Las manos de Manuel Mejía Vallejo

Manuel Mejía Vallejo dibujante

Andrea Uribe Yepes

El escritor antioqueño Manuel Mejía Vallejo tenía un impulso innato a hacer oficios manuales; el dibujo y la talla hicieron parte de su rutina.

Manuel Mejía Vallejo nació en Jericó, Antioquia, el 23 de abril de 1923. Las montañas de la tierra en la que creció y las imágenes de ríos brumosos que bajaban de la Cordillera Central fueron inspiración para su literatura y las guías para lo que hacían sus manos. Aunque su  quehacer artístico estuvo siempre vinculado a la escritura, su formación y su cotidianidad estuvieron encaminados a las bellas artes y las artesanías. De su origen montañero, que lucía con orgullo, se trajo la contemplación, su amor por las fincas acompañadas de buena música y mucho ron y la necesidad imperiosa de usar sus manos y volcarlas en diferentes oficios; él escogió tallar juguetes y dibujar.

Dibujo de animales. Manuel Mejía Vallejo.
Dibujo de animales. Manuel Mejía Vallejo. Archivo Biblioteca Pública Piloto. BPP-D-MMV-0231

Su familia estuvo siempre en contacto con el ejercicio artístico. Su hermana Rosana fue una reconocida ceramista que llegó a ganar varios premios de arte nacionales, su mamá tuvo acercamientos a la cerámica y a la pintura y su tía Jesusita Vallejo fue una gran pintora. Desde niño tuvo contacto con prácticas estéticas y eso hizo que luego de terminar el colegio en Medellín, en 1943 se inscribiera a la carrera de Bellas Artes para estudiar dibujo y cerámica. Con lo que no contaba era que su madre entregara la novela La tierra éramos nosotros al grupo de los Panidas encabezado por León de Greiff, que fuera publicada y que esto cambiara su camino para siempre.

Esto, sin embargo, no significó que dejara el impulso manual. En la casa que compartió con su esposa e hijos en el centro de Medellín, donde nunca faltaba la Coca Cola para el ron y el arroz para las tortolitas, llegaba algunos días un modelo que se ubicaba en el patio, que era el epicentro de la casa, y era retratado por Manuel y algunos de sus amigos como Óscar Jaramillo y Elkin Restrepo y su suegra Dora Ramírez, reconocida pintora antioqueña, cuenta su hija Valeria Mejía.

 

Estas tertulias fueron parte de sus actividades habituales al tiempo que se consagraba como uno de los escritores más importantes de la narrativa colombiana contemporánea. Los numerosos cuentos y poemas acompañaron a novelas como El día señalado con el cual ganó el premio Nadal en 1963, Aire de Tango con la cual recibió el Premio Bienal de Novela Colombiana en 1973 y La casa de las dos palmas que lo hizo merecedor del Rómulo Gallegos en 1988.

Le gustaba más dibujar que la pintura y la acuarela y apreciaba las formas simples; pensaba que lo fascinante del dibujo era el trabajo de síntesis: “quitarle a la realidad todo lo que sobra y dejar lo esencial”, recuerda su amigo Luis Fernando Macías. Su línea era cuidada y fina y tenía cierta fascinación por los desnudos de mujeres que resolvía con un pulso seguro y firme.

 

Aunque su pulsión creativa siempre estuvo más volcada a la escritura y su angustia permanente respondía más a la página en blanco que al lienzo crudo, ambas prácticas se complementaban y nutrían su imaginario. Ambos usaban la observación y la atención al detalle y ambos retrataban la realidad filtrada por una mirada leída, culta y siempre asombrada frente a la cotidianidad y la belleza.

Esta inclinación al dibujo no se inmiscuye como tema en su obra literaria, pero sí le fue útil. Hizo varias carátulas de libros con un trazo sencillo y se recuerda especialmente la portada del poemario Soledumbres; un azul brillante se interrumpe con el título y el crédito y en una esquina se asoma en trazo blanco delgado una mujer desnuda que mira una ventana.

Manuel Mejía también fue muy buen tallador. Cuando estudió Bellas Artes había tomado cursos de tallado de madera y dentro de su grupo de amigos estaban escultores como Edgar Negret, Oscar Rojas, José Horacio Betancur y Rodrigo Arenas Betancourt. Sus creaciones no tenían una pretensión tan rimbombante ni profesional como las de sus amigos, sino que se limitaban a crear juguetes en balso.

 

La única tarjeta de presentación que tuvo, regalo de Juan Luis Mejía, decía en letra mayúscula sencilla en color negro: MANUEL MEJÍA VALLEJO, INVENTOR DE JUGUETES, y estaba decorada con un dibujo de un caballo mecedor. Sobre todo era un apasionado por los mecanismos; le gustaba pensar en maneras ingeniosas de hacer que sus juguetes se movieran.

Dicen, que se sentaba sobre cualquier banco y tomaba pedazos de balso y los comenzaba a tallar con una navajita que mantenía en el bolsillo. Los diseños eran rústicos y modestos pero siempre con una idea específica detrás que hablaba de él y sus pensamientos. Muchos de los juguetes que hizo eran maromeros y doble maromeros: los amantes que al juntarse se besan, los gallos que pelean, boxeadores que se dan puños y toreros. Según su ex esposa Dora Echeverría, para él los juguetes eran una analogía a su pensamiento: “él tenía la visión que somos muñecos de Dios, que aunque tenemos la sensación de poder controlarlo todo, hay alguien que jala las cuerdas y define cada movimiento, como lo hacen las manos de alguien con los maromeros”.

Su fascinación con los juguetes no era únicamente en tallarlos; también solía coleccionarlos. Las figuras precolombinas, las cerámicas de Boyacá y pequeños jugueticos de diferentes técnicas artesanales eran un deleite para él. Dora Echeverría recuerda que cada que viajaban, una parada obligada eran las plazas y mercados para buscar juguetes artesanales y muñequitas para su curiosidad. Eran atesorados por él y jugados por sus hijos.

Aunque Manuel solía compartir con sus amigos y su familia las actividades que hacía, estas en las que utilizaba sus manos eran también una forma de meterse en sí mismo, una especie de meditación en la que se conectaba con sus orígenes campesinos a través del hacer y que hacía que su imaginación estuviese activa y dispuesta siempre a materializar.

Manuel Mejía murió un 23 de julio cuando tenía 75 años. Sus cenizas están en un árbol en Ziruma, la que fue su finca en El Retiro, Antioquia. Ojalá ese árbol permanezca en pié y si alguna vez se cae, que se haga con su madera juguetes que nos hablen de la vida y papel para retratarla.

Jericó | Un rincón mágico

Jericó es un municipio del suroeste antioqueño en el que todo merece ser visto con atención. Las calles aún conservan algunas casas de la arquitectura de la colonización antioqueña de montaña con estructuras que preservan los zaguanes, los patios centrales de baldosas de colores, los corredores, las alcobas intercomunicadas y los balcones semi redondos.

Además, posee gran área de zonas veredales en las que es posible encontrar tanto fincas que practican la agricultura de café, aguacate, gulupa y tomate, así como espacios que albergan una gran diversidad de flora y fauna.

Este municipio es cuna del guarniel o carriel, una de las artesanías más relevantes para su cultura por su manufactura especializada, compleja y autóctona.

Rutas desde Medellín

Ruta Medellín - Jericó (por Bolombolo)
Ruta Medellín – Jericó (por Bolombolo)
Ruta Medellín - Jericó (por Fredonia)
Ruta Medellín – Jericó (por Fredonia)

¿Dónde hospedarse?

