Jericó tuvo su primer Hay Festival

Por Paula Carolina Sánchez

El viernes 25 de enero llegó el día que había generado tanta expectativa entre muchos jericoanos durante toda la semana. En el parque principal del municipio se aglomeraron 750 personas, visitantes y locales, para presenciar la proyección de Jericó, el vuelo infinito de los días, y escuchar a su directora Catalina Mesa conversar con algunas de sus protagonistas, que constituían el evento inaugural del Hay Festival Jericó, que por primera vez se realizaba en el pueblo.

La expectativa no era para menos. La ocupación hotelera estaba al máximo desde varios días antes, los restaurantes y cafés contrataron personal extra para atender a todos los visitantes y las personas del pueblo veían como se levantaban en el parque una gran tarima y dos bibliotecas móviles de Comfama que tuvieron todo el fin de semana actividades y lecturas para los más pequeños del municipio. Todos hablaban del Hay Festival.

Y es que este evento a nivel mundial, que nació en Gales con el interés de encontrar en un mismo espacio literatos, músicos, cineastas y diferentes personalidades del mundo académico, ya se expandió a países como  México, Italia, Brasil, España, Perú y Colombia. En nuestro país se realiza actualmente en Medellín, en Cartagena de Indias y, este año por primera vez, en el municipio de Jericó apoyado principalmente por Comfama.

LLegado el día, la acogida no decepcionó. Durante todo el fin de semana 4.100 asistentes acudieron a las charlas que tuvieron lugar en el Teatro Santamaría y en el Museo Municipal MAJA, que agotaron su boletería días antes del evento, y por supuesto tuvieron lleno total y hasta personas afuera de los auditorios buscando poder comprar alguna entrada para escuchar a Carlos Magdalena, reconocido bótanico del Kew Garden, hablando sobre su libro El Mesías de las plantas que narra sus experiencias recorriendo el mundo en busca de plantas olvidadas a punto de la extinción; a Juan Gabriel Vásquez conversando sobre la importancia de la ficción, especialmente el cuento, en la recuperación de nuestra historia como país a propósito de su libro Canciones para el incendio; o a Pilar Quintana y Santiago Gamboa que le contaron a su público cómo enfrentarse a la hoja en blanco a la hora de escribir.

El sábado compartieron con los asistentes otros invitados como Héctor Abad Faciolince contando cuáles fueron los libros que lo marcaron como literato, el portugués Jerónimo Pizarro quien conversó con Luisa Restrepo sobre todo el proceso de un libro hasta su producto final, y Vlado quién con Pascual Gaviria comentaron acerca de Cuando la realidad supera a la sátira y al humor.  

Durante la jornada se realizaron además varios talleres y conversatorios dirigidos exclusivamente al público escolar del municipio de Jericó.

Finalmente fue el grupo Puerto Candelaria el encargado de reunir 2.600 personas en el parque principal, a quienes les brindaron un espectáculo musical durante dos horas que cerró el día satisfactoriamente.   

El domingo, en una jornada de medio día, los asistentes escucharon en el Museo Municipal MAJA hablar sobre Aquellos años del Boom, el grupo de amigos que lo cambiaron todo al periodista español Xavi Ayén en conversación con Juan Diego Mejía, y La voz de las mujeres en el periodismo a cargo de las periodistas Sabrina Duque y Paula Jaramillo.

Mientras tanto, en el Teatro Santamaría, la poesía abría el día con Horacio Benavides en conversación con Lucía Donadío quienes conversaron sobre la importancia de este género literario, seguido de una conversación entre la chilena Alejandra Costamagna quien habló con Mónica Quintero sobre su libro El sistema del tacto, que evoca historias de desarraigo, y finalmente cerró este Hay Festival Jericó Jorge Orlando Melo, que con sus Historias Mínimas de Colombia, libro ya considerado un texto biográfico de nuestra historia, le habló a los asistentes en compañía de Saúl Álvarez sobre los hallazgos encontrados en él.

