Jaime y las rosas

Porque las noches eran largas; porque los días de las noches eran lentos.
La tierra estaba más obscura porque faltaban las estrellas en el cielo.
El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón estaba seco.

Para escuchar mientras se lee (opcional):
3 Gymnopédies (1889): No. 1: Lent et douloureux, de Erik Satie.

El centro de la imagen es un jardín sostenido por las manos. Entre los dedos, pájaros que llegan veloces a traer secretos de Las nubes, secretos que usualmente vienen en forma de agua clara y fría de la cima del mundo. En el corazón de las manos reposa un manantial, ¿es ese el manantial de donde brota la luz que alumbra mi corazón? ¿Alguno de mis órganos internos se ha muerto? El manantial se ha secado. A las flores les cuesta abrir sus puntas desde que Jaime no ha vuelto. Llegan mensajeros humanos de lugares lejanos, mensajeros citadinos sin respuesta. Hay otras manos que también las riegan: unas de hombre, otras de mujer y otras de mujer pequeña. Las cuidan, las riegan, les escuchamos hablar y jugar (a veces), del otro lado, del piso de arriba, pero ya no entre nosotras y no demoran mucho acá abajo, pues las puertas del primer piso mantienen cerradas desde que Jaime no está.

Las rosas, sedientas de rocío, inclinan sus largos cuellos para beber del manantial de azulejos que no hace más que suspirar aire seco. Las veo retraerse en un movimiento preciso y lento: hacen complot entre ellas, se enredan y tiemblan. Si acallo las conversaciones cercanas (la hija de Jaime habla de un hospital en Medellín, mientras acerca a su hija con los brazos), puedo escuchar su murmullo titilante. Cada flor tiene una voz propia y en cada voz intuyo un lamento que, aunque diminuto acorde a su tamaño, se acrecienta al hacerse conjunto, al nacer en cada una de las ramas y las hojas y las flores y las plantas que han visto crecer a Jaime y que han crecido gracias a las manos del mismo. Las plantas rastreras de hoja pequeña, por ágiles y silenciosas, han sido asignadas para la honorable tarea de alcanzar a las flores de arriba, colgadas en capachos sobre el corredor de madera.

Cuando las habitaciones quedan vacías de esperar y recién han llegado noticias de pasos nuevos, el viento ayuda a que las hojas puedan preguntarle a las flores si lograron escuchar qué se ha sabido de Jaime, de la humanidad de Jaime o más importante todavía, de las manos de Jaime, conectadas (según noticias viejas) a horribles maquinarias de cables eléctricos y pulsos de sonidos extraños. Las flores se ocultan, derraman sobre el jardín de abajo algunos pétalos, se contraen y se abren para responder: aún nada. Al rosado que las enciende le asoman algunas manchas más claras y cuentan que aparentemente no tiene que ver con las manos, sino con la cabeza. A Jaime le duele el estambre y por eso no puede volver. Al parecer una enfermedad del estigma que aún no logran nombrar, alguna plaga de mosca blanca que le absorbe la vida o alguna oruga que sale por las noches para comerse sus pocos pétalos. La enredadera se retrae lentamente, se despide con un Entiendo y pasa la información a sus hojas más bajas y pequeñas, hasta que puede llegar al primer piso, propagándose por el jardín. Las rosas son las primeras en derramar su rocío. Los listones se hacen curva hasta rozar casi los adoquines. Las Gloria de la mañana se achiquitan y se cierran, aun cuando es de día y el sol brilla sobre ellas. Al pasar los días, las flores —sin embargo— esperan. Atraen mariposas, grillos, abejas, cucarrones, moscas y casi cualquier cosa que sirva de sorpresa a Jaime para cuando vuelva. El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón de la casa permanece seco, se niega a derramar una gota hasta que éste regrese. Los pájaros siguen filtrándose entre los dedos —de una mano que se cierra cada vez más y de a poco—  procurando traer algunas gotas de lluvia desde Las nubes, no vaya ser que el jardín se seque sin ver a Jaime una última vez.

Wade Davis: un explorador en el Hay Festival

Wade Davis en Jericó

Rubio y alto, con pinta de turista pero porte de explorador, Wade Davis es el encargado espiritual de abrir el  Hay Festival de Jericó. El director de Comfama se encarga de hacer los agradecimientos de rigor ante un auditorio mudo, pero cuando menciona su nombre se escuchan vítores. Davis presenta el Sendero de la anaconda en el parque del pueblo, una de las películas inspiradas en sus libros y viajes por el mundo, sobre una suerte de renacimiento cultural que atraviesan algunos pueblos indígenas de la llanura amazónica. Después de la proyección decenas de personas se le arriman: jericoanos, el alcalde, gomelos, escritores e intelectuales. Quieren conversar con él, tocarlo, tomarse una foto. Él sonríe, estrecha manos y posa para las fotos con solo un poco de incomodidad.

Texto: Simón Murillo Melo | Fotografía: Miguel Contreras Palacio

Vino al país por primera vez cuando estaba en la universidad, para seguir los pasos de su maestro, el legendario botánico Richard Evans Schultes. Las fotos de la época lo muestran como un hippie apuesto y de ojos despiertos. Esa vez estuvo unas semanas en la Sierra Nevada de Santa Marta, herborizando, conociendo a los koguis, decidiendo su vida.  Desde entonces ha hecho alpinismo en el Himalaya, investigado el vudú en Haití, recorrido la jungla de Borneo, el Amazonas y mucho, mucho más. En el 2018, Santos lo nombró ciudadano colombiano en una dorada ceremonia en el Palacio de Nariño.

Su presentación en el Teatro Santamaría es el evento más esperado del festival. El auditorio está a reventar y apenas sale a escenario, el público lo vuelve a vitorear.  Conversa con Xandra Uribe y Andrés Roldán. Cuando habla en español la presencia épica de Davis se diluye. Pero al público no le importa. Parte de su atractivo en Colombia es que les muestra a sus lectores locales como es el país que no conocen ni conocerán. El Amazonas,  el Sibundoy, la Orinoquía y el Chocó pueden ser tan exóticos para el lector medellinense o bogotano como para el parisino.

La conversación en el Santamaría es más cercana. Habla de sus viajes por el río Magdalena, parte de un proyecto que empezó como un libro del Grupo Argos. La cementera hace parte de una de las industrias más contaminantes del mundo y además tiene graves señalamientos en derechos humanos. Pero los que ven a Davis extáticos no se inmutan. Son todos idénticos: vestidos floreados, diseño de sonrisa y bótox discreto, patriarcas ojiazules que pisan duro.

Davis muestra algunas fotos y responde a los comentarios de sus entrevistadores. Habla un poco incómodo, otra vez, sobre el renacimiento que atraviesa Colombia. ¡No tiene equivalente en Latinoamérica! Xandra Uribe, por ejemplo, tuvo que irse del país de niña y ahora ella, junto con muchos otros colombianos brillantes, están regresando, dice Davis. Al lado del antropólogo y el ejecutivo cultural, Uribe parece brillar de alegría. El público, por supuesto, aplaude.