Hospedaje Jericó

 

Hotel Atenas Jericó | Calle 8 No. 2-80

Ubicado a una cuadra del parque principal y diagonal a la casa natal de la Santa Madre Laura, el Hotel Atenas Jericó ofrece un ambiente de amabilidad y regocijo. La buena adecuación lo convierten en un lugar cómodo y con excelentes instalaciones de estilo rustico y contemporáneo. Este hotel le proporcionará un perfecto punto de partida para explorar el centro histórico del municipio, con sus sitios de interés, monumentos, calles comerciales y culturales más importantes cerca a usted.

El Despertar Hotel | Carrera 6 No. 8-29

Este es un hotel boutique de descanso en Jericó, mirando al valle del río Piedras. Está ubicado en una zona tranquila del casco urbano de Jericó. Es fruto de la reconstrucción completa de dos casas antiguas conjugando los ambientes tradicionales antioqueños con los espacios amplios de la arquitectura moderna.

Hotel Casa Grande| Calle 7 No. 5-54

Este Hotel de Jerico está ubicado a una cuadra del parque principal. Es un lugar colonial, cómodo y tranquilo, con excelentes habitaciones de ambiente familiar. La tarifa incluye desayuno. Cuenta con 15 habitaciones con TV Led, wi-fi y baño cabinado con agua caliente.

 

¿Dónde tomarse un buen café?

Café Jericó

Café Saturia | Calle 5 N 4-27. Calle del poeta

Café Saturia o República del Café es una empresa jericoana promotora y comercializadora de cafés especiales los cuales son producidos en el municipio. Este lugar ofrece una experiencia tranquila y propicia el encuentro en un espacio que alberga algunas obras plásticas de artistas locales.

¿Dónde desayunar?

Desayuno Jericó

La Terraza es un corredor de cafés tradicionales. Privilegia una mirada amplia sobre su parque y actividad comercial.

La Ceiba | Carrera 4b 9c No. 6-40

Esta cafetería y panadería es uno de los lugares tradicionales y más emblemáticos de La Terraza. Ofrece una amplia oferta de repostería y comida tradicional.

Bendito Café | Carrera 4b

Es una charcutería con una amplia carta de cafés, repostería, quesos y vinos. Además ofrece planchas de carnes, desayunos y comidas rápidas.

¿Dónde almorzar?

Almuerzo Jericó

Restaurante Tierra Santa | Calle 7 No. 5-22

Tierra Santa es un restaurante que tiene la más amplia carta de comida tradicional antioqueña. Su amplio menú incluye desde lo más básico hasta lo más gourmet; entre sus productos se encuentran: sopas, bandejas típicas, cazuelas, planchas de carnes, pescados, comidas rápidas, bebidas y licores (como aperitivo).

¿Dónde cenar?

Cena Jericó

Isabel café bar | Calle 5 con carrera 5. Calle del poeta

Este restaurante presenta una oferta de cortes de carne angus brangus. Además ofrece un agradable espacio decorado con mueblería vintage.

Tomatittos Pizza & Parrilla | Carrera 5 No. 6 – 47

Sus preparaciones incluyen barbacoa, hamburguesas y comida vegetariana. Entre sus productos especiales está la ensalada de camarones y palmitos, la ensalada del chef y la ensalada griega.

Dulces o postres tradicionales

Dulces jericoanos

Pizzería de Jose | Calle 6 No. 5-64

Esta tienda, además de pizza, ofrece uno de los postres tradicionales del municipio: el Postre jericoano. La familia dueña de este lugar de más de 15 años tiene una compleja receta que ha sido transmitida por generaciones desde los años 30. El postre consta de  una preparación de papaya madura con piña y coco, brevas caladas en panela, arequipe, papaya verde calada en panela, en una elaboración artesanal.

Panadería Valle | Sector Rondinela

Es la panadería más tradicional de Jericó. Fue abierta a mediados de los años 30 y tiene la reconocida Luisa jericoana. Productos como el pandequeso, las cucas y pasteles de guayaba son horneados en leña.

Museos

Museos Jericó

Maja | Calle 6 con calle 7 No. 6-60

Este es un museo arqueológico y de arte. Cuenta con un poco más de 2.000 piezas precolombinas y muestras mensuales de artistas nacionales e internacionales. Algunas de las exposiciones más importantes que ha tenido este museo son las de Luis Caballero, Manzur, Andy Warhol, entre otras.

Museo de Arte Religioso | Parque principal, bajos de la Catedral

Este lugar alberga una colección de unas 740 piezas entre antigüedades de orfebrería, textiles, esculturas, grabados, dibujos y pinturas; además de su colección de ornamentos y objetos sagrados.

Centro de Historia de Jericó

Este espacio fue fundado en 1973 con el propósito de conservar y acrecentar el patrimonio cultural además de poseer el repositorio histórico de este municipio, de lo cual hace parte una biblioteca de autores jericoanos de literatura y una pinacoteca de personajes que han sido importantes para su historia.

 

Caminatas ecológicas y deportes extremos

Las Nubes

El Parque Natural Las Nubes es una zona de reserva ecológica ubicada aproximadamente a 2.250 m.s.n.m. que aún conserva buena parte de la biodiversidad local no solo de aves, sino de primates. Desde allí es posible ver el cañón del río Cauca.

Ecoland | 1 Km antes del casco urbano de Jericó

Ecoland es un centro turístico enfocado en el turismo de aventura y turismo ecológico. Su objeto es brindar una experiencia integral a sus clientes. Ofrece servicios de vuelo parapente con piloto certificado y disponibilidad de pista. Además ofrece otras opciones: tour del café, avistamiento de aves y monos aulladores, recorrido por diferentes cascadas, tardes de sol en fincas del municipio, picnic, camping y restaurante.

Editorial

Como todo pueblo con herencia española, la fundación se inicia en una plaza central con la obligatoria custodiada de un templo; no es la excepción para Jericó, cuya iglesia principal se engalana con el nombre de catedral y es quizás lo que el viajero identifica primero desde que a lo lejos divisa este pueblo de historias, de cultura y de una sin igual belleza que te enamora inmediatamente.

Fue el amor que genera este pueblo de sonidos, olores, sabores e historias, el que permitió pensar que era necesario partir desde allí llevando toda esta riqueza para mostrar en una revista digital el tesoro que en Jericó se esconde y que ha permitido llamarla la Atenas del suroeste.

Era necesario partir de esas calles adornadas con casas bucólicas que fanfarronean con hermosos colores y se enorgullecen porque algunas muy altaneras cuentan historias de más de 160 años y siguen ahí esperando a lo mejor contarte una historia y seguir pensando que al tiempo se le hizo tarde pasar por sus calles.

Con esa magia nace Jacom La Revista, pensando en mostrar, enaltecer, promocionar, destacar, premiar y promover a nivel nacional e internacional la cultura que no solamente de santos es fecunda esta tierra sino también que santos son sus sabores guardados en la memoria cuando se recuerda la danza de una Luisa en el paladar.

Para Jacom La Revista es muy importante descubrir, investigar y demostrar que lo que para muchos es normal para el resto del mundo es un tesoro invaluable de cultura. Para Jacom La Revista es de crucial importancia fomentar el cultivo de las letras, del arte fotográfico, del dibujo y de la ciencia comunicativa que permite mostrar a un mundo lejano la existencia de un nido de amores que se hace realidad cuando lo visitan.

Jacom La Revista es una publicación digital, es un medio de promoción y comunicación, es una marca que se establece para asegurar identidad, para generar conocimiento, para lucir, para engalanar, pero lo más importante para rendir homenaje perenne a esta región que se encapricha en ser una de las más hermosas de Colombia.

