Las casas de Inger Lise-Kristoffersen

Inger Lise-Kristoffersen Ilustración Laura Ospina

Inger Lise-Kristoffersen utiliza la ilustración como su herramienta artística y cada lugar que ha visitado como insumo para acumular recuerdos y potenciar su arte.

Por Andrea Uribe Yepes
Ilustración: Laura Ospina Montoya

Para la ilustradora nórdica Inger Lise-Kristoffersen (1949) la casa es cualquier lugar donde pueda ser creativa con su trabajo, donde su imaginación permanezca inagotable, activa. Hoy esto le sucede en su casa en Copenhague, Dinamarca –donde tiene dos habitaciones destinadas como estudio y una pequeña imprenta– pero también ha sido en Hong Kong, Colombia y Suecia. De cada lugar suele atesorar recuerdos, colores y pensamientos reales y de mentiras que más tarde –tal vez– alcanzan a ocupar sus ilustraciones, pinturas y grabados que casi siempre terminan en libros pensados para quienes disfrutan leer imágenes.

Inger ha habitado Colombia de muchas maneras. La primera vez que llegó fue cuando tenía 11 años de la mano de su tío. Él era era ingeniero y construía túneles en La Dorada y Rionegro, la trajo a vivir con él y su familia de tres primero a La Dorada y más tarde a Medellín. De esa época recuerda lo que sucedió, con quién se encontró y su vida que era, dice, alegre. Estuvo en el país de 1961 a 1965 pero no se ha ido del todo; eventualmente regresa a eventos y talleres y con la editorial bogotana Caín Press ha publicado El hombre, la mosca y la chica monstruosa (2014) y La chica en busca de su sombra (2019). Colombia es, de alguna manera y por ratos, una de sus casas.

Usted nació en Dinamarca pero muy pequeña se vino a vivir a Colombia, ¿por qué sucedió esto?

Mi madre murió de cáncer cuando yo tenía 6 meses de nacida entonces muy pequeña tuve que irme a vivir con mi abuela, luego con una hermana de mi padre y su familia de cuatro –tal vez el momento más feliz de mi infancia– pero a los 5 años tuve que regresar con mi abuela. Cuando cumplí 11 años un hermano de mi padre, que era ingeniero y no había conocido antes, en medio de una larga cena danesa y algunas cervezas me propuso una aventura: irme a vivir con él y su familia de tres a Colombia. Recuerdo haberle dicho a mis compañeros de clase que iba a viajar a América del Sur y nadie me creyó.

¿Y cómo fue llegar a La Dorada, Antioquia?, ¿qué imágenes recuerda?

Llegué a La Dorada en 1961. Era un pueblo pequeño de caminos polvorientos. Recuerdo que cuando llegué me tocaba únicamente mirar y escuchar porque no hablaba nada de español. Hacía mucho calor, tanto que la ropa de verano que tenía no me sirvió y mi tía me llevó donde una costurera para hacer 3 vestidos sin mangas. Recuerdo también que no podía andar sola por las calles ni jugar por fuera de la casa, aunque mi tío nos llevaba casi todos los días a una piscina que quedaba lejos del pueblo para refrescarnos, allí aprendí a nadar y allí también comí mis primeros tamales, muchas frutas y verduras y pescados. Todo era nuevo y sorprendente para mi. También fue bonito el proceso para aprender español en una escuela donde solo habían dos clases y una maestra.

¿Y tuvo lecciones de arte allí?

Las lecciones de arte consistían en copiar cosas que estaban ya ilustradas en un libro. Traté de pedirle al profesor que me permitiera a mí y a mis compañeros hacer dibujos libres con cosas que salieran de nuestra imaginación, pero no me entendían porque mi español era muy básico. Eso fue muy triste.

¿Cree que algunas de esas imágenes que tiene de La Dorada influyeron en su arte de alguna manera?