Más allá del Santamaría, la obsesión de Davis es la de una generación de científicos: la desaparición del mundo. Educados por los últimos que vieron ecosistemas imberbes, sus vidas ha transcurrido a la par de la extinción de cientos de lenguas ancestrales y culturas, junto a fauna y flora que nunca llegaremos a conocer. Ha escrito extensamente de la importancia de reconocer a los pueblos indígenas como seres humanos, de darles una independencia perdida por centurias de explotación. Como me dijo: “ellos no son frágiles. No son delicados o están destinados a desaparecer. Son sociedades dinámicas atrapadas en el medio de varias fuerzas: la modernidad, las intrusiones industriales, el marxismo-leninismo”.

En Jericó, Davis parece atrapado en medio de otras fuerzas. Sale de su conferencia a una entrevista y después a otra y después a otra. Entre ellas, le piden fotos, conversar, una firma. Esta bañado en sudor pero no parece importarle. “La gente siempre me pregunta, ¿cómo mantienes tu energía?” Davis en persona es intenso, inteligente y listo para hilar sus experiencias personales con un conocimiento enciclopédico de literatura, botánica, historia, ciencia. Su discurso es uno eminentemente moral, pero es imposible saber qué tanto resuene su código moral con un público ávido de experiencias, discusiones y pasiones, pero que abrumadoramente parecen ser parte de esas élites colombianas que tanto han… saqueado, profanado, robado, aniquilado, incendiado, exterminado, dinamitado, traicionado y un larguísimo etcétera que tanto Davis como el lector conocen.

“Mi padre solía decir que hay bien y mal. Toma tu elección. Pero no es el destino lo que importa. Es el camino”, dice Davis. Es un argumento que hace eco a lo que ha hecho toda una vida: viajar. Lo mejor de sus libros está ahí, cuando cuenta sin juicios las formas de vidas de pueblos ancestrales. La maravilla de ver un rostro nuevo y el milagro de escuchar una lengua moribunda: el horizonte ético de Davis es escuchar.

El último día del festival, Davis entrevista a Rosie Boycott, una periodista británica experta en la alimentación y sus consecuencias sociopolíticas. Lo hace en inglés y cuando Davis habla su idioma nativo, su inteligencia hiperactiva se vuelve tangencial. Ambos tienen una de las conversaciones más interesantes del festival hasta que a medio camino, Davis se lanza en una espectacular diagonal de casi 15 minutos sobre los vaqueros norteamericanos. ¿Sabía el público que la mayoría eran latinos, pequeños y hacían un trabajo pacífico? ¿Sabía el público que John Wayne odiaba a los caballos? ¿Sabía el público que lo entrevistaron una vez en Anderson Cooper 360, uno de los shows con más rating en Estados Unidos, para hablar del tema? ¿Sabía el público que él escribió un libro del tema?

La audiencia, por primera vez, parece incómoda con él. Boycott lo mira incrédula. Él se disculpa, por allá en el minuto 11, pero añade que el tema es importante. Cuando acaba, Boycott vuelve al tema con gracia. El mismo Davis que narra la creación del universo tairona con el respeto del que quiere creer, es incapaz de escuchar a la brillante periodista que tiene enfrente sin meter la cucharada. Al final, todos aplauden.

Uno de los escritores favoritos de Davis, Peter Matthiessen, dijo que el que crea poder cambiar el mundo está tan equivocado como es peligroso. Davis no puede evitar comentar al estadounidense: “Pero él también decía que tenemos una obligación como contadores de historias de ser testigos del mundo. Eso ha sido mi salvación.”  Mientras se alista para una entrevista más, se ve profundamente orgulloso de ser él, salvado casi. Grande, feliz, el rostro surcado de arrugas y los ojos un poco cansados; tiene 66 años ya. Pero a él probablemente no le importa.

Historias de hielo, ciencia y un continente en exploración: entrevista a Ángela Posada Swafford

Angela Posada Swafford Jericó Jacom La Revista

Ángela Posada-Swafford es una de las pocas personas que hace periodismo de ciencia en Colombia. Sea en artículos de difusión masiva para la revista Muy Interesante, textos especializados para New Scientist, sus recurrentes especiales en El Tiempo o su serie de libros infantiles para promover la ciencia, Posada ha construido una vida en la convicción de que la ciencia es un derecho. O mejor, que es literatura. Cuando se describe a sí misma, escribe: ‘Creo que la ciencia, el trabajo de los científicos, debe contarse como un cuento’.

Jácom: ¿Cómo se convirtió en periodista científica?

Ángela Posada: Quise convertirme en ambientalista, pero todavía no estaba convencida. Entonces acabé estudiando idiomas. Me hubiese gustado biología marina, pero en ese momento en Colombia todavía no había una visión de dónde trabajar. Mi papá me decía: “lo que tu quieras, pero, ¿de qué vas a vivir corazón? ¿de bucear?

A la Universidad de los Andes, donde estudiaba, fue Jacques Cousteau. Yo era la monitora de Mauricio Obregón, quien en ese momento era el rector de la universidad. Mauricio me dijo que Cousteau iba a venir y yo casi me muero. Era mi héroe. Fue como si a un pintor le presentaran a Miguel Ángel. El tipo me puso las manos en los hombros y me dijo:“¿Usted qué es lo que quiere hacer en la vida?”, y yo le contesté: “yo quiero ser usted”.

Me dijo que tenía que estudiar. “Usted no puede irse a bucear como una pendeja, porque va a terminar poniendo una escuela de buceo”.  Así sea para comunicar la ciencia. Siguiendo su consejo, acabé estudiando periodismo editorial en la Universidad de Kansas.

J: ¿Cuáles fueron sus primeros trabajos?

AP: En Estados Unidos empecé una búsqueda sobre como iba a vivir. Pero como me dice mi papá: “Te mandé por un máster y volviste con un míster.” Porque volví con mi marido gringo de la universidad. Me quedé en Miami y traté de hacer periodismo científico en el New Herald. ¡Me dijeron que lo que podía hacer era ser editora de cocina! Y a mí se me quema el agua. Antes de eso, recién graduada y con un máster, archivaba las fotos y los crucigramas. Pero tenía que comer.

Empecé a poner toda la ciencia que usted quiera en las recetas con espinaca de la página 50: alimentos genéticamente modificados, historia de la cocina, historia del arte en la cocina. ¡Y gané premios, pa que vea!

J: ¿Cómo hizo para llegar de allá a escribir tiempo completo de ciencia?

AP: En Colombia teníamos todavía el pico en el ombligo. Pero yo me ponía en los zapatos de un editor. Entonces trataba de ofrecerles cosas irresistibles. Después me gané una beca Knight: una cosa del carajo con todo pago para ir a Boston, simplemente a sentarse en clases de ciencia en el MIT. Y punto. ¡Ahí sí fue!

