotráfico, el cual rápidamente invadió y se propagó a lo largo y ancho de Colombia, invadiendo hogares y corazones. Este documental es un esfuerzo fallido, tal vez, por encontrar respuestas claras de la enigmática vida de su abuelo, pero sin duda es una pieza contundente y estimulante en la que podemos reflejarnos y pensarnos como sociedad.

 

 

Con un material de archivo familiar tan cautivante como el uso de la música y la esponteneidad y fuerza de los testimonios de su abuela Laura y su tía Mónica, Daniela ensambla el seguimiento de la vida de su abuelo, permitiéndonos entender cómo paso a paso, país por país, de familia en familia, al mejor estilo crónico de un Corleone, este hombre fue moldeando su vida y tallando cuidadosamente una doble vida que más adelante, al descubrirse su secreto, le costaría el amor de su esposa, la cercanía de sus hijas e incluso lo privaría de la libertad por más de un año en Estados Unidos.

Daniela Abad ha sabido aprovechar con destreza sus historias familiares que resultan tan inspiradoras, pero crudas y violentas a su vez, por un lado, con el recuento de la vida y trágica muerte de su abuelo Héctor Abad Gómez, a través de su familia; y ahora, este cautivador intento por desenmascarar a esa figura pública que fue Tito Lombana, el hombre que generó grietas y dolor en su familia materna al sobreponer el aprecio por lo material y ese insaciable deseo por el dinero fácil y rápido que el arte no le estaba generando, antes que la tranquilidad y estabilidad con su familia. También ha sabido tomar la distancia justa de los hechos y personajes que han atravesado y marcado su vida, para extraer muchos más matices de lo que pudo ser meramente anecdótico; su mirada a través del documental ha logrado potentes narraciones, y no deja más que expectativa por sus siguientes búsquedas, donde quizá su bagaje familiar quede relevado o un reenfoque inspire nuevas narrativas y diálogos sobre lo bello y trágico, al mismo tiempo, que puede ser crecer y vivir en una ciudad como Medellín; en un país como el nuestro, donde reina el valor de las cosas y la imagen social impoluta sobre la transparencia y la vida misma.

 

Jericó, el infinito vuelo de los días, de Catalina Mesa

Mujeres y tradición

Melissa Mira Sánchez

 

 

Entre las montañas y el colorido del municipio de Jericó, en Suroeste antioquieño, las tradiciones siguen vivas de la mano de los relatos y conocimientos de las madres y abuelas del pueblo. Son ellas y sus historias quienes protagonizan este documental de Catalina Mesa. Jericó, al igual que estas mujeres, se teje a punta de recuerdos, y es en la evocación del pasado, de amores, desamores, felicidades y desdichas, donde la pieza logra retratar a estos personajes que resultan tan pintorescos como el pueblo mismo.

Todas estas mujeres comparten, además de su contexto geográfico, un conjunto de costumbres arraigadas que determinan sus prácticas cotidianas, entre las que resaltan los rituales de belleza, la molienda de maíz para las arepas y el tejido; todas ellas, en medio de la soledad que acaece con el paso de los años, encuentran la posibilidad de revivir los hechos que las marcaron a través del ejercicio de hacer memoria. Sus narraciones las embarcan en un viaje emocional en el que el espectador termina también sumido, pasando de las alegrías a las pérdidas, no sin dejar de imprimir algo de humor y todo un compendio de dichos populares a sus historias.

Las temáticas de sus relatos comprenden las creencias, los agüeros, las experiencias y aprendizajes de la juventud. Entre líneas se evidencia también el patriarcado, aún vigente de manera particular en la cultura antioqueña. Sus historias giran alrededor de los hombres, que aunque poco los veamos en el filme, pasan a ser gran parte de lo que, desde su propia visión, las ha definido, en especial los noviazgos y el matrimonio.

La relación con lo místico y lo espiritual de las mujeres retratadas es otro de los elementos que las caracteriza. Una de ellas, a sus ciento dos años y con la lucidez intacta, habla del trato que hizo con la virgen para el momento de su muerte. De la misma forma, los rezos a los santos, la creencia en eventos que pueden augurar la muerte, o la colección de camándulas de Doña Chila, son todas muestras de un deseo por trascender lo terrenal.

En cuanto al tratamiento del documental, se puede identificar cómo varias de las situaciones son provocadas inicialmente, construyendo una suerte de representación en escena que de entrada produce un efecto de extrañamiento, sin embargo, a medida que se desarrollan las conversaciones, esta singularidad encuentra su razón de ser, ya que consigue que los personajes vayan recobrando la espontaneidad y profundizando en sus reflexiones. El uso de este recurso habla de una mirada, por un lado, conocedora del universo al que se aproxima, y por otro, con una clara consciencia de lo cinematográfico.

A través de las decisiones estéticas se saben aprovechar los espacios íntimos donde habitan los personajes, a pesar del evidente interés por hacer una apología al pueblo, el color y el aire de antaño de los ambientes terminan haciendo parte de los retratos y narrando diferentes aspectos de las mujeres que los ocupan. La música, en orden también con lo tradicional, remite una vez más a las raíces esencialmente locales de la historia.

Es inevitable identificar unos rasgos de feminidad en esta película, no sólo por el carácter de sus valores estéticos y expresivos sino por la complicidad que se evidencia con las mujeres que la protagonizan y la capacidad para detenerse en los detalles. La realizadora sabe comprender y retratar con sensibilidad el universo de estos personajes, quienes, en sus últimos años, se detienen a mirar atrás y construyen su identidad a través del recuerdo.

 

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