Nombré a dos insectos y se los dediqué a mi papá y a mi mamá

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Los insectos tienen quizá más historias para contarnos que cualquier otro grupo de organismos, pues son el grupo con más especies conocidas lo cual está reflejado en sus formas e historias de vida. Se estima que aún nos quedan por descubrir y describir miles e incluso millones de especies nuevas de insectos. Una especie nueva es una historia nueva para contar.

Textos y fotografías: Camilo Flórez Valencia
Biólogo
Curador de las Colecciones Biológicas de la Universidad CES

Para poder contar esa nueva historia debemos nombrar la nueva especie; ese nuevo nombre debe tener asociado una descripción detallada del organismo. Una nueva especie requiere ser nombrada no porque no exista en el mundo sin el nombre que le damos, sino porque es necesario que esto suceda para que se puedan contar historias sobre ella. Más allá de los textos técnicos donde son descritas estas especies, encontrar y describir una especie nueva conlleva abrir otro pequeño mundo.

Descripción especie nueva ciencia

 

La familia Membracidae o de los membrácidos es uno de esos grupos de insectos en los cuales nos quedan muchas especies y aspectos de su biología por conocer y documentar. Estos insectos se alimentan succionando savia de las plantas y algunos son conocidos comúnmente como ‘insectos espina’ o ‘helicópteros’. El primer nombre se debe a que una estructura de su tórax, que en membrácidos está muy desarrollada, puede tener forma de espina. El segundo nombre se debe a que hace unos años las personas ataban una cuerda a las patas de estos insectos y al volar permanecían en el aire como un helicóptero.

Cladonota apicalis
Cladonota apicalis

Algunas especies de estos pequeños organismos (grandes en comparación con otros insectos) tienen cuidado maternal: las madres cuidan a sus hijos por medio de estrategias impresionantes. Algunos de estos insectos lanzan patadas fuertes para espantar a depredadores y parasitoides. En Medellín me contaron que la gente los atrapaba y los ponían cerca para que “pelearan”. Otros membrácidos pueden tener relaciones muy interesantes con hormigas que son tan diversas y sofisticadas que no van a ser el punto de este texto.

 

Describir membrácidos

Hace alrededor de un año, describí dos nuevas especies de Membracidae. Les di nombre y conté una nueva historia, pero mi sensación es que siempre queda algo más por contar. Detrás de las historias técnicas de los artículos científicos, siempre (para mí) hay una emoción adicional relacionada con la expedición donde encontramos la nueva especie, las comunidades alrededor de los sitios, las personas que nos acompañaron, las historias que nos contaron mientras caminábamos, los almuerzos al lado de los ríos. Muchas de estas historias se pierden inmersas en las necesarias descripciones telegráficas de los artículos científicos.

Esas dos especies nuevas las nombré como Calloconophora estellae y Problematode robertoi. Dediqué estos nombres a mis padres, Luz Estella Valencia y Roberto Flórez en agradecimiento por la vida y el inmenso cariño que les tengo. De esta forma, los epítetos estellae y robertoi también se vuelven fundamentales en esta historia.

 

Calloconophora estellae

Tiene una apariencia hermosa, con muchos pelos dorados interrumpidos por dos líneas de pelos más oscuros. Más allá de esto, lo más impresionante de esta especie es la forma en la que cuida y defiende a sus hijos. La madre deposita una sustancia cerosa en un patrón en espiral alrededor de los tallos cerca de sus huevos o ninfas.

Esta sustancia es pegajosa, por lo que otros organismos como avispas, arañas u hormigas que puedan depredar a los huevos o ninfas de los membrácidos quedan adheridos a esta sustancia. La cera además tiene un patrón en espiral muy particular, constituido por bolas unidas por pequeñas líneas, que la madre deposita con mucha calma. Esta cera puede encontrarse en todo un fragmento de la planta, dándole un aspecto muy particular, parecido a un arreglo navideño o un diseño para una torta.

