La casa es también paisaje

Montañas Ilustración Laura Ospina

En Medellín se vive con los cerros al pie. Santo Domingo, El Salvador, El Picacho, Nutibara, Pan de Azúcar, la Asomadera y el Volador rodean o se alzan en medio de la metrópoli y su presencia es tan monumental, que ha conseguido definirnos a quienes vivimos allí; a unos nos ha convertido en exploradores que crecen buscando saciar la curiosidad por lo que hay afuera y, a otros, nos vuelve temerosos y estáticos porque no hay atisbo de lo desconocido. La mirada de todos, eso sí, está acostumbrada al límite y al encierro.

Por Andrea Yepes Cuartas

Yo crecí viendo cómo los cerros acaparaban el panorama sin forma aparente de evitarlo. La playas o las planicies propias de la meseta eran paisajes que venían únicamente cuando estaba de vacaciones, es decir, eran siempre temporales y estaban cargados de esa pérdida de referentes que se experimenta al pasar una temporada en lugares que no se conocen. Cuando retornaba, claro, las montañas volvían a cobijarme y a hacerme sentir parte de ellas. Esto hizo que se instalara algo en mí, un pensamiento que solo entendí cuando me mudé a otra ciudad y busqué un apartamento con ventanas al oriente, el lugar donde están los cerros allí: me siento en casa cuando tengo montañas para mirar.

La escritora irlandesa Maggie O’Farrell piensa así del mar. “He vivido gran parte de mi vida cerca del mar: noto su fuerza de atracción… y su ausencia, si no lo frecuento con regularidad, si no paseo por la playa, respiro su aire y me sumerjo en el agua”, dice en su libro de ensayos Sigo aquí, donde narra todas las experiencias cercanas a la muerte que ha experimentado. Algunas de esas veces en las que ha sentido morir, la amenaza ha sido el mar profundo y aún así lo sigue queriendo cerca.

Estar buscando símiles de esas estampas que nos dejan los lugares a los que hemos llamado casa nos hace seres condenados. Ella está condenada a mudarse siempre a las orillas de los países y yo a buscar ciudades o pueblos voluptuosos donde el suelo se alce bastante. La casa es también paisaje.

Por eso ahora que hay encierro y que el mundo parece agotarse en las paredes que delimitan las habitaciones que frecuentamos, he tomado la costumbre de mirar por la ventana y de repetirme esa frase: la casa es también paisaje. Sí, la casa es la puerta por la que entro, los muebles que escogí y los objetos que han puesto allí quienes me aman, pero también es todo lo que entra por la ventana: las historias que veo como si fuera un teatro en los balcones de mis vecinos de enfrente, la luz enceguecedora de las mañanas y el reflejo de un atardecer que no alcanzo a ver del todo. El aire frío. Y, sobre todo, esa cadeneta de montañas que parece estar siempre tan cerca.

En el libro Qué es ser Antioqueño, Pedro Adrián Zuluaga habla de las montañas y de su padre así: “La visión del horizonte que para mí era opresora por ser siempre la misma, y por estar cortada por las montañas del frente, a él lo tranquilizaba”. Yo soy como su padre, a mí me pone suave ver que las líneas divisorias entre el suelo y el cielo vengan voluptuosas, verdes y pronunciadas.

Me siento resguardada por ellas. Su presencia de esfinges fieles e impasibles me abraza y me da una fortaleza transmitida por el ejemplo. Convivir con ellas me ha enseñado a echar raíz y a mantener un lugar para asentarme, a dejar que otros habiten en mí. A derrumbarme y a hacer ruido y desastres cuando plantan en mí lo malsano e invasivo, lo que me hace daño.

Me tranquilizan, también, cuando las miro en la noche y están alumbradas; cuando, como escribió el editor José Ardila, “se convierten en oscuras extensiones del firmamento oscuro. Una sola cosa negra repleta de puntitos luminosos, como estrellas”, porque cada uno de esos destellos es alguien que me acompaña, es la certeza de que una vez exista de nuevo el afuera, habrán otros para juntarnos.

Resignificar lo que puede ser una casa es quitarle la concepción de dureza y romper la imagen mental de las paredes y el límite. Es encontrar en el paisaje una sensación de familiaridad, de pertenencia. Cuando estamos convocados al encierro, nos queda igual la mirada y esa certeza de que cuando nos asomamos por la ventana las montañas estarán ahí, inagotables.

Guadalajara de Buga, un milagro por descubrir

Guadalajara de Buga

Como la notas cortas de viaje, como las de un cuaderno, de una bitácora, este es un apunte sobre Guadalajara de Buga en el Valle del Cauca.

 

Por Lizeth Morelos

Sube tres cuadras, a mano derecha voltea, de ahí sube tres cuadras más y apenas vea una ventana medio abierta, queda de ahí a dos cuadras más… Si a usted le están dando estas indicaciones quiere decir que usted ha llegado a Guadalajara de Buga, una ciudad adornada por casas antiguas que tiene historias en cada esquina y un interesante pasado por contar. Muchos la conocen porque han ido a pedirle al milagroso algún favor o han escuchado decir “voy a ir a cumplir una penitencia a Buga”; pero, ¿realmente conocemos qué hay más allá del turismo religioso? 

Guadalajara de Buga

Yo no conocía Buga y debo aceptar que la única referencia que tenía de esta ciudad era la basílica. Pero al llegar y ver este paraíso que sobrevivió a un terremoto en el año de 1977 y a una toma guerrillera en una de sus veredas por el frente 5 de las Farc me hizo sentir admiración por cada calle que cruza esta gran ciudad, escuchar cómo con orgullo reviven las anécdotas de sus fundadores, me puso a pensar que los bugueños aman cada pedacito y rincón que los representa.

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“El bobo amarrado al papayo”: sobre esta expresión cuentan que las familias adineradas de la época, para no perder su pureza y riquezas, se casaban entre ellos mismos; esto generó que los descendientes nacieran con problemas genéticos y a algunos, dicen, tocaba amarrarlos a un papayo por tener problemas de conducta agresiva. Así como esta expresión se escuchan otras como “La dirección bugueña”, que la mencionamos al inicio de este texto y  “El paseo bugueño”, conocida por aludir a reuniones donde las mujeres van por un lado y los hombres por otro. 

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Su gastronomía busca que las familias se reúnan en la mesa a compartir una deliciosa chuleta que le da la vuelta a la bandeja, acompañada de papas fritas y arroz por montó, se invita a repetir y se demuestra que donde come uno comen tres con un sabor que es representativo de Guadalajara.

