Pandemia

Jaime Hincapié Opinión Jacom La Revista

Este ejercicio de suposición transita explicaciones, preguntas, críticas y rodeos a la pandemia a través de la mirada de un científico escritor. 

 

Por Jaime Alejandro Hincapié García
Químico farmacéutico
Magíster en farmacología clínica
Profesor de la Facultad de Ciencias Farmacéuticas y Alimentarias de la Universidad de Antioquia

Cada uno tiene su propia versión de la pandemia. Las versiones tienen, casi todas, un esqueleto común: la pandemia se divide en causas, vivencias y consecuencias. Y la respuesta a cada una de esas divisiones será un resultado muy particular, atribuible a las creencias y los nexos de cada individuo.

Intentemos un ejercicio: supongamos algunas versiones de la pandemia de unos grupos de individuos creados artificialmente.

Empecemos por las causas. Hay quienes creen que la pandemia tiene un conjunto de causas conspirativas y políticas. Sin dudarlo, le atribuyen la causa a algún gobierno que tiene un laboratorio genético subterráneo donde ejecutan sus planes maléficos para enfermar al mundo. Como se puede sospechar, algunos de este grupo pueden ser esos líderes peligrosos y xenófobos que necesitan un enemigo para mantener su popularidad patriarcal, cimentada en el «yo te defiendo de aquellos, nuestros enemigos». Hay otros, más arraigados en sus creencias espirituales, que le atribuyen la pandemia a una fuerza superior: es dios, la naturaleza, la Pachamama, o son las fuerzas mágicas del universo las que nos tienen hoy en estas. Pareciera una visión poco creíble para los racionalistas. Buscar la causa en el más allá suele ser una salida fácil, especialmente si queremos un consuelo rápido: «si dios nos mandó esto, pues dios nos lo va a quitar. Si es la naturaleza la que nos pone a prueba por haberla retado, todo esto pasará cuando nos decidamos a controlar el consumo y a contaminar menos». Es simple, a veces necesario. Por otro lado, están los que siempre tienen una explicación —o buscan una explicación—, los científicos —o los que tienen vocación científica—, quienes coinciden en que la causa de este problema es, a secas, un virus zoonótico —un virus que infecta un animal y que después enferma a los humanos— que entra a las células del pulmón, provoca neumonía y es altamente virulento: «es una enfermedad muy contagiosa. Hay que aplanar la curva».

Más adelante, explorando el esqueleto de las versiones, están las vivencias. Y de estas tantas como humanos sobre la tierra. Si se le pregunta a cualquier persona por su emoción —¿qué sientes ahora? — el abanico de respuestas sería enorme. Haciendo una reducción, para lograr completar el mensaje, se podría decir que hay muchos viviendo y fluctuando entre el miedo y la esperanza. Movidos por el miedo se protegen y a la sombra de la esperanza se quedan inmóviles. Este miedo que se filtra por debajo de las puertas y las ventanas es abstracto y difícil de entender. Hace unos días, hablando con un profesor que admiro mucho, terminamos la conversación con el siguiente juego de palabras: —Esperemos que el miedo ayude a fortalecer el sistema de salud, antes de que nos “muramos de miedo”— le dije, a lo que él respondió: —O hasta que nos maten en medio del miedo—. Pues este miedo abstracto, invisible por lo microscópico, está transformando la sociedad. A ciertas personas la vivencia se les ha transformado en un pensamiento más claro; han superado el miedo y viven aceptando la incertidumbre, creciendo, entendiendo que sobre esta situación no hay control que valga y que hay que vivir en el presente con un propósito, idealmente ayudando a otros. Por su parte, hay quienes —en especial políticos y tomadores de decisiones—están viviendo como actores de los libros de historia que se escribirán dentro de algunos años. Se saben protagonistas con sus decisiones y actúan para su propio poder y vanagloria. Empujados por su ego van dando declaraciones y viviendo la situación a través del filtro de un cálculo minucioso: «cuánto gano, cuánto pierdo con cada decisión». De estos mismos, algunos, con un pensamiento diferente, han conseguido entender su rol, han destruido el yo y han construido puentes que intentan disminuir el dolor de aquellos a quienes dirigen. Y, por último, los científicos, viven a través de las hojas de datos. Con un lenguaje cifrado, que sirve mucho para conversar entre científicos, pero poco para hablarle a la sociedad, van midiendo: número de infectados, número de muertos, número de pacientes graves, número de moléculas que pueden servir como vacuna o como tratamiento. Y así, como en los casos anteriores, algunos han logrado modificar sus formas clásicas de aproximarse a la situación y han entendido que la sociedad requiere información y humanidad. La ciencia ha bajado un poco su lenguaje esotérico y ha conseguido llegar a muchas personas, de todas las clases, lenguajes y culturas. La ciencia como antídoto del azar y del miedo. Pero, a pesar de ello, aunque estemos viviendo la época más avanzada en la historia de la medicina, nos dimos cuenta de que nos falta mucho, que el camino es largo y lo peor es que no sabemos en qué parte de la ruta estamos.

Finalmente, la versión de la pandemia termina en una especulación de las consecuencias. Y acá viene una palabreja muy útil en estos días: incertidumbre. Según el subgrupo que simulemos las consecuencias se proyectarán y ahí empezará el trabajo adivinatorio. Por ejemplo, tendrán en mente los millones de dólares en deudas, los millones de personas desempleadas o los millones de pérdidas para la economía. Otros se interesarán por saber si esta cuarentena será la última y si podremos salir a caminar otra vez como antes, o será que la vida cambiará, aunque sea un poco. Quizás, para otros, se estimará cuantas vidas se pierdan en el camino y cuanto de todo esto quede como aprendizajes para la ciencia, para la próxima vez que tengamos una pandemia.

Al final de este ejercicio vale la pena pensar que de esos subgrupos que he creado artificialmente —los ciudadanos, los científicos, los políticos— no siempre pertenecemos a uno solo; es decir, no somos o los unos o los otros, sino que casi siempre somos los unos y los otros. Por eso y por la humildad que nos tiene que asistir al enterarnos de que nos falta tanto por aprender y que es poco lo que tenemos bajo control, florece la imperativa necesidad de cohesión social, de trabajar los unos por los otros, de asimilar el riesgo individual y el riesgo colectivo para garantizar la vida. Emerge la urgencia de valorar los esfuerzos y las benditas desgracias del otro. Y entonces, así, llegamos a una conclusión casi tautológica, la frase de cajón, porque resulta que sí es verdad que «juntos somos más fuertes».

1 Comment

  1. Para nada artificial, creo que hago parte del subgrupo espiritual y he oído sobre los demás subgrupos que están convencidos de lo que yo no creo y creo que ellos no creen en lo que creo yo. Pero casi todos, postrados y sumisos. Felicitaciones Jaime Hincapié

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