 

Pero hay más, la hembra además deposita más cera sobre los huevos, se posa sobre ellos y los defiende de forma agresiva contra depredadores y parasitoides por medio de movimientos con las patas y zumbando sus alas. La hembra permanece con sus hijos hasta que estos se vuelven adultos. Se podría decir que esta especie tiene uno de los comportamientos de cuidado maternal más asombrosos y complejos dentro de los membrácidos.

Calloconophora estellae está estrictamente asociada a una enredadera de la familia Dileniaceae que con frecuencia crece al borde de ríos y caminos. Esta especie la hemos encontrado hasta el momento en el Magdalena Medio y en el piedemonte de la Cordillera Occidental hacia el Chocó.

 

Problematode robertoi

Por otro lado, Problematode robertoi tiene un aspecto muy diferente al resto de membrácidos porque tiene unas alas con venas gruesas e irregulares. Esta especie no tiene un pronoto grande ni con formas extrañas y extravagantes como otros membrácidos. Su forma es aplanada y su coloración similar a tallos con musgo. En otras palabras, a simple vista no parece un membrácido. Nos podríamos además arriesgar a decir que esta especie debe estar camuflada de forma extraordinaria, por lo que es muy difícil de encontrar. Hasta ahora sólo hemos encontrado un individuo de esta especie (con el cual se realizó la descripción), y apenas cuatro individuos de las otras dos especies descritas del género Problematode. Hasta antes de la descripción de P. robertoi, no había sido posible establecer quiénes eran los ‘parientes’ del género. Por medio del descubrimiento de P. robertoi, tenemos al menos una idea de quiénes son sus primos, aunque aún no sabemos quiénes son sus hermanos.

Vista dorsal de Problematode robertoi
Vista lateral de Problematode robertoi

 

Arboloco

El único individuo conocido de P. robertoi lo encontramos en un remanente de bosque cerca de la finca Arboloco, muy cerca de Manizales y el PNN Los Nevados. Mi papá adquirió Arboloco como un lote ganadero hace más de 15 años y ahora es un espacio en proceso de restauración donde habitan cada vez más insectos, plantas, aves y muchos otros organismos. Esta es una de las principales razones por las cuales nos motivamos a conocer más de los bosques cercanos a esta finca y una de las razones por las cuales ahora conocemos a P. robertoi.

Mis padres siguen siendo una de las principales motivaciones para estudiar estos insectos. Se siguen emocionando con cada nuevo bicho que encontramos o con cada nueva planta que sembramos en la finca. Esto hace parte también de la historia de las especies así sea de forma indirecta y no es posible desligarnos de las emociones al estudiar las maravillas que nos rodean.

 

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Artículo científico completo: solicitarlo a kmilofv@gmail.com

Pandemia

Jaime Hincapié Opinión Jacom La Revista

Este ejercicio de suposición transita explicaciones, preguntas, críticas y rodeos a la pandemia a través de la mirada de un científico escritor. 

 

Por Jaime Alejandro Hincapié García
Químico farmacéutico
Magíster en farmacología clínica
Profesor de la Facultad de Ciencias Farmacéuticas y Alimentarias de la Universidad de Antioquia

Cada uno tiene su propia versión de la pandemia. Las versiones tienen, casi todas, un esqueleto común: la pandemia se divide en causas, vivencias y consecuencias. Y la respuesta a cada una de esas divisiones será un resultado muy particular, atribuible a las creencias y los nexos de cada individuo.

Intentemos un ejercicio: supongamos algunas versiones de la pandemia de unos grupos de individuos creados artificialmente.