Guadalajara de Buga

Tesoros escondidos como la Casa Lago El Manantial ubicada en la vereda Alaska, te hacen soñar y querer volver y permanecer en este lugar, donde Don José construyó su casa encima del agua cristalina en una estancia acompañada de silencio, recibiendo a propios y visitantes que deseen  dejarse envolver por la magia y calma que irradian así se mire de lejos.     

Esta es Guadalajara de Buga, la ciudad señora, la que sueña, la orgullosa esa que todos los días trata de ser mejor y mostrarle al mundo su majestuosidad.

 

 

 

Emberas, ejércitos y biodiversidad en Santa Cecilia

Embera Santa Cecilia Chochó Cornelio Bota

Un estudioso de las libélulas de Colombia que ha descrito más de una decena de estos seres escribió este texto sobre Santa Cecilia, corregimiento de Pueblo Rico, Risaralda, donde durante varias salidas de campo para la investigación de la biodiversidad de nuestro país, estuvo en los márgenes de una cordillera, en un lugar indómito y muy biodiverso  pero aporreado por ejércitos.

Por Cornelio Bota
corneliobota@gmail.com
Biólogo e investigador

Entre montañas, nubes y todos los tonos de verde que se puedan distinguir y atravesada por el río San Juan y por una historia de aleaciones culturales, en el límite entre Risaralda y Chocó, entre las últimas faldas de los Andes, existe un pueblo llamado Santa Cecilia. Allí los Embera llevaban una vida seminómada hace algunas décadas, cortaban partes del bosque para sembrar maíz, yuca y lulo, cosechaban borojó y chontaduro, pescaban y cazaban con barbasco, cerbatana y trampas. Eran los tiempos en los que, aunque todos conocían los secretos de la selva, había un médico en cada grupo: el más viejo, el más respetado, el más temido, el que le había cambiado el alma por el conocimiento a los montes y que cuando muriera los espíritus de la selva lo reclamarían como uno de sus propios, como el Moan.

Selva cobijada por las nubes del amanecer. Santa Cecilia, Risaralda. Foto: Cornelio Bota.

 

Libélula de la especie Hetaerina occisa macho, grupo de animales que estudia Cornelio Bota (más información aquí).

Conocí Santa Cecilia hace apenas cinco años y he tenido la oportunidad de vivir durante un par de temporadas allí explorando su diversidad biológica, pero sobre todo impregnándome de su cultura, de su historia y del sabor del primitivo, el borojó, el guacuco, el achín, el yuyo… delicias culinarias que van de la mano con una cultura completamente diferente y difícil de imaginar para cualquier colombiano del interior del país.

Don Blas Santa Cecilia Cornelio Bota
Don Blas enseñándonos obre las culebras en los bosques de Santa Cecilia, Risaralda. Foto: Cornelio Bota.

A Santa Cecilia llegó otro pueblo arrancado violentamente del África, violentado por la ambición y la ignorancia de un imperio… Algunos afrodescendientes lograron escapar de sus yugos e internarse en estas selvas, llevando su cultura, su dolor y su alegría a cuestas y poniéndole el sabor del ñame, el plátano y la gallina ahumada a la región, los ritmos, los bailes y su misticismo que los acompaña hasta en su despedida de este mundo en la que hay reuniones, comida y trago. Su vida es un canto hasta el final.

Selva y río Santa Cecilia Cornelio Bota
Quebrada Ranas de Cristal en Santa Cecilia, Risaralda. Foto: Cornelio Bota.

Por último, llegó el imperio, el Estado, a informarles a reclamar esas tierras como parte de Colombia porque, según los límites de un mapa dibujado en algún remoto escritorio, ellos eran parte de este proyecto. Descendiendo desde los Andes a lomo de mula por trochas difíciles y peligrosas fundaron en Santa Cecilia la Cárcel de Cinto, una de las prisiones más temidas de Colombia, donde la humedad, las enfermedades tropicales y el calor acababan con la salud del criminal más feroz en meses. Llegó la iglesia y se estableció una ruta de comercio hacia el Cauca, ruta que hoy, después de décadas del desmantelamiento de la Cárcel de Cinto, es la carretera Panamericana, principal vía de comunicación entre el Chocó y el interior del país y me atrevo a decir que una de las que ha cargado más madera y sangre;  no solo la sangre de la selva, la guerra ha sido cruel en Santa Cecilia. La efervescente mezcla cultural, su posición estratégica en la base de la Cordillera y sus incontables riquezas naturales han llevado a diversos ejércitos a luchar por el poder de esta región.

Santa Cecilia Cornelio Bota
Puente sobre el río San Juan, al fondo se observa la carretera Panamericana. Santa Cecilia, Risaralda. Foto: Cornelio Bota.

A pesar de la algarabía alegre que se siente en las calles de Santa Cecilia, a pesar de la amabilidad de sus gentes que siempre ofrecen un cariñoso saludo y te abren las puertas de sus casas y de su región, hay una particularidad demográfica que delata una historia cruel a la que se enfrentaron todos estos corazones: la mayoría del pueblo es mayor de 50 años o menor de 20, la violencia que se vivió hace dos décadas se llevó a una generación completa a otras tierras en el caso de los más afortunados, o a nutrir los suelos del Chocó en los casos más trágicos…

Embera Santa Cecilia Chocó 2 Cornelio Bota
Mujeres embera atravesando puente colgante sobre el río San Juan, cargadas con sus cestos tradicionales. Santa Cecilia, Risaralda. Foto: Natalia Uribe.

Los Embera ya no son nómadas, desde 1991 son dueños de sus resguardos donde viven bajo sus leyes y su cultura. Paradójicamente el conocimiento de la selva que los llevó a ser grandes cazadores ahora juega en su contra, pues al no moverse periódicamente a otros territorios, las poblaciones de sus presas no se pueden recuperar y cada vez es más difícil encontrar una guagua o un guacuco para echar al fogón. Igualmente, los aserradores día a día tienen que ir más lejos y obligar a sus mulas a sortear obstáculos más peligrosos para obtener un par de tablas. Para acabar de ajustar, las palmas de chontaduro, desnudas en medio de los potreros o de cultivos de pan coger, sin el abrigo de los montes que siempre las acompañó, son víctimas del picudo, un escarabajo que las devora como si fuera un niño comiendo helado. Estos cambios han golpeado fuertemente la economía y las costumbres de Santa Cecilia; sin embargo, esta mezcla de culturas es resiliente y está dando la pelea, buscando salidas, nuevos cultivos, nuevas técnicas, nuevos negocios, haciendo un esfuerzo por adaptarse a las nuevas reglas del juego, no es fácil pero ahí van.

