¿De qué hablamos cuando hablamos del Hay?

Hay Festival Jacom La Revista

El Hay nació en el patio de un bar. Un hijo acabado de salir de la universidad, una madre que leía a Voltaire y un padre alcahueta fueron los fundadores. Hoy, el festival ha recorrido todos los continentes pero el espíritu sigue siendo el mismo: esa mezcla de mamagallismo, honestidad y profundidad que caracteriza a las mejores democracias. Y a las mejores conversaciones.

Este es un registro bastante incompleto de algunas de esas conversaciones, en el segundo Hay Festival de Jericó.

Texto: Simón Murillo Melo | Ilustraciones: Laura Ospina Montoya

 

Víctor Gaviria y Fernando Trueba

Víctor Gaviria y Fernando Trueba en Hay Festival Jericó

 

Víctor Gaviria parece un oso perezoso. Se sienta en la silla como si fuera un árbol amazónico, dejando caer la barriga sobre las piernas y sonriendo incrédulo a su audiencia. Se parece así a su maestro, el sacerdote y crítico de cine Luis Alberto Álvarez: un espectador experimentado que se prepara para ver otra película. Fernando Trueba, su interlocutor, parece un alfil a su lado. Con las piernas cruzadas en un carrizo perfecto, un ojo de vidrio mirando a la inmensidad y ese sentido del humor que los madrileños han desarrollado a punta de hijueputeces.

Es una conversación de dos establecidos directores, uno un día mayor que el otro, que todavía no se creen su éxito. Cuando eligieron Rodrigo D: no futuro, una película sobre la desesperanza, como la primera película colombiana en participar por la palma de oro en Cannes, los organizadores le dijeron a Gaviria que no le podía decir a nadie. Él se tomaba unos tragos y se lo contaba a todo el mundo. Nadie le creía, por supuesto. “¿Pero es que vos sabés qué es Cannes?”.

Sigue Gaviria: “Yo hacía poesía hasta que me lancé con mi primer corto. Mis amigos me decían: “’Qué bueno que llegó un poeta al cine colombiano’ y bueno, yo me lo creí”. Pero el poeta no es otra cosa que un compilador del sufrimiento, de la nada, de Medellín.

Gaviria volvería a Cannes para presentar la Vendedora de Rosas acompañado de sus estrellas: Giovanni Quiroz, el Zarco, y Lady Tabares. Si el espíritu del Hay es conversar, Gaviria lo ha encarnado en sus películas repletas de actores naturales: los diálogos son de ellos. Quiroz murió poco después de Cannes, como murió la mayoría del elenco de Rodrigo D: con violencia. Tabares pasaría un tiempo en la cárcel por matar a un taxista. Y Gaviria, ya un hombre adulto cuando los conoció, ha sobrevivido, por mucho, a los niños que fueron su voz.

Trueba, un director con una obra constante y actores convencionales, cambia la dirección de la conversación: “Cuando me nominaron al Óscar, estaba seguro de que no iba a ganar. Seguro. Encima, soñé que ganaba. Y se lo contaba a mi mujer y se echaba a reír. Y yo decía: es que soy un gilipollas. Mi esposa me preguntaba qué pasaba en el sueño y era que le dedicaba el Óscar a Billy Wilder, el hombre por el que me apasioné por el cine”.

“Entonces preparé un discurso del que estaba seguro nunca iba a leer. Decía que me gustaría creer en Dios para agradecérselo, pero que solo creía en Billy Wilder”. Trueba se ganó el Óscar y eso fue lo que dijo.

Este año saldrá una película suya, una adaptación de El olvido que seremos. “Hoy en día hay tantas películas de monstruos, sicópatas, serial killers. Creo que hacer una película de un hombre bueno hoy en día es casi una provocación” El hombre bueno: Héctor Abad Gómez nació en Jericó. El auditorio esta en silencio. Samuel Castro, el moderador, comenta: “Quieren que sigamos conversando o abrimos preguntas del público” y la gente grita: “¡Sigan!” Gaviria asiente lentamente, una pequeña sonrisa a punto de aflorar.

 

Dos señoras

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

Dos señoras, unos 130 años entre ellas, conversan en uno de los infinitos porches jericoanos. Parecen amigas de hace tiempo, tal vez primas, tal vez hermanas. Ya está oscuro, hay trago de por medio y un bafle diminuto: suena Silvestre, Martín Elias. Están hablando, por supuesto, de todo.

Bajo algunas estrellas que se asoman entre las nubes, van haciendo una cosa muy extraña que seguro les ha pasado muchas veces en su vida. Qué suerte del Hay que, por un ratico, lo mencionen. “Un programazo”, dice una señora con orgullo. “Ese señor estaba ahí presentando la película. Y unas imágenes que yo le digo, lo más de lindas”. Después empiezan a hablar de otra cosa, posponiendo el sueño un momentico más.