Empecemos por las causas. Hay quienes creen que la pandemia tiene un conjunto de causas conspirativas y políticas. Sin dudarlo, le atribuyen la causa a algún gobierno que tiene un laboratorio genético subterráneo donde ejecutan sus planes maléficos para enfermar al mundo. Como se puede sospechar, algunos de este grupo pueden ser esos líderes peligrosos y xenófobos que necesitan un enemigo para mantener su popularidad patriarcal, cimentada en el «yo te defiendo de aquellos, nuestros enemigos». Hay otros, más arraigados en sus creencias espirituales, que le atribuyen la pandemia a una fuerza superior: es dios, la naturaleza, la Pachamama, o son las fuerzas mágicas del universo las que nos tienen hoy en estas. Pareciera una visión poco creíble para los racionalistas. Buscar la causa en el más allá suele ser una salida fácil, especialmente si queremos un consuelo rápido: «si dios nos mandó esto, pues dios nos lo va a quitar. Si es la naturaleza la que nos pone a prueba por haberla retado, todo esto pasará cuando nos decidamos a controlar el consumo y a contaminar menos». Es simple, a veces necesario. Por otro lado, están los que siempre tienen una explicación —o buscan una explicación—, los científicos —o los que tienen vocación científica—, quienes coinciden en que la causa de este problema es, a secas, un virus zoonótico —un virus que infecta un animal y que después enferma a los humanos— que entra a las células del pulmón, provoca neumonía y es altamente virulento: «es una enfermedad muy contagiosa. Hay que aplanar la curva».

Más adelante, explorando el esqueleto de las versiones, están las vivencias. Y de estas tantas como humanos sobre la tierra. Si se le pregunta a cualquier persona por su emoción —¿qué sientes ahora? — el abanico de respuestas sería enorme. Haciendo una reducción, para lograr completar el mensaje, se podría decir que hay muchos viviendo y fluctuando entre el miedo y la esperanza. Movidos por el miedo se protegen y a la sombra de la esperanza se quedan inmóviles. Este miedo que se filtra por debajo de las puertas y las ventanas es abstracto y difícil de entender. Hace unos días, hablando con un profesor que admiro mucho, terminamos la conversación con el siguiente juego de palabras: —Esperemos que el miedo ayude a fortalecer el sistema de salud, antes de que nos “muramos de miedo”— le dije, a lo que él respondió: —O hasta que nos maten en medio del miedo—. Pues este miedo abstracto, invisible por lo microscópico, está transformando la sociedad. A ciertas personas la vivencia se les ha transformado en un pensamiento más claro; han superado el miedo y viven aceptando la incertidumbre, creciendo, entendiendo que sobre esta situación no hay control que valga y que hay que vivir en el presente con un propósito, idealmente ayudando a otros. Por su parte, hay quienes —en especial políticos y tomadores de decisiones—están viviendo como actores de los libros de historia que se escribirán dentro de algunos años. Se saben protagonistas con sus decisiones y actúan para su propio poder y vanagloria. Empujados por su ego van dando declaraciones y viviendo la situación a través del filtro de un cálculo minucioso: «cuánto gano, cuánto pierdo con cada decisión». De estos mismos, algunos, con un pensamiento diferente, han conseguido entender su rol, han destruido el yo y han construido puentes que intentan disminuir el dolor de aquellos a quienes dirigen. Y, por último, los científicos, viven a través de las hojas de datos. Con un lenguaje cifrado, que sirve mucho para conversar entre científicos, pero poco para hablarle a la sociedad, van midiendo: número de infectados, número de muertos, número de pacientes graves, número de moléculas que pueden servir como vacuna o como tratamiento. Y así, como en los casos anteriores, algunos han logrado modificar sus formas clásicas de aproximarse a la situación y han entendido que la sociedad requiere información y humanidad. La ciencia ha bajado un poco su lenguaje esotérico y ha conseguido llegar a muchas personas, de todas las clases, lenguajes y culturas. La ciencia como antídoto del azar y del miedo. Pero, a pesar de ello, aunque estemos viviendo la época más avanzada en la historia de la medicina, nos dimos cuenta de que nos falta mucho, que el camino es largo y lo peor es que no sabemos en qué parte de la ruta estamos.