Santa Cecilia Chocó 2 Cornelio Bota
La selva después de aserrar. Santa Cecilia, Risaralda. Foto: Cornelio Bota.

El abuso por parte de soldados del Ejercito Nacional hace unas semanas, la violación, la violencia, la crueldad ¿volvieron o nunca se fueron?, no lo sé, pero lo que sí es claro, en medio de la tristeza, rabia e impotencia que me generó esta noticia, es que hay algo positivo: los abusos ahora se reportan, la gente habla de Santa Cecilia; el déspota, el tirano, el vil no tiene la impunidad de antes; esto me llena de esperanza y sé que aunque el proceso es duro, las cosas sí están cambiando, la región es cada vez más fuerte y el clamor por el cambio y por la paz se vuelven realidad poco a poco.

De todo corazón, acompañamiento y fuerza para la niña embera, su familia, su resguardo y cada uno de los habitantes de Santa Cecilia que están dando la lucha por una vida digna y feliz.

Mural Biógrafos Santa Cecilia
Mural “Breve historia de Santa Cecilia” ubicado en la plaza del pueblo elaborado por el colectivo Biógrafos en Santa Cecilia, Risaralda. Foto: Cornelio Bota.

 

Rana de Cristal Hyloscirtus palmeri. Santa Cecilia, Risaralda. Foto: Cornelio Bota.

 

 

 

 

Bitácora #MCC

Medellín Cuenta Corto

Cada semana dos cortos hechos en Medellín + conservatorio + podcast. Entre el 15 de junio y el 18 de julio de 2020 el proyecto Medellín Cuenta Corto (#MCC) exhibe dos cortometrajes a través de Gente que Hace Cine y realiza actividades en las que el cine expande sus reflexiones. Esta bitácora guarda algunos momentos de #MCC.

Semana #1

Conversatorio Medellín en sus márgenes

Medellín en sus márgenes fue la primera emisión de #MCC con dos cortometrajes: Marejada feliz, de Liberman Arango y La noche resplandece, de Mauricio Maldonado. La conversación se dio entre ambos directores con la moderación de Víctor Gaviria, quien en esta ocasión tuvo el lugar del espectador, lector, entrevistador y referente. La charla se dio en torno a la calle como lugar de creación, a personajes permanentes de una ciudad móvil, a la violencia en off, a las marginalidades de Medellín y las formas viejas y nuevas de abordarlas y representarlas y a los guiones detonantes. Destacamos:

“Medellín es increíble para filmar”

“Los códigos de la calle se respetan”

” Hay una conciencia de que no hay necesariamente algo nuevo sino unos antojos de cierto tipo de cinefilia”

“Quería respetar muchas cosas pero quería no respetar otras”

 

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Listen to “EP79: Especial Medellín Cuenta Corto: MEDELLÍN EN SUS MÁRGENES” on Spreaker.

 


Semana #2

Conversatorio Encrucijadas juveniles

En esta segunda emisión, Encrucijadas juveniles, se presentaron dos cortometrajes de dos realizadoras: Exceso de Equipaje, de Maria José Zambrano y Mancha, de Raquel Tamayo. El conversatorio fue moderado por la escritora Diana Gutiérrez. La conversación abordó la pregunta por el cuerpo, por las relaciones creativas entre hermanas y el cine del mundo propio, íntimo. También sobre los abandonos, el cambio y las conquistas de los personajes que salen de casa. Ambas realizadoras coinciden una noción experimental de sus procesos creativos.

“Cualquier pieza creativa es una oportunidad de exorcizar” 

“¿Cómo puedo narrar a mis hermanas?”

“¿Cómo es eso de verse a través de algo?”

“Ponerse en situación de narrarse”

 

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Listen to “EP80: Especial Medellín Cuenta Corto: ENCRUCIJADAS JUVENILES” on Spreaker.


Semana #3

Conversatorio La movida de la Video Danza

En la tercera semana se emitieron las video danzas Hybris, de Camila Caballero; Sombra, de Daissy Pérez y un bonus track de la mima realizadora: El inicio del sueño. La conversación la moderó la realizadora, crítica de cine y bailarina Luisa Cárdenas. La conversación se dio alrededor de la definición misma de la video danza, cine danza, conceptos aún en construcción de las narrativas no convencionales y experimentales; también sobre los modos de producción, interpretaciones y planeaciones específicas de la video danza.

 

“Quería intentar hacer con la cámara lo que sentía bailando”

“Es ella la que se está moviendo con más plasticidad”

“Me di cuenta de que el montaje también es el que te permite danzar”

“El lenguaje del cine también danza”

“Quería deformar el espacio”

“Todo el día estábamos consumiendo el caos de Medellín”

“Mostrar a Medellín desde un lugar medio extraterrestre”

“No sé cómo expresar mi dolor si no es bailando”

 

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Listen to “EP81: Especial Medellín Cuenta Corto: LA MOVIDA DE LA VIDEO DANZA” on Spreaker.

Nombré a dos insectos y se los dediqué a mi papá y a mi mamá

Calloconophora-estellae-madre-y-ninfas2

Los insectos tienen quizá más historias para contarnos que cualquier otro grupo de organismos, pues son el grupo con más especies conocidas lo cual está reflejado en sus formas e historias de vida. Se estima que aún nos quedan por descubrir y describir miles e incluso millones de especies nuevas de insectos. Una especie nueva es una historia nueva para contar.

Textos y fotografías: Camilo Flórez Valencia
Biólogo
Curador de las Colecciones Biológicas de la Universidad CES

Para poder contar esa nueva historia debemos nombrar la nueva especie; ese nuevo nombre debe tener asociado una descripción detallada del organismo. Una nueva especie requiere ser nombrada no porque no exista en el mundo sin el nombre que le damos, sino porque es necesario que esto suceda para que se puedan contar historias sobre ella. Más allá de los textos técnicos donde son descritas estas especies, encontrar y describir una especie nueva conlleva abrir otro pequeño mundo.

Descripción especie nueva ciencia

 

La familia Membracidae o de los membrácidos es uno de esos grupos de insectos en los cuales nos quedan muchas especies y aspectos de su biología por conocer y documentar. Estos insectos se alimentan succionando savia de las plantas y algunos son conocidos comúnmente como ‘insectos espina’ o ‘helicópteros’. El primer nombre se debe a que una estructura de su tórax, que en membrácidos está muy desarrollada, puede tener forma de espina. El segundo nombre se debe a que hace unos años las personas ataban una cuerda a las patas de estos insectos y al volar permanecían en el aire como un helicóptero.