En nuestro lanzamiento rendimos un homenaje a la poetisa doña Oliva Sossa de Jaramillo, a la dama de los versos que fabricaron sonetos, a la mujer que fue leída por aquel que hoy es lumbrera de la patria Don Jorge Robledo Ortiz, a la mujer que antes que naciera Jacom La Revista, sabíamos que su vida poética seria nuestro principal artículo.

Con Oliva Sossa de Jaramillo engalanando nuestro lanzamiento les presentamos este primer parto que da vida a todas estas páginas en nuestra web que solo buscan la aprobación de ustedes nuestros lectores y el reconocimiento inicial de nuestra marca.

Gracias Colombia por haber parido a Jericó y gracias a usted querido lector por su aprobación.

Los “misterios” de los pájaros y los cuentos de “los antiguas” en Jericó

En Jericó, Suroeste antioqueño, abundan las aves: pequeñas, grandes, de mil colores. Y a su alrededor, las historias. Bienvenidos a un viaje alado donde los augurios de muerte y los presagios de libertad vienen en clave de pájaro. Un vuelo por el universo de las creencias y la tradición oral.

Laura Ospina Montoya

 

 

Alejandro Ruiz Osorio

El Parque Natural Las Nubes, en Jericó, es una zona de reserva ecológica ubicada aproximadamente a 2.250 m.s.n.m. que aún conserva buena parte de la biodiversidad local no solo de aves, sino de primates. Por mucho tiempo aquel escenario natural fue un lugar de asiduas jornadas de cacería, pero también de amables historias entre hombres y animales. Sus detalles todavía se encuentran vivos en la memoria de muchos.

“Pajareros” y campesinos refieren agüeros y “misterios” en los que creían “los antiguas” y que han sido transmitidos de generación en generación, a través de la oralidad. Y aunque el escepticismo se apodera de estos tiempos, todavía se cuentan relatos donde el avistamiento o los cantos de tal o cual pájaro ha sido muy “efectivo” para entender y afrontar acontecimientos cotidianos de la existencia humana.

En este grupo de aves que vaticinan o anuncian eventos futuros, por lo general de corte fatal, encabezando la lista se encuentra la Tórtola castaña (Columbina tapalcoti), también llamada “Palomita Colorada”, “Torcacita Colorada” y “Tortolita Rojiza”. Mide de 15 a 17 cm, habita en las selvas tropicales de tierras bajas y de montañas, en las selvas de galería, en las sabanas donde hay algunos árboles, en los llanos, en regiones semiáridas donde hay arbustos, en los terrenos de cultivo y en zonas urbanas. Es muy común en diversos ambientes urbanos y rurales de Colombia; su distribución se extiende desde México hasta Argentina y en Trinidad y Tobago.

Cuenta José Leonardo González, de la vereda Castalia, que el agüero más común que se le atribuye en la zona a esta tortolita es que cuando canta “Se fue, se fue, se fue” algo trágico va a acontecer. Ello sucedió, por ejemplo, hace 10 años, cuando falleció su hermana Aurora González, de 62 años, en Medellín. El día antes, durante toda la jornada, una de estas palomitas le avisó con su ‘estribillo’ sonoro que alguien iba a morir. “Eso es preciso”, así fue como al mediodía lo llamaron de la ciudad a contarle la infausta noticia.

En esta misma línea de corte fatal, se encuentra el Trespiés (Tapera naevia), también conocido como el crespín, crispín o cuco rayado. Es una especie propia de Centro y Suramérica, cuco de color café, de unos 28 cm, buche blanco y cola larga. “Es saraviadito, copetón y tiene tres paticas, por eso se llama así”, dice Luis Arcadio Molina, un campesino de 64 años dedicado a la producción de carbón vegetal. Además de bello, el pajarito “es misterioso” porque un día, hace 30 años, empezó a cantar a la una de la mañana en la barranca, hasta que, tres horas más tarde, murió su suegro Miguel Ángel Palacio.

Pero así como anuncia la muerte, este pájaro Trespiés previene a los cazadores y caminantes de las selvas o las montañas del peligro que representan algunos animales silvestres. Como lo confirma uno de los pajareros más experimentados de Jericó, Martín Emilio Gutiérrez, de 83 años, este pájaro “siempre anuncia los problemas. Siempre se para en los árboles con un pie alzado. Él ahí es donde está observando y da el canto”, que es “‘Trespiés, trespiés’. Ese es el canto de él”.

 

Previsoras alertas

De los peligros del monte, el búho rayado (Pseudoscops clamator) también previene. Este ‘lechuzón orejudo’ es una especie de búho de tamaño mediano con largas plumas que parecen pelos en su cabeza, aparenta unas orejas y un disco facial amarronado-blanco con un borde negro. Su pico es negro, y ojos de color canela, alas redondeadas más cortas que las que poseen muchos de sus parientes. Su dorso es de color canela con tonalidades negras y gruesas barras. Su zona ventral es de color pálido con rayas. Se encuentra en varios tipos de hábitat: bosques, zonas anegadizas, pastizales, campos y bosques húmedos tropicales. Vive en Suramérica y partes de América Central.

Este búho rayado “es ojizarco, como con orejitas de gato y cabeza plancha. Siempre vive encogidito, quieto en los árboles”. De él también se podría decir que mide unos 36 cm, con pico agudo, como todo buen cazador, y de hábitos nocturnos. Su coloración más bien negruzca le permite capturar de forma más fácil a sus presas, entre las cuales se destacan roedores, pichones, reptiles y pequeños artrópodos. Roberto, un amigo de Martín Emilio, que vivía en Tarso, hace 15 años estaba en el Parque Natural Las Nubes cuando uno de aquellos búhos le avisó que había una “pantera” muy adelante esperando y se tuvo que devolver. En ese tiempo todavía había mucha “fiera” en “esa selva”, pero con los años “ya se fueron derrotando”. Este solo lo hace para anunciar  al hombre la inminencia de algún peligro cercano. Y este no es el único “misterio” que tiene el ‘lechuzón orejudo’, ya que cuando canta en invierno es porque va a hacer verano.

Según Martín Emilio, esta ave es confundida a menudo con el Currucutú (Megascops choliba), que es más pequeño y, a diferencia del anterior, canta toda la noche “currucutuuú, currucutuuú”. Este pequeño habitante de la noche es de plumaje saraviado y tiene “orejitas”. Posee, además, la facultad de contestarle a quien imita el sonido de su canto. Así, tal como lo precisa Jesús Montoya, “si uno canta ‘currucutuuú’, él le responde de la misma manera”.

Con rasgos similares, se encuentra la Lechuza común (Tyto alba). Es un ave de color blanco y café, de unos 38 cm, que tiene un disco facial en forma de corazón. El área de distribución es en los cinco continentes. Tiene hábitos nocturnos y los sitios habituales de anidación y residencia son las construcciones altas y viejas de los cascos urbanos. A esta característica se le debe su apelativo popular de “lechuza del campanario”. Sobre este particular, don Jesús recuerda cuando, hace mucho tiempo, aquellas aves de vuelo silencioso se metían furtivamente en la Catedral de Jericó, desde arriba del campanario “por cualquier huequito” para ‘robarse’ el aceite de las lámparas. “Se embuchaban bien y volvían y salían”.

