Nombré a dos insectos y se los dediqué a mi papá y a mi mamá

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Los insectos tienen quizá más historias para contarnos que cualquier otro grupo de organismos, pues son el grupo con más especies conocidas lo cual está reflejado en sus formas e historias de vida. Se estima que aún nos quedan por descubrir y describir miles e incluso millones de especies nuevas de insectos. Una especie nueva es una historia nueva para contar.

Textos y fotografías: Camilo Flórez Valencia
Biólogo
Curador de las Colecciones Biológicas de la Universidad CES

Para poder contar esa nueva historia debemos nombrar la nueva especie; ese nuevo nombre debe tener asociado una descripción detallada del organismo. Una nueva especie requiere ser nombrada no porque no exista en el mundo sin el nombre que le damos, sino porque es necesario que esto suceda para que se puedan contar historias sobre ella. Más allá de los textos técnicos donde son descritas estas especies, encontrar y describir una especie nueva conlleva abrir otro pequeño mundo.

Descripción especie nueva ciencia

 

La familia Membracidae o de los membrácidos es uno de esos grupos de insectos en los cuales nos quedan muchas especies y aspectos de su biología por conocer y documentar. Estos insectos se alimentan succionando savia de las plantas y algunos son conocidos comúnmente como ‘insectos espina’ o ‘helicópteros’. El primer nombre se debe a que una estructura de su tórax, que en membrácidos está muy desarrollada, puede tener forma de espina. El segundo nombre se debe a que hace unos años las personas ataban una cuerda a las patas de estos insectos y al volar permanecían en el aire como un helicóptero.

Cladonota apicalis
Cladonota apicalis

Algunas especies de estos pequeños organismos (grandes en comparación con otros insectos) tienen cuidado maternal: las madres cuidan a sus hijos por medio de estrategias impresionantes. Algunos de estos insectos lanzan patadas fuertes para espantar a depredadores y parasitoides. En Medellín me contaron que la gente los atrapaba y los ponían cerca para que “pelearan”. Otros membrácidos pueden tener relaciones muy interesantes con hormigas que son tan diversas y sofisticadas que no van a ser el punto de este texto.

 

Describir membrácidos

Hace alrededor de un año, describí dos nuevas especies de Membracidae. Les di nombre y conté una nueva historia, pero mi sensación es que siempre queda algo más por contar. Detrás de las historias técnicas de los artículos científicos, siempre (para mí) hay una emoción adicional relacionada con la expedición donde encontramos la nueva especie, las comunidades alrededor de los sitios, las personas que nos acompañaron, las historias que nos contaron mientras caminábamos, los almuerzos al lado de los ríos. Muchas de estas historias se pierden inmersas en las necesarias descripciones telegráficas de los artículos científicos.

Esas dos especies nuevas las nombré como Calloconophora estellae y Problematode robertoi. Dediqué estos nombres a mis padres, Luz Estella Valencia y Roberto Flórez en agradecimiento por la vida y el inmenso cariño que les tengo. De esta forma, los epítetos estellae y robertoi también se vuelven fundamentales en esta historia.

 

Calloconophora estellae

Tiene una apariencia hermosa, con muchos pelos dorados interrumpidos por dos líneas de pelos más oscuros. Más allá de esto, lo más impresionante de esta especie es la forma en la que cuida y defiende a sus hijos. La madre deposita una sustancia cerosa en un patrón en espiral alrededor de los tallos cerca de sus huevos o ninfas.

Esta sustancia es pegajosa, por lo que otros organismos como avispas, arañas u hormigas que puedan depredar a los huevos o ninfas de los membrácidos quedan adheridos a esta sustancia. La cera además tiene un patrón en espiral muy particular, constituido por bolas unidas por pequeñas líneas, que la madre deposita con mucha calma. Esta cera puede encontrarse en todo un fragmento de la planta, dándole un aspecto muy particular, parecido a un arreglo navideño o un diseño para una torta.

 

Pero hay más, la hembra además deposita más cera sobre los huevos, se posa sobre ellos y los defiende de forma agresiva contra depredadores y parasitoides por medio de movimientos con las patas y zumbando sus alas. La hembra permanece con sus hijos hasta que estos se vuelven adultos. Se podría decir que esta especie tiene uno de los comportamientos de cuidado maternal más asombrosos y complejos dentro de los membrácidos.

Calloconophora estellae está estrictamente asociada a una enredadera de la familia Dileniaceae que con frecuencia crece al borde de ríos y caminos. Esta especie la hemos encontrado hasta el momento en el Magdalena Medio y en el piedemonte de la Cordillera Occidental hacia el Chocó.

 

Problematode robertoi

Por otro lado, Problematode robertoi tiene un aspecto muy diferente al resto de membrácidos porque tiene unas alas con venas gruesas e irregulares. Esta especie no tiene un pronoto grande ni con formas extrañas y extravagantes como otros membrácidos. Su forma es aplanada y su coloración similar a tallos con musgo. En otras palabras, a simple vista no parece un membrácido. Nos podríamos además arriesgar a decir que esta especie debe estar camuflada de forma extraordinaria, por lo que es muy difícil de encontrar. Hasta ahora sólo hemos encontrado un individuo de esta especie (con el cual se realizó la descripción), y apenas cuatro individuos de las otras dos especies descritas del género Problematode. Hasta antes de la descripción de P. robertoi, no había sido posible establecer quiénes eran los ‘parientes’ del género. Por medio del descubrimiento de P. robertoi, tenemos al menos una idea de quiénes son sus primos, aunque aún no sabemos quiénes son sus hermanos.

Vista dorsal de Problematode robertoi
Vista lateral de Problematode robertoi

 

Arboloco

El único individuo conocido de P. robertoi lo encontramos en un remanente de bosque cerca de la finca Arboloco, muy cerca de Manizales y el PNN Los Nevados. Mi papá adquirió Arboloco como un lote ganadero hace más de 15 años y ahora es un espacio en proceso de restauración donde habitan cada vez más insectos, plantas, aves y muchos otros organismos. Esta es una de las principales razones por las cuales nos motivamos a conocer más de los bosques cercanos a esta finca y una de las razones por las cuales ahora conocemos a P. robertoi.

Mis padres siguen siendo una de las principales motivaciones para estudiar estos insectos. Se siguen emocionando con cada nuevo bicho que encontramos o con cada nueva planta que sembramos en la finca. Esto hace parte también de la historia de las especies así sea de forma indirecta y no es posible desligarnos de las emociones al estudiar las maravillas que nos rodean.

 

Link del artículo aquí
Artículo científico completo: solicitarlo a kmilofv@gmail.com

Pandemia

Jaime Hincapié Opinión Jacom La Revista

Este ejercicio de suposición transita explicaciones, preguntas, críticas y rodeos a la pandemia a través de la mirada de un científico escritor. 

 

Por Jaime Alejandro Hincapié García
Químico farmacéutico
Magíster en farmacología clínica
Profesor de la Facultad de Ciencias Farmacéuticas y Alimentarias de la Universidad de Antioquia

Cada uno tiene su propia versión de la pandemia. Las versiones tienen, casi todas, un esqueleto común: la pandemia se divide en causas, vivencias y consecuencias. Y la respuesta a cada una de esas divisiones será un resultado muy particular, atribuible a las creencias y los nexos de cada individuo.

Intentemos un ejercicio: supongamos algunas versiones de la pandemia de unos grupos de individuos creados artificialmente.