Cladonota apicalis
Cladonota apicalis

Algunas especies de estos pequeños organismos (grandes en comparación con otros insectos) tienen cuidado maternal: las madres cuidan a sus hijos por medio de estrategias impresionantes. Algunos de estos insectos lanzan patadas fuertes para espantar a depredadores y parasitoides. En Medellín me contaron que la gente los atrapaba y los ponían cerca para que “pelearan”. Otros membrácidos pueden tener relaciones muy interesantes con hormigas que son tan diversas y sofisticadas que no van a ser el punto de este texto.

 

Describir membrácidos

Hace alrededor de un año, describí dos nuevas especies de Membracidae. Les di nombre y conté una nueva historia, pero mi sensación es que siempre queda algo más por contar. Detrás de las historias técnicas de los artículos científicos, siempre (para mí) hay una emoción adicional relacionada con la expedición donde encontramos la nueva especie, las comunidades alrededor de los sitios, las personas que nos acompañaron, las historias que nos contaron mientras caminábamos, los almuerzos al lado de los ríos. Muchas de estas historias se pierden inmersas en las necesarias descripciones telegráficas de los artículos científicos.

Esas dos especies nuevas las nombré como Calloconophora estellae y Problematode robertoi. Dediqué estos nombres a mis padres, Luz Estella Valencia y Roberto Flórez en agradecimiento por la vida y el inmenso cariño que les tengo. De esta forma, los epítetos estellae y robertoi también se vuelven fundamentales en esta historia.

 

Calloconophora estellae

Tiene una apariencia hermosa, con muchos pelos dorados interrumpidos por dos líneas de pelos más oscuros. Más allá de esto, lo más impresionante de esta especie es la forma en la que cuida y defiende a sus hijos. La madre deposita una sustancia cerosa en un patrón en espiral alrededor de los tallos cerca de sus huevos o ninfas.

Esta sustancia es pegajosa, por lo que otros organismos como avispas, arañas u hormigas que puedan depredar a los huevos o ninfas de los membrácidos quedan adheridos a esta sustancia. La cera además tiene un patrón en espiral muy particular, constituido por bolas unidas por pequeñas líneas, que la madre deposita con mucha calma. Esta cera puede encontrarse en todo un fragmento de la planta, dándole un aspecto muy particular, parecido a un arreglo navideño o un diseño para una torta.

 

Pero hay más, la hembra además deposita más cera sobre los huevos, se posa sobre ellos y los defiende de forma agresiva contra depredadores y parasitoides por medio de movimientos con las patas y zumbando sus alas. La hembra permanece con sus hijos hasta que estos se vuelven adultos. Se podría decir que esta especie tiene uno de los comportamientos de cuidado maternal más asombrosos y complejos dentro de los membrácidos.

Calloconophora estellae está estrictamente asociada a una enredadera de la familia Dileniaceae que con frecuencia crece al borde de ríos y caminos. Esta especie la hemos encontrado hasta el momento en el Magdalena Medio y en el piedemonte de la Cordillera Occidental hacia el Chocó.

 

Problematode robertoi

Por otro lado, Problematode robertoi tiene un aspecto muy diferente al resto de membrácidos porque tiene unas alas con venas gruesas e irregulares. Esta especie no tiene un pronoto grande ni con formas extrañas y extravagantes como otros membrácidos. Su forma es aplanada y su coloración similar a tallos con musgo. En otras palabras, a simple vista no parece un membrácido. Nos podríamos además arriesgar a decir que esta especie debe estar camuflada de forma extraordinaria, por lo que es muy difícil de encontrar. Hasta ahora sólo hemos encontrado un individuo de esta especie (con el cual se realizó la descripción), y apenas cuatro individuos de las otras dos especies descritas del género Problematode. Hasta antes de la descripción de P. robertoi, no había sido posible establecer quiénes eran los ‘parientes’ del género. Por medio del descubrimiento de P. robertoi, tenemos al menos una idea de quiénes son sus primos, aunque aún no sabemos quiénes son sus hermanos.

Vista dorsal de Problematode robertoi
Vista lateral de Problematode robertoi

 

Arboloco

El único individuo conocido de P. robertoi lo encontramos en un remanente de bosque cerca de la finca Arboloco, muy cerca de Manizales y el PNN Los Nevados. Mi papá adquirió Arboloco como un lote ganadero hace más de 15 años y ahora es un espacio en proceso de restauración donde habitan cada vez más insectos, plantas, aves y muchos otros organismos. Esta es una de las principales razones por las cuales nos motivamos a conocer más de los bosques cercanos a esta finca y una de las razones por las cuales ahora conocemos a P. robertoi.

Mis padres siguen siendo una de las principales motivaciones para estudiar estos insectos. Se siguen emocionando con cada nuevo bicho que encontramos o con cada nueva planta que sembramos en la finca. Esto hace parte también de la historia de las especies así sea de forma indirecta y no es posible desligarnos de las emociones al estudiar las maravillas que nos rodean.

 

Link del artículo aquí
Artículo científico completo: solicitarlo a kmilofv@gmail.com

Pandemia

Jaime Hincapié Opinión Jacom La Revista

Este ejercicio de suposición transita explicaciones, preguntas, críticas y rodeos a la pandemia a través de la mirada de un científico escritor. 

 

Por Jaime Alejandro Hincapié García
Químico farmacéutico
Magíster en farmacología clínica
Profesor de la Facultad de Ciencias Farmacéuticas y Alimentarias de la Universidad de Antioquia

Cada uno tiene su propia versión de la pandemia. Las versiones tienen, casi todas, un esqueleto común: la pandemia se divide en causas, vivencias y consecuencias. Y la respuesta a cada una de esas divisiones será un resultado muy particular, atribuible a las creencias y los nexos de cada individuo.

Intentemos un ejercicio: supongamos algunas versiones de la pandemia de unos grupos de individuos creados artificialmente.