Finalmente, la versión de la pandemia termina en una especulación de las consecuencias. Y acá viene una palabreja muy útil en estos días: incertidumbre. Según el subgrupo que simulemos las consecuencias se proyectarán y ahí empezará el trabajo adivinatorio. Por ejemplo, tendrán en mente los millones de dólares en deudas, los millones de personas desempleadas o los millones de pérdidas para la economía. Otros se interesarán por saber si esta cuarentena será la última y si podremos salir a caminar otra vez como antes, o será que la vida cambiará, aunque sea un poco. Quizás, para otros, se estimará cuantas vidas se pierdan en el camino y cuanto de todo esto quede como aprendizajes para la ciencia, para la próxima vez que tengamos una pandemia.

Al final de este ejercicio vale la pena pensar que de esos subgrupos que he creado artificialmente —los ciudadanos, los científicos, los políticos— no siempre pertenecemos a uno solo; es decir, no somos o los unos o los otros, sino que casi siempre somos los unos y los otros. Por eso y por la humildad que nos tiene que asistir al enterarnos de que nos falta tanto por aprender y que es poco lo que tenemos bajo control, florece la imperativa necesidad de cohesión social, de trabajar los unos por los otros, de asimilar el riesgo individual y el riesgo colectivo para garantizar la vida. Emerge la urgencia de valorar los esfuerzos y las benditas desgracias del otro. Y entonces, así, llegamos a una conclusión casi tautológica, la frase de cajón, porque resulta que sí es verdad que «juntos somos más fuertes».

Wade Davis: un explorador en el Hay Festival

Wade Davis en Jericó

Rubio y alto, con pinta de turista pero porte de explorador, Wade Davis es el encargado espiritual de abrir el  Hay Festival de Jericó. El director de Comfama se encarga de hacer los agradecimientos de rigor ante un auditorio mudo, pero cuando menciona su nombre se escuchan vítores. Davis presenta el Sendero de la anaconda en el parque del pueblo, una de las películas inspiradas en sus libros y viajes por el mundo, sobre una suerte de renacimiento cultural que atraviesan algunos pueblos indígenas de la llanura amazónica. Después de la proyección decenas de personas se le arriman: jericoanos, el alcalde, gomelos, escritores e intelectuales. Quieren conversar con él, tocarlo, tomarse una foto. Él sonríe, estrecha manos y posa para las fotos con solo un poco de incomodidad.

Texto: Simón Murillo Melo | Fotografía: Miguel Contreras Palacio

Vino al país por primera vez cuando estaba en la universidad, para seguir los pasos de su maestro, el legendario botánico Richard Evans Schultes. Las fotos de la época lo muestran como un hippie apuesto y de ojos despiertos. Esa vez estuvo unas semanas en la Sierra Nevada de Santa Marta, herborizando, conociendo a los koguis, decidiendo su vida.  Desde entonces ha hecho alpinismo en el Himalaya, investigado el vudú en Haití, recorrido la jungla de Borneo, el Amazonas y mucho, mucho más. En el 2018, Santos lo nombró ciudadano colombiano en una dorada ceremonia en el Palacio de Nariño.

Su presentación en el Teatro Santamaría es el evento más esperado del festival. El auditorio está a reventar y apenas sale a escenario, el público lo vuelve a vitorear.  Conversa con Xandra Uribe y Andrés Roldán. Cuando habla en español la presencia épica de Davis se diluye. Pero al público no le importa. Parte de su atractivo en Colombia es que les muestra a sus lectores locales como es el país que no conocen ni conocerán. El Amazonas,  el Sibundoy, la Orinoquía y el Chocó pueden ser tan exóticos para el lector medellinense o bogotano como para el parisino.