Empecemos por las causas. Hay quienes creen que la pandemia tiene un conjunto de causas conspirativas y políticas. Sin dudarlo, le atribuyen la causa a algún gobierno que tiene un laboratorio genético subterráneo donde ejecutan sus planes maléficos para enfermar al mundo. Como se puede sospechar, algunos de este grupo pueden ser esos líderes peligrosos y xenófobos que necesitan un enemigo para mantener su popularidad patriarcal, cimentada en el «yo te defiendo de aquellos, nuestros enemigos». Hay otros, más arraigados en sus creencias espirituales, que le atribuyen la pandemia a una fuerza superior: es dios, la naturaleza, la Pachamama, o son las fuerzas mágicas del universo las que nos tienen hoy en estas. Pareciera una visión poco creíble para los racionalistas. Buscar la causa en el más allá suele ser una salida fácil, especialmente si queremos un consuelo rápido: «si dios nos mandó esto, pues dios nos lo va a quitar. Si es la naturaleza la que nos pone a prueba por haberla retado, todo esto pasará cuando nos decidamos a controlar el consumo y a contaminar menos». Es simple, a veces necesario. Por otro lado, están los que siempre tienen una explicación —o buscan una explicación—, los científicos —o los que tienen vocación científica—, quienes coinciden en que la causa de este problema es, a secas, un virus zoonótico —un virus que infecta un animal y que después enferma a los humanos— que entra a las células del pulmón, provoca neumonía y es altamente virulento: «es una enfermedad muy contagiosa. Hay que aplanar la curva».

Más adelante, explorando el esqueleto de las versiones, están las vivencias. Y de estas tantas como humanos sobre la tierra. Si se le pregunta a cualquier persona por su emoción —¿qué sientes ahora? — el abanico de respuestas sería enorme. Haciendo una reducción, para lograr completar el mensaje, se podría decir que hay muchos viviendo y fluctuando entre el miedo y la esperanza. Movidos por el miedo se protegen y a la sombra de la esperanza se quedan inmóviles. Este miedo que se filtra por debajo de las puertas y las ventanas es abstracto y difícil de entender. Hace unos días, hablando con un profesor que admiro mucho, terminamos la conversación con el siguiente juego de palabras: —Esperemos que el miedo ayude a fortalecer el sistema de salud, antes de que nos “muramos de miedo”— le dije, a lo que él respondió: —O hasta que nos maten en medio del miedo—. Pues este miedo abstracto, invisible por lo microscópico, está transformando la sociedad. A ciertas personas la vivencia se les ha transformado en un pensamiento más claro; han superado el miedo y viven aceptando la incertidumbre, creciendo, entendiendo que sobre esta situación no hay control que valga y que hay que vivir en el presente con un propósito, idealmente ayudando a otros. Por su parte, hay quienes —en especial políticos y tomadores de decisiones—están viviendo como actores de los libros de historia que se escribirán dentro de algunos años. Se saben protagonistas con sus decisiones y actúan para su propio poder y vanagloria. Empujados por su ego van dando declaraciones y viviendo la situación a través del filtro de un cálculo minucioso: «cuánto gano, cuánto pierdo con cada decisión». De estos mismos, algunos, con un pensamiento diferente, han conseguido entender su rol, han destruido el yo y han construido puentes que intentan disminuir el dolor de aquellos a quienes dirigen. Y, por último, los científicos, viven a través de las hojas de datos. Con un lenguaje cifrado, que sirve mucho para conversar entre científicos, pero poco para hablarle a la sociedad, van midiendo: número de infectados, número de muertos, número de pacientes graves, número de moléculas que pueden servir como vacuna o como tratamiento. Y así, como en los casos anteriores, algunos han logrado modificar sus formas clásicas de aproximarse a la situación y han entendido que la sociedad requiere información y humanidad. La ciencia ha bajado un poco su lenguaje esotérico y ha conseguido llegar a muchas personas, de todas las clases, lenguajes y culturas. La ciencia como antídoto del azar y del miedo. Pero, a pesar de ello, aunque estemos viviendo la época más avanzada en la historia de la medicina, nos dimos cuenta de que nos falta mucho, que el camino es largo y lo peor es que no sabemos en qué parte de la ruta estamos.

Finalmente, la versión de la pandemia termina en una especulación de las consecuencias. Y acá viene una palabreja muy útil en estos días: incertidumbre. Según el subgrupo que simulemos las consecuencias se proyectarán y ahí empezará el trabajo adivinatorio. Por ejemplo, tendrán en mente los millones de dólares en deudas, los millones de personas desempleadas o los millones de pérdidas para la economía. Otros se interesarán por saber si esta cuarentena será la última y si podremos salir a caminar otra vez como antes, o será que la vida cambiará, aunque sea un poco. Quizás, para otros, se estimará cuantas vidas se pierdan en el camino y cuanto de todo esto quede como aprendizajes para la ciencia, para la próxima vez que tengamos una pandemia.

Al final de este ejercicio vale la pena pensar que de esos subgrupos que he creado artificialmente —los ciudadanos, los científicos, los políticos— no siempre pertenecemos a uno solo; es decir, no somos o los unos o los otros, sino que casi siempre somos los unos y los otros. Por eso y por la humildad que nos tiene que asistir al enterarnos de que nos falta tanto por aprender y que es poco lo que tenemos bajo control, florece la imperativa necesidad de cohesión social, de trabajar los unos por los otros, de asimilar el riesgo individual y el riesgo colectivo para garantizar la vida. Emerge la urgencia de valorar los esfuerzos y las benditas desgracias del otro. Y entonces, así, llegamos a una conclusión casi tautológica, la frase de cajón, porque resulta que sí es verdad que «juntos somos más fuertes».

Infusiones para la calma

Portada infusiones para la calama Laura Ospina

Si algo ha hecho este tiempo de detenimiento y regreso a lo más simple es ponernos a pensar en formas para estar en sintonía con la naturaleza. Escucharla, entenderla y acomodar nuestras costumbres para habitarla mejor será para muchos el resultado directo de este momento; en ese camino llegará también la certeza de saber que la naturaleza juega a nuestro favor, a tal punto de tener en su repertorio infinito plantas que crecen dispuestas a aportarnos algo de calma. Una infusión de cualquiera de las siguientes hierbas y aromáticas pueden ayudarnos a respirar mejor y a volver el cuerpo un territorio apacible. 

Por Andrea Uribe Yepes | Ilustración: Laura Ospina Montoya

 

Valeriana Laura Ospina

Valeriana

Es una de las hierbas más usadas para lograr efectos calmantes y tranquilizadores, sobre todo porque contribuye a la estabilización del ritmo cardiaco. Algunas personas la consumen para tratar el insomnio, la depresión, algunos temblores y la hiperactividad. La infusión de valeriana se hace con su raíz y es recomendable que el agua esté a 100 grados centígrados.

 

Mazanilla Laura Ospina

Manzanilla

La manzanilla, que originalmente se encontraba en los Balcanes y algunas zonas de África y Asia, es una de las plantas aromáticas que más siglos lleva siendo consumida como infusión. Además de ayudar con la digestión, ser utilizada para controlar la diabetes y reducir los dolores menstruales, la manzanilla tiene efectos sedantes que contribuyen a disminuir el estrés y la ansiedad y ayuda a conciliar el sueño. En los climas cálidos crece mejor.

 

Lavanda Laura Ospina

Lavanda

La lavanda es una planta versátil. En algunas casas se usa para la ornamentación, las industrias de la perfumería y la cosmética la tienen muy presente y a su infusión, que se hace sumergiendo flores secas en agua caliente, se le atribuyen propiedades relajantes, analgésicas y antidepresivas. Hay quienes la utilizan para mejorar la calidad del sueño. 

 

Cidrón Laura Ospina

Cidrón

El cidrón crece espontáneamente en los climas fríos de América del Sur, aunque también es cultivada en el sur de Europa y el norte de África. Se ha usado para los resfriados, los cólicos, la fiebre pero también es bastante conocido por ayudar a calmar la ansiedad y tener efectos sedantes.

 

Torongil Laura Ospina

Toronjil

El toronjil es conocido también como hoja de limón o melisa. Entre las propiedades por las que más se le reconoce está la de ayudar a mejorar la memoria y la concentración, aliviar dolores de cabeza y contribuir al buen sueño. Es apta para ser cultivada en casa tanto en interiores como en exteriores, lo único que necesita son algunas horas de sol diariamente. 