Aprendí a detectar tendencias: qué viene en materia de genética, qué viene en materia oscura. Fui a la Nasa, al acelerador de partículas, a la Antártida. Fui la primera periodista hispana invitada por el gobierno gringo al Polo Sur.  Nunca nadie de América Latina, me decían los gringos, había mostrado el menor interés en la Antártida desde el punto de vista hispano.

En esas el almirante de la armada colombiana, me leyó y me dijo: “mamita, la contrato para que sea la bloguera de la marina en la Antártida”. Fui como a tres viajes. Luego estuve con otra expedición colombiana, ahí van cuatro viajes. Después me pregunté cómo entender la Antártida desde el punto de vista de un turista, entonces hice un acuerdo con una empresa canadiense que lleva turistas ricachones, para viajar a la Antártida en uno de sus cruceros. Mi último viaje fue genial, sobrevolando la Antártida en el avión de la Nasa, que fue una cosa importantísima…¡pero es que yo cuando jodo! En mi casa dicen que seco hasta una mata de papaya.

 

J: ¿qué tipo de ética sigue usted a la hora de informar en ciencia?

AP: Creo que la ciencia es tan complicada. En el periodismo uno tiene la responsabilidad de asegurarse que esa ciencia que uno esta informando es correcta. Y los periodistas necesitan la noticia. Entonces el reportero que no sabe empuja la noticia un poco más de lo que es. El coronavirus, por ejemplo, no es un virus para jalarse los pelos del susto. Tenemos que tener cuidado con la forma en que trasmitimos esta noticia. Y usar el conocimiento científico para decirle a los países: ‘okey china, ¿usted que medidas esta imponiendo para que la gente no viaje? Para preguntarle a los científicos de Washington: ¿ustedes ya están trabajando en una vacuna? Y a los políticos.

J: ¿cuál es la ruta que le sugiere a los que quieren formarse en periodismo de ciencia en Colombia? ¿se debe estudiar una carrera científica?

AP: El periodismo en el mundo entero esta atravesando dificultades.  Fácilmente el 70% de mis colegas en periodismo científico en Estados Unidos han perdido su trabajo.

Pero siempre va a haber necesidad e interés de información científica. La cosa es quién está haciendo esa información ahora: los blogueros, las redes sociales. Se ha democratizado mucho. El problema de estudiar alguna cosa en ciencia es que la ciencia es muy puntual. Si te gustan los pájaros no basta con estudiarlos en general, ¡hay que estudiar el cartílago no-sé-qué del ala derecha de tal especie!

En últimas hay que pensar en cómo llegarle a la gente en esta nueva era de la información. Yo me he tenido que reinventar como Madonna. Como soy freelancer tengo que vivir pensando en poder pagar la hipoteca. Ahora estoy empezando a hablar de la diplomancia de la ciencia: cómo informar a los hacedores de leyes. Entonces estoy dictando charlas en las embajadas de Colombia en todo el mundo. Porque resulta que la diplomancia de la ciencia es más que un cañón: puede resolver guerras.

J: ¿Por ejemplo?

AP: La Antártida. Por ahora es una maravilla, pero con el deshielo se están empezando a descubrir zonas rocosas llenas de minerales. El tratado la protege hasta el 2048, cuando hay que volver a ratificar, pero es como la luna y le pertenece a todo el mundo. Cuando los veo hablando, parece que todos tuvieran los codos sobre la mesa, buscando qué me va a tocar de ese ponqué. Estos países hermanos nuestros, Perú y Ecuador, llevan 25 años yendo a la Antártida. Tienen buques exploradores polares, estaciones antárticas divinas. Se han dado cuenta de la importancia táctica, diplomática y científica del continente.

Si como colombianos no ponemos un pie en la Antártida, es como si fuéramos Bolivia: vamos a quedar sin acceso al mar. Y si no ponemos un satélite, nos vamos a quedar sin acceso a ese nuevo océano que es el espacio.

Angela Posada Swafford 2 Jericó Jacom La Revista
Ana Ochoa y Ángela Posada Swafford. Hay Festival Jericó 2020.

¿De qué hablamos cuando hablamos del Hay?

Hay Festival Jacom La Revista

El Hay nació en el patio de un bar. Un hijo acabado de salir de la universidad, una madre que leía a Voltaire y un padre alcahueta fueron los fundadores. Hoy, el festival ha recorrido todos los continentes pero el espíritu sigue siendo el mismo: esa mezcla de mamagallismo, honestidad y profundidad que caracteriza a las mejores democracias. Y a las mejores conversaciones.

Este es un registro bastante incompleto de algunas de esas conversaciones, en el segundo Hay Festival de Jericó.

Texto: Simón Murillo Melo | Ilustraciones: Laura Ospina Montoya

 

Víctor Gaviria y Fernando Trueba

Víctor Gaviria y Fernando Trueba en Hay Festival Jericó

 

Víctor Gaviria parece un oso perezoso. Se sienta en la silla como si fuera un árbol amazónico, dejando caer la barriga sobre las piernas y sonriendo incrédulo a su audiencia. Se parece así a su maestro, el sacerdote y crítico de cine Luis Alberto Álvarez: un espectador experimentado que se prepara para ver otra película. Fernando Trueba, su interlocutor, parece un alfil a su lado. Con las piernas cruzadas en un carrizo perfecto, un ojo de vidrio mirando a la inmensidad y ese sentido del humor que los madrileños han desarrollado a punta de hijueputeces.

Es una conversación de dos establecidos directores, uno un día mayor que el otro, que todavía no se creen su éxito. Cuando eligieron Rodrigo D: no futuro, una película sobre la desesperanza, como la primera película colombiana en participar por la palma de oro en Cannes, los organizadores le dijeron a Gaviria que no le podía decir a nadie. Él se tomaba unos tragos y se lo contaba a todo el mundo. Nadie le creía, por supuesto. “¿Pero es que vos sabés qué es Cannes?”.

Sigue Gaviria: “Yo hacía poesía hasta que me lancé con mi primer corto. Mis amigos me decían: “’Qué bueno que llegó un poeta al cine colombiano’ y bueno, yo me lo creí”. Pero el poeta no es otra cosa que un compilador del sufrimiento, de la nada, de Medellín.

Gaviria volvería a Cannes para presentar la Vendedora de Rosas acompañado de sus estrellas: Giovanni Quiroz, el Zarco, y Lady Tabares. Si el espíritu del Hay es conversar, Gaviria lo ha encarnado en sus películas repletas de actores naturales: los diálogos son de ellos. Quiroz murió poco después de Cannes, como murió la mayoría del elenco de Rodrigo D: con violencia. Tabares pasaría un tiempo en la cárcel por matar a un taxista. Y Gaviria, ya un hombre adulto cuando los conoció, ha sobrevivido, por mucho, a los niños que fueron su voz.

Trueba, un director con una obra constante y actores convencionales, cambia la dirección de la conversación: “Cuando me nominaron al Óscar, estaba seguro de que no iba a ganar. Seguro. Encima, soñé que ganaba. Y se lo contaba a mi mujer y se echaba a reír. Y yo decía: es que soy un gilipollas. Mi esposa me preguntaba qué pasaba en el sueño y era que le dedicaba el Óscar a Billy Wilder, el hombre por el que me apasioné por el cine”.