Empecemos por las causas. Hay quienes creen que la pandemia tiene un conjunto de causas conspirativas y políticas. Sin dudarlo, le atribuyen la causa a algún gobierno que tiene un laboratorio genético subterráneo donde ejecutan sus planes maléficos para enfermar al mundo. Como se puede sospechar, algunos de este grupo pueden ser esos líderes peligrosos y xenófobos que necesitan un enemigo para mantener su popularidad patriarcal, cimentada en el «yo te defiendo de aquellos, nuestros enemigos». Hay otros, más arraigados en sus creencias espirituales, que le atribuyen la pandemia a una fuerza superior: es dios, la naturaleza, la Pachamama, o son las fuerzas mágicas del universo las que nos tienen hoy en estas. Pareciera una visión poco creíble para los racionalistas. Buscar la causa en el más allá suele ser una salida fácil, especialmente si queremos un consuelo rápido: «si dios nos mandó esto, pues dios nos lo va a quitar. Si es la naturaleza la que nos pone a prueba por haberla retado, todo esto pasará cuando nos decidamos a controlar el consumo y a contaminar menos». Es simple, a veces necesario. Por otro lado, están los que siempre tienen una explicación —o buscan una explicación—, los científicos —o los que tienen vocación científica—, quienes coinciden en que la causa de este problema es, a secas, un virus zoonótico —un virus que infecta un animal y que después enferma a los humanos— que entra a las células del pulmón, provoca neumonía y es altamente virulento: «es una enfermedad muy contagiosa. Hay que aplanar la curva».

Más adelante, explorando el esqueleto de las versiones, están las vivencias. Y de estas tantas como humanos sobre la tierra. Si se le pregunta a cualquier persona por su emoción —¿qué sientes ahora? — el abanico de respuestas sería enorme. Haciendo una reducción, para lograr completar el mensaje, se podría decir que hay muchos viviendo y fluctuando entre el miedo y la esperanza. Movidos por el miedo se protegen y a la sombra de la esperanza se quedan inmóviles. Este miedo que se filtra por debajo de las puertas y las ventanas es abstracto y difícil de entender. Hace unos días, hablando con un profesor que admiro mucho, terminamos la conversación con el siguiente juego de palabras: —Esperemos que el miedo ayude a fortalecer el sistema de salud, antes de que nos “muramos de miedo”— le dije, a lo que él respondió: —O hasta que nos maten en medio del miedo—. Pues este miedo abstracto, invisible por lo microscópico, está transformando la sociedad. A ciertas personas la vivencia se les ha transformado en un pensamiento más claro; han superado el miedo y viven aceptando la incertidumbre, creciendo, entendiendo que sobre esta situación no hay control que valga y que hay que vivir en el presente con un propósito, idealmente ayudando a otros. Por su parte, hay quienes —en especial políticos y tomadores de decisiones—están viviendo como actores de los libros de historia que se escribirán dentro de algunos años. Se saben protagonistas con sus decisiones y actúan para su propio poder y vanagloria. Empujados por su ego van dando declaraciones y viviendo la situación a través del filtro de un cálculo minucioso: «cuánto gano, cuánto pierdo con cada decisión». De estos mismos, algunos, con un pensamiento diferente, han conseguido entender su rol, han destruido el yo y han construido puentes que intentan disminuir el dolor de aquellos a quienes dirigen. Y, por último, los científicos, viven a través de las hojas de datos. Con un lenguaje cifrado, que sirve mucho para conversar entre científicos, pero poco para hablarle a la sociedad, van midiendo: número de infectados, número de muertos, número de pacientes graves, número de moléculas que pueden servir como vacuna o como tratamiento. Y así, como en los casos anteriores, algunos han logrado modificar sus formas clásicas de aproximarse a la situación y han entendido que la sociedad requiere información y humanidad. La ciencia ha bajado un poco su lenguaje esotérico y ha conseguido llegar a muchas personas, de todas las clases, lenguajes y culturas. La ciencia como antídoto del azar y del miedo. Pero, a pesar de ello, aunque estemos viviendo la época más avanzada en la historia de la medicina, nos dimos cuenta de que nos falta mucho, que el camino es largo y lo peor es que no sabemos en qué parte de la ruta estamos.

Finalmente, la versión de la pandemia termina en una especulación de las consecuencias. Y acá viene una palabreja muy útil en estos días: incertidumbre. Según el subgrupo que simulemos las consecuencias se proyectarán y ahí empezará el trabajo adivinatorio. Por ejemplo, tendrán en mente los millones de dólares en deudas, los millones de personas desempleadas o los millones de pérdidas para la economía. Otros se interesarán por saber si esta cuarentena será la última y si podremos salir a caminar otra vez como antes, o será que la vida cambiará, aunque sea un poco. Quizás, para otros, se estimará cuantas vidas se pierdan en el camino y cuanto de todo esto quede como aprendizajes para la ciencia, para la próxima vez que tengamos una pandemia.

Al final de este ejercicio vale la pena pensar que de esos subgrupos que he creado artificialmente —los ciudadanos, los científicos, los políticos— no siempre pertenecemos a uno solo; es decir, no somos o los unos o los otros, sino que casi siempre somos los unos y los otros. Por eso y por la humildad que nos tiene que asistir al enterarnos de que nos falta tanto por aprender y que es poco lo que tenemos bajo control, florece la imperativa necesidad de cohesión social, de trabajar los unos por los otros, de asimilar el riesgo individual y el riesgo colectivo para garantizar la vida. Emerge la urgencia de valorar los esfuerzos y las benditas desgracias del otro. Y entonces, así, llegamos a una conclusión casi tautológica, la frase de cajón, porque resulta que sí es verdad que «juntos somos más fuertes».

Infusiones para la calma

Portada infusiones para la calama Laura Ospina

Si algo ha hecho este tiempo de detenimiento y regreso a lo más simple es ponernos a pensar en formas para estar en sintonía con la naturaleza. Escucharla, entenderla y acomodar nuestras costumbres para habitarla mejor será para muchos el resultado directo de este momento; en ese camino llegará también la certeza de saber que la naturaleza juega a nuestro favor, a tal punto de tener en su repertorio infinito plantas que crecen dispuestas a aportarnos algo de calma. Una infusión de cualquiera de las siguientes hierbas y aromáticas pueden ayudarnos a respirar mejor y a volver el cuerpo un territorio apacible. 

Por Andrea Uribe Yepes | Ilustración: Laura Ospina Montoya

 

Valeriana Laura Ospina

Valeriana

Es una de las hierbas más usadas para lograr efectos calmantes y tranquilizadores, sobre todo porque contribuye a la estabilización del ritmo cardiaco. Algunas personas la consumen para tratar el insomnio, la depresión, algunos temblores y la hiperactividad. La infusión de valeriana se hace con su raíz y es recomendable que el agua esté a 100 grados centígrados.

 

Mazanilla Laura Ospina

Manzanilla

La manzanilla, que originalmente se encontraba en los Balcanes y algunas zonas de África y Asia, es una de las plantas aromáticas que más siglos lleva siendo consumida como infusión. Además de ayudar con la digestión, ser utilizada para controlar la diabetes y reducir los dolores menstruales, la manzanilla tiene efectos sedantes que contribuyen a disminuir el estrés y la ansiedad y ayuda a conciliar el sueño. En los climas cálidos crece mejor.