 

 

Romero Laura Ospina

Romero

Es una planta originaria de la región del mediterráneo y es muy usada como ingrediente para sazonar en la cocina. Su infusión, que se prepara normalmente con hojas secas y agua, es empleada para combatir problemas digestivos, pero también el cansancio mental y el estrés. Algunas personas utilizan la infusión fría para lavarse el cabello y prevenir la calvicie. 

 

Jazmín Laura Ospina

Jazmín

La infusión de jazmín, que puede hacerse tanto con la hoja como con las flores, ha sido consumida por siglos en el sudeste de Asia, sobre todo mezclado con té verde. El aroma de jazmín produce un efecto sedante, lo que ayuda a conciliar el sueño, a mantener controlada la actividad nerviosa y a alcanzar estados de relajación que disminuyen el estrés.

 

Jaime y las rosas

Porque las noches eran largas; porque los días de las noches eran lentos.
La tierra estaba más obscura porque faltaban las estrellas en el cielo.
El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón estaba seco.

Para escuchar mientras se lee (opcional):
3 Gymnopédies (1889): No. 1: Lent et douloureux, de Erik Satie.

El centro de la imagen es un jardín sostenido por las manos. Entre los dedos, pájaros que llegan veloces a traer secretos de Las nubes, secretos que usualmente vienen en forma de agua clara y fría de la cima del mundo. En el corazón de las manos reposa un manantial, ¿es ese el manantial de donde brota la luz que alumbra mi corazón? ¿Alguno de mis órganos internos se ha muerto? El manantial se ha secado. A las flores les cuesta abrir sus puntas desde que Jaime no ha vuelto. Llegan mensajeros humanos de lugares lejanos, mensajeros citadinos sin respuesta. Hay otras manos que también las riegan: unas de hombre, otras de mujer y otras de mujer pequeña. Las cuidan, las riegan, les escuchamos hablar y jugar (a veces), del otro lado, del piso de arriba, pero ya no entre nosotras y no demoran mucho acá abajo, pues las puertas del primer piso mantienen cerradas desde que Jaime no está.

Las rosas, sedientas de rocío, inclinan sus largos cuellos para beber del manantial de azulejos que no hace más que suspirar aire seco. Las veo retraerse en un movimiento preciso y lento: hacen complot entre ellas, se enredan y tiemblan. Si acallo las conversaciones cercanas (la hija de Jaime habla de un hospital en Medellín, mientras acerca a su hija con los brazos), puedo escuchar su murmullo titilante. Cada flor tiene una voz propia y en cada voz intuyo un lamento que, aunque diminuto acorde a su tamaño, se acrecienta al hacerse conjunto, al nacer en cada una de las ramas y las hojas y las flores y las plantas que han visto crecer a Jaime y que han crecido gracias a las manos del mismo. Las plantas rastreras de hoja pequeña, por ágiles y silenciosas, han sido asignadas para la honorable tarea de alcanzar a las flores de arriba, colgadas en capachos sobre el corredor de madera.

Cuando las habitaciones quedan vacías de esperar y recién han llegado noticias de pasos nuevos, el viento ayuda a que las hojas puedan preguntarle a las flores si lograron escuchar qué se ha sabido de Jaime, de la humanidad de Jaime o más importante todavía, de las manos de Jaime, conectadas (según noticias viejas) a horribles maquinarias de cables eléctricos y pulsos de sonidos extraños. Las flores se ocultan, derraman sobre el jardín de abajo algunos pétalos, se contraen y se abren para responder: aún nada. Al rosado que las enciende le asoman algunas manchas más claras y cuentan que aparentemente no tiene que ver con las manos, sino con la cabeza. A Jaime le duele el estambre y por eso no puede volver. Al parecer una enfermedad del estigma que aún no logran nombrar, alguna plaga de mosca blanca que le absorbe la vida o alguna oruga que sale por las noches para comerse sus pocos pétalos. La enredadera se retrae lentamente, se despide con un Entiendo y pasa la información a sus hojas más bajas y pequeñas, hasta que puede llegar al primer piso, propagándose por el jardín. Las rosas son las primeras en derramar su rocío. Los listones se hacen curva hasta rozar casi los adoquines. Las Gloria de la mañana se achiquitan y se cierran, aun cuando es de día y el sol brilla sobre ellas. Al pasar los días, las flores —sin embargo— esperan. Atraen mariposas, grillos, abejas, cucarrones, moscas y casi cualquier cosa que sirva de sorpresa a Jaime para cuando vuelva. El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón de la casa permanece seco, se niega a derramar una gota hasta que éste regrese. Los pájaros siguen filtrándose entre los dedos —de una mano que se cierra cada vez más y de a poco—  procurando traer algunas gotas de lluvia desde Las nubes, no vaya ser que el jardín se seque sin ver a Jaime una última vez.

Le dirán de Cuba

El espacio entre lo que se espera de un lugar desconocido y lo que realmente existe es enorme. Acá un paralelo de lo que se piensa que es Cuba y su realidad apretada, asombrosa y tan distinta a todo lo demás.

Por Andrea Uribe Yepes
Fotografrías: Santiago Vélez

Le van a decir que está detenida en el tiempo y que esto se va a hacer palpable en las paredes de los edificios que se debaten entre el desgaste y la suciedad, en los muebles de madera golpeada, carcomida y nunca restaurada que se ven a través de las puertas casi siempre abiertas de las casas, en los vidrios de las vitrinas que tienen una tonalidad mate propia de algo que ha recibido mucho polvo y que, en igual proporción, se ha limpiado y en ese roce ha perdido el brillo. Le van a asegurar que va a ver ese otro tiempo en los carros parqueados frente al Hotel Inglaterra en La Habana Vieja y se va a escuchar en el bus que rechina. Recordará el sonido de las cosas que crujen porque ya han sobrevivido demasiado tiempo, recordará todo lo viejo que ha visto en su vida y pensará que lo va a encontrar ahí.

También le trazarán un recorrido: La Habana, Cienfuegos, Trinidad, Varadero y, si hay tiempo, mucho tiempo, Santiago de Cuba. La Habana será precioso, Cienfuegos estará bien, Trinidad será complaciente y luego sabrá que pudo haber no ido a Varadero, que allí solamente hay hoteles repletos de personas que compran paquetes turísticos todo incluido, hasta el hastío. Querrá más días en La Habana porque sentirá que le faltó ver cosas pero nunca sabrá si será cierto, porque lo más seguro es que nunca vuelva.

Le harán un menú.
El impuesto por Ernest Hemingway: un mojito en La Bodeguita del medio y un daikiri en La Floridita.
Le harán otro menú.
El impuesto por los cubanos: moros y cristianos (frijoles negros y arroz blanco), ropa vieja, cerdo.

Se decepcionará. Pensará que en cada esquina habrá agrupaciones tocando son cubano o salsa pero no será cierto. Verá que para conmoverse, para escuchar algo que diga así: “El cariño que te tengo, no te lo puedo negar” tendrá que rebuscar algún bar o restaurante con música en vivo y no será fácil. Sobre todo, si va en una época en la cual la Fábrica de Arte de Cubano no esté funcionando. En el único lugar donde no habrá problema encontrando la fiesta es en Trinidad, porque a las 11 de la noche verá a todos los que visten más ligero caminar hacia unas callecitas empinadas que desembocan en una cueva convertida en discoteca. Allí tampoco sonará música cubana porque la sobreponen el reggaetón, los one hit wonders y hasta la importada guaracha.

