El postre jericoano, una receta centenaria

Portada postre jericoano Ilustración Laura Ospina Montoya

El postre jericoano o postre de frutas es uno de los dulces tradicionales y más emblemáticos de Jericó, Antioquia. Esta receta, con sus variaciones, ajustes y apropiaciones, tiene alrededor de 100 años y viene de una de las formas de aprovechar las especies frutales en los solares de las casas.

No dejar perder nada de la huerta era el móvil de las abuelas para poner en marcha la invención culinaria. Toronja, papaya madura y papaya verde, piña, coco y brevas caladas en panela componen cinco de las siete capas que en total tiene este postre, las otras dos son de arequipe y de bizcocho remojado en ron y vino.

Las horas al fuego y el licor permiten que este postre dure en la mesa un poco más de diez días sin refrigerar. Además, la elaboración es artesanal y no contiene conservantes ni aditamentos más allá de la propia fruta al fuego. El proceso de preparación toma entre diez y doce días, seis de los cuales son para desamargar la cáscara de toronja y cada dulce se demora un día entero en elaborarse. Por el tiempo y esfuerzo que toma la elaboración de esta receta quedan pocas personas en el municipio que aún la preparan.

Postre jericoano Jacom la revista
Postre jericoano. Foto: cortesía de Nancy Garcés.

Sin embargo, hace años este postre congregaba familias enteras y vecinos. «En familias de 18 hijos, hombres y mujeres aprendieron a hacer el dulce», cuenta Nancy Garcés, una de las guardianas de esta receta quien desde hace 15 años elabora y vende el Postre jericoano en La Pizzería de Jose, su negocio familiar que además en 2006 se ganó el concurso Antójate de Antioquia.

Antes, el postre se hacía para fechas especiales como día del padre o de la madre, primeras comuniones o unos grados. La abuela y bisabuela de José Bernardo Alzate son unos de los pilares de este ensamblaje frutal que devuelve a los jericoanos en el tiempo a través del sabor y, ahora, con la transmisión de esta receta por generaciones, han permitido que el postre jericoano sea un manjar para llevar a casa en cualquier momento.

 

Carteras migrantes | “Yo hablo con la arcilla“: Lilly Lerner

Voces y carteras. Lilly Lerner. Fotografía de Guillermo Melo

Lilly Lerner es nieta de una inmigrante que llegó a Medellín en 1928 con uno de los primeros grupos de mujeres judías. En su memoria y especialmente la de su madre Jaika, Lilly ha creado una obra llamada Voces y carteras que rinde homenaje a su comunidad a través de la creación de una serie de carteras en arcilla que evocan las voces del mundo femenino, de la vida cotidiana y del acto migrar.

«Entre nosotros los judíos tenemos una organización dentro de la comunidad en la que nosotros enterramos a nuestra propia gente, sin parafernalias, sin nada complicado, simplemente la gente se muere, se limpia y se entierra en una cosa de madera. En esa organización limpian los muertos. Cuando mi mamá se murió, muchas de las señoras, que son señoras elegantes, pusieron su vanidad a un lado, se tomaron sus dos aguardientes, limpiaron el cuerpo de mi mamá y la enterraron. De eso no les puedo decir el agradecimiento que les tengo a ellas. La amistad es más importante que Gucci. Entonces cada una para mí, cada cartera es muy importante, pero para decirle la verdad yo no soy ceramista sino contadora de historias y lo que pasa es que yo simplemente hablo con la arcilla», cuenta Lilly sobre algunas de las razones que inspiraron este homenaje a las mujeres que, dice, moldearon su infancia. Ellas llegaron a Colombia entre 1927 y 1948 y la madre de Lilly fue una de las primeras bebés de este grupo que nacieron en Medellín. Según cuenta Lilly, en ese periodo de tiempo llegaron alrededor de 150 mujeres judías a la ciudad. Su madre y abuela fueron cacharreras en Guayaquil .

Mujeres migrantes Lilly Lerner
Grupo de mujeres judías en Medellín. Esta fotografía hace parte de la exposición Voces y carteras, de Lilly Lerner en el Museo Maja de Jericó | Cortesía Museo Maja de Jericó.

Este tributo tuvo lugar en 2016 cuando en uno de sus viajes a Medellín, su ciudad natal, Lilly decidió ir a los cementerios donde están enterradas estas mujeres y recrear una de las tradiciones judías en las que el visitante deja una roca en la tumba como símbolo de «la memoria y el legado – una manera de demostrar que la memoria del individuo aún vive». En lugar de dejar una roca, Lilly puso estas carteras de arcilla como una forma reflejar en un objeto las historias de estas mujeres.