 

Davis, Wade Davis

 

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

Davis, Wade Davis, es un antropólogo, biólogo, explorador, fotógrafo, aventurero. Él se sabe todo eso y más. En frente de medio pueblo, va a presentar El sendero de la anaconda, el documental inspirado en sus devenires por el río. Cuando el presentador lo menciona, una vocecita se alza para vitorearlo. Es un héroe de muchos, sobre todo en Colombia. Para empezar es un colombiano –desde el 2018- que de verdad conoce a Colombia: la Sierra Nevada, Guainía, Vaupés, el Amazonas, el valle de Sibundoy, los llanos del Meta y la selva del Chocó. Las lejanías de las que hablaba Caro, un presidente que jamás salió de Bogotá.

Acaba de hablar ante un auditorio repleto y está empapado en sudor. Carga unas rosas de regalo y se ve, como siempre, profundamente orgulloso de ser él. Él mismo lo dice: “Lo más importante que puedes hacer es ser el arquitecto de tu propia vida. No vas a tomar las mejores decisiones, pero si te haces cargo de ellas, nunca vas a vivir amargado”.

Mantenerse en movimiento, como sea, ha sido su trabajo durante toda una vida. Tuvo pasantías con los practicantes del vudú, en Haití, y fue decisivo en preservar la identidad de los pueblos indígenas, junto a su amigo Martin Von Hildebrand. Pero nunca ha tenido un empleo estable ni lo ha querido. Sus libros son un reflejo de ese interés múltiple. Ha escrito mucho de Colombia, pero también de vaqueros, de la Primera Guerra Mundial, de Nepal, la jungla de Borneo y el Everest. El explorador se hace a punta de viajes y de mucha, mucha curiosidad.

Sus textos parten de un profundo respeto hacia los pueblos amenazados por cientos de años de saqueo. Pero él no se hace ilusiones. “Uno de mis escritores favoritos, Peter Matthiessen, decía que el que creyera poder cambiar el mundo estaba tan equivocado como era peligroso. Pero también decía que tenemos una obligación como contadores de historias de ser testigos del mundo. Eso ha sido mi salvación”

¿Cuál será su próximo viaje? Al Vichada, el único sitio de Colombia que le falta. Le digo que muy pocos colombianos han estado –para empezar– en Vichada y me sonríe con orgullo: “Lo sé”, dice.

 

Un señor y la montaña

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

El director de Comfama arranca diciendo: “Este pueblo es la síntesis de lo mejor que podemos ser los antioqueños: que significa naturaleza, que significa patrimonio. No podemos estar más enamorados de Jericó”. Se va y muestran una película de pueblos amenazados por las petroleras, las carreteras, la minería.

En el parque, un pelado greñudo canta canciones contra la minería y algunos jericoanos lo corean. En las calles, algunas casas cargan todavía el letrero: “NO A LA MINERIA” o “SÍ AL AGUA”. Jaime Ramírez, diminuto con gafas negras, cachucha de I <3 Jericó y barba de profeta, se para afuera de cada conferencia envuelto en un colorido pendón: EN COLOMBIA NO HABRÁ PAZ, MIENTRAS HAYA MEGAMINERÍA DE METALES”.

Luis Jorge Garay, marxiano de barba setentera, habla una hora sobre la neoextracción neocolonial del capitalismo tardío ante un auditorio repleto que escucha hipnotizado. Uno de sus oyentes (“lo dejó muy claro”) es Jorge Eduardo Cock, ex miembro del directorio ejecutivo del Banco Mundial, exministro de minas y ex una cantidad de cosas más, dice con voz queda: “la minería implicaría daños ambientales irreversibles”.

Un grupo de Medellín pasa repartiendo un periódico que titula: “¿Quieres vivir junto al cráter de una mina? El futuro de Jericó lo decides tú”. Incluye horóscopo antiminero y una oración a San Benito para alejar a los malos vecinos.

Me quedo en una casa campesina que hace de hotel. Las vistas son espectaculares y entre los tonos de verde surgen casas, nubes, el cielo. Pregunto dónde va a quedar la mina y alguien extiende la mano, barriendo el horizonte hasta dar con un punto invisible detrás del hotel. No puedo ver nada. Entre la montaña, las casas y el cielo, se abrirá el suelo en decenas de pedazos. Así hasta que pueda ver alguna cosa.

Litigante: la belleza y el caos de un juicio eterno

Fotograma Litigante Carolina Sanin

El mundo de los hijos y los padres conlleva implícito un juicio, en ocasiones porque las nociones de lo moral o lo correcto no comulgan o pueden extrapolarse fácilmente, y esta disputa además va mediada por una línea delgada  que oscila entre el amor y la rabia o la culpa y la compasión; sin duda siempre bajo el velo de la incertidumbre al no poder asumir que todo cuanto debía hacerse o decirse en vida ha sido saldado. Ser hijos es un duelo que se lleva internamente a lo largo de la vida, cuando debemos enfrentar la ausencia de los más amados, o incluso cuando hemos de relevarlos.