“Entonces preparé un discurso del que estaba seguro nunca iba a leer. Decía que me gustaría creer en Dios para agradecérselo, pero que solo creía en Billy Wilder”. Trueba se ganó el Óscar y eso fue lo que dijo.

Este año saldrá una película suya, una adaptación de El olvido que seremos. “Hoy en día hay tantas películas de monstruos, sicópatas, serial killers. Creo que hacer una película de un hombre bueno hoy en día es casi una provocación” El hombre bueno: Héctor Abad Gómez nació en Jericó. El auditorio esta en silencio. Samuel Castro, el moderador, comenta: “Quieren que sigamos conversando o abrimos preguntas del público” y la gente grita: “¡Sigan!” Gaviria asiente lentamente, una pequeña sonrisa a punto de aflorar.

 

Dos señoras

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

Dos señoras, unos 130 años entre ellas, conversan en uno de los infinitos porches jericoanos. Parecen amigas de hace tiempo, tal vez primas, tal vez hermanas. Ya está oscuro, hay trago de por medio y un bafle diminuto: suena Silvestre, Martín Elias. Están hablando, por supuesto, de todo.

Bajo algunas estrellas que se asoman entre las nubes, van haciendo una cosa muy extraña que seguro les ha pasado muchas veces en su vida. Qué suerte del Hay que, por un ratico, lo mencionen. “Un programazo”, dice una señora con orgullo. “Ese señor estaba ahí presentando la película. Y unas imágenes que yo le digo, lo más de lindas”. Después empiezan a hablar de otra cosa, posponiendo el sueño un momentico más.

 

Davis, Wade Davis

 

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

Davis, Wade Davis, es un antropólogo, biólogo, explorador, fotógrafo, aventurero. Él se sabe todo eso y más. En frente de medio pueblo, va a presentar El sendero de la anaconda, el documental inspirado en sus devenires por el río. Cuando el presentador lo menciona, una vocecita se alza para vitorearlo. Es un héroe de muchos, sobre todo en Colombia. Para empezar es un colombiano –desde el 2018- que de verdad conoce a Colombia: la Sierra Nevada, Guainía, Vaupés, el Amazonas, el valle de Sibundoy, los llanos del Meta y la selva del Chocó. Las lejanías de las que hablaba Caro, un presidente que jamás salió de Bogotá.

Acaba de hablar ante un auditorio repleto y está empapado en sudor. Carga unas rosas de regalo y se ve, como siempre, profundamente orgulloso de ser él. Él mismo lo dice: “Lo más importante que puedes hacer es ser el arquitecto de tu propia vida. No vas a tomar las mejores decisiones, pero si te haces cargo de ellas, nunca vas a vivir amargado”.

Mantenerse en movimiento, como sea, ha sido su trabajo durante toda una vida. Tuvo pasantías con los practicantes del vudú, en Haití, y fue decisivo en preservar la identidad de los pueblos indígenas, junto a su amigo Martin Von Hildebrand. Pero nunca ha tenido un empleo estable ni lo ha querido. Sus libros son un reflejo de ese interés múltiple. Ha escrito mucho de Colombia, pero también de vaqueros, de la Primera Guerra Mundial, de Nepal, la jungla de Borneo y el Everest. El explorador se hace a punta de viajes y de mucha, mucha curiosidad.

Sus textos parten de un profundo respeto hacia los pueblos amenazados por cientos de años de saqueo. Pero él no se hace ilusiones. “Uno de mis escritores favoritos, Peter Matthiessen, decía que el que creyera poder cambiar el mundo estaba tan equivocado como era peligroso. Pero también decía que tenemos una obligación como contadores de historias de ser testigos del mundo. Eso ha sido mi salvación”

¿Cuál será su próximo viaje? Al Vichada, el único sitio de Colombia que le falta. Le digo que muy pocos colombianos han estado –para empezar– en Vichada y me sonríe con orgullo: “Lo sé”, dice.

 

Un señor y la montaña

Guión: Simón Murillo Melo. Ilustración: Laura Ospina Montoya.

 

El director de Comfama arranca diciendo: “Este pueblo es la síntesis de lo mejor que podemos ser los antioqueños: que significa naturaleza, que significa patrimonio. No podemos estar más enamorados de Jericó”. Se va y muestran una película de pueblos amenazados por las petroleras, las carreteras, la minería.

En el parque, un pelado greñudo canta canciones contra la minería y algunos jericoanos lo corean. En las calles, algunas casas cargan todavía el letrero: “NO A LA MINERIA” o “SÍ AL AGUA”. Jaime Ramírez, diminuto con gafas negras, cachucha de I <3 Jericó y barba de profeta, se para afuera de cada conferencia envuelto en un colorido pendón: EN COLOMBIA NO HABRÁ PAZ, MIENTRAS HAYA MEGAMINERÍA DE METALES”.

Luis Jorge Garay, marxiano de barba setentera, habla una hora sobre la neoextracción neocolonial del capitalismo tardío ante un auditorio repleto que escucha hipnotizado. Uno de sus oyentes (“lo dejó muy claro”) es Jorge Eduardo Cock, ex miembro del directorio ejecutivo del Banco Mundial, exministro de minas y ex una cantidad de cosas más, dice con voz queda: “la minería implicaría daños ambientales irreversibles”.

Un grupo de Medellín pasa repartiendo un periódico que titula: “¿Quieres vivir junto al cráter de una mina? El futuro de Jericó lo decides tú”. Incluye horóscopo antiminero y una oración a San Benito para alejar a los malos vecinos.

Me quedo en una casa campesina que hace de hotel. Las vistas son espectaculares y entre los tonos de verde surgen casas, nubes, el cielo. Pregunto dónde va a quedar la mina y alguien extiende la mano, barriendo el horizonte hasta dar con un punto invisible detrás del hotel. No puedo ver nada. Entre la montaña, las casas y el cielo, se abrirá el suelo en decenas de pedazos. Así hasta que pueda ver alguna cosa.

Dos pueblos y un festival: el Hay vuelve a Jericó

Hay Festival Jericó 2020 Jacom La Revista

Hay-on-Wye es un pueblo galés de unos 1600 habitantes. Hay algunas casitas dormilonas, una vieja iglesia, las ruinas de un castillo, una oficina postal y unas dos docenas de librerías de viejo. Hace 32 años, una familia del pueblo montó un festival a punta de ganancias de juegos de póker en el jardín de un bar. En unos años se habían movido al colegio del pueblo. Hoy es probablemente el festival literario más importante del mundo.