 

Otros mensajeros

En este mismo grupo de aves que, con su presencia “avizoran eventos futuros” se encuentra la Gallina ciega (Nyctidromus albicollis). Es de tamaño mediano (22– 28 cm), cola muy larga, alas largas con la punta redondeada, es el chotacabras (creencia equivocada de que chupan la leche de las cabras [chotar significa mamar]) común de los caminos rurales. Es de color grisáceo, negro y blanco entreverado, y leonado por encima, picos o patas fuscos (oscuros); su vuelo es errático y a corta altura. La especie se extiende desde Argentina hasta Texas (E.U.) y su hábitat es de bosques tropicales y subtropicales, manglares, matorrales, pastizales y plantaciones hasta una altura de 1,600 msnm. Por lo general, se la puede divisar cuando llega la noche o al amanecer. Martín Emilio afirma que si a estas horas el viajero la percibe claramente es señal de mala suerte. Sin embargo, Jesús Montoya dice que el único “misterio” que tiene aquella ave es el anunciar la llegada de la Semana Santa, pues canta únicamente en tiempo de Cuaresma.

Esta ambigüedad en las apreciaciones también está vigente en otras especies, por ejemplo, el Gallo común (Gallus gallus domesticus). Para don Leonardo, “un gallo que cante después de las seis de la tarde ya eso tiene su agüero”, sin importar si el ave es de cualquier color (colorado, saraviado o negro). “Con tal de que cante después de las seis de la tarde” y que sea criolla porque “el fino canta a cualquier hora”, ahí ya se intuye un misterioso presagio. Agrega que el criollo ya ni canta a las cinco de la mañana; aunque antes cantaba sagradamente a esa hora, lo que lo atribuye a que “ya estamos en un mundo moderno”. Para Martín Emilio, “el gallo tiene el misterio que cuando canta a las 12:00 trae mala suerte y lo llaman el ‘Gallo de la Pasión’. Dicen que siempre anuncia peligro o que va a faltar alguna persona”. En sentido contrario, Jesús Montoya cree que “el gallo es un animal bendito, viene desde la pasión de Nuestro Señor Jesucristo; cuando negaron a Nuestro Señor cantó el gallo y ahí los hizo quedar mal. Eso sí ocurrió en la vida de Nuestro Señor”.

Y así como el gallo, también está el buitre negro americano, zopilote o jote de cabeza negra (Coragyps atratus), denominado chulo, golero o gallinazo (en Colombia y Perú), como una figura que cobra un doble sentido para los habitantes de esta subregión antioqueña. Se extiende desde el sur de los Estados Unidos hasta el sur de Suramérica. De unos 60 cm de largo, tiene la cabeza y el cuello grises y desprovistas de plumaje, posee una envergadura de alas de 1,67 m, plumaje negro uniforme, pico corto y en forma de gancho. Es carroñero, pero también consume huevos y animales recién nacidos; en lugares poblados por el hombre, se alimenta en basureros. Encuentra su alimento usando su aguda vista o siguiendo a otros buitres que poseen un buen sentido del olfato.

Comúnmente se lo ve en los basureros, pero en ocasiones puede apreciarse posado en el techo de las cárceles. Allí se tiene el agüero, dice Leonardo, de que “cuando usted ve un gallinazo parado en todo el caballete de la cárcel, es que sale una persona o va a entrar otra… Yo sé porque yo estuve allá”. Este mismo augur lo confirma la señora María de los Ángeles Palacio, esposa de Luis Arcadio Molina, al decir que “si el gallinazo está con la cabeza para la calle, es porque el preso va a salir, y si no es que va a entrar”. De igual manera, el gallinazo, tal como las especies antes nombradas, se encuentra ligado a los relatos que confirman una experiencia alrededor de la muerte. Cuenta Uriel Antonio Montoya que un gallinazo asentado en la cruz de su casa anunció la muerte, en 1979, de María del Carmen Jiménez.

En la memoria de esta población también existen aves que adquieren propiedades humanas. Mario Jaramillo, jericoano de 63 años, cuenta que hace unos 20 años un sinsonte tropical, cenzontle tropical o paraulata llanera (Mimus gilvus) pasó por la casa de su tío Libardo Jaramillo. En ese instante, la familia se encontraba reunida; en pleno evento, “el pajarito fue cayendo muerto”. Al otro día, Libardo, quien en ese entonces tenía 65 años, se infartó, pero días más tarde se recuperó y su sorprendente recuperación fue atribuida al hecho de que el ave había asumido la muerte del dueño de la casa.  

De otra parte, no sobra anotar que el sinsonte tropical, un pájaro de unos 25 cm, de color gris y negro, es muy apetecido como animal doméstico por su capacidad de imitar cantos y silbidos de otros pájaros y melodías que les son enseñadas por sus dueños. Ahí se da otro intercambio entre humanos y aves, pues muchas personas se dedican a enseñarle palabras y tonadas. Y en esta transmisión de la facultad del habla, también ocupa un lugar preponderante el Pinche o Afrechero (Zonotrichia capensis), un ave pequeña de 14 cm, de color café entreverado, con dos franjas negras sobre gris y blanco con una pequeña cresta en la cabeza (en los machos). Habita alrededor de las casas del casco urbano y de las veredas. De este pequeño pájaro los habitantes del municipio afirman que “tiene un misterio, y es que dicen que cuando hay un niño que está duro para hablar, le meten el piquito del Pinche en la lengüita para que lo muerda y creo que así el niño empieza a hablar ligero”.

De igual manera, también figuran las aves que advierten sobre cambio en el clima de la zona. El ya mencionado Currucutú se halla en esta clasificación, pero también aparecen aquí las golondrinas y la aguililla. A las golondrinas, sobre todo a las de color blanco y negro (Pygochelidon cyanoleuca) se les asigna la facultad de traer “el invierno y traer el verano”. Dice Juan Camilo Sepúlveda, un pajarero reconocido del pueblo, que cuando “se amontonan muy seguido es que va a llover”. A su vez, la Aguililla o Vencejo (Streptoprocne rutila), tal como lo afirma Uriel Montoya, también sirve para avizorar eventos meteorológicos. Tanto es así que ellas “son las mensajeras del invierno. Son negras, grandes y vuelan en la noche. O cuando salen en la tardecita, cuando está nubado, es porque va a hacer tempestad”. De esta manera las aves que revolotean por los campos y las casas de Jericó han brindado referentes de capital importancia para entender y actuar frente a diferentes aspectos de la existencia diaria como la muerte, el aviso de noticias buenas o malas, el clima, la enfermedad o la suerte. Todos estos significados integran una valiosa parte de una tradición cultural que aún pervive y que seguirá vigente hasta que la magia de la palabra contada siga siendo invitada de honor a las tertulias cotidianas de los habitantes de aquella población.

País de aves

Colombia es el país con el mayor número de especies de aves en el mundo. Con cerca de 2.000 reportadas en 2012, este patrimonio biológico es uno de los más grandes del planeta y se constituye en una de las mayores riquezas de la biodiversidad de nuestro país. Las montañas andinas de Colombia albergan gran cantidad de aquellas aladas criaturas; los últimos registros indican que en los piedemontes, mesetas y cumbres habitan alrededor de 800 especies que encuentran en sus variados ecosistemas grandes alternativas de refugio, alimentación y reproducción. El Suroeste antioqueño se enmarca entre la parte oriental de la Cordillera Occidental de los Andes y la parte occidental de la Cordillera Central que forma el cañón del río Cauca. Esta región posee distintos pisos térmicos. En pocos kilómetros es posible ir del frío al calor y de una altura a otra, lo cual posibilita la existencia de diversas especies de aves en extensiones cortas de territorio. Y, precisamente, en esta región geográfica es donde se ubica Jericó, municipio con una extensión de 193 km2, de los cuales 191,8 km2 pertenecen al área rural; el casco urbano se halla a 1.950 m.s.n.m.