Por Daniel Mateo Vallejo

Silvia Paz es abogada, hija y madre soltera en Bogotá quien a sus 40 años enfrenta un contundente litigio en su vida al defender decisiones como mamá y mujer ante el tribunal más mordaz para ella: el juicio moral de su madre Leticia en su lecho de muerte; el agravante para Silvia, como si fuese poco, es sobrellevar esta situación mientras en su ejercer profesional se defiende hasta en los medios de una acusación por corrupción en la entidad pública para la que trabaja y al mismo tiempo se cuestiona qué hacer frente al constante interés de su hijo Antonio por saber sobre ese padre ausente.

Así como su trama y el estado emocional de su protagonista, en términos formales Litigante refleja la esencia de esta relación madre-hija y su universo narrativo: muchas capas que ensamblan el caos, un caos íntimo que expone la complejidad y virtud de las emociones humanas. A partir de una inquietante y lúgubre atmósfera de ruidos repetitivos de máquinas y salas hospitalarias, su director Franco Lolli nos presenta e introduce en la situación detonante para Silvia y Leticia: la madre se opone a someterse de nuevo a una quimioterapia para tratar el cáncer de pulmón mientras la hija apela por la infancia y crianza del nieto para persuadirla; así, estas dos mujeres nos guían en el relato entre constantes y acaloradas discusiones, reclamos e interminables vaivenes a través de espacios que son ya una suerte de marca personal en el cine de este realizador colombiano: apartamentos, oficinas, pasillos y piscinas.

La fuerza de esta obra, en comparación con recientes películas colombianas, no recae en el aparataje técnico o el efectismo visual y sonoro; Litigante es contundente en la medida en que sabe enfatizar los momentos clave de su puesta en escena propiciando pausas desde la imagen y el sonido para resaltar las conmovedoras interpretaciones de Carolina Sanín (escritora y prima segunda del director quien interpreta a Silvia) y Leticia Gómez (madre del director y del personaje de Silvia quien en su vida real había ya superado la lucha contra el cáncer) las cuales se destacan por lograr una empatía pero también incertidumbre en los espectadores pues la actuación del reparto compuesto también por el actor y director Vladimir Durán (Adiós entusiasmo), la curadora de arte Alejandra Sarria (como hermana menor) y el pequeño Antonio Martínez ofrece un halo de naturalidad, ocurrencia y espontaneidad, tanto en las lágrimas como en sus risas. 

Litigante Franco Lolli

Otro miembro del equipo realizador que se destaca es el director de fotografía venezolano Luis Armando Arteaga quien ha trabajado en largometrajes del centro y sur de América multipremiados por todo el mundo (Ixcanul, de Jayro Bustamante, La familia de Gustavo Rondón y Las herederas de Marcelo Martinessi) quien para Litigante logra mantener al borde del desenfoque y contenidos entre siluetas y escorzos a todos sus personajes como fiel retrato de las emociones que atraviesan la pantalla y de las relaciones allí entrelazadas, sabiendo siempre hasta dónde reforzar desde el encuadre y dejando que tomen fuerza ya desde una disposición más documentada los momentos de aparente crudeza, verdad y belleza que el director logra revivir del guión con los actores.

Está tan bien logrado el hilo central de la película, que cuestiones que dejan algunas mal logradas o vagas tramas secundarias como el juicio jurídico, la relación de Silvia con Abel y el desaprovechado Vladimir Durán, al igual que en términos representativos los casi caricaturizados personajes homosexuales (si no es el amigo gay incondicional de la protagonista, lo sería el anfitrión de una fiesta literalmente emplumado e interpretado por Pedro Adrián Zuluaga) no distraen finalmente de lo esencial de este filme puesto que sus apariciones o desarrollos no cumplen más que la tarea de matizar el entorno ya caótico y saturado de la cautivadora relación que se debate entre amores y reclamos entre Silvia y Leticia Paz.

Con este, su segundo largometraje el cual se encargó de dar apertura a la Semana de la Crítica del Festival de Cannes del 2019 Franco Lolli compone un conjunto de cuatro obras (dos cortometrajes y su ópera prima) que con mirada particular desde la autorepresentación lo reiteran como un director que emplaza su punto de vista sobre la clase media-alta colombiana a la cual ha sabido agrietar con precisión para dejarnos ante el retrato entrañable y doloroso de lo que somos como sociedad trascendiendo cualquier esfera social; ante la sensación de pertenencia a ese caos vasto compuesto por tantos otros dramas, otras tragedias que nos afligen como humanos; tan vasto como las ventanas de Silvia desde donde vemos esa Bogotá que se impone fría, saturada y vertiginosa mientras aferrados a eso que nos mantiene en pie seguimos descifrando y procesando esa lucha interna, ese juicio eterno por saber nuestro lugar en el mundo a pesar del  mundo, a pesar de la familia.

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