Por: Simón Murillo Melo | Ilustraciones: Laura Ospina Montoya

Hay esta a un océano y un poco más de distancia de Jericó, Antioquia, pero este año será la segunda edición del festival en el pueblo antioqueño. “De los tres municipios patrimoniales del suroeste, solo Jericó no tenía un evento importante. Ahora Jericó tiene festival de ideas”, dice el escritor Juan Diego Mejía. Mejía ha ocupado una serie de cargos públicos y privados en el mundo de la cultura y ahora es el encargado del Hay Festival Jericó en Comfama. Después de un viaje en el 2018 a Hay, Mejía vio en Jericó a un pueblo que podía equiparar el sentido de pertenencia que vio en el pueblo galés.

Dentro de los criterios para escoger las ciudades que albergan el Hay, uno de los más importantes es tener una tradición literaria y cultural que pueda sostener el festival. Hay festivales en Arequipa, Segovia, Querétaro, hay uno en planeación para Abu Dhabi y algunas ediciones pasadas se han celebrado en Kerala, Beirut, las Maldivas. Jericó es la grecocaldense Atenas del suroeste que fue destruida y construida de nuevo por Manuel Mejía Vallejo y donde la cantaleta de otro Vallejo se alcanza a escuchar sobre los santísimos empedrados. Un pueblo tranquilo con una arquitectura colonial habitada por los locales, un buen nivel de vida en comparación con el resto del país, varios museos, un teatro precioso y una comunidad que ha sobrevivido los embates de 50 años de guerra.

Pero sobre el pueblo flota la construcción de la mina Quebradona por la multinacional sudáfricana AngloGold Ashanti. Nombrada por Greenpeace como una de las compañías más irresponsables del mundo, activistas locales presentaron al presidente Duque un documento de 40 razones para oponerse al proyecto, en donde argumentan una serie de razones sociales, ecológicas, políticas y económicas. La oposición en Jericó es casi total. Marchas, acciones populares, tutelas, la prohibición expresa del concejo municipal con la firma del alcalde.  A pesar de que todas —o casi todas— las instituciones democráticas del pueblo han demostrado su oposición, parece que van a perder: la compañía esta esperando la aprobación del último estudio ambiental para comenzar operaciones.

“Ahora se vende la idea de que llegará la prosperidad, pero si uno analiza cualquier pueblo minero de Colombia, se ve el daño que deja la minería”, me dijo Roberto Ojalvo, un jericoano que por muchos años ha sido una de las fuerzas fundamentales de la gestión cultural en el municipio y quien gerencia su museo insigne, el Maja (Museo de Antropología y Arte de Jericó). “El fundador del pueblo le preguntaba a la gente que llegaba que qué querían hacer en este pueblo y si decían ‘quiero ser minero’, les decía que siguieran pa abajo”, subraya Ojalvo.

Las regalías proyectadas no para el pueblo, sino para Antioquia del proyecto de Quebradona solo llegarían a los 22 millones de dólares anuales, según las cuentas de la AngloGold. En Hay-on-Wye la población es la sexta parte de la de Jericó, pero los ingresos anuales solo de cuenta del Hay Festival pasan los 30 millones de dólares. El alcalde de Jericó, David Toro, recalcó la importancia del Festival y de la promoción de la cultura en su municipio: “Hay nos llena de ilusiones y de expectativas, nos da confianza de lo que Jericó es y representa (…)”. Es fácil enumerar: en Jericó hay más de 300 jóvenes vinculados a procesos culturales de la alcaldía, el carriel que el estado colombiano le regaló al Papa vino de Jericó, en el Maja se hizo una exhibición de Warhol; Ojalvo recuerda con cariño a los estudiantes de bachillerato que hacen voluntariado cultural en el Maja después del colegio: “De pronto decirlo será una tropicalada, pero yo no he visto eso en ninguna parte del mundo”.

Esa cultura se perfila como una de las fuerzas económicas más notables del pueblo. En un país donde el pasado fue derruido por la emoción de la modernidad, Jericó se sabe una ciudad vieja. Ojalvo menciona el civismo de los jericoanos como una de las fuerzas del pueblo. Un civismo que no es otra cosa que el deseo y la posibilidad de participar de la vida pública local.

Los jericoanos vivos y muertos contribuyen a la imagen del municipio. Laura Montoya, la primera santa colombiana, ha reforzado el turismo religioso en Colombia. Después de muchos años gerenciando el maravilloso museo de la Universidad de Antioquia, Ojalvo volvió al municipio para trabajar gratuitamente en el Maja; Alonso Garcés, el galerista, se ha convertido en el gran mecenas del museo. El hijo del defensor de derechos humanos Héctor Abad Gómez, el escritor Héctor Abad Faciolince, recibió en el pasado Hay una flor del municipio tras anotar con bastante obviedad que Jericó no necesitaba flores de oro.

Cuando Ojalvo habla de la solidaridad recuerda que los festivales, la vida pública y la vida misma no son reducibles a la economía.  El beneficio más tangible del arte es poder conversar. El fundador y director del Hay, Peter Florence, lo pone en estos términos: “El Hay es una fiesta y una exploración de la escritura pero también una discusión política no partidista frente a ideas radicales y contrarias.” El ocio es una interfaz entre el mundo y los sueños. Construir parte de pensar, pensar de gozar; retar lo inevitable —una mina, por ejemplo—  parte de conversar.

En el pueblo galés, un descendiente de industriales del jabón pensó que las librerías de segunda eran una alternativa local de desarrollo: Richard Booth, quien después se autocoronó rey del pueblo (“Ricardo Corazón de libro”) y nombró a su caballo primer ministro. Booth, según su propio testimonio, heredó una fortuna, hizo dos y perdió cuatro. Mejía lo considera “algo corrido de la teja” pero demostró que hasta las ideas más absurdas, precisamente por absurdas, son capaces de ser mucho más útiles que la extracción insensible. Mejía escribe: “Es hora de que entendamos el desarrollo en un tiempo mayor al corto plazo. No creamos que el desarrollo es la generación de riquezas transitorias que aniquilan los sueños de las sociedades. Esta perspectiva solo la tendremos cuando reconozcamos nuestros anhelos colectivos, los aplazados, los desconocidos, los invisibilizados por el vértigo de lo que se ha llamado ‘progreso’”.

El Hay Festival Jericó se celebrará del 24 al 26 de enero.

 

 

Los días de la ballena: resistir Medellín y nadar a contracorriente

Catalina Arroyave Los dí­as de la ballena

Catalina Arroyave siempre quiso hacer cine como guionista y directora; lo poco que la acercó su carrera cuando estudiaba Comunicación Social en la Universidad Eafit a su sueño la llevó a migrar a Argentina en donde la educación gratuita le permitiría estudiar guión y cine en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y así, por primera vez, escribió y dirigió su primer y único cortometraje hasta ahora: El truco (2010). Luego de nueve años volvió a escribir y a dirigir un proyecto cinematográfico, esta vez de proporciones tan grandes como las de una ballena azul. Detrás de su ópera prima hay años de mucho trabajo y multiplicidad de roles, pues Catalina además de haber sido productora, asistente de dirección y directora de casting en diferentes proyectos con los que nutrió su pasión y profesión, cofundó también hace nueve años junto a otros seis entusiastas Rara Colectivo Audiovisual, su casa productora y hogar cetáceo en el que ha logrado nadar en contra de corrientes que han querido limitarla a su entorno de origen, al deber ser de la clase media paisa en la que creció y a mantenerse al margen de temas y oficios que aún algunos creen ajenos a las mujeres en el cine.