 

Bajo el lente de Gio Morales

Su trabajo ha sido reconocido mundialmente, ha recibido un sin número de galardones y ha trabajado con estrellas de talla internacional. Este hombre oriundo de Medellín, Colombia se ha ganado el respeto y la admiración de millones de personas, gracias a su talento innato y su trabajo arduo que hoy en día desempeña en una de las ciudades mas prestigiosas del mundo, Miami.

Gio Morales emigró a los Estados Unidos de América en el año 1999. Con una mochila en mano, miles de sueños y una amplia experiencia en los medios de comunicación comenzó a trabajar en importantes emisoras de la ciudad de Miami, junto a personalidades como Humberto Rodríguez Calderón más conocido como ‘El GATO’. Sin embargo su profesión era la publicidad y su sueño era trabajar en el ámbito creativo, pero lo que mas le gustaba hacer era la fotografía.

Natalia Bravo

 

 

N: Gio, ¿Cuándo decidiste dedicarte 100% a la Fotografía?
G: Estudié publicidad y la clase que más me gustaba era la de fotografía. Incluso pensaba ser fotógrafo creativo, pero un día fui al matrimonio de mi mejor amiga y me di cuenta cómo funcionaba la fotografía de bodas. Mientras trabajaba en la radio empecé a tomar cursos, aprender conceptos y desde entonces decidí enfocarme 100% en esto que me apasiona, aunque también hago de vez en cuando radio y voice overs.

N: ¿Qué es lo que mas te gusta de este tipo de fotografía ?
G: Me gusta capturar los momentos mas importantes de la vida de las personas. Ese reto de congelar los momentos que años después las novias ven y se ponen a llorar. Siempre quise causar ese sentimiento.

N: ¿Una boda que nunca olvidarás?
G: Hay una en especial. Solamente he llorado dos veces tomando fotos. En una, es una novia que esta hablando con su padre y él está llorando. Al tomar esa foto se me venían las lagrimas porque sabia la historia detrás. El padre tenia cáncer en la garganta e iba a morir. Al terminar la ceremonia, los novios salen caminando, el papa está en la primera fila de la iglesia, él quiere felicitarla pero la voz no lo deja. Yo le digo a ella que lo vea, cuando se acerca a él, lo abraza, lo mira a los ojos y se le vienen las lágrimas. El sueño de la novia era que yo pudiera tomarle fotos junto a su padre, porque sabia que no le quedaba mucho tiempo de vida.

Otra de las pasiones de Gio es viajar. Su trabajo y sus ganas de conocer el mundo le han permitido explorar países como México, República Dominicana, Puerto Rico, Bahamas, Jamaica, España, Panamá, Ecuador, Japón, China, Vietnam, Israel, Jordania, entre otros.

He estado en México nueve veces, es el país al que mas veces he ido, tanto que me siento mexicano. Cuando fui por primera vez sentí una conexión única que no he sentido con ningún otro país. Asia me encanta, tengo una fascinación con sus países. También me encantó Tailandia, su gente, sus paisajes, su cultura, su comida, la espiritualidad de la gente.

N: ¿Pero has visitado un pequeño pueblo en Colombia que tengo entendido te ha dejado fascinado en todos los aspectos?
G: A parte de la fotografía de bodas también me apasiona la fotografía de calle, ‘Street photography’ o ‘travel photography’. Cuando visité el pueblo de Jericó, en Antioquia, me enamoró que es un municipio muy pintoresco. La gente es súper amable, en cada esquina hay una historia que contar. Poder narrar sus experiencias por medio de mi lente es una experiencia increíble. Las calles empedradas, su vegetación, mas que ser el pueblo de la Santa Madre Laura, es la gente que te cautiva y como es tan colorido se lo puedes mostrar al mundo y la gente va a querer ir a conocerlo.

“Escribo para un mundo simple, descomplicado”: Oliva Sossa de Jaramillo

Cada pueblo tiene quién lo escriba. Oliva Sossa de Jaramillo es una de las escritoras jericoanas más importantes con cuatro libros de poesía publicados y una extensa obra inédita. Asumió los oficios de escritora y madre con el esmero de los seres creativos.

Laura Ospina Montoya

 

Oliva Sossa de Jaramillo creció con la familia del médico José Domingo Gómez Moreno, en una casa de una esquina del parque de Jericó. Era de tapia, colgaban las macetas y había una habitación del «coco», un fogón de piedra y un solar para jugar.

La casa de la esquina, escribió Oliva, tenía cuatro balcones para un lado y tres para el otro desde donde ella miraba los muchachos, escuchaba las canciones de la cantina de enfrente y veía pasar «la vida provinciana». La casa tenía un patio de abajo por donde había una puerta de abajo y entraban las personas de abajo. En el patio, los niños hacían fila los domingos para que María los bañara con sus «elementos de tortura». Trece niños llenaban la casa y gastaban el tiempo contándose historias de Los hermanos Grimm, Alicia en el país de las maravillas, Barba Azul y Alibabá y los 40 ladrones. Oliva presidía estas reuniones que fueron su primer contacto con la literatura e hizo que en las noches la casa se llenara de monstruos. Había seis habitaciones amplias y se vivía el encierro del paraíso, sin muchos medios de comunicación ni alguna guerra. Por eso en esa época «el tiempo rendía» para robar golosinas y parva trenzada, espiar a las visitas, atrapar a doce oyentes pequeños con historias de espantos autóctonos, temer al ruido de los búhos, apachurrar gusanos como máxima forma de violencia y desconocer el aburrimiento.

Luego los niños de la fila empezaron a saber cuánto era un día, cuánto medía la semana; tuvieron conciencia del tiempo. Crecieron. Oliva, la mayor de todos, dejó la casa de la esquina por un amor que vino de afuera, se casó de negro, no sabía ni cocinar y es que en la casa de la esquina, María era la que se encargaba de esos oficios «rudos».

 

Una novela

Máquinas de escribir Oliva Sossa de Jaramillo
Máquinas de escribir de Oliva Sossa de Jaramillo.

Durante la década de los setenta Oliva escribió La casa de la esquina, una novela inédita todavía guardada en una caja de cartón que contiene además toda su obra y memoria escrita. Reescrita, mecanografiada, corregida en azul, húmeda, amarilla por el tiempo. Esta novela, escribió Oliva en un papel suelto, «nos devuelve a un mundo limpio, idílico, con aromas de nardos y azucenas refrescantes, amores que devuelven al alma la inconsciencia perdida entre las brumas del televisor y la magia demoledora del computador que reproduce escenas de sexo y violencia a un mundo ávido de poder y dinero».

Esta novela contiene el material en prosa más extenso que ha escrito Oliva y cuenta su infancia al lado de doce niños en esa casa, narra cómo es llegar al «temido mundo de los adultos» y cómo otra vez, en otra casa, esta vez la suya, vuelve a estar acompañada de doce niños, todos salidos de su barriga. Este relato es filigrana de la imagen literaria hecha documento histórico. En este texto, los ojos de Oliva permancen dentro develando su mundo interior, mientras que el exterior solo aparece en lo que se mira por su ventana.

Al momento de su nacimiento, en 1928, el primer carro había llegado a Jericó en mula hacía apenas cuatro años. La luz eléctrica tenía un poco más de 20 años y solo encendían los bombillos durante la noche. Después de Medellín, Jericó fue el primer municipio de Antioquia en tener luz eléctrica, lo cual sentaría un precedente importante para el crecimiento de diferentes industrias, sobre todo textiles.