Voces y carteras. Lilly Lerner. Fotografía de Guillermo Melo.
Fotografía de Guillermo Melo González.

Por eso, estas carteras funcionan en la obra de Lilly como retratos. Todas son diferentes y cada una conserva la historia de vida, que además Lilly escribe, de una mujer migrante. Para el curador de esta exposición, Saúl Álvareza Lara «es la representación de las carteras que llevaban a todas partes: a las visitas, al trabajo, a las reuniones de amigas, a los paseos y las identificaban, Lilly Lerner recuerda a su madre, a sus tías, a las amigas de su madre; recuerda la multitud de voces que viven, hablan, ríen o lloran. Voces  y carteras que son el retrato de ellas, de un momento, de una comunidad».

«Ellas eran jóvenes cuando llegaron. Cada una me contó una historia y no solamente a mí. Si usted piensa en su propia historia hay alguien que carga una cartera y le cuenta una historia. Y es una historia universal, es una historia de la sobrevivencia y del sobreponerse», concluye Lilly.

Esta exposición estará en el Museo Maja de Jericó hasta el 26 de mayo de 2019.

Hacienda Cañasgordas

Tras las huellas de la memoria

Maria Jimena Padilla Berrío

 

 

Fue un vuelo tranquilo, el viaje demoró alrededor de una hora, aterrizamos sin contratiempos en la tierra del Alférez Real, el que inmortalizó José Eustaquio Palacios.

Fue un vuelo tranquilo, el viaje demoró alrededor de una hora, aterrizamos sin contratiempos en la tierra del Alférez Real, el que inmortalizó José Eustaquio Palacios. El inmenso valle que se divisaba era resguardado celosamente por los célebres Farallones de Cali, que vienen a ser parte, dentro de la geografía colombiana, de la Cordillera Occidental de los Andes Colombianos.

Atravesamos la ciudad sin mucho contratiempo, y al cabo de un rato, luego de una parada técnica a desayunar empanadas vallunas, nos asomamos a la entrada de la Hacienda Cañasgordas, la cual, a estas alturas, con la expansión urbana de Cali, hace parte ya de la urbe de la ciudad, rodeada de zona residencial y gratos restaurantes, a pesar de que en la obra de José Eustaquio, publicada por aquéllos días en los que Manhattan asistía a la histórica puesta en escena de la estatua de la Libertad, la Hacienda quedaba en las afueras de Cali.

En la novela, que cuenta la historia de amor que empezó siendo un imposible y terminó en un desenlace inesperado, también se relata la vocación económica de Cali hacia finales del Siglo XVIII, así como el comercio y la ocupación de los esclavos por aquéllos años. Se sumerge también, la novela, en el mundo de la entrañable Hacienda Cañasgordas, la cual, para la época, simbolizaba poder, abundancia y lujo.

Nos recibió Duván, un joven bastante interesado por la Hacienda y la preservación de su legado, quien nos hizo pasar mientras esperábamos a Maria Helena, la directora de la Fundación Cañasgordas, quien en los últimos tiempos ha estado al frente de la recuperación de este espacio, trabajando día y noche, poniendo su alma, mente y corazón al servicio de la cultura y la historia, con una sensibilidad tan profunda por todo lo que representa la Hacienda que lo demuestra en su entusiasmo cuando habla.

Mi compañero, el que iba a tomar las fotografías, arrugó la cara cuando vio el montaje de una tarima con carpa que yacía en todo el frente de la Hacienda, llevaba días pensando en las fotografías que sacaría sobre la Hacienda y en poco contribuía a los planos que quería sacar aquel montaje, el cual se iba a estrenar el 3 de julio que se avecinaba, conmemorando 207 años de la Independencia de Cali, hito histórico con el que la Hacienda tuvo mucho que ver.

Perturbado todavía por la tarima, John desenfundó su lente y nos dispusimos a recorrer el interior, atraídos por la paz que se respiraba en el lugar, el verde que lo cerca y el sonido inconfundible de la naturaleza que yace apacible. Duván y Maria Helena tomaron la delantera, guiando el camino y hablando un poco sobre los años de abandono, de las condiciones deplorables en las que habían llegado a ver la Hacienda, y de los años de decadencia que amenazaron con echar al piso el valor histórico del lugar.