Los días de la ballena narra la historia de Cristina y Simón, dos jóvenes grafiteros en Medellín que, sobre las amenazas pintadas en los muros por el combo del barrio para infundir el miedo estos dos artistas, deciden pintar una gran ballena con la firme intención de resistir y rechazar la censura y la imposición del miedo como método de control.

Como realizador audiovisual quise acercarme a Catalina para conversar y entender las otras luchas en su proceso de realización y las resistencias que hay detrás de su ópera prima como cineasta en Medellín.

Por Daniel Mateo Vallejo

 

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Fotografía: Cortesía Los días de la ballena.

En tu película hay tres momentos simbólicos que llevan al espectador al asombro de verse ante imágenes inusuales en un cine que representa a Medellín, ¿cómo crees que se ubica tu película en la tradición del cine hecho desde esta región?

Me parece que nuestra película hace parte de una tradición en muchos aspectos, sobre todo por el uso de actores naturales y por la aproximación a la calle, a querer contar unas realidades de la ciudad y no solamente de unos personajes particulares. Creo que tiene una apuesta y es que explora el terreno también de lo poético y de lo íntimo, de lo que pasa al interior de las casas, en el mundo interior de unos personajes, en unos diálogos cercanos, triviales, que lo que están haciendo también es revelando el amor —Laura Mora me dice que nuestra película sobre todo es escasa porque en Medellín poco se ha hablado del amor  entonces me parece que se inserta en esa tradición de alguna manera con elementos que la hacen común a otras, pero el elemento poético de la ballena sí que hace que al menos haya un código de lectura que lo que está proponiendo es, para mí, no contar la realidad, la verdad de una ciudad sino un punto de vista. 

Un punto de vista que además quiere que el espectador dialogue desde sus propias impresiones, que haya espacio para que no solamente veamos la realidad si no una aproximación metafórica de la realidad; creo que igual Víctor Gaviria ya había creado momentos surreales de alguna manera en sus pelis, pero Los días de la ballena lo que propone es entrar en el terreno de lo metafórico si se quiere, de lo simbólico. Nuestra película aporta una aproximación a la clase media que también ha sido bastante escasa en la cinematografía local, hemos insistido mucho en lo marginal también porque es muy doloroso, entonces creo que nuestra película tiene un querer hablar desde una voz propia y una mirada particular, eso creo.

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Fotografía: Cortesía Los días de la ballena.

Los días de la ballena al evidenciar cómo en esta ciudad estamos sometidos o acostumbrados día a día a convivir con la violencia o el crimen organizado ha sido asociada e incluso comparada con largometrajes como Matar a Jesús, de Laura Mora o Los nadie, de Juan Sebastián Mesa y Monociclo Cine, ¿crees que hay una única Medellín a representar desde el cine?

Me parece que de alguna forma la comparación es natural en la medida en que se está hablando de jóvenes en una ciudad que tiene características de violencia, pero creo que la apuesta de cada película es muy distinta, no solamente narrativa sino estéticamente, son miradas muy diferentes a Medellín. Creo, por supuesto, que no hay una única Medellín en el cine, todo lo contrario; cada vez más en el nacimiento de una pluralidad de voces mayor vamos a tener distintas ciudades retratadas y no solamente lo que se está mostrando sino cómo se está mostrando. Creo que a nosotros nos hace falta explorar los géneros, explorar también lo queer; para mí eso también es una cosa que hace falta en nuestra ciudad que apenas están haciendo por no hablar de lo que falta en términos experimentales, también hay un miedo a hacer narrativas más desestructuradas porque siento que apenas estamos empezando a contar a Medellín en el cine.

Pienso en los últimos diez años y creo que en comparación a las veces que se ha contado cualquier capital del mundo, aquí apenas estamos entendiendo cómo aproximarnos de otras maneras a contar a Medellín. Me parece también importante decir que las mismas comunidades, distintas comunidades encuentren las posibilidades financieras para contarse a sí mismas, creo que en este momento hay un esfuerzo en ese sentido, como de poner la voz, los recursos en distintas partes, que no se quede todo en un solo género, una sola clase social la que esté hablando, entonces creo que eso también es interesante y va a ser muy interesante dentro de diez años.

Si en tu película Cristina y Simón desobedecen el control e imposiciones por parte de los combos, ¿a qué se confronta o qué resiste en su cotidianidad Catalina Arroyave en Medellín?

Yo creo que mi mayor desobediencia ha sido no creer en el deber ser de una mujer de clase media de esta ciudad, a mí se me dijo mucho que no podía ir, que no podía decir, que no podía ser, y yo muy pronto decidí desobedecer a esa norma. 

También a desobedecer que hay ciertos espacios que en teoría no puedo habitar por ser quién soy, porque soy vulnerable a la violación o qué sé yo; he querido romper cada una de las burbujas que me han sido impuestas y he querido no quedarme en un lugar cómodo sino encontrarme verdaderamente con habitar la ciudad, con poder entender cómo la habitan las distintas personas que estamos en ella; he desobedecido el pensar que la calle no puede ser para mí, que la noche no puede ser para mí, que los barrios que no fueron los barrios en los que nací no pueden ser para mí y creo que en esa medida hay una desobediencia del estereotipo. 

Creo que hay un tema de la economía sexual en nuestro medio, en nuestro gremio que para mí tampoco es una posibilidad, que desobedezco en la medida en que no quiero y nunca voy a jugar nunca es una palabra exagerada pero no quisiera nunca jugar a que ser una mujer me lleve a ciertos lugares para aceptar propuestas que aparecen y formas de relacionarse con otros géneros desde ahí, entonces creo que desobedezco también en esa medida. 

Creo que finalmente mi resistencia también tiene que ver con perseguir una voz que sea mía, y eso es difícil, no aceptar las imposiciones que vengan de ningún lugar, no temerle a lo que diga el contexto próximo y tampoco a lo que pueda llegar a decir la gente que tiene “la verdad”, bien sea esto en la familia, en la ciudad, en la crítica, en el mundo del cine, no sé, creo que esa es la mayor valentía, perseguir la autenticidad.

El gremio audiovisual en Antioquia es mayoritariamente masculino ¿te impuso márgenes en la forma de trabajar, esas márgenes limitaron Los días de la ballena, o pudiste hacer la película que soñabas?

Como nuestra película nace en el contexto de Rara, y Rara ya había encontrado una lógica de trabajo que de alguna manera rompe con esa cosa vertical, patriarcal del cine, nuestro equipo por el contrario tiene una manera de entender la creación colectiva que permeó Los días de la ballena. En el rodaje había gente que se burlaba de que yo dialogara las decisiones que tomaba, o que hubiera pedido que no se gritara en el set, o que tuviera una forma menos autoritaria o no autoritaria de trabajar y eso generaba chistes. Para mí es importante entender que en el cine hay una pluralidad de voces y creo que yo tenía un equipo extraordinario, siempre lo tuve, a lo largo de la creación de la película estuve acompañada por múltiples creadores que creo que aportaron mucho a lo que finalmente hoy es nuestra película.