En 1930 funcionaba en el parque el Club Colombia, un lugar con «derecho de admisión reservado» que solo acogía a personas de la «alta sociedad»: políticos, empresarios o intelectuales, servía como sala de recepciones y tertuliadero literario. La entrada de las mujeres allí se consideraba inmoral e impropia. Más tarde, en los bajos de este edificio funcionó el Café femenino, el cual administraba una señora «de lo más empinado» llamada Conchita Uribe. Fue el primer café que significó para la mujer jericoana un espacio de liberación en el que el clero y una sociedad profundamente conservadora dejaban de tener relieve. Fue en esta década en la que las mujeres empezaron a concurrir otros cafés, a acceder a una educación formal y a participar en la vida pública.

Tres de los seis colegios que había en Jericó mientras creció Oliva eran femeninos: Colegio de la Presentación (1906), Colegio de María (1916) y Colegio del Perpetuo Socorro (1938). Cuenta el comunicador Nelson Restrepo Restrepo que «Todos eran privados, algunos con cierto apoyo del ente municipal con auxilios y dotación. Se accedía de manera libre, en todos se pagaba matrícula y mensualidad. Unos con mayor exigencia en libros, uniformes y elementos de estudio lo que hacía que accedieran personas de familias pudientes».

 

La infancia, Antioquia y las mujeres que escriben

Oliva Sossa de Jaramillo

Oliva Sossa de Jaramillo. Foto: costesía de la familia.

 

La infancia de Oliva estuvo inmersa, entonces, en una época de grandes cambios industriales, políticos y culturales del país. Por un lado, las ciudades más grandes recibieron el impacto de la modernización y de los movimientos liberales y por otro, se consolidaron importantes grupos de artistas e intelectuales. En Medellín, desde hacía algunos años, los Panidas ya habían provocado un alboroto en las letras de Antioquia con Tomás Carrasquilla, León de Greiff, Luis Tejada y otros que sumaron trece. En 1919, La Sociedad de Mejoras Públicas convocó el primer concurso de literatura femenina en el que participaron 52 mujeres y reveló los temas, los miedos, las formas, los recursos, el humor y el conocimiento de las nuevas escritoras antioqueñas en la artesanía de las historias. Tomás Carrasquilla diría de este concurso:

 

«Para la gente filistea, rancia y pacata, que ve en las letradas algo nefando y abominable, aquel concurso asumió, desde luego, caracteres de cosa escandalosa. […] Para otros, no muy cristalizados en los en los prejuicios, aquello era un avance imprudente y prematuro, hacia un adelanto que no cabe todavía en nuestra época y en nuestro ambiente. En cambio, los espíritus nuevos, fundidos en los moldes de evoluciones y progresos, vieron en la ocurrencia algo sublime y redentor. Los más entusiastas, empero, aseguraban que no llegaría a dígito el número de producciones enviadas, creyendo no pocos en que el concurso iría a declararse desierto. ¿Qué mujeres iban a escribir en Antioquia?» (Citado en Pérez, 2000).

 

En 1922 Lola González Mesa, educadora y rectora del Instituto Central de Mujeres —el actual CEFA— y más tarde de Bellas Artes, «dijo en una conferencia dictada en el paraninfo de la Universidad de Antioquia que las señoritas de clase media, “en los últimos doce años han llevado a cabo un verdadero despertar más consciente y más lleno de deberes que cumplir. Era imposible para la mujer resignarse a llevar solamente una vida de costurero y visitas, de ser una muñeca preciosa en espera de marido, y cuando éste llegara, someterse incondicionalmente a su voluntad”» (Londoño, 2003).

Oliva era una de esas mujeres que cuando se casó no sabía ni cocinar ni coser. Cuando empezó su vida «sencilla de mujer de clase media» se encontró sin saber cómo despachar al marido —mensajero del Banco cafetero y amante de la pesca— para el trabajo. El primer día no pudo prender el fogón de la hornilla que funcionaba con carbón, le dieron las ocho de la mañana, él llegó, ella corrió y se escondió avergonzada de no saber preparar un chocolate espumoso con una arepa. Luego fueron llegando los hijos a la nueva casa, uno tras otro, cada año uno: Maria Isabel, Mariaelena, Antonio José, Carlos Eduardo, Luz María, Francisco Javier, Jorge Alberto, Álvaro, Ana Sofía, Rosalba, María Eugenia y Luz Amparo. Las últimas fueron gemelas. Mientras tanto, escribía.

«Cuando menos pensaba uno estaba durmiendo y a las dos o tres de la mañana la máquina de escribir nos despertaba: “chiqui, chiqui, chiqui”, se le vino un poema. En el bolsito no le podía faltar su libreta y su lapicero. Usted estaba hablando con ella y decía: “perdoname” y sacaba la libreta para escribir alguna cosa», cuenta su hija menor, Amparo, la que la cuida y quien además guarda como recuerdo preferido el de su madre dando clases de mecanografía en casa con cinco máquinas de escribir a las que les tapaba las teclas con esparadrapo.

Oliva trabajó como tesorera municipal, secretaria del concejo municipal, secretaria académica del Inem Roblecabildo, directora de la sección literaria del periódico Ecos del Piedras y fue miembro del Centro de Historia de Jericó. Éste último fue su casa literaria durante muchos años. En la Revista Jericó, órgano del Centro, hizo sus primeras publicaciones que con los años se acumularon volviéndose uno de los repositorios más importantes de su obra.

 

Los libros

Oliva publicó su primer libro Cuando pasa la brisa. Poemas el 26 de diciembre de 1978 a sus 50 años. En ese mismo año, la Revista Jericó, presentó una lista de 82 escritores locales y solo 7 eran mujeres entre las que se encontraba Oliva: Luz Bohorquez de Raigosa, Madre Laura Montoya, Dolly Mejía, Ruth Mesa de Isaza, Fabiola Mesa Buitrago, Oliva Sossa de Jaramillo y Luz Vallejo Zuluaga. El segundo libro, Tierra quemada, lo publicó en 1981; el tercero, Vino tinto, en 1990; y el cuarto, Me contaron las estrellas, en 1995. Todos sus libros fueron producto de una formación autodidacta en el oficio de escribir que Oliva ejercía de manera incansable. «Ella era muy independiente. El liderazgo de una mujer en ese tiempo era muy escandaloso», atina a decir Amparo sobre el hecho de que su madre todo el tiempo escribiera y que en el pueblo fuera una figura visible por eso, por asumirse como escritora, como una mujer creadora. Su esposo parece no haberlo soportado; una vez le dedicó una canción que decía «para qué los libros» y se fue. Oliva quedó al cuidado de sus doce hijos y dicho evento atravesaría el resto de su obra.

En los años noventa, Oliva, Faustina Alzate, José Jairo Peláez, y Silvio Villa, todos escritores, conformaron La Peña Literaria: un grupo de lectura y discusión de textos que además tenía por objeto una publicación mensual en papel, diseñada en máquina de escribir, llamada Luna llena. Esta revista se distribuía en fotocopias, de pocas páginas, en todo el pueblo; en la editorial reflexionaba académicamente sobre el proceso creativo de la escritura y en las siguientes páginas publicaba textos de los escritores miembros e invitados y contaba con las ilustraciones de dibujantes locales como José Jairo Peláez y Alonso Santa. “Mi mamá se sentaba con un grupito, se sentaban a tertuliar, tomaban vino. Les ofrecía algo, almuerzo y tinto. Y nosotros, chiquitas, no entendíamos nada”, recuerda Amparo de estas reuniones que precedieron los más de cien números de Luna llena.

 

Oliva Sossa de Jaramillo y Silvio Villa
Izquierda: Silvio Villa; derecha: Oliva Sossa de Jaramillo. Foto: cortesía de la familia.