No le van a decir que hay gatos y perros sin dueño en todas las calles que recorra. Más en La Habana. No sabrá de dónde sacan la comida, ni el agua para beber, ni si algún día alguien les atenderá los males que se les nota –a algunos– en la piel. Pero sí verá a los gatos trepar las rejas con sus patas y colas de ninja y a los perros dormir a cualquier hora y pasear con lentitud en busca del sol.

No le van a decir que el lugar que se quedará más pegado en su memoria será la Universidad de La Habana, una asamblea de edificios estilo neoclásico de colores pastel rosa, amarillo y naranja. Entrará rápido por una puerta chiquitita con temor a que alguien le diga que no puede ingresar, pero nadie lo va a detener. Recorrerá los edificios, encontrará similitudes entre los programas de aquí y de allá –las mismas materias de derecho, por ejemplo– y terminará el recorrido viendo una esfinge de Alma Máter seguida de unas de escaleras largas altísimas que acogieron siempre la revolución.

Verá:
La fila del pan.
La fila para comprar las tarjetas de internet.
La fila de la carnicería.
La fila para comprar una helado en Coppelia.
La fila en la farmacia.
La fila para comprar merengues caseros en la calle.

Notará, en cualquier contacto que tenga con cubanos, que gozan de una dignidad distinta: entre lo dulce y lo altivo, pero siempre segura. No le dirán tampoco, que serán amables y a veces no entenderá por qué. Porque no pidieron nada, pero lo acompañaron hasta el lugar a donde iba, le contaron historias y le explicaron el camino de regreso.

 

Foto: Santiago Vélez.

 

Únicamente una vez se adentre los suficiente en la Habana Vieja observará esas partes que sí están restauradas, pero solo para el turista, pues es allí donde están los museos de arte de arte mural, del cacao, de cerámica (varios), donde están las galerías, las tiendas especializadas en habanos, en abanicos, en ron Havana Club. Al lado de todo esto, en lo que parece ser un parqueadero, verá una feria de libros, discos y chécheres. Verá las primeras ediciones de clásicos cubanos como Paradiso de José Lezama Lima o El reino de este mundo de Alejo Carpentier. Comprará estampillas, pines soviéticos, un libro escrito por Fidel Castro sobre uno de los procesos de paz fallidos en Colombia, un disco que le encargaron de Bola de Nieve.

A pesar de no disfrutar mucho su estancia en Varadero sabrá que será difícil encontrar una playa más bella. Se sorprenderá con esos pedazos donde el mar se queda un poco atrás y la arena le hace fuerza a las olas y forman una pequeña bahía a la inversa. Le parecerá que nunca vió tanto mar y que allí conoció azules nuevos para su colección cromática. Cuando esté en Varadero tratará de buscar similitudes con la playa de Santa María que visitó en La Habana días antes, y entre los colores, la amplitud y la compañía se le caerá el estigma que tenía antes: que todas las playas son iguales.

Contará los atardeceres que puede ver completos. Desde que la luz del sol –que ya no calienta– es tan intensa que no deja verse sin gafas oscuras, hasta cuando ya solo hay un semicírculo, hasta que el mar o lo que sea que vea al fondo se traga el último rayo de luz.

Atardecer número 1: Cienfuegos. Sentados en la terraza del Palacio de Valle. En la mesa había mojitos. Se quedó hasta el final.
Atardecer número 2: Trinidad. Se separó del grupo y le tocó treparse a un muro para verlo. En el cielo había tonos rosados.
Atardecer número 3: lo olvidará.

Olvidará otras cosas también. El olor de las calles, casi todo lo que pasó en los días que no estuvieron soleados, cuál fue el mejor mojito y la peor comida. Pero cuando le pregunten, porque le van a preguntar, si quiere volver algún día, su respuesta saldrá balbuceada. Porque dirá que no, que ya estuvo, que ya lo conoció, pero vendrán los recuerdos, las imágenes que sí se fijaron en la memoria y sentirá una nostalgia chiquita y de ahí vendrá la duda.

Foto: Santiago Vélez.

Wade Davis: un explorador en el Hay Festival

Wade Davis en Jericó

Rubio y alto, con pinta de turista pero porte de explorador, Wade Davis es el encargado espiritual de abrir el  Hay Festival de Jericó. El director de Comfama se encarga de hacer los agradecimientos de rigor ante un auditorio mudo, pero cuando menciona su nombre se escuchan vítores. Davis presenta el Sendero de la anaconda en el parque del pueblo, una de las películas inspiradas en sus libros y viajes por el mundo, sobre una suerte de renacimiento cultural que atraviesan algunos pueblos indígenas de la llanura amazónica. Después de la proyección decenas de personas se le arriman: jericoanos, el alcalde, gomelos, escritores e intelectuales. Quieren conversar con él, tocarlo, tomarse una foto. Él sonríe, estrecha manos y posa para las fotos con solo un poco de incomodidad.

Texto: Simón Murillo Melo | Fotografía: Miguel Contreras Palacio

Vino al país por primera vez cuando estaba en la universidad, para seguir los pasos de su maestro, el legendario botánico Richard Evans Schultes. Las fotos de la época lo muestran como un hippie apuesto y de ojos despiertos. Esa vez estuvo unas semanas en la Sierra Nevada de Santa Marta, herborizando, conociendo a los koguis, decidiendo su vida.  Desde entonces ha hecho alpinismo en el Himalaya, investigado el vudú en Haití, recorrido la jungla de Borneo, el Amazonas y mucho, mucho más. En el 2018, Santos lo nombró ciudadano colombiano en una dorada ceremonia en el Palacio de Nariño.

Su presentación en el Teatro Santamaría es el evento más esperado del festival. El auditorio está a reventar y apenas sale a escenario, el público lo vuelve a vitorear.  Conversa con Xandra Uribe y Andrés Roldán. Cuando habla en español la presencia épica de Davis se diluye. Pero al público no le importa. Parte de su atractivo en Colombia es que les muestra a sus lectores locales como es el país que no conocen ni conocerán. El Amazonas,  el Sibundoy, la Orinoquía y el Chocó pueden ser tan exóticos para el lector medellinense o bogotano como para el parisino.

La conversación en el Santamaría es más cercana. Habla de sus viajes por el río Magdalena, parte de un proyecto que empezó como un libro del Grupo Argos. La cementera hace parte de una de las industrias más contaminantes del mundo y además tiene graves señalamientos en derechos humanos. Pero los que ven a Davis extáticos no se inmutan. Son todos idénticos: vestidos floreados, diseño de sonrisa y bótox discreto, patriarcas ojiazules que pisan duro.

Davis muestra algunas fotos y responde a los comentarios de sus entrevistadores. Habla un poco incómodo, otra vez, sobre el renacimiento que atraviesa Colombia. ¡No tiene equivalente en Latinoamérica! Xandra Uribe, por ejemplo, tuvo que irse del país de niña y ahora ella, junto con muchos otros colombianos brillantes, están regresando, dice Davis. Al lado del antropólogo y el ejecutivo cultural, Uribe parece brillar de alegría. El público, por supuesto, aplaude.

Más allá del Santamaría, la obsesión de Davis es la de una generación de científicos: la desaparición del mundo. Educados por los últimos que vieron ecosistemas imberbes, sus vidas ha transcurrido a la par de la extinción de cientos de lenguas ancestrales y culturas, junto a fauna y flora que nunca llegaremos a conocer. Ha escrito extensamente de la importancia de reconocer a los pueblos indígenas como seres humanos, de darles una independencia perdida por centurias de explotación. Como me dijo: “ellos no son frágiles. No son delicados o están destinados a desaparecer. Son sociedades dinámicas atrapadas en el medio de varias fuerzas: la modernidad, las intrusiones industriales, el marxismo-leninismo”.