 

Lavanda Laura Ospina

Lavanda

La lavanda es una planta versátil. En algunas casas se usa para la ornamentación, las industrias de la perfumería y la cosmética la tienen muy presente y a su infusión, que se hace sumergiendo flores secas en agua caliente, se le atribuyen propiedades relajantes, analgésicas y antidepresivas. Hay quienes la utilizan para mejorar la calidad del sueño. 

 

Cidrón Laura Ospina

Cidrón

El cidrón crece espontáneamente en los climas fríos de América del Sur, aunque también es cultivada en el sur de Europa y el norte de África. Se ha usado para los resfriados, los cólicos, la fiebre pero también es bastante conocido por ayudar a calmar la ansiedad y tener efectos sedantes.

 

Torongil Laura Ospina

Toronjil

El toronjil es conocido también como hoja de limón o melisa. Entre las propiedades por las que más se le reconoce está la de ayudar a mejorar la memoria y la concentración, aliviar dolores de cabeza y contribuir al buen sueño. Es apta para ser cultivada en casa tanto en interiores como en exteriores, lo único que necesita son algunas horas de sol diariamente. 

 

 

Romero Laura Ospina

Romero

Es una planta originaria de la región del mediterráneo y es muy usada como ingrediente para sazonar en la cocina. Su infusión, que se prepara normalmente con hojas secas y agua, es empleada para combatir problemas digestivos, pero también el cansancio mental y el estrés. Algunas personas utilizan la infusión fría para lavarse el cabello y prevenir la calvicie. 

 

Jazmín Laura Ospina

Jazmín

La infusión de jazmín, que puede hacerse tanto con la hoja como con las flores, ha sido consumida por siglos en el sudeste de Asia, sobre todo mezclado con té verde. El aroma de jazmín produce un efecto sedante, lo que ayuda a conciliar el sueño, a mantener controlada la actividad nerviosa y a alcanzar estados de relajación que disminuyen el estrés.

 

Jaime y las rosas

Porque las noches eran largas; porque los días de las noches eran lentos.
La tierra estaba más obscura porque faltaban las estrellas en el cielo.
El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón estaba seco.

Para escuchar mientras se lee (opcional):
3 Gymnopédies (1889): No. 1: Lent et douloureux, de Erik Satie.

El centro de la imagen es un jardín sostenido por las manos. Entre los dedos, pájaros que llegan veloces a traer secretos de Las nubes, secretos que usualmente vienen en forma de agua clara y fría de la cima del mundo. En el corazón de las manos reposa un manantial, ¿es ese el manantial de donde brota la luz que alumbra mi corazón? ¿Alguno de mis órganos internos se ha muerto? El manantial se ha secado. A las flores les cuesta abrir sus puntas desde que Jaime no ha vuelto. Llegan mensajeros humanos de lugares lejanos, mensajeros citadinos sin respuesta. Hay otras manos que también las riegan: unas de hombre, otras de mujer y otras de mujer pequeña. Las cuidan, las riegan, les escuchamos hablar y jugar (a veces), del otro lado, del piso de arriba, pero ya no entre nosotras y no demoran mucho acá abajo, pues las puertas del primer piso mantienen cerradas desde que Jaime no está.

Las rosas, sedientas de rocío, inclinan sus largos cuellos para beber del manantial de azulejos que no hace más que suspirar aire seco. Las veo retraerse en un movimiento preciso y lento: hacen complot entre ellas, se enredan y tiemblan. Si acallo las conversaciones cercanas (la hija de Jaime habla de un hospital en Medellín, mientras acerca a su hija con los brazos), puedo escuchar su murmullo titilante. Cada flor tiene una voz propia y en cada voz intuyo un lamento que, aunque diminuto acorde a su tamaño, se acrecienta al hacerse conjunto, al nacer en cada una de las ramas y las hojas y las flores y las plantas que han visto crecer a Jaime y que han crecido gracias a las manos del mismo. Las plantas rastreras de hoja pequeña, por ágiles y silenciosas, han sido asignadas para la honorable tarea de alcanzar a las flores de arriba, colgadas en capachos sobre el corredor de madera.

Cuando las habitaciones quedan vacías de esperar y recién han llegado noticias de pasos nuevos, el viento ayuda a que las hojas puedan preguntarle a las flores si lograron escuchar qué se ha sabido de Jaime, de la humanidad de Jaime o más importante todavía, de las manos de Jaime, conectadas (según noticias viejas) a horribles maquinarias de cables eléctricos y pulsos de sonidos extraños. Las flores se ocultan, derraman sobre el jardín de abajo algunos pétalos, se contraen y se abren para responder: aún nada. Al rosado que las enciende le asoman algunas manchas más claras y cuentan que aparentemente no tiene que ver con las manos, sino con la cabeza. A Jaime le duele el estambre y por eso no puede volver. Al parecer una enfermedad del estigma que aún no logran nombrar, alguna plaga de mosca blanca que le absorbe la vida o alguna oruga que sale por las noches para comerse sus pocos pétalos. La enredadera se retrae lentamente, se despide con un Entiendo y pasa la información a sus hojas más bajas y pequeñas, hasta que puede llegar al primer piso, propagándose por el jardín. Las rosas son las primeras en derramar su rocío. Los listones se hacen curva hasta rozar casi los adoquines. Las Gloria de la mañana se achiquitan y se cierran, aun cuando es de día y el sol brilla sobre ellas. Al pasar los días, las flores —sin embargo— esperan. Atraen mariposas, grillos, abejas, cucarrones, moscas y casi cualquier cosa que sirva de sorpresa a Jaime para cuando vuelva. El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón de la casa permanece seco, se niega a derramar una gota hasta que éste regrese. Los pájaros siguen filtrándose entre los dedos —de una mano que se cierra cada vez más y de a poco—  procurando traer algunas gotas de lluvia desde Las nubes, no vaya ser que el jardín se seque sin ver a Jaime una última vez.

Le dirán de Cuba

El espacio entre lo que se espera de un lugar desconocido y lo que realmente existe es enorme. Acá un paralelo de lo que se piensa que es Cuba y su realidad apretada, asombrosa y tan distinta a todo lo demás.