Oliva hacía poesía clásica. La familia, la casa, el amor, la modernización, la injusticia, la religión y su entorno inmediato fueron los temas que abordó tanto en su obra publicada como en la que permanece inédita.“Doña Oliva le hizo poemas a todo el pueblo, por encargo o por la motivación de ella”, dice Silvio Villa quien además la recuerda como una mujer que escribía todo el tiempo, imparable en su afán creativo. Él, tanto como muchas de las personas cercanas al proceso literario de Oliva, reclaman que la mayoría de su obra no esté publicada. A menudo Oliva mencionaba la dificultad que supone la publicación de un libro por la complejidad del asunto editorial y, principalmente, porque un libro, dice ella, necesita padrinos, es decir, de unos “otros” ilustrados que avalen la obra. Oliva se cansó de eso, pero siguió escribiendo y, sobre todo, leyendo. La línea: “Escribo para un mundo simple, descomplicado” es parte de un poema que se titula “Los otros”, aparece en el libro Vino tinto (1989), y contiene la esencia de su obra que está llena de asombro por las cosas que tiene justo frente a sus ojos.

 


Referencias
Pérez Sastre, Paloma. (2000). Antología de escritoras antioqueñas, 1919-1951. Medellín: Secretaría de educación y cultura.
Londoño Vega, Patricia. (2003). La vida de las antioqueñas, 1890-1940. Banco de la República. Recuperado de http://www.banrepcultural.org/revista-72.

El guarniel jericoano | Historia y manufactura de un accesorio antioqueño

Rubén Darío Agudelo y su familia han dedicado gran parte de sus vidas a la elaboración de el guarniel jericoano. Máquinas centenarias para coser el cuero, una enorme variedad de este material y personas sumamente pacientes hacen parte de estos talleres en los que se detiene el tiempo.

Estos accesorios, con alrededor de 115 piezas, son el producto que durante más de 130 años algunas familias jericoanas han intentado mantener. Sin embargo, su compleja y dispendiosa elaboración preocupa a quienes durante toda si vida han asumido este oficio, pero que con el paso de tiempo han quedado con cada vez menos jóvenes aprendices.

Este es un recorrido visual por las piezas, los colores, las formas y las texturas de uno de los objetos de vestir más intrincados de los atuendos antioqueños que necesita tanto de la precisión de las manos como de la afinación de los ojos.

Jerico se destaca por producir una de las piezas mas iconicas de antioquia logrando representar a nivel internacional parte de nuestra identidad cultural. El guarniel hace parte de esas identidad cultural reconocidad en todo el mundo.

Jericó, el infinito vuelo de los días, de Catalina Mesa

Mujeres y tradición

Melissa Mira Sánchez

 

 

Entre las montañas y el colorido del municipio de Jericó, en Suroeste antioquieño, las tradiciones siguen vivas de la mano de los relatos y conocimientos de las madres y abuelas del pueblo. Son ellas y sus historias quienes protagonizan este documental de Catalina Mesa. Jericó, al igual que estas mujeres, se teje a punta de recuerdos, y es en la evocación del pasado, de amores, desamores, felicidades y desdichas, donde la pieza logra retratar a estos personajes que resultan tan pintorescos como el pueblo mismo.

Todas estas mujeres comparten, además de su contexto geográfico, un conjunto de costumbres arraigadas que determinan sus prácticas cotidianas, entre las que resaltan los rituales de belleza, la molienda de maíz para las arepas y el tejido; todas ellas, en medio de la soledad que acaece con el paso de los años, encuentran la posibilidad de revivir los hechos que las marcaron a través del ejercicio de hacer memoria. Sus narraciones las embarcan en un viaje emocional en el que el espectador termina también sumido, pasando de las alegrías a las pérdidas, no sin dejar de imprimir algo de humor y todo un compendio de dichos populares a sus historias.

Las temáticas de sus relatos comprenden las creencias, los agüeros, las experiencias y aprendizajes de la juventud. Entre líneas se evidencia también el patriarcado, aún vigente de manera particular en la cultura antioqueña. Sus historias giran alrededor de los hombres, que aunque poco los veamos en el filme, pasan a ser gran parte de lo que, desde su propia visión, las ha definido, en especial los noviazgos y el matrimonio.

La relación con lo místico y lo espiritual de las mujeres retratadas es otro de los elementos que las caracteriza. Una de ellas, a sus ciento dos años y con la lucidez intacta, habla del trato que hizo con la virgen para el momento de su muerte. De la misma forma, los rezos a los santos, la creencia en eventos que pueden augurar la muerte, o la colección de camándulas de Doña Chila, son todas muestras de un deseo por trascender lo terrenal.

En cuanto al tratamiento del documental, se puede identificar cómo varias de las situaciones son provocadas inicialmente, construyendo una suerte de representación en escena que de entrada produce un efecto de extrañamiento, sin embargo, a medida que se desarrollan las conversaciones, esta singularidad encuentra su razón de ser, ya que consigue que los personajes vayan recobrando la espontaneidad y profundizando en sus reflexiones. El uso de este recurso habla de una mirada, por un lado, conocedora del universo al que se aproxima, y por otro, con una clara consciencia de lo cinematográfico.

A través de las decisiones estéticas se saben aprovechar los espacios íntimos donde habitan los personajes, a pesar del evidente interés por hacer una apología al pueblo, el color y el aire de antaño de los ambientes terminan haciendo parte de los retratos y narrando diferentes aspectos de las mujeres que los ocupan. La música, en orden también con lo tradicional, remite una vez más a las raíces esencialmente locales de la historia.

Es inevitable identificar unos rasgos de feminidad en esta película, no sólo por el carácter de sus valores estéticos y expresivos sino por la complicidad que se evidencia con las mujeres que la protagonizan y la capacidad para detenerse en los detalles. La realizadora sabe comprender y retratar con sensibilidad el universo de estos personajes, quienes, en sus últimos años, se detienen a mirar atrás y construyen su identidad a través del recuerdo.

 

Alborada de Jericó

Las historias encontradas sobre cómo se conformó territorialmente Jericó no son unánimes ni exactas, pero dan cuenta de un proceso parecido al de un amanecer: toma su tiempo pero no se detiene. Fluye para dar vida a lo que poco más de 300 años después de las primeras historias conocidas pasó a llamarse Jericó.

Las sierras ásperas, los ríos caudalosos y el cansancio de hombres acostumbrados a las tierras planas fueron aprovechados por los indígenas que poblaron, en épocas prehispánicas, lo que es hoy el suroeste de Antioquia. Las expediciones en busca de tesoros se dilataron porque los “indios estorbaron” las rutas de algunos españoles e impidieron el saqueo de los cerros y las tumbas. Esto marcó el inicio de una serie de trazados que vincularon física y culturalmente a Jericó con otros territorios.

“Hallémonos tan tristes en vernos metidos en unas montañas tan espesas que el sol ahí no lo veíamos, y sin camino ni guías, ni con quien nos avisase si estábamos lejos o cerca del poblado, que estuvimos por volvernos a Cartagena”. Ésto fue lo que escribió un soldado del ejército español que emprendería una gran expedición  por el oro al encontrarse con las montañas antioqueñas.

En 1538, el español Juan de Vadillo huyó de Cartagena en compañía de una tropa de 200 hombres y 300 caballos cuando la Corona española se enteró de que el abogado apresó y usurpó al gobernador de esa provincia, Pedro de Heredia. A Vadillo también lo motivó salir de allí el saber que el explorador Francisco César fue en búsqueda del tesoro “Dabaibe”, ubicado en la zona andina colombiana. El ejército arribó entonces al suroeste antioqueño por el lado occidental del río Cauca y fueron los pobladores originarios indígenas quienes guiaron, por ciertos lugares distrayéndolos de su objetivo, el oro.