Días después aún se comenta sobre lo que fue esta primera versión del Hay Festival Jericó, los buenos números que generó para el comercio sobretodo hotelero y gastronómico, y la importancia de seguir fomentando en un municipio históricamente marcado por la cultura, la literatura y las artes, la presencia de este tipo de eventos. Mientras se viene la espera por la ya anunciada segunda versión del Hay Festival Jericó para 2020, Jericó vuelve, poco a poco y como bien lo ha recordado Carolina Mesa, al vuelo infinito de sus días.

¿Cómo recibieron los jericoanos el Hay Festival ?

 

Hacienda Cañasgordas

Tras las huellas de la memoria

Maria Jimena Padilla Berrío

 

 

Fue un vuelo tranquilo, el viaje demoró alrededor de una hora, aterrizamos sin contratiempos en la tierra del Alférez Real, el que inmortalizó José Eustaquio Palacios.

Fue un vuelo tranquilo, el viaje demoró alrededor de una hora, aterrizamos sin contratiempos en la tierra del Alférez Real, el que inmortalizó José Eustaquio Palacios. El inmenso valle que se divisaba era resguardado celosamente por los célebres Farallones de Cali, que vienen a ser parte, dentro de la geografía colombiana, de la Cordillera Occidental de los Andes Colombianos.

Atravesamos la ciudad sin mucho contratiempo, y al cabo de un rato, luego de una parada técnica a desayunar empanadas vallunas, nos asomamos a la entrada de la Hacienda Cañasgordas, la cual, a estas alturas, con la expansión urbana de Cali, hace parte ya de la urbe de la ciudad, rodeada de zona residencial y gratos restaurantes, a pesar de que en la obra de José Eustaquio, publicada por aquéllos días en los que Manhattan asistía a la histórica puesta en escena de la estatua de la Libertad, la Hacienda quedaba en las afueras de Cali.

En la novela, que cuenta la historia de amor que empezó siendo un imposible y terminó en un desenlace inesperado, también se relata la vocación económica de Cali hacia finales del Siglo XVIII, así como el comercio y la ocupación de los esclavos por aquéllos años. Se sumerge también, la novela, en el mundo de la entrañable Hacienda Cañasgordas, la cual, para la época, simbolizaba poder, abundancia y lujo.

Nos recibió Duván, un joven bastante interesado por la Hacienda y la preservación de su legado, quien nos hizo pasar mientras esperábamos a Maria Helena, la directora de la Fundación Cañasgordas, quien en los últimos tiempos ha estado al frente de la recuperación de este espacio, trabajando día y noche, poniendo su alma, mente y corazón al servicio de la cultura y la historia, con una sensibilidad tan profunda por todo lo que representa la Hacienda que lo demuestra en su entusiasmo cuando habla.

Mi compañero, el que iba a tomar las fotografías, arrugó la cara cuando vio el montaje de una tarima con carpa que yacía en todo el frente de la Hacienda, llevaba días pensando en las fotografías que sacaría sobre la Hacienda y en poco contribuía a los planos que quería sacar aquel montaje, el cual se iba a estrenar el 3 de julio que se avecinaba, conmemorando 207 años de la Independencia de Cali, hito histórico con el que la Hacienda tuvo mucho que ver.

Perturbado todavía por la tarima, John desenfundó su lente y nos dispusimos a recorrer el interior, atraídos por la paz que se respiraba en el lugar, el verde que lo cerca y el sonido inconfundible de la naturaleza que yace apacible. Duván y Maria Helena tomaron la delantera, guiando el camino y hablando un poco sobre los años de abandono, de las condiciones deplorables en las que habían llegado a ver la Hacienda, y de los años de decadencia que amenazaron con echar al piso el valor histórico del lugar.

Nos detuvimos en el corredor antes de atravesar una puerta gigante que estaba detrás de nosotros, mientras Maria Helena nos señalaba unas ruinas justo a un costado de la entrada, indicando que en ese lugar funcionó, en los años del Alférez Real, el ingenio de la Hacienda. Dimos la vuelta y entramos, atravesamos las gruesas paredes que daban cuenta de la antigüedad de la casa, mientras nos señalaban, como evocando al pasado, que en ese lugar quedaba el comedor, y que era gigante.