En Jericó, Davis parece atrapado en medio de otras fuerzas. Sale de su conferencia a una entrevista y después a otra y después a otra. Entre ellas, le piden fotos, conversar, una firma. Esta bañado en sudor pero no parece importarle. “La gente siempre me pregunta, ¿cómo mantienes tu energía?” Davis en persona es intenso, inteligente y listo para hilar sus experiencias personales con un conocimiento enciclopédico de literatura, botánica, historia, ciencia. Su discurso es uno eminentemente moral, pero es imposible saber qué tanto resuene su código moral con un público ávido de experiencias, discusiones y pasiones, pero que abrumadoramente parecen ser parte de esas élites colombianas que tanto han… saqueado, profanado, robado, aniquilado, incendiado, exterminado, dinamitado, traicionado y un larguísimo etcétera que tanto Davis como el lector conocen.

“Mi padre solía decir que hay bien y mal. Toma tu elección. Pero no es el destino lo que importa. Es el camino”, dice Davis. Es un argumento que hace eco a lo que ha hecho toda una vida: viajar. Lo mejor de sus libros está ahí, cuando cuenta sin juicios las formas de vidas de pueblos ancestrales. La maravilla de ver un rostro nuevo y el milagro de escuchar una lengua moribunda: el horizonte ético de Davis es escuchar.

El último día del festival, Davis entrevista a Rosie Boycott, una periodista británica experta en la alimentación y sus consecuencias sociopolíticas. Lo hace en inglés y cuando Davis habla su idioma nativo, su inteligencia hiperactiva se vuelve tangencial. Ambos tienen una de las conversaciones más interesantes del festival hasta que a medio camino, Davis se lanza en una espectacular diagonal de casi 15 minutos sobre los vaqueros norteamericanos. ¿Sabía el público que la mayoría eran latinos, pequeños y hacían un trabajo pacífico? ¿Sabía el público que John Wayne odiaba a los caballos? ¿Sabía el público que lo entrevistaron una vez en Anderson Cooper 360, uno de los shows con más rating en Estados Unidos, para hablar del tema? ¿Sabía el público que él escribió un libro del tema?

La audiencia, por primera vez, parece incómoda con él. Boycott lo mira incrédula. Él se disculpa, por allá en el minuto 11, pero añade que el tema es importante. Cuando acaba, Boycott vuelve al tema con gracia. El mismo Davis que narra la creación del universo tairona con el respeto del que quiere creer, es incapaz de escuchar a la brillante periodista que tiene enfrente sin meter la cucharada. Al final, todos aplauden.

Uno de los escritores favoritos de Davis, Peter Matthiessen, dijo que el que crea poder cambiar el mundo está tan equivocado como es peligroso. Davis no puede evitar comentar al estadounidense: “Pero él también decía que tenemos una obligación como contadores de historias de ser testigos del mundo. Eso ha sido mi salvación.”  Mientras se alista para una entrevista más, se ve profundamente orgulloso de ser él, salvado casi. Grande, feliz, el rostro surcado de arrugas y los ojos un poco cansados; tiene 66 años ya. Pero a él probablemente no le importa.

Historias de hielo, ciencia y un continente en exploración: entrevista a Ángela Posada Swafford

Angela Posada Swafford Jericó Jacom La Revista

Ángela Posada-Swafford es una de las pocas personas que hace periodismo de ciencia en Colombia. Sea en artículos de difusión masiva para la revista Muy Interesante, textos especializados para New Scientist, sus recurrentes especiales en El Tiempo o su serie de libros infantiles para promover la ciencia, Posada ha construido una vida en la convicción de que la ciencia es un derecho. O mejor, que es literatura. Cuando se describe a sí misma, escribe: ‘Creo que la ciencia, el trabajo de los científicos, debe contarse como un cuento’.

Jácom: ¿Cómo se convirtió en periodista científica?

Ángela Posada: Quise convertirme en ambientalista, pero todavía no estaba convencida. Entonces acabé estudiando idiomas. Me hubiese gustado biología marina, pero en ese momento en Colombia todavía no había una visión de dónde trabajar. Mi papá me decía: “lo que tu quieras, pero, ¿de qué vas a vivir corazón? ¿de bucear?

A la Universidad de los Andes, donde estudiaba, fue Jacques Cousteau. Yo era la monitora de Mauricio Obregón, quien en ese momento era el rector de la universidad. Mauricio me dijo que Cousteau iba a venir y yo casi me muero. Era mi héroe. Fue como si a un pintor le presentaran a Miguel Ángel. El tipo me puso las manos en los hombros y me dijo:“¿Usted qué es lo que quiere hacer en la vida?”, y yo le contesté: “yo quiero ser usted”.

Me dijo que tenía que estudiar. “Usted no puede irse a bucear como una pendeja, porque va a terminar poniendo una escuela de buceo”.  Así sea para comunicar la ciencia. Siguiendo su consejo, acabé estudiando periodismo editorial en la Universidad de Kansas.

J: ¿Cuáles fueron sus primeros trabajos?

AP: En Estados Unidos empecé una búsqueda sobre como iba a vivir. Pero como me dice mi papá: “Te mandé por un máster y volviste con un míster.” Porque volví con mi marido gringo de la universidad. Me quedé en Miami y traté de hacer periodismo científico en el New Herald. ¡Me dijeron que lo que podía hacer era ser editora de cocina! Y a mí se me quema el agua. Antes de eso, recién graduada y con un máster, archivaba las fotos y los crucigramas. Pero tenía que comer.

Empecé a poner toda la ciencia que usted quiera en las recetas con espinaca de la página 50: alimentos genéticamente modificados, historia de la cocina, historia del arte en la cocina. ¡Y gané premios, pa que vea!

J: ¿Cómo hizo para llegar de allá a escribir tiempo completo de ciencia?

AP: En Colombia teníamos todavía el pico en el ombligo. Pero yo me ponía en los zapatos de un editor. Entonces trataba de ofrecerles cosas irresistibles. Después me gané una beca Knight: una cosa del carajo con todo pago para ir a Boston, simplemente a sentarse en clases de ciencia en el MIT. Y punto. ¡Ahí sí fue!

Aprendí a detectar tendencias: qué viene en materia de genética, qué viene en materia oscura. Fui a la Nasa, al acelerador de partículas, a la Antártida. Fui la primera periodista hispana invitada por el gobierno gringo al Polo Sur.  Nunca nadie de América Latina, me decían los gringos, había mostrado el menor interés en la Antártida desde el punto de vista hispano.

En esas el almirante de la armada colombiana, me leyó y me dijo: “mamita, la contrato para que sea la bloguera de la marina en la Antártida”. Fui como a tres viajes. Luego estuve con otra expedición colombiana, ahí van cuatro viajes. Después me pregunté cómo entender la Antártida desde el punto de vista de un turista, entonces hice un acuerdo con una empresa canadiense que lleva turistas ricachones, para viajar a la Antártida en uno de sus cruceros. Mi último viaje fue genial, sobrevolando la Antártida en el avión de la Nasa, que fue una cosa importantísima…¡pero es que yo cuando jodo! En mi casa dicen que seco hasta una mata de papaya.

 

J: ¿qué tipo de ética sigue usted a la hora de informar en ciencia?

AP: Creo que la ciencia es tan complicada. En el periodismo uno tiene la responsabilidad de asegurarse que esa ciencia que uno esta informando es correcta. Y los periodistas necesitan la noticia. Entonces el reportero que no sabe empuja la noticia un poco más de lo que es. El coronavirus, por ejemplo, no es un virus para jalarse los pelos del susto. Tenemos que tener cuidado con la forma en que trasmitimos esta noticia. Y usar el conocimiento científico para decirle a los países: ‘okey china, ¿usted que medidas esta imponiendo para que la gente no viaje? Para preguntarle a los científicos de Washington: ¿ustedes ya están trabajando en una vacuna? Y a los políticos.

J: ¿cuál es la ruta que le sugiere a los que quieren formarse en periodismo de ciencia en Colombia? ¿se debe estudiar una carrera científica?