No, no utilicé ninguna de mis experiencias de La Dorada o Colombia hasta ahora en mi obra de arte de forma directa. Creo que sobre todo cuando estoy lejos de mi país, más escandinava soy y mi arte también. Pero tengo muchos recuerdos intactos de esa época.

Luego de Colombia se fue a vivir a Hong Kong, ¿allá sí tuvo clases de arte?

Allí viví desde 1965 hasta 1967, cuando Hong Kong era una colonia inglesa. Fui a una escuela de inglés y allí tuvimos la mejor educación de arte, allí dibujé por primera vez con modelos. En arte sacaba las mejores calificaciones y esas clases fueron de gran importancia para mí.

Usted pinta, dibuja y hace grabado, ¿hay una técnica que prefiere?

He probado toda una gama de diferentes técnicas, desde acuarela, acrílico, pintura al óleo, dibujo a tinta, dibujo a lápiz y collages, hasta impresiones gráficas. En la escuela de arte tuvimos una clase de impresión en lino que me encantó. Desafortunadamente, los editores no estaban listos para las ilustraciones de corte de lino en ese momento, incluso ahora es acuarela o dibujo lo que eligen sobre todo en libros infantiles. Si quiere hacer algo fuera de lo común, es a los pequeños editores con los que tiene que ponerse en contacto, ya que están más abiertos a nuevas ideas.

Inger Lise-Kristoffersen La niña en busca de su sombra

¿Por qué le interesó hacer libros para los más pequeños?

La razón por la que hice libros infantiles desde el principio fue que casi no había libros para adultos que debían ilustrarse aparte de los libros de aves, peces e insectos. Ahora es un poco diferente, los ilustradores han comenzado a ilustrar para adultos y la mayoría de los ilustradores también son los escritores. Creo que la razón por la que sigo trabajando con el libro infantil es que puedes usar tu imaginación de una manera más vulnerable e infantil, pero quién sabe con qué trabajaré en el futuro.

¿Cree que tiene un estilo?

Creo que no, pero cuando miro mi arte definitivamente veo que tiene una personalidad reconocible.

Inger Lise-Kristoffersen La niña en busca de su sombra

¿Cuáles artistas o ilustradores suele mirar cuando necesita alimentar sus ojos, inspirarse?

Cuando era joven solía revisar Matisse, Paul Gauguin, Picasso, David Hockney y los surrealistas. Me gustaban los collages de Max Ernst y las películas de Man Ray. Ahora me gusta mirar autores e ilustradores suecos como Elsa Beskow o finalandeses como Tove Jansson o ingleses como Oscar Wilde. Las películas mudas y a blanco y negro son una gran fuente de inspiración sobre todo para mis libros que no tienen palabras como El hombre, la mosca y la chica monstruosa y La chica en busca de su sombra.

¿Tiene un color que prefieras usar o que te obsesione?

No tengo un color favorito, es la obra de arte la que define qué color va a llevar. Pero trabajar solo con blanco y negro, para mí, es alejarse de toda fantasía y ver solo la verdad.

Inger Lise-Kristoffersen La niña en busca de su sombra

 

“Escribo para un mundo simple, descomplicado”: Oliva Sossa de Jaramillo

Cada pueblo tiene quién lo escriba. Oliva Sossa de Jaramillo es una de las escritoras jericoanas más importantes con cuatro libros de poesía publicados y una extensa obra inédita. Asumió los oficios de escritora y madre con el esmero de los seres creativos.

Laura Ospina Montoya

 

Oliva Sossa de Jaramillo creció con la familia del médico José Domingo Gómez Moreno, en una casa de una esquina del parque de Jericó. Era de tapia, colgaban las macetas y había una habitación del «coco», un fogón de piedra y un solar para jugar.