Hay muchos detalles que no vinieron de mí sino que vinieron de la gran creatividad de mi equipo y el gran compromiso que siempre hubo en ellos; por ejemplo, cuento la historia de que “Maca” que es la utilera de la película fue la responsable de que el mico que Simón le entrega a Cristina tenga una areta y una cresta, y a partir de eso se creó una de las escenas que a mí me parece más interesantes de la peli donde hay una intimidad de unos personajes muy imperfectos que se relacionan en el deseo, en el chiste y la burla. Otra cosa que fue muy tremenda y también vino de ella es que en unas escenas que hacen parte del final necesitábamos crear una atmósfera de tensión alta y ella propuso utilizar una sangre real, y eso logró una atmósfera muy densa que también aportó a la creación del personaje por parte de Laura Tobón, la actriz.

Hay un error en el póster, la película no es de Catalina Arroyave, es escrita y dirigida por mí, pero es de un equipo enorme, muy grande, y creo que esa comprensión tiene que ver también con tratar de abandonar la lógica de lo patriarcal, entender que hay una manera fluida y colectiva de hacer las cosas; de alguna forma es revelarse contra el machismo y contra esas estructuras que nos han impuesto lo vertical.

Catalina Arroyave Los di­as de la ballena
Fotografía: Cortesía Los días de la ballena.

¿Cómo Rara Colectivo es un acto de resistencia en Medellín?

Me parece que nuestro mayor acto de resistencia fue apostarle a lo colectivo desde siempre, o sea, entender que juntos íbamos a crear y a entender que no íbamos a apostar a tener un nombre y a que eso sobrepasara el deseo colectivo, mantenernos juntos ha sido nuestra mayor resistencia, como poder sobrepasar la cantidad de obstáculos económicos, emocionales que ha supuesto crear a Rara; abrir camino en el monte con un machete sin filo como diría nuestra amiga Rarónica ha sido, me parece a mí, como el mayor acto de Resistencia. 

También ha sido muy difícil en términos prácticos encontrar una manera real de ser siete y estar ahí, permanecer. Y reinventarnos también me parece que ha sido un acto de resistencia, de entender que no nos podíamos quedar pensando que las cosas iban a ser como lo supusimos en el primer año, ni en el segundo ni en el tercer y que cada tanto tenemos que replantearnos nuestro modelo, eso también me parece un acto de resistencia y finalmente creo que en esa medida y en seguirle apostando a esto que nos inventamos cuando mucha gente nos llamaba ingenuos ha sido una forma de decir, de resistir, de permanecer y creo que la mayor resistencia es querer hacer cine, no habernos doblegado ante la posibilidad de hacer o de que nuestra vida girara en torno a otras cosas; solamente eso, dedicarse a hacer cine ya es un acto de resistencia mayor.

¿Dónde está esa ballena y qué crees que dirá en los muros el tiempo que exista?

La ballena existe, está en Envigado, en la fachada de la Universidad de Envigado, ha pasado algo bello y es que la dueña de la casa nos ha contado que ha habido como un peregrinaje, que algunas personas han ido a conocer la ballena. Pero lo que creo es que un poco nosotros no vemos lo que nos está diciendo la calle, a veces pasamos de largo y estamos ahí frente a un lenguaje que nos está queriendo decir cosas sobre lo que pasa en las entrañas de la ciudad y a veces no lo vemos, entonces creo que hay gente que va a pasar y no va a ver nada más que una linda ballena que está pintada pero también hay gente que cuando la vea pues va a recordar una historia de amor y de desobediencia.

¿Qué viene luego de Los días de la ballena ? 

Viene seguir fortaleciendo a Rara, vamos a apostarle a terminar un documental que tiene David Correa que se llama Partes de una casa; ahora también estamos desarrollando el proyecto de Mariana Gil que se llama Siempre los leones rondaron siempre; tenemos también una coproducción de un corto que se llama La herencia y hemos estado trabajando en fortalecer nuestra casa en otros ámbitos: seguir siendo profesores, poder traer invitados a nuestra muestra de Cortos de largo alcance que se hace cada tres meses y finalmente yo también estoy escribiendo un nuevo guión que habla del despertar sexual de tres chicas en un colegio de monjas, ya tengo una primera versión, y mi mayor deseo, mi más grande deseo sería tener la forma de escribir esta nueva película, encontrar los recursos para escribirla bien, para poder vivir mientras la escribo y pues que luego podamos realizarla, eso sería muy bueno.

 

 

El museo Maja de Jericó y Jacom La Revista se unen para narrar la cultura

Museo Maja Maja

En el marco de la inauguración del nuevo ciclo de exposiciones del museo Maja de Jericó se dio un anuncio que nos llena de alegría: nuestra revista será el medio de comunicación de uno de los museos más importantes, dinámicos y acogedores del suroeste de Antioquia. 

Artistas de amplio y corto recorrido y que han llegado desde otros países o desde la vuelta de la esquina del museo a exponer en el Maja —Museo de arte y antropología de Jericó, Antioquia— lo han hecho con la certeza de estar en un lugar en el que florecen las artes, la conversación cultural y la diversidad.

Serigrafías de Andy Warhol, dibujos de Luis Caballero, pinturas de Beatriz González, grabados de David Manzur, pesebres de la comunidad jericoana, libretas de dibujantes, fotografías de aficionados y profesionales, collages políticos, esculturas de Tachuela, de talladores locales y de escultores anónimos, un programa radial, presentaciones de la Comunidad Guitarrística de Antioquia, conciertos de cantautores de municipio, conversaciones sobre literatura, cine y biodiversidad y todo un universo que se renueva cada dos meses componen esa memoria cultural amplísima y plural que queremos contar. 

 

Por eso, «con el interés de fortalecer la circulación y difusión de información cultural del municipio de Jericó, Jacom La Revista y el museo Maja se unen para nutrir la difusión y divulgación de eventos, exposiciones y demás expresiones artísticas que se gestan alrededor de la programación del museo Maja y su filiales. Esto se da gracias a una visión conjunta sobre la apropiación cultural y turística que busca realizar una sensibilización más amplia del territorio a partir de sus manifestaciones artísticas».

Con esta mirada, nuestra revista quiere narrar las historias que transitan por un lugar que es resguardo y potenciador de expresiones vitales, que es casa de artistas y de la creación misma, que es paso de viajeros y andariegos y que es, en definitiva, un espacio para el aprendizaje. 