AP: El periodismo en el mundo entero esta atravesando dificultades.  Fácilmente el 70% de mis colegas en periodismo científico en Estados Unidos han perdido su trabajo.

Pero siempre va a haber necesidad e interés de información científica. La cosa es quién está haciendo esa información ahora: los blogueros, las redes sociales. Se ha democratizado mucho. El problema de estudiar alguna cosa en ciencia es que la ciencia es muy puntual. Si te gustan los pájaros no basta con estudiarlos en general, ¡hay que estudiar el cartílago no-sé-qué del ala derecha de tal especie!

En últimas hay que pensar en cómo llegarle a la gente en esta nueva era de la información. Yo me he tenido que reinventar como Madonna. Como soy freelancer tengo que vivir pensando en poder pagar la hipoteca. Ahora estoy empezando a hablar de la diplomancia de la ciencia: cómo informar a los hacedores de leyes. Entonces estoy dictando charlas en las embajadas de Colombia en todo el mundo. Porque resulta que la diplomancia de la ciencia es más que un cañón: puede resolver guerras.

J: ¿Por ejemplo?

AP: La Antártida. Por ahora es una maravilla, pero con el deshielo se están empezando a descubrir zonas rocosas llenas de minerales. El tratado la protege hasta el 2048, cuando hay que volver a ratificar, pero es como la luna y le pertenece a todo el mundo. Cuando los veo hablando, parece que todos tuvieran los codos sobre la mesa, buscando qué me va a tocar de ese ponqué. Estos países hermanos nuestros, Perú y Ecuador, llevan 25 años yendo a la Antártida. Tienen buques exploradores polares, estaciones antárticas divinas. Se han dado cuenta de la importancia táctica, diplomática y científica del continente.

Si como colombianos no ponemos un pie en la Antártida, es como si fuéramos Bolivia: vamos a quedar sin acceso al mar. Y si no ponemos un satélite, nos vamos a quedar sin acceso a ese nuevo océano que es el espacio.

Angela Posada Swafford 2 Jericó Jacom La Revista
Ana Ochoa y Ángela Posada Swafford. Hay Festival Jericó 2020.

¿De qué hablamos cuando hablamos del Hay?

Hay Festival Jacom La Revista

El Hay nació en el patio de un bar. Un hijo acabado de salir de la universidad, una madre que leía a Voltaire y un padre alcahueta fueron los fundadores. Hoy, el festival ha recorrido todos los continentes pero el espíritu sigue siendo el mismo: esa mezcla de mamagallismo, honestidad y profundidad que caracteriza a las mejores democracias. Y a las mejores conversaciones.

Este es un registro bastante incompleto de algunas de esas conversaciones, en el segundo Hay Festival de Jericó.

Texto: Simón Murillo Melo | Ilustraciones: Laura Ospina Montoya

 

Víctor Gaviria y Fernando Trueba

Víctor Gaviria y Fernando Trueba en Hay Festival Jericó

 

Víctor Gaviria parece un oso perezoso. Se sienta en la silla como si fuera un árbol amazónico, dejando caer la barriga sobre las piernas y sonriendo incrédulo a su audiencia. Se parece así a su maestro, el sacerdote y crítico de cine Luis Alberto Álvarez: un espectador experimentado que se prepara para ver otra película. Fernando Trueba, su interlocutor, parece un alfil a su lado. Con las piernas cruzadas en un carrizo perfecto, un ojo de vidrio mirando a la inmensidad y ese sentido del humor que los madrileños han desarrollado a punta de hijueputeces.

Es una conversación de dos establecidos directores, uno un día mayor que el otro, que todavía no se creen su éxito. Cuando eligieron Rodrigo D: no futuro, una película sobre la desesperanza, como la primera película colombiana en participar por la palma de oro en Cannes, los organizadores le dijeron a Gaviria que no le podía decir a nadie. Él se tomaba unos tragos y se lo contaba a todo el mundo. Nadie le creía, por supuesto. “¿Pero es que vos sabés qué es Cannes?”.

Sigue Gaviria: “Yo hacía poesía hasta que me lancé con mi primer corto. Mis amigos me decían: “’Qué bueno que llegó un poeta al cine colombiano’ y bueno, yo me lo creí”. Pero el poeta no es otra cosa que un compilador del sufrimiento, de la nada, de Medellín.

Gaviria volvería a Cannes para presentar la Vendedora de Rosas acompañado de sus estrellas: Giovanni Quiroz, el Zarco, y Lady Tabares. Si el espíritu del Hay es conversar, Gaviria lo ha encarnado en sus películas repletas de actores naturales: los diálogos son de ellos. Quiroz murió poco después de Cannes, como murió la mayoría del elenco de Rodrigo D: con violencia. Tabares pasaría un tiempo en la cárcel por matar a un taxista. Y Gaviria, ya un hombre adulto cuando los conoció, ha sobrevivido, por mucho, a los niños que fueron su voz.

Trueba, un director con una obra constante y actores convencionales, cambia la dirección de la conversación: “Cuando me nominaron al Óscar, estaba seguro de que no iba a ganar. Seguro. Encima, soñé que ganaba. Y se lo contaba a mi mujer y se echaba a reír. Y yo decía: es que soy un gilipollas. Mi esposa me preguntaba qué pasaba en el sueño y era que le dedicaba el Óscar a Billy Wilder, el hombre por el que me apasioné por el cine”.

“Entonces preparé un discurso del que estaba seguro nunca iba a leer. Decía que me gustaría creer en Dios para agradecérselo, pero que solo creía en Billy Wilder”. Trueba se ganó el Óscar y eso fue lo que dijo.

Este año saldrá una película suya, una adaptación de El olvido que seremos. “Hoy en día hay tantas películas de monstruos, sicópatas, serial killers. Creo que hacer una película de un hombre bueno hoy en día es casi una provocación” El hombre bueno: Héctor Abad Gómez nació en Jericó. El auditorio esta en silencio. Samuel Castro, el moderador, comenta: “Quieren que sigamos conversando o abrimos preguntas del público” y la gente grita: “¡Sigan!” Gaviria asiente lentamente, una pequeña sonrisa a punto de aflorar.

 

Dos señoras

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

Dos señoras, unos 130 años entre ellas, conversan en uno de los infinitos porches jericoanos. Parecen amigas de hace tiempo, tal vez primas, tal vez hermanas. Ya está oscuro, hay trago de por medio y un bafle diminuto: suena Silvestre, Martín Elias. Están hablando, por supuesto, de todo.

Bajo algunas estrellas que se asoman entre las nubes, van haciendo una cosa muy extraña que seguro les ha pasado muchas veces en su vida. Qué suerte del Hay que, por un ratico, lo mencionen. “Un programazo”, dice una señora con orgullo. “Ese señor estaba ahí presentando la película. Y unas imágenes que yo le digo, lo más de lindas”. Después empiezan a hablar de otra cosa, posponiendo el sueño un momentico más.

 

Davis, Wade Davis

 

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

Davis, Wade Davis, es un antropólogo, biólogo, explorador, fotógrafo, aventurero. Él se sabe todo eso y más. En frente de medio pueblo, va a presentar El sendero de la anaconda, el documental inspirado en sus devenires por el río. Cuando el presentador lo menciona, una vocecita se alza para vitorearlo. Es un héroe de muchos, sobre todo en Colombia. Para empezar es un colombiano –desde el 2018- que de verdad conoce a Colombia: la Sierra Nevada, Guainía, Vaupés, el Amazonas, el valle de Sibundoy, los llanos del Meta y la selva del Chocó. Las lejanías de las que hablaba Caro, un presidente que jamás salió de Bogotá.

Acaba de hablar ante un auditorio repleto y está empapado en sudor. Carga unas rosas de regalo y se ve, como siempre, profundamente orgulloso de ser él. Él mismo lo dice: “Lo más importante que puedes hacer es ser el arquitecto de tu propia vida. No vas a tomar las mejores decisiones, pero si te haces cargo de ellas, nunca vas a vivir amargado”.