Por Andrea Uribe Yepes
Fotografrías: Santiago Vélez

Le van a decir que está detenida en el tiempo y que esto se va a hacer palpable en las paredes de los edificios que se debaten entre el desgaste y la suciedad, en los muebles de madera golpeada, carcomida y nunca restaurada que se ven a través de las puertas casi siempre abiertas de las casas, en los vidrios de las vitrinas que tienen una tonalidad mate propia de algo que ha recibido mucho polvo y que, en igual proporción, se ha limpiado y en ese roce ha perdido el brillo. Le van a asegurar que va a ver ese otro tiempo en los carros parqueados frente al Hotel Inglaterra en La Habana Vieja y se va a escuchar en el bus que rechina. Recordará el sonido de las cosas que crujen porque ya han sobrevivido demasiado tiempo, recordará todo lo viejo que ha visto en su vida y pensará que lo va a encontrar ahí.

También le trazarán un recorrido: La Habana, Cienfuegos, Trinidad, Varadero y, si hay tiempo, mucho tiempo, Santiago de Cuba. La Habana será precioso, Cienfuegos estará bien, Trinidad será complaciente y luego sabrá que pudo haber no ido a Varadero, que allí solamente hay hoteles repletos de personas que compran paquetes turísticos todo incluido, hasta el hastío. Querrá más días en La Habana porque sentirá que le faltó ver cosas pero nunca sabrá si será cierto, porque lo más seguro es que nunca vuelva.

Le harán un menú.
El impuesto por Ernest Hemingway: un mojito en La Bodeguita del medio y un daikiri en La Floridita.
Le harán otro menú.
El impuesto por los cubanos: moros y cristianos (frijoles negros y arroz blanco), ropa vieja, cerdo.

Se decepcionará. Pensará que en cada esquina habrá agrupaciones tocando son cubano o salsa pero no será cierto. Verá que para conmoverse, para escuchar algo que diga así: “El cariño que te tengo, no te lo puedo negar” tendrá que rebuscar algún bar o restaurante con música en vivo y no será fácil. Sobre todo, si va en una época en la cual la Fábrica de Arte de Cubano no esté funcionando. En el único lugar donde no habrá problema encontrando la fiesta es en Trinidad, porque a las 11 de la noche verá a todos los que visten más ligero caminar hacia unas callecitas empinadas que desembocan en una cueva convertida en discoteca. Allí tampoco sonará música cubana porque la sobreponen el reggaetón, los one hit wonders y hasta la importada guaracha.

No le van a decir que hay gatos y perros sin dueño en todas las calles que recorra. Más en La Habana. No sabrá de dónde sacan la comida, ni el agua para beber, ni si algún día alguien les atenderá los males que se les nota –a algunos– en la piel. Pero sí verá a los gatos trepar las rejas con sus patas y colas de ninja y a los perros dormir a cualquier hora y pasear con lentitud en busca del sol.

No le van a decir que el lugar que se quedará más pegado en su memoria será la Universidad de La Habana, una asamblea de edificios estilo neoclásico de colores pastel rosa, amarillo y naranja. Entrará rápido por una puerta chiquitita con temor a que alguien le diga que no puede ingresar, pero nadie lo va a detener. Recorrerá los edificios, encontrará similitudes entre los programas de aquí y de allá –las mismas materias de derecho, por ejemplo– y terminará el recorrido viendo una esfinge de Alma Máter seguida de unas de escaleras largas altísimas que acogieron siempre la revolución.

Verá:
La fila del pan.
La fila para comprar las tarjetas de internet.
La fila de la carnicería.
La fila para comprar una helado en Coppelia.
La fila en la farmacia.
La fila para comprar merengues caseros en la calle.

Notará, en cualquier contacto que tenga con cubanos, que gozan de una dignidad distinta: entre lo dulce y lo altivo, pero siempre segura. No le dirán tampoco, que serán amables y a veces no entenderá por qué. Porque no pidieron nada, pero lo acompañaron hasta el lugar a donde iba, le contaron historias y le explicaron el camino de regreso.

 

Foto: Santiago Vélez.

 

Únicamente una vez se adentre los suficiente en la Habana Vieja observará esas partes que sí están restauradas, pero solo para el turista, pues es allí donde están los museos de arte de arte mural, del cacao, de cerámica (varios), donde están las galerías, las tiendas especializadas en habanos, en abanicos, en ron Havana Club. Al lado de todo esto, en lo que parece ser un parqueadero, verá una feria de libros, discos y chécheres. Verá las primeras ediciones de clásicos cubanos como Paradiso de José Lezama Lima o El reino de este mundo de Alejo Carpentier. Comprará estampillas, pines soviéticos, un libro escrito por Fidel Castro sobre uno de los procesos de paz fallidos en Colombia, un disco que le encargaron de Bola de Nieve.

A pesar de no disfrutar mucho su estancia en Varadero sabrá que será difícil encontrar una playa más bella. Se sorprenderá con esos pedazos donde el mar se queda un poco atrás y la arena le hace fuerza a las olas y forman una pequeña bahía a la inversa. Le parecerá que nunca vió tanto mar y que allí conoció azules nuevos para su colección cromática. Cuando esté en Varadero tratará de buscar similitudes con la playa de Santa María que visitó en La Habana días antes, y entre los colores, la amplitud y la compañía se le caerá el estigma que tenía antes: que todas las playas son iguales.

Contará los atardeceres que puede ver completos. Desde que la luz del sol –que ya no calienta– es tan intensa que no deja verse sin gafas oscuras, hasta cuando ya solo hay un semicírculo, hasta que el mar o lo que sea que vea al fondo se traga el último rayo de luz.

Atardecer número 1: Cienfuegos. Sentados en la terraza del Palacio de Valle. En la mesa había mojitos. Se quedó hasta el final.
Atardecer número 2: Trinidad. Se separó del grupo y le tocó treparse a un muro para verlo. En el cielo había tonos rosados.
Atardecer número 3: lo olvidará.

Olvidará otras cosas también. El olor de las calles, casi todo lo que pasó en los días que no estuvieron soleados, cuál fue el mejor mojito y la peor comida. Pero cuando le pregunten, porque le van a preguntar, si quiere volver algún día, su respuesta saldrá balbuceada. Porque dirá que no, que ya estuvo, que ya lo conoció, pero vendrán los recuerdos, las imágenes que sí se fijaron en la memoria y sentirá una nostalgia chiquita y de ahí vendrá la duda.

Foto: Santiago Vélez.