Las paredes eran blancas, estaban recién pintadas y trataban de ser lo más fieles posibles a ese mundo de otrora que quieren rescatar para la historia y la memoria. Del otro lado estaba la cocina, y atravesando el corredor, al final, las escaleras hacia el segundo piso. Entramos en la plancha de arriba, caminamos por las habitaciones, atravesamos una sala en la que hacía presencia el padre de la capilla de la Hacienda, y llegamos a la habitación del Alférez, desde donde se divisaba todo el frente de la Hacienda, lo que le permitía estar al tanto de quienes entraban y salían de Cañasgordas.

A un costado de la habitación había una ventana que daba a otro margen de la Hacienda, desde donde se podía apreciar el boceto de lo que en otrora fue la Capilla, y a unos cuantos metros, una fosa que daba cuenta del cementerio, donde enterraban los esclavos que fallecían en la Hacienda, los cuales se ocupaban de la ganadería, el ingenio y los demás oficios que se requerían tanto para la empresa productiva como para el servicio de la casa.

La Hacienda Cañasgordas, hoy convertida en la expectativa de un lugar que abrirá sus puertas a quienes quieran conocer un poco más sobre la historia política y cultural de Cali, debe su nombre a las guaduas que alberga en su vegetación, las cuales se conocían en aquellos años como Cañasgordas. Además, si se tiene en cuenta que en este lugar se dieron encuentro líderes de la gesta independista, que más tarde llevaron a la emancipación española, la Hacienda se erige como un lugar de memoria nacional, que da cuenta de un momento importante en la historia de nuestro país.

Su vasta extensión, la que en antaño ostentó, se reduce hoy a 10 hectáreas, en las que se conserva la estructura de la casa, el lugar donde quedaba la Capilla y el cementerio, así como el ingenio. El resto del terreno, convertido hoy en condominios y edificaciones, eran extensiones de tierras dedicadas a la ganadería.

Su memoria, la que el país optó por recuperar desde que la declaratoria Patrimonio Histórico, y desde que se instó al Estado a aportar los recursos necesarios para su recuperación y preservación, se instalará en la región del suroccidente de Colombia para dar cuenta de dónde venimos, de la importancia de honrar nuestras raíces y salvaguardar un legado.

Va a ser un museo, y promete honrar la memoria de la sociedad a la que se debe. Dentro de las cuentas que hace Maria Helena, se planea también una zona de restaurante, de picnic, de eventos, todo dentro de un plan estratégico de sostenibilidad, sin dejar de lado la importancia de transmitir, de generación en generación, el valor histórico que este lugar ostenta dentro de nuestra trayectoria. Cuando abra sus puertas, La Hacienda será un lugar de referencia para visitar en la región, donde no solo habrá diversión, sino también historia y tradición.

El guarniel jericoano | Historia y manufactura de un accesorio antioqueño

Rubén Darío Agudelo y su familia han dedicado gran parte de sus vidas a la elaboración de el guarniel jericoano. Máquinas centenarias para coser el cuero, una enorme variedad de este material y personas sumamente pacientes hacen parte de estos talleres en los que se detiene el tiempo.

Estos accesorios, con alrededor de 115 piezas, son el producto que durante más de 130 años algunas familias jericoanas han intentado mantener. Sin embargo, su compleja y dispendiosa elaboración preocupa a quienes durante toda si vida han asumido este oficio, pero que con el paso de tiempo han quedado con cada vez menos jóvenes aprendices.

Este es un recorrido visual por las piezas, los colores, las formas y las texturas de uno de los objetos de vestir más intrincados de los atuendos antioqueños que necesita tanto de la precisión de las manos como de la afinación de los ojos.

Jerico se destaca por producir una de las piezas mas iconicas de antioquia logrando representar a nivel internacional parte de nuestra identidad cultural. El guarniel hace parte de esas identidad cultural reconocidad en todo el mundo.

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