Mantenerse en movimiento, como sea, ha sido su trabajo durante toda una vida. Tuvo pasantías con los practicantes del vudú, en Haití, y fue decisivo en preservar la identidad de los pueblos indígenas, junto a su amigo Martin Von Hildebrand. Pero nunca ha tenido un empleo estable ni lo ha querido. Sus libros son un reflejo de ese interés múltiple. Ha escrito mucho de Colombia, pero también de vaqueros, de la Primera Guerra Mundial, de Nepal, la jungla de Borneo y el Everest. El explorador se hace a punta de viajes y de mucha, mucha curiosidad.

Sus textos parten de un profundo respeto hacia los pueblos amenazados por cientos de años de saqueo. Pero él no se hace ilusiones. “Uno de mis escritores favoritos, Peter Matthiessen, decía que el que creyera poder cambiar el mundo estaba tan equivocado como era peligroso. Pero también decía que tenemos una obligación como contadores de historias de ser testigos del mundo. Eso ha sido mi salvación”

¿Cuál será su próximo viaje? Al Vichada, el único sitio de Colombia que le falta. Le digo que muy pocos colombianos han estado –para empezar– en Vichada y me sonríe con orgullo: “Lo sé”, dice.

 

Un señor y la montaña

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

El director de Comfama arranca diciendo: “Este pueblo es la síntesis de lo mejor que podemos ser los antioqueños: que significa naturaleza, que significa patrimonio. No podemos estar más enamorados de Jericó”. Se va y muestran una película de pueblos amenazados por las petroleras, las carreteras, la minería.

En el parque, un pelado greñudo canta canciones contra la minería y algunos jericoanos lo corean. En las calles, algunas casas cargan todavía el letrero: “NO A LA MINERIA” o “SÍ AL AGUA”. Jaime Ramírez, diminuto con gafas negras, cachucha de I <3 Jericó y barba de profeta, se para afuera de cada conferencia envuelto en un colorido pendón: EN COLOMBIA NO HABRÁ PAZ, MIENTRAS HAYA MEGAMINERÍA DE METALES”.

Luis Jorge Garay, marxiano de barba setentera, habla una hora sobre la neoextracción neocolonial del capitalismo tardío ante un auditorio repleto que escucha hipnotizado. Uno de sus oyentes (“lo dejó muy claro”) es Jorge Eduardo Cock, ex miembro del directorio ejecutivo del Banco Mundial, exministro de minas y ex una cantidad de cosas más, dice con voz queda: “la minería implicaría daños ambientales irreversibles”.

Un grupo de Medellín pasa repartiendo un periódico que titula: “¿Quieres vivir junto al cráter de una mina? El futuro de Jericó lo decides tú”. Incluye horóscopo antiminero y una oración a San Benito para alejar a los malos vecinos.

Me quedo en una casa campesina que hace de hotel. Las vistas son espectaculares y entre los tonos de verde surgen casas, nubes, el cielo. Pregunto dónde va a quedar la mina y alguien extiende la mano, barriendo el horizonte hasta dar con un punto invisible detrás del hotel. No puedo ver nada. Entre la montaña, las casas y el cielo, se abrirá el suelo en decenas de pedazos. Así hasta que pueda ver alguna cosa.

Dos pueblos y un festival: el Hay vuelve a Jericó

Hay Festival Jericó 2020 Jacom La Revista

Hay-on-Wye es un pueblo galés de unos 1600 habitantes. Hay algunas casitas dormilonas, una vieja iglesia, las ruinas de un castillo, una oficina postal y unas dos docenas de librerías de viejo. Hace 32 años, una familia del pueblo montó un festival a punta de ganancias de juegos de póker en el jardín de un bar. En unos años se habían movido al colegio del pueblo. Hoy es probablemente el festival literario más importante del mundo.

Por: Simón Murillo Melo | Ilustraciones: Laura Ospina Montoya

Hay esta a un océano y un poco más de distancia de Jericó, Antioquia, pero este año será la segunda edición del festival en el pueblo antioqueño. “De los tres municipios patrimoniales del suroeste, solo Jericó no tenía un evento importante. Ahora Jericó tiene festival de ideas”, dice el escritor Juan Diego Mejía. Mejía ha ocupado una serie de cargos públicos y privados en el mundo de la cultura y ahora es el encargado del Hay Festival Jericó en Comfama. Después de un viaje en el 2018 a Hay, Mejía vio en Jericó a un pueblo que podía equiparar el sentido de pertenencia que vio en el pueblo galés.

Dentro de los criterios para escoger las ciudades que albergan el Hay, uno de los más importantes es tener una tradición literaria y cultural que pueda sostener el festival. Hay festivales en Arequipa, Segovia, Querétaro, hay uno en planeación para Abu Dhabi y algunas ediciones pasadas se han celebrado en Kerala, Beirut, las Maldivas. Jericó es la grecocaldense Atenas del suroeste que fue destruida y construida de nuevo por Manuel Mejía Vallejo y donde la cantaleta de otro Vallejo se alcanza a escuchar sobre los santísimos empedrados. Un pueblo tranquilo con una arquitectura colonial habitada por los locales, un buen nivel de vida en comparación con el resto del país, varios museos, un teatro precioso y una comunidad que ha sobrevivido los embates de 50 años de guerra.

Pero sobre el pueblo flota la construcción de la mina Quebradona por la multinacional sudáfricana AngloGold Ashanti. Nombrada por Greenpeace como una de las compañías más irresponsables del mundo, activistas locales presentaron al presidente Duque un documento de 40 razones para oponerse al proyecto, en donde argumentan una serie de razones sociales, ecológicas, políticas y económicas. La oposición en Jericó es casi total. Marchas, acciones populares, tutelas, la prohibición expresa del concejo municipal con la firma del alcalde.  A pesar de que todas —o casi todas— las instituciones democráticas del pueblo han demostrado su oposición, parece que van a perder: la compañía esta esperando la aprobación del último estudio ambiental para comenzar operaciones.

“Ahora se vende la idea de que llegará la prosperidad, pero si uno analiza cualquier pueblo minero de Colombia, se ve el daño que deja la minería”, me dijo Roberto Ojalvo, un jericoano que por muchos años ha sido una de las fuerzas fundamentales de la gestión cultural en el municipio y quien gerencia su museo insigne, el Maja (Museo de Antropología y Arte de Jericó). “El fundador del pueblo le preguntaba a la gente que llegaba que qué querían hacer en este pueblo y si decían ‘quiero ser minero’, les decía que siguieran pa abajo”, subraya Ojalvo.

Las regalías proyectadas no para el pueblo, sino para Antioquia del proyecto de Quebradona solo llegarían a los 22 millones de dólares anuales, según las cuentas de la AngloGold. En Hay-on-Wye la población es la sexta parte de la de Jericó, pero los ingresos anuales solo de cuenta del Hay Festival pasan los 30 millones de dólares. El alcalde de Jericó, David Toro, recalcó la importancia del Festival y de la promoción de la cultura en su municipio: “Hay nos llena de ilusiones y de expectativas, nos da confianza de lo que Jericó es y representa (…)”. Es fácil enumerar: en Jericó hay más de 300 jóvenes vinculados a procesos culturales de la alcaldía, el carriel que el estado colombiano le regaló al Papa vino de Jericó, en el Maja se hizo una exhibición de Warhol; Ojalvo recuerda con cariño a los estudiantes de bachillerato que hacen voluntariado cultural en el Maja después del colegio: “De pronto decirlo será una tropicalada, pero yo no he visto eso en ninguna parte del mundo”.

Esa cultura se perfila como una de las fuerzas económicas más notables del pueblo. En un país donde el pasado fue derruido por la emoción de la modernidad, Jericó se sabe una ciudad vieja. Ojalvo menciona el civismo de los jericoanos como una de las fuerzas del pueblo. Un civismo que no es otra cosa que el deseo y la posibilidad de participar de la vida pública local.