La conversación en el Santamaría es más cercana. Habla de sus viajes por el río Magdalena, parte de un proyecto que empezó como un libro del Grupo Argos. La cementera hace parte de una de las industrias más contaminantes del mundo y además tiene graves señalamientos en derechos humanos. Pero los que ven a Davis extáticos no se inmutan. Son todos idénticos: vestidos floreados, diseño de sonrisa y bótox discreto, patriarcas ojiazules que pisan duro.

Davis muestra algunas fotos y responde a los comentarios de sus entrevistadores. Habla un poco incómodo, otra vez, sobre el renacimiento que atraviesa Colombia. ¡No tiene equivalente en Latinoamérica! Xandra Uribe, por ejemplo, tuvo que irse del país de niña y ahora ella, junto con muchos otros colombianos brillantes, están regresando, dice Davis. Al lado del antropólogo y el ejecutivo cultural, Uribe parece brillar de alegría. El público, por supuesto, aplaude.

Más allá del Santamaría, la obsesión de Davis es la de una generación de científicos: la desaparición del mundo. Educados por los últimos que vieron ecosistemas imberbes, sus vidas ha transcurrido a la par de la extinción de cientos de lenguas ancestrales y culturas, junto a fauna y flora que nunca llegaremos a conocer. Ha escrito extensamente de la importancia de reconocer a los pueblos indígenas como seres humanos, de darles una independencia perdida por centurias de explotación. Como me dijo: “ellos no son frágiles. No son delicados o están destinados a desaparecer. Son sociedades dinámicas atrapadas en el medio de varias fuerzas: la modernidad, las intrusiones industriales, el marxismo-leninismo”.

En Jericó, Davis parece atrapado en medio de otras fuerzas. Sale de su conferencia a una entrevista y después a otra y después a otra. Entre ellas, le piden fotos, conversar, una firma. Esta bañado en sudor pero no parece importarle. “La gente siempre me pregunta, ¿cómo mantienes tu energía?” Davis en persona es intenso, inteligente y listo para hilar sus experiencias personales con un conocimiento enciclopédico de literatura, botánica, historia, ciencia. Su discurso es uno eminentemente moral, pero es imposible saber qué tanto resuene su código moral con un público ávido de experiencias, discusiones y pasiones, pero que abrumadoramente parecen ser parte de esas élites colombianas que tanto han… saqueado, profanado, robado, aniquilado, incendiado, exterminado, dinamitado, traicionado y un larguísimo etcétera que tanto Davis como el lector conocen.

“Mi padre solía decir que hay bien y mal. Toma tu elección. Pero no es el destino lo que importa. Es el camino”, dice Davis. Es un argumento que hace eco a lo que ha hecho toda una vida: viajar. Lo mejor de sus libros está ahí, cuando cuenta sin juicios las formas de vidas de pueblos ancestrales. La maravilla de ver un rostro nuevo y el milagro de escuchar una lengua moribunda: el horizonte ético de Davis es escuchar.

El último día del festival, Davis entrevista a Rosie Boycott, una periodista británica experta en la alimentación y sus consecuencias sociopolíticas. Lo hace en inglés y cuando Davis habla su idioma nativo, su inteligencia hiperactiva se vuelve tangencial. Ambos tienen una de las conversaciones más interesantes del festival hasta que a medio camino, Davis se lanza en una espectacular diagonal de casi 15 minutos sobre los vaqueros norteamericanos. ¿Sabía el público que la mayoría eran latinos, pequeños y hacían un trabajo pacífico? ¿Sabía el público que John Wayne odiaba a los caballos? ¿Sabía el público que lo entrevistaron una vez en Anderson Cooper 360, uno de los shows con más rating en Estados Unidos, para hablar del tema? ¿Sabía el público que él escribió un libro del tema?

La audiencia, por primera vez, parece incómoda con él. Boycott lo mira incrédula. Él se disculpa, por allá en el minuto 11, pero añade que el tema es importante. Cuando acaba, Boycott vuelve al tema con gracia. El mismo Davis que narra la creación del universo tairona con el respeto del que quiere creer, es incapaz de escuchar a la brillante periodista que tiene enfrente sin meter la cucharada. Al final, todos aplauden.