La casa de la esquina, escribió Oliva, tenía cuatro balcones para un lado y tres para el otro desde donde ella miraba los muchachos, escuchaba las canciones de la cantina de enfrente y veía pasar «la vida provinciana». La casa tenía un patio de abajo por donde había una puerta de abajo y entraban las personas de abajo. En el patio, los niños hacían fila los domingos para que María los bañara con sus «elementos de tortura». Trece niños llenaban la casa y gastaban el tiempo contándose historias de Los hermanos Grimm, Alicia en el país de las maravillas, Barba Azul y Alibabá y los 40 ladrones. Oliva presidía estas reuniones que fueron su primer contacto con la literatura e hizo que en las noches la casa se llenara de monstruos. Había seis habitaciones amplias y se vivía el encierro del paraíso, sin muchos medios de comunicación ni alguna guerra. Por eso en esa época «el tiempo rendía» para robar golosinas y parva trenzada, espiar a las visitas, atrapar a doce oyentes pequeños con historias de espantos autóctonos, temer al ruido de los búhos, apachurrar gusanos como máxima forma de violencia y desconocer el aburrimiento.

Luego los niños de la fila empezaron a saber cuánto era un día, cuánto medía la semana; tuvieron conciencia del tiempo. Crecieron. Oliva, la mayor de todos, dejó la casa de la esquina por un amor que vino de afuera, se casó de negro, no sabía ni cocinar y es que en la casa de la esquina, María era la que se encargaba de esos oficios «rudos».

 

Una novela

Máquinas de escribir Oliva Sossa de Jaramillo
Máquinas de escribir de Oliva Sossa de Jaramillo.

Durante la década de los setenta Oliva escribió La casa de la esquina, una novela inédita todavía guardada en una caja de cartón que contiene además toda su obra y memoria escrita. Reescrita, mecanografiada, corregida en azul, húmeda, amarilla por el tiempo. Esta novela, escribió Oliva en un papel suelto, «nos devuelve a un mundo limpio, idílico, con aromas de nardos y azucenas refrescantes, amores que devuelven al alma la inconsciencia perdida entre las brumas del televisor y la magia demoledora del computador que reproduce escenas de sexo y violencia a un mundo ávido de poder y dinero».

Esta novela contiene el material en prosa más extenso que ha escrito Oliva y cuenta su infancia al lado de doce niños en esa casa, narra cómo es llegar al «temido mundo de los adultos» y cómo otra vez, en otra casa, esta vez la suya, vuelve a estar acompañada de doce niños, todos salidos de su barriga. Este relato es filigrana de la imagen literaria hecha documento histórico. En este texto, los ojos de Oliva permancen dentro develando su mundo interior, mientras que el exterior solo aparece en lo que se mira por su ventana.

Al momento de su nacimiento, en 1928, el primer carro había llegado a Jericó en mula hacía apenas cuatro años. La luz eléctrica tenía un poco más de 20 años y solo encendían los bombillos durante la noche. Después de Medellín, Jericó fue el primer municipio de Antioquia en tener luz eléctrica, lo cual sentaría un precedente importante para el crecimiento de diferentes industrias, sobre todo textiles.

En 1930 funcionaba en el parque el Club Colombia, un lugar con «derecho de admisión reservado» que solo acogía a personas de la «alta sociedad»: políticos, empresarios o intelectuales, servía como sala de recepciones y tertuliadero literario. La entrada de las mujeres allí se consideraba inmoral e impropia. Más tarde, en los bajos de este edificio funcionó el Café femenino, el cual administraba una señora «de lo más empinado» llamada Conchita Uribe. Fue el primer café que significó para la mujer jericoana un espacio de liberación en el que el clero y una sociedad profundamente conservadora dejaban de tener relieve. Fue en esta década en la que las mujeres empezaron a concurrir otros cafés, a acceder a una educación formal y a participar en la vida pública.