Los jericoanos vivos y muertos contribuyen a la imagen del municipio. Laura Montoya, la primera santa colombiana, ha reforzado el turismo religioso en Colombia. Después de muchos años gerenciando el maravilloso museo de la Universidad de Antioquia, Ojalvo volvió al municipio para trabajar gratuitamente en el Maja; Alonso Garcés, el galerista, se ha convertido en el gran mecenas del museo. El hijo del defensor de derechos humanos Héctor Abad Gómez, el escritor Héctor Abad Faciolince, recibió en el pasado Hay una flor del municipio tras anotar con bastante obviedad que Jericó no necesitaba flores de oro.

Cuando Ojalvo habla de la solidaridad recuerda que los festivales, la vida pública y la vida misma no son reducibles a la economía.  El beneficio más tangible del arte es poder conversar. El fundador y director del Hay, Peter Florence, lo pone en estos términos: “El Hay es una fiesta y una exploración de la escritura pero también una discusión política no partidista frente a ideas radicales y contrarias.” El ocio es una interfaz entre el mundo y los sueños. Construir parte de pensar, pensar de gozar; retar lo inevitable —una mina, por ejemplo—  parte de conversar.

En el pueblo galés, un descendiente de industriales del jabón pensó que las librerías de segunda eran una alternativa local de desarrollo: Richard Booth, quien después se autocoronó rey del pueblo (“Ricardo Corazón de libro”) y nombró a su caballo primer ministro. Booth, según su propio testimonio, heredó una fortuna, hizo dos y perdió cuatro. Mejía lo considera “algo corrido de la teja” pero demostró que hasta las ideas más absurdas, precisamente por absurdas, son capaces de ser mucho más útiles que la extracción insensible. Mejía escribe: “Es hora de que entendamos el desarrollo en un tiempo mayor al corto plazo. No creamos que el desarrollo es la generación de riquezas transitorias que aniquilan los sueños de las sociedades. Esta perspectiva solo la tendremos cuando reconozcamos nuestros anhelos colectivos, los aplazados, los desconocidos, los invisibilizados por el vértigo de lo que se ha llamado ‘progreso’”.

El Hay Festival Jericó se celebrará del 24 al 26 de enero.

 

 

Litigante: la belleza y el caos de un juicio eterno

Fotograma Litigante Carolina Sanin

El mundo de los hijos y los padres conlleva implícito un juicio, en ocasiones porque las nociones de lo moral o lo correcto no comulgan o pueden extrapolarse fácilmente, y esta disputa además va mediada por una línea delgada  que oscila entre el amor y la rabia o la culpa y la compasión; sin duda siempre bajo el velo de la incertidumbre al no poder asumir que todo cuanto debía hacerse o decirse en vida ha sido saldado. Ser hijos es un duelo que se lleva internamente a lo largo de la vida, cuando debemos enfrentar la ausencia de los más amados, o incluso cuando hemos de relevarlos.

Por Daniel Mateo Vallejo

Silvia Paz es abogada, hija y madre soltera en Bogotá quien a sus 40 años enfrenta un contundente litigio en su vida al defender decisiones como mamá y mujer ante el tribunal más mordaz para ella: el juicio moral de su madre Leticia en su lecho de muerte; el agravante para Silvia, como si fuese poco, es sobrellevar esta situación mientras en su ejercer profesional se defiende hasta en los medios de una acusación por corrupción en la entidad pública para la que trabaja y al mismo tiempo se cuestiona qué hacer frente al constante interés de su hijo Antonio por saber sobre ese padre ausente.

Así como su trama y el estado emocional de su protagonista, en términos formales Litigante refleja la esencia de esta relación madre-hija y su universo narrativo: muchas capas que ensamblan el caos, un caos íntimo que expone la complejidad y virtud de las emociones humanas. A partir de una inquietante y lúgubre atmósfera de ruidos repetitivos de máquinas y salas hospitalarias, su director Franco Lolli nos presenta e introduce en la situación detonante para Silvia y Leticia: la madre se opone a someterse de nuevo a una quimioterapia para tratar el cáncer de pulmón mientras la hija apela por la infancia y crianza del nieto para persuadirla; así, estas dos mujeres nos guían en el relato entre constantes y acaloradas discusiones, reclamos e interminables vaivenes a través de espacios que son ya una suerte de marca personal en el cine de este realizador colombiano: apartamentos, oficinas, pasillos y piscinas.

La fuerza de esta obra, en comparación con recientes películas colombianas, no recae en el aparataje técnico o el efectismo visual y sonoro; Litigante es contundente en la medida en que sabe enfatizar los momentos clave de su puesta en escena propiciando pausas desde la imagen y el sonido para resaltar las conmovedoras interpretaciones de Carolina Sanín (escritora y prima segunda del director quien interpreta a Silvia) y Leticia Gómez (madre del director y del personaje de Silvia quien en su vida real había ya superado la lucha contra el cáncer) las cuales se destacan por lograr una empatía pero también incertidumbre en los espectadores pues la actuación del reparto compuesto también por el actor y director Vladimir Durán (Adiós entusiasmo), la curadora de arte Alejandra Sarria (como hermana menor) y el pequeño Antonio Martínez ofrece un halo de naturalidad, ocurrencia y espontaneidad, tanto en las lágrimas como en sus risas. 

Litigante Franco Lolli

Otro miembro del equipo realizador que se destaca es el director de fotografía venezolano Luis Armando Arteaga quien ha trabajado en largometrajes del centro y sur de América multipremiados por todo el mundo (Ixcanul, de Jayro Bustamante, La familia de Gustavo Rondón y Las herederas de Marcelo Martinessi) quien para Litigante logra mantener al borde del desenfoque y contenidos entre siluetas y escorzos a todos sus personajes como fiel retrato de las emociones que atraviesan la pantalla y de las relaciones allí entrelazadas, sabiendo siempre hasta dónde reforzar desde el encuadre y dejando que tomen fuerza ya desde una disposición más documentada los momentos de aparente crudeza, verdad y belleza que el director logra revivir del guión con los actores.

Está tan bien logrado el hilo central de la película, que cuestiones que dejan algunas mal logradas o vagas tramas secundarias como el juicio jurídico, la relación de Silvia con Abel y el desaprovechado Vladimir Durán, al igual que en términos representativos los casi caricaturizados personajes homosexuales (si no es el amigo gay incondicional de la protagonista, lo sería el anfitrión de una fiesta literalmente emplumado e interpretado por Pedro Adrián Zuluaga) no distraen finalmente de lo esencial de este filme puesto que sus apariciones o desarrollos no cumplen más que la tarea de matizar el entorno ya caótico y saturado de la cautivadora relación que se debate entre amores y reclamos entre Silvia y Leticia Paz.

Con este, su segundo largometraje el cual se encargó de dar apertura a la Semana de la Crítica del Festival de Cannes del 2019 Franco Lolli compone un conjunto de cuatro obras (dos cortometrajes y su ópera prima) que con mirada particular desde la autorepresentación lo reiteran como un director que emplaza su punto de vista sobre la clase media-alta colombiana a la cual ha sabido agrietar con precisión para dejarnos ante el retrato entrañable y doloroso de lo que somos como sociedad trascendiendo cualquier esfera social; ante la sensación de pertenencia a ese caos vasto compuesto por tantos otros dramas, otras tragedias que nos afligen como humanos; tan vasto como las ventanas de Silvia desde donde vemos esa Bogotá que se impone fría, saturada y vertiginosa mientras aferrados a eso que nos mantiene en pie seguimos descifrando y procesando esa lucha interna, ese juicio eterno por saber nuestro lugar en el mundo a pesar del  mundo, a pesar de la familia.

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