Nos detuvimos en el corredor antes de atravesar una puerta gigante que estaba detrás de nosotros, mientras Maria Helena nos señalaba unas ruinas justo a un costado de la entrada, indicando que en ese lugar funcionó, en los años del Alférez Real, el ingenio de la Hacienda. Dimos la vuelta y entramos, atravesamos las gruesas paredes que daban cuenta de la antigüedad de la casa, mientras nos señalaban, como evocando al pasado, que en ese lugar quedaba el comedor, y que era gigante.

Las paredes eran blancas, estaban recién pintadas y trataban de ser lo más fieles posibles a ese mundo de otrora que quieren rescatar para la historia y la memoria. Del otro lado estaba la cocina, y atravesando el corredor, al final, las escaleras hacia el segundo piso. Entramos en la plancha de arriba, caminamos por las habitaciones, atravesamos una sala en la que hacía presencia el padre de la capilla de la Hacienda, y llegamos a la habitación del Alférez, desde donde se divisaba todo el frente de la Hacienda, lo que le permitía estar al tanto de quienes entraban y salían de Cañasgordas.

A un costado de la habitación había una ventana que daba a otro margen de la Hacienda, desde donde se podía apreciar el boceto de lo que en otrora fue la Capilla, y a unos cuantos metros, una fosa que daba cuenta del cementerio, donde enterraban los esclavos que fallecían en la Hacienda, los cuales se ocupaban de la ganadería, el ingenio y los demás oficios que se requerían tanto para la empresa productiva como para el servicio de la casa.

La Hacienda Cañasgordas, hoy convertida en la expectativa de un lugar que abrirá sus puertas a quienes quieran conocer un poco más sobre la historia política y cultural de Cali, debe su nombre a las guaduas que alberga en su vegetación, las cuales se conocían en aquellos años como Cañasgordas. Además, si se tiene en cuenta que en este lugar se dieron encuentro líderes de la gesta independista, que más tarde llevaron a la emancipación española, la Hacienda se erige como un lugar de memoria nacional, que da cuenta de un momento importante en la historia de nuestro país.

Su vasta extensión, la que en antaño ostentó, se reduce hoy a 10 hectáreas, en las que se conserva la estructura de la casa, el lugar donde quedaba la Capilla y el cementerio, así como el ingenio. El resto del terreno, convertido hoy en condominios y edificaciones, eran extensiones de tierras dedicadas a la ganadería.

Su memoria, la que el país optó por recuperar desde que la declaratoria Patrimonio Histórico, y desde que se instó al Estado a aportar los recursos necesarios para su recuperación y preservación, se instalará en la región del suroccidente de Colombia para dar cuenta de dónde venimos, de la importancia de honrar nuestras raíces y salvaguardar un legado.

Va a ser un museo, y promete honrar la memoria de la sociedad a la que se debe. Dentro de las cuentas que hace Maria Helena, se planea también una zona de restaurante, de picnic, de eventos, todo dentro de un plan estratégico de sostenibilidad, sin dejar de lado la importancia de transmitir, de generación en generación, el valor histórico que este lugar ostenta dentro de nuestra trayectoria. Cuando abra sus puertas, La Hacienda será un lugar de referencia para visitar en la región, donde no solo habrá diversión, sino también historia y tradición.

El guarniel jericoano | Historia y manufactura de un accesorio antioqueño

Rubén Darío Agudelo y su familia han dedicado gran parte de sus vidas a la elaboración de el guarniel jericoano. Máquinas centenarias para coser el cuero, una enorme variedad de este material y personas sumamente pacientes hacen parte de estos talleres en los que se detiene el tiempo.

Estos accesorios, con alrededor de 115 piezas, son el producto que durante más de 130 años algunas familias jericoanas han intentado mantener. Sin embargo, su compleja y dispendiosa elaboración preocupa a quienes durante toda si vida han asumido este oficio, pero que con el paso de tiempo han quedado con cada vez menos jóvenes aprendices.

Este es un recorrido visual por las piezas, los colores, las formas y las texturas de uno de los objetos de vestir más intrincados de los atuendos antioqueños que necesita tanto de la precisión de las manos como de la afinación de los ojos.

Jerico se destaca por producir una de las piezas mas iconicas de antioquia logrando representar a nivel internacional parte de nuestra identidad cultural. El guarniel hace parte de esas identidad cultural reconocidad en todo el mundo.

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