Uno de los escritores favoritos de Davis, Peter Matthiessen, dijo que el que crea poder cambiar el mundo está tan equivocado como es peligroso. Davis no puede evitar comentar al estadounidense: “Pero él también decía que tenemos una obligación como contadores de historias de ser testigos del mundo. Eso ha sido mi salvación.”  Mientras se alista para una entrevista más, se ve profundamente orgulloso de ser él, salvado casi. Grande, feliz, el rostro surcado de arrugas y los ojos un poco cansados; tiene 66 años ya. Pero a él probablemente no le importa.

Historias de hielo, ciencia y un continente en exploración: entrevista a Ángela Posada Swafford

Angela Posada Swafford Jericó Jacom La Revista

Ángela Posada-Swafford es una de las pocas personas que hace periodismo de ciencia en Colombia. Sea en artículos de difusión masiva para la revista Muy Interesante, textos especializados para New Scientist, sus recurrentes especiales en El Tiempo o su serie de libros infantiles para promover la ciencia, Posada ha construido una vida en la convicción de que la ciencia es un derecho. O mejor, que es literatura. Cuando se describe a sí misma, escribe: ‘Creo que la ciencia, el trabajo de los científicos, debe contarse como un cuento’.

Jácom: ¿Cómo se convirtió en periodista científica?

Ángela Posada: Quise convertirme en ambientalista, pero todavía no estaba convencida. Entonces acabé estudiando idiomas. Me hubiese gustado biología marina, pero en ese momento en Colombia todavía no había una visión de dónde trabajar. Mi papá me decía: “lo que tu quieras, pero, ¿de qué vas a vivir corazón? ¿de bucear?

A la Universidad de los Andes, donde estudiaba, fue Jacques Cousteau. Yo era la monitora de Mauricio Obregón, quien en ese momento era el rector de la universidad. Mauricio me dijo que Cousteau iba a venir y yo casi me muero. Era mi héroe. Fue como si a un pintor le presentaran a Miguel Ángel. El tipo me puso las manos en los hombros y me dijo:“¿Usted qué es lo que quiere hacer en la vida?”, y yo le contesté: “yo quiero ser usted”.

Me dijo que tenía que estudiar. “Usted no puede irse a bucear como una pendeja, porque va a terminar poniendo una escuela de buceo”.  Así sea para comunicar la ciencia. Siguiendo su consejo, acabé estudiando periodismo editorial en la Universidad de Kansas.

J: ¿Cuáles fueron sus primeros trabajos?

AP: En Estados Unidos empecé una búsqueda sobre como iba a vivir. Pero como me dice mi papá: “Te mandé por un máster y volviste con un míster.” Porque volví con mi marido gringo de la universidad. Me quedé en Miami y traté de hacer periodismo científico en el New Herald. ¡Me dijeron que lo que podía hacer era ser editora de cocina! Y a mí se me quema el agua. Antes de eso, recién graduada y con un máster, archivaba las fotos y los crucigramas. Pero tenía que comer.

Empecé a poner toda la ciencia que usted quiera en las recetas con espinaca de la página 50: alimentos genéticamente modificados, historia de la cocina, historia del arte en la cocina. ¡Y gané premios, pa que vea!

J: ¿Cómo hizo para llegar de allá a escribir tiempo completo de ciencia?

AP: En Colombia teníamos todavía el pico en el ombligo. Pero yo me ponía en los zapatos de un editor. Entonces trataba de ofrecerles cosas irresistibles. Después me gané una beca Knight: una cosa del carajo con todo pago para ir a Boston, simplemente a sentarse en clases de ciencia en el MIT. Y punto. ¡Ahí sí fue!