Wade Davis: un explorador en el Hay Festival

Wade Davis en Jericó

Rubio y alto, con pinta de turista pero porte de explorador, Wade Davis es el encargado espiritual de abrir el  Hay Festival de Jericó. El director de Comfama se encarga de hacer los agradecimientos de rigor ante un auditorio mudo, pero cuando menciona su nombre se escuchan vítores. Davis presenta el Sendero de la anaconda en el parque del pueblo, una de las películas inspiradas en sus libros y viajes por el mundo, sobre una suerte de renacimiento cultural que atraviesan algunos pueblos indígenas de la llanura amazónica. Después de la proyección decenas de personas se le arriman: jericoanos, el alcalde, gomelos, escritores e intelectuales. Quieren conversar con él, tocarlo, tomarse una foto. Él sonríe, estrecha manos y posa para las fotos con solo un poco de incomodidad.

Texto: Simón Murillo Melo | Fotografía: Miguel Contreras Palacio

Vino al país por primera vez cuando estaba en la universidad, para seguir los pasos de su maestro, el legendario botánico Richard Evans Schultes. Las fotos de la época lo muestran como un hippie apuesto y de ojos despiertos. Esa vez estuvo unas semanas en la Sierra Nevada de Santa Marta, herborizando, conociendo a los koguis, decidiendo su vida.  Desde entonces ha hecho alpinismo en el Himalaya, investigado el vudú en Haití, recorrido la jungla de Borneo, el Amazonas y mucho, mucho más. En el 2018, Santos lo nombró ciudadano colombiano en una dorada ceremonia en el Palacio de Nariño.

Su presentación en el Teatro Santamaría es el evento más esperado del festival. El auditorio está a reventar y apenas sale a escenario, el público lo vuelve a vitorear.  Conversa con Xandra Uribe y Andrés Roldán. Cuando habla en español la presencia épica de Davis se diluye. Pero al público no le importa. Parte de su atractivo en Colombia es que les muestra a sus lectores locales como es el país que no conocen ni conocerán. El Amazonas,  el Sibundoy, la Orinoquía y el Chocó pueden ser tan exóticos para el lector medellinense o bogotano como para el parisino.

La conversación en el Santamaría es más cercana. Habla de sus viajes por el río Magdalena, parte de un proyecto que empezó como un libro del Grupo Argos. La cementera hace parte de una de las industrias más contaminantes del mundo y además tiene graves señalamientos en derechos humanos. Pero los que ven a Davis extáticos no se inmutan. Son todos idénticos: vestidos floreados, diseño de sonrisa y bótox discreto, patriarcas ojiazules que pisan duro.

Davis muestra algunas fotos y responde a los comentarios de sus entrevistadores. Habla un poco incómodo, otra vez, sobre el renacimiento que atraviesa Colombia. ¡No tiene equivalente en Latinoamérica! Xandra Uribe, por ejemplo, tuvo que irse del país de niña y ahora ella, junto con muchos otros colombianos brillantes, están regresando, dice Davis. Al lado del antropólogo y el ejecutivo cultural, Uribe parece brillar de alegría. El público, por supuesto, aplaude.

Más allá del Santamaría, la obsesión de Davis es la de una generación de científicos: la desaparición del mundo. Educados por los últimos que vieron ecosistemas imberbes, sus vidas ha transcurrido a la par de la extinción de cientos de lenguas ancestrales y culturas, junto a fauna y flora que nunca llegaremos a conocer. Ha escrito extensamente de la importancia de reconocer a los pueblos indígenas como seres humanos, de darles una independencia perdida por centurias de explotación. Como me dijo: “ellos no son frágiles. No son delicados o están destinados a desaparecer. Son sociedades dinámicas atrapadas en el medio de varias fuerzas: la modernidad, las intrusiones industriales, el marxismo-leninismo”.

En Jericó, Davis parece atrapado en medio de otras fuerzas. Sale de su conferencia a una entrevista y después a otra y después a otra. Entre ellas, le piden fotos, conversar, una firma. Esta bañado en sudor pero no parece importarle. “La gente siempre me pregunta, ¿cómo mantienes tu energía?” Davis en persona es intenso, inteligente y listo para hilar sus experiencias personales con un conocimiento enciclopédico de literatura, botánica, historia, ciencia. Su discurso es uno eminentemente moral, pero es imposible saber qué tanto resuene su código moral con un público ávido de experiencias, discusiones y pasiones, pero que abrumadoramente parecen ser parte de esas élites colombianas que tanto han… saqueado, profanado, robado, aniquilado, incendiado, exterminado, dinamitado, traicionado y un larguísimo etcétera que tanto Davis como el lector conocen.

“Mi padre solía decir que hay bien y mal. Toma tu elección. Pero no es el destino lo que importa. Es el camino”, dice Davis. Es un argumento que hace eco a lo que ha hecho toda una vida: viajar. Lo mejor de sus libros está ahí, cuando cuenta sin juicios las formas de vidas de pueblos ancestrales. La maravilla de ver un rostro nuevo y el milagro de escuchar una lengua moribunda: el horizonte ético de Davis es escuchar.

El último día del festival, Davis entrevista a Rosie Boycott, una periodista británica experta en la alimentación y sus consecuencias sociopolíticas. Lo hace en inglés y cuando Davis habla su idioma nativo, su inteligencia hiperactiva se vuelve tangencial. Ambos tienen una de las conversaciones más interesantes del festival hasta que a medio camino, Davis se lanza en una espectacular diagonal de casi 15 minutos sobre los vaqueros norteamericanos. ¿Sabía el público que la mayoría eran latinos, pequeños y hacían un trabajo pacífico? ¿Sabía el público que John Wayne odiaba a los caballos? ¿Sabía el público que lo entrevistaron una vez en Anderson Cooper 360, uno de los shows con más rating en Estados Unidos, para hablar del tema? ¿Sabía el público que él escribió un libro del tema?

La audiencia, por primera vez, parece incómoda con él. Boycott lo mira incrédula. Él se disculpa, por allá en el minuto 11, pero añade que el tema es importante. Cuando acaba, Boycott vuelve al tema con gracia. El mismo Davis que narra la creación del universo tairona con el respeto del que quiere creer, es incapaz de escuchar a la brillante periodista que tiene enfrente sin meter la cucharada. Al final, todos aplauden.

Uno de los escritores favoritos de Davis, Peter Matthiessen, dijo que el que crea poder cambiar el mundo está tan equivocado como es peligroso. Davis no puede evitar comentar al estadounidense: “Pero él también decía que tenemos una obligación como contadores de historias de ser testigos del mundo. Eso ha sido mi salvación.”  Mientras se alista para una entrevista más, se ve profundamente orgulloso de ser él, salvado casi. Grande, feliz, el rostro surcado de arrugas y los ojos un poco cansados; tiene 66 años ya. Pero a él probablemente no le importa.

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