Las primeras luces que vislumbraron la expedición le permitieron ver un paisaje dominado por una selva espesa. Se presume que en estas tierras cercanas al río Piedras  habitaron los nativos; quienes vivían de la pesca, la caza y la agricultura; al igual que de los vastos frutos que la tierra les ofrecía como vitorias, chachafrutos, granadillas, chirimoyas, aguacates y más. Sin embargo, durante la ocupación española en Antioquia, como lo documenta el historiador Juan Carlos Vélez Rendón en su texto La configuración económica, política e institucional de Jericó 1840-1910, estas comunidades “resistieron todo intento de colonización de su territorio y, a pesar de los esfuerzos militares de los conquistadores Juan Vadillo y Francisco César, permanecieron habitándolo según sus costumbres nómadas. Así pues, el territorio del suroeste no fue integrado al dominio español durante los siglos XVI y XVII”.  Tiempo después la ocupación española provocaría una debacle en la población indígena que habitaba lo que es hoy Jericó, de manera que para cuando fue el momento de la colonización antioqueña en el siglo XIX, se encontraron con terrenos “baldíos” apropiados para fundar y repartir. Jericó, además de las riquezas del medio natural, el clima y su fertilidad, tenía una posición estratégica en el mapa para la apertura de caminos hacia Marmato y el Chocó con fines principales de explotación comercial.

 

Río piedras Jericó. Ilustración Laura Ospina

 

 

Ilustración: Laura Ospina Montoya

 

Más tarde, en 1835 los territorios del río Piedras pasaron a ser parte de la concesión Echeverri gracias a la entrega que hizo el Estado a tres prestamistas de la época de guerras de la independencia. Gabriel Echeverri, Juan Santamaría y Juan Uribe Mondragón recibieron 160.496 fanegadas —una fanegada es equivalente a una cuadra de 6.400 m² de tierra— en las “montañas de Caramanta”.

Fue la familia Santamaría la encargada de alumbrar el proceso de fundación del hoy municipio de Jericó. Santiago, el cuarto entre cinco hermanos, se asentó en el territorio que le pertenecía a su padre y motivó a familias de otros pueblos antioqueños, especialmente Rionegro, Marinilla, Envigado, Amagá y Fredonia, a establecerse allí y hacer productivo ese suelo. El fundador ofrecía parcelas a cambio del trabajo que se realizara en la construcción de caminos.

El Presbítero Jorge E. Álvarez Arango cuenta en la Revista Jericó que el primer camino hacia Jericó se trazó, según su lógica, tomando el camino desde la desembocadura del río Piedras en el Cauca y, siguiendo el cauce de éste, “subieron por lo que es hoy el camino de la Tulia que luego fue por muchos años el camino de herradura de Jericó hacia Medellín, antes de que se abriera la carretera, obra del ingeniero doctor Cástor Correa”. Este tipo de apropiación del territorio llevó a que el primer nombre de Jericó fuera “Aldea del Piedras”, una bella nominación a partir del entorno natural.

Juan Carlos Vélez Rendón nacido en Jericó y docente e historiador de la Universidad de Antioquia, cuenta sobre las paradojas del territorio: “esta zona que uno podría ver desde la geografía como un poco cerrada se activó productiva y socialmente por las dinámicas del mercado mundial y las ideas liberales del progreso que vinieron desde el siglo XIX. Esa zona tan protegida por la Cordillera Occidental, primero se activó productivamente a partir de la ganadería, carnes y cueros para el exterior y para ayudar a una industria minera que en ese momento estaba por fuera del suroeste antioqueño, especialmente en Marmato”.

Santiago Santamaría tuvo un método colonizador muy cercano con las familias que allí decidieron habitar pues, como se dijo antes, las proveyó de pequeñas tierras, dinero, herramientas, ganado. Esto permitió consolidar la pequeña y mediana propiedad que fue la encargada de dibujar el paisaje que hasta hoy permanece, es decir esas pequeñas fincas cafeteras basadas en la producción familiar.

Santiago Santamaría Bermúdez fue admirador de José Félix de Restrepo, especialmente por las ideas de libertad e independencia que él siempre difundió. Fue gracias a este educador, magistrado y pionero en la abolición de la esclavitud, por quien desde el 9 de octubre de 1852 el pueblo pasó a llamarse Felicina.

Para 1853, el municipio tomó su nombre definitivo, Jericó, a través de la Ordenanza 15 del 13 de diciembre. Este nombre se instituyó gracias a la propuesta del Obispo Juan de la Cruz Gómez Plata, para recordar ese faro que guió  hasta la ciudad que Dios le prometió a Abraham, a Isaac y a Jacob, tierra próspera y fertil donde también creció un gran pueblo y que representó un nuevo amanecer para los cristianos.

“Usted hoy puede advertir en el paisaje que es una zona donde se combinan la pequeña, mediana, y gran propiedad. Hasta el día de hoy eso ha sido una constante y permite no solo equilibrios productivos sino también sociales muy importantes, porque las personas generan un arraigo muy particular debido a que la estructura de propiedad rural, más que generar conflictos, los ha evitado o no los ha hecho tan fuertes como en otras zonas donde la existencia de la gran propiedad genera muchas tensiones”, explica Vélez Rendón.

Esta configuración del territorio, tan resguardada de las otras zonas del país gracias a las murallas que han sido las Cordilleras Central y Occidental, no fue impedimento para que Jericó siguiera alumbrando caminos más allá de los cercanos pueblos de Andes, Támesis y Caramanta. Tanto así que, primero con recursos privados y después reforzadas con inversión del Estado, las rutas se extendieron hasta lugares como Marmato, Cartago y Supía, lugares hasto donde llegaban las reses criadas en Jericó.

Este devenir tuvo clara influencia en el desarrollo que se dio con el café a partir de 1880 y que se consolidó a lo largo del siglo XX como uno de los productos que impulsó la economía no solo del pueblo sino de gran parte del suroeste; reiterando la conexión permanente con el exterior pues es un producto que se exporta y es reconocido fuera del país. De la mano del café, se desarrollaron otros espacios productivos que convirtieron a Jericó en un municipio de tener una economía de subsistencia a uno de economía de mercado, especialmente desde inicios del siglo XX.

Los archivos nos cuentan que hacia 1909 se creó la Fábrica de Tejidos de Jericó S.A. que duró hasta mediados de la primera década y Eugenio Prieto Berrío, recordado por Vélez Rendón,  lo narra así: “Ciertamente es increíble que aquí donde parece que viviéramos alejados de todo movimiento mundial, encerrados como en una ergástula formada naturalmente, donde nos asfixiamos por falta de válvulas que den vida a nuestro tráfico con el exterior, se lleven a efecto obras como el alumbrado, la trilladora y la fábrica a que nos venimos refiriendo, movido todo por la luz eléctrica”.

Con el paso de los años, la industria manufacturera  dio a luz a grandes empresas en sectores tales como helados, trapiches, trilladoras, piladoras de maíz, imprentas, gaseosas, hielo, talabarterías y muchas más. Los caminos fueron los articuladores que permitieron la entrada y el fluir de las ideas, de la cultura y de una economía floreciente. Para amanecer en los días actuales en los que los carrieles, el turismo y los recorridos por fincas cafeteras jalonan la economía de esta tierra que sigue prometiendo mucho para lugareños y visitantes.

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