Aprendí a detectar tendencias: qué viene en materia de genética, qué viene en materia oscura. Fui a la Nasa, al acelerador de partículas, a la Antártida. Fui la primera periodista hispana invitada por el gobierno gringo al Polo Sur.  Nunca nadie de América Latina, me decían los gringos, había mostrado el menor interés en la Antártida desde el punto de vista hispano.

En esas el almirante de la armada colombiana, me leyó y me dijo: “mamita, la contrato para que sea la bloguera de la marina en la Antártida”. Fui como a tres viajes. Luego estuve con otra expedición colombiana, ahí van cuatro viajes. Después me pregunté cómo entender la Antártida desde el punto de vista de un turista, entonces hice un acuerdo con una empresa canadiense que lleva turistas ricachones, para viajar a la Antártida en uno de sus cruceros. Mi último viaje fue genial, sobrevolando la Antártida en el avión de la Nasa, que fue una cosa importantísima…¡pero es que yo cuando jodo! En mi casa dicen que seco hasta una mata de papaya.

 

J: ¿qué tipo de ética sigue usted a la hora de informar en ciencia?

AP: Creo que la ciencia es tan complicada. En el periodismo uno tiene la responsabilidad de asegurarse que esa ciencia que uno esta informando es correcta. Y los periodistas necesitan la noticia. Entonces el reportero que no sabe empuja la noticia un poco más de lo que es. El coronavirus, por ejemplo, no es un virus para jalarse los pelos del susto. Tenemos que tener cuidado con la forma en que trasmitimos esta noticia. Y usar el conocimiento científico para decirle a los países: ‘okey china, ¿usted que medidas esta imponiendo para que la gente no viaje? Para preguntarle a los científicos de Washington: ¿ustedes ya están trabajando en una vacuna? Y a los políticos.

J: ¿cuál es la ruta que le sugiere a los que quieren formarse en periodismo de ciencia en Colombia? ¿se debe estudiar una carrera científica?

AP: El periodismo en el mundo entero esta atravesando dificultades.  Fácilmente el 70% de mis colegas en periodismo científico en Estados Unidos han perdido su trabajo.

Pero siempre va a haber necesidad e interés de información científica. La cosa es quién está haciendo esa información ahora: los blogueros, las redes sociales. Se ha democratizado mucho. El problema de estudiar alguna cosa en ciencia es que la ciencia es muy puntual. Si te gustan los pájaros no basta con estudiarlos en general, ¡hay que estudiar el cartílago no-sé-qué del ala derecha de tal especie!

En últimas hay que pensar en cómo llegarle a la gente en esta nueva era de la información. Yo me he tenido que reinventar como Madonna. Como soy freelancer tengo que vivir pensando en poder pagar la hipoteca. Ahora estoy empezando a hablar de la diplomancia de la ciencia: cómo informar a los hacedores de leyes. Entonces estoy dictando charlas en las embajadas de Colombia en todo el mundo. Porque resulta que la diplomancia de la ciencia es más que un cañón: puede resolver guerras.

J: ¿Por ejemplo?

AP: La Antártida. Por ahora es una maravilla, pero con el deshielo se están empezando a descubrir zonas rocosas llenas de minerales. El tratado la protege hasta el 2048, cuando hay que volver a ratificar, pero es como la luna y le pertenece a todo el mundo. Cuando los veo hablando, parece que todos tuvieran los codos sobre la mesa, buscando qué me va a tocar de ese ponqué. Estos países hermanos nuestros, Perú y Ecuador, llevan 25 años yendo a la Antártida. Tienen buques exploradores polares, estaciones antárticas divinas. Se han dado cuenta de la importancia táctica, diplomática y científica del continente.

Si como colombianos no ponemos un pie en la Antártida, es como si fuéramos Bolivia: vamos a quedar sin acceso al mar. Y si no ponemos un satélite, nos vamos a quedar sin acceso a ese nuevo océano que es el espacio.

Angela Posada Swafford 2 Jericó Jacom La Revista
Ana Ochoa y Ángela Posada Swafford. Hay Festival Jericó 2020.
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