Click aquí para ver y leer otras historias sobre el museo Maja de Jericó

 

De la piedra al viento | La memoria va encontrando su camino

De la piedra al viento Alejo Santa María Jacom

Después de trajinar durante años los senderos de la Sierra Nevada de Santa Marta, de conocer de cerca las etnias wiwa y kankuamo y de descubrir que los Jalekas grabados en la piedra representan el espíritu ancestral convertido en historias de todo lo que existe sobre la tierra y en el pensamiento; después de ver que el tiempo y quizá también el viento han mitigado las historias grabadas hasta dejarlas visibles solo para algunos; después de comprobar que Alejo Santa María es uno de ellos, la posibilidad de descubrir los grabados, petroglifos, en la piedra a la luz del día y solo a determinadas horas porque algunos, debido a la orientación de la luz, no son visibles, fue fascinante por la revelación de figuras e historias que pasaron desapercibidas durante años.

Con una hoja de papel mantequilla cubriendo la piedra Alejo Santa María frotó la superficie con grafito hasta ver aparecer, marcada en la hoja, la figura accidentada y rugosa del Duanabojo, el pelícano, primer petroglifo convertido a un lenguaje gráfico contemporáneo. Fue así como sucedió el descubrimiento que lo llevó, no solo a la interpretación de los petroglifos sino a la búsqueda de una propuesta visual y formal que le permitiera representar los Jalekas ancestrales. La versatilidad de los grafismos y la aplicación de técnicas y materiales que van desde el alambre y la madera, hasta la escultura, la pintura, la impresión digital, la fotografía y sobre todo la voluntad de integrarlos a sus lugares de origen, ha instalado los petroglifos en el universo del arte contemporáneo y al mismo tiempo los ha restituido a sus piedras ancestrales.

Texto: Saúl Alvarez Lara

 

 

Inicia el 4 Festival de cine de Jardín | «Sobrevivir a través de los pequeños pactos de todos los días ha sido nuestro gran patrimonio»: Víctor Gaviria

Jardín Jacom La Revista Estefanía Giraldo

Jardín es toda una paleta de colores donde fachadas y flores compiten por el prestigio de la contemplación en uno de los municipios más bellos del suroeste de Antioquia. Allí, arquitectura, objetos, artefactos, archivos y experiencias culturales son testigos del paso del tiempo, son patrimonio, así como el cine.    

Chucu-chucu, máquinas de visión, cine mudo colombiano, patrimonios rebeldes, y rock tropical hacen parte de las palabras y conceptos que componen la programación del 4 Festival de cine de Jardín. 

Por eso, a propósito de la reinauguración del Teatro Municipal, uno de los recintos culturales más importantes del pueblo, esta cuarta edición del Festival de cine de Jardín trae como tema central Cine y patrimonio: maneras de encontrarnos como una forma de entrar «a ese patrimonio sagrado que es la vida cotidiana del país antes de abismarse en esa modalidad de guerra fría que nos tocó: un conflicto de sesenta años cuyas causas continúan ahí, y no sabemos qué forma tomará en el futuro», según las palabras del cineasta colombiano y director del Festival, Víctor Gaviria. 

Y es que el hilo conductor de estos festivales ha sido justamente una apuesta por conversar sobre los escenarios pasados y posibles que han rodeado la historia de una sociedad en conflicto como la nuestra: posconflicto, tierra y democracia. Es así como este evento ha propuesto no solo una conversación que es vital sino que integra actores académicos, culturales, creativos y comunitarios para recrear, cada año, un escenario diverso. 

Jardín, Antioquia. Jacom La Revista. Estefanía Giraldo Baena
Foto: Estefanía Giraldo Baena.

En el evento de inauguración se proyectará Simón el Mago (1992), una miniserie restaurada de cuatro capítulos dirigida por Víctor Gaviria y basada en la obra homónima de Tomás Carrasquilla, Esta apertura contará además con la participación de Pala, cantautor colombiano. 

Invitados como Lisandro Duque, Pablo Mora y Gloria Triana harán parte de la programación académica del festival y actores como Humberto Dorado, Vicky Hernández y Manolo Cruz participarán en el encuentro de actores con el público.

La muestra central contará con proyecciones de películas como ¡Lumière! Comienza la aventura (Thierry Frémaux, 2016), El arca rusa (Aleksandr Sokúrov,2002) y 66 Kinos (Philipp Hartmann, 2016), entre otras. Por otra parte, la muestras alternas tendrán programación de video experimental, animación, documental y trabajos universitarios. La muestra Patrimonio cinematográfico colombiano tendrá más de diez proyecciones de filmes restaurados. Finalmente, la Muestra Nacional de Cortos Caleidoscopio proyectará 20 cortometrajes cuya premiación contará posteriormente con el concierto de Afrosound Vuelve!!!

Programación Festival de cine de Jardín

Fotografías de Estefanía Giraldo Baena.

Las dos casas

Elia. Fotografía Laura Henao. Jacom.

A Jericó se lo está tragando la tierra. Las casas, de puras tristes al ver que los de siempre ya no están, se niegan a resistir el paso del tiempo y cada vez son más los lotes vacíos, invadidos por escombros y un pantano que se extiende hasta las calles. Mi jardín era el jardín más lindo de Antioquia y de tanto polvo que entra de la calle las flores hicieron huelga y se rehúsan a salir. ¿Sí ve ese plástico blanco que rodea la cocina? Esa cocina no es ni cocina, es en esencia un corredor de madera donde corría dichosa cuando era niña, bordeando con mi visión las montañas del fondo. A los ocho años no hay forma de trazar un límite entre una misma y lo otro, ahora camino por mi propia casa y a la mitad la encuentro intrusa, interponiéndose entre mi memoria y el mundo. Donde antes había una mata ahora hay un balde con pintura. Donde antes mamá colgaba fotos y porcelanas ahora hay un remedo de pared y una escalera a la espera. Atrévase a salir a la calle, en todas partes es lo mismo: Jericó tambaleando ante la ausencia de los suyos y abriendo baches (que después llenan con cemento) ante la presencia de los que quieren “innovarse”. Mi esposo tiene la misma tienda desde hace quién sabe cuánto y ese cerro de poncho que crece junto a la puerta es mi papá, el mismo que compró esta casa en el ‘79. Si me recuerdo en esa época… Si me recuerdo de niña paseando por la casa, mi figura se destraza y se pierde al cruzar la parte nueva. Si la memoria se edifica junto a los recuerdos más grandes, en esta casa he vivido mi mejor vida y por eso me contiene toda. A veces cuando me nostalgio me da por contarle a mi hija. Ella está muy contenta con el cambio, le gusta la nueva casa, piensa que es moderna y bonita. Yo pienso en el corredor de madera, en la vista, en mis flores. Le digo que donde antes era el corredor por lo menos deje una ventana que me sugiera el viejo paisaje. Y dizque sí, van a poner la ventana, pero no sé… El mundo avanza sin parar y me toca decirle a los recuerdos que sigan creciendo, pero hacia adentro. A esta casa que soy no la tumba nadie. Fíjese usted en ese brote de orégano en el patio, él es el único sobreviviente. Como él, yo también me resisto al olvido. Aquí sigo.

Fotografías y texto: Laura Henao.

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