Tres de los seis colegios que había en Jericó mientras creció Oliva eran femeninos: Colegio de la Presentación (1906), Colegio de María (1916) y Colegio del Perpetuo Socorro (1938). Cuenta el comunicador Nelson Restrepo Restrepo que «Todos eran privados, algunos con cierto apoyo del ente municipal con auxilios y dotación. Se accedía de manera libre, en todos se pagaba matrícula y mensualidad. Unos con mayor exigencia en libros, uniformes y elementos de estudio lo que hacía que accedieran personas de familias pudientes».

 

La infancia, Antioquia y las mujeres que escriben

Oliva Sossa de Jaramillo

 

La infancia de Oliva estuvo inmersa, entonces, en una época de grandes cambios industriales, políticos y culturales del país. Por un lado, las ciudades más grandes recibieron el impacto de la modernización y de los movimientos liberales y por otro, se consolidaron importantes grupos de artistas e intelectuales. En Medellín, desde hacía algunos años, los Panidas ya habían provocado un alboroto en las letras de Antioquia con Tomás Carrasquilla, León de Greiff, Luis Tejada y otros que sumaron trece. En 1919, La Sociedad de Mejoras Públicas convocó el primer concurso de literatura femenina en el que participaron 52 mujeres y reveló los temas, los miedos, las formas, los recursos, el humor y el conocimiento de las nuevas escritoras antioqueñas en la artesanía de las historias. Tomás Carrasquilla diría de este concurso:

 

«Para la gente filistea, rancia y pacata, que ve en las letradas algo nefando y abominable, aquel concurso asumió, desde luego, caracteres de cosa escandalosa. […] Para otros, no muy cristalizados en los en los prejuicios, aquello era un avance imprudente y prematuro, hacia un adelanto que no cabe todavía en nuestra época y en nuestro ambiente. En cambio, los espíritus nuevos, fundidos en los moldes de evoluciones y progresos, vieron en la ocurrencia algo sublime y redentor. Los más entusiastas, empero, aseguraban que no llegaría a dígito el número de producciones enviadas, creyendo no pocos en que el concurso iría a declararse desierto. ¿Qué mujeres iban a escribir en Antioquia?» (Citado en Pérez, 2000).

 

En 1922 Lola González Mesa, educadora y rectora del Instituto Central de Mujeres —el actual CEFA— y más tarde de Bellas Artes, «dijo en una conferencia dictada en el paraninfo de la Universidad de Antioquia que las señoritas de clase media, “en los últimos doce años han llevado a cabo un verdadero despertar más consciente y más lleno de deberes que cumplir. Era imposible para la mujer resignarse a llevar solamente una vida de costurero y visitas, de ser una muñeca preciosa en espera de marido, y cuando éste llegara, someterse incondicionalmente a su voluntad”» (Londoño, 2003).

Oliva era una de esas mujeres que cuando se casó no sabía ni cocinar ni coser. Cuando empezó su vida «sencilla de mujer de clase media» se encontró sin saber cómo despachar al marido —mensajero del Banco cafetero y amante de la pesca— para el trabajo. El primer día no pudo prender el fogón de la hornilla que funcionaba con carbón, le dieron las ocho de la mañana, él llegó, ella corrió y se escondió avergonzada de no saber preparar un chocolate espumoso con una arepa. Luego fueron llegando los hijos a la nueva casa, uno tras otro, cada año uno: Maria Isabel, Mariaelena, Antonio José, Carlos Eduardo, Luz María, Francisco Javier, Jorge Alberto, Álvaro, Ana Sofía, Rosalba, María Eugenia y Luz Amparo. Las últimas fueron gemelas. Mientras tanto, escribía.

«Cuando menos pensaba uno estaba durmiendo y a las dos o tres de la mañana la máquina de escribir nos despertaba: “chiqui, chiqui, chiqui”, se le vino un poema. En el bolsito no le podía faltar su libreta y su lapicero. Usted estaba hablando con ella y decía: “perdoname” y sacaba la libreta para escribir alguna cosa», cuenta su hija menor, Amparo, la que la cuida y quien además guarda como recuerdo preferido el de su madre dando clases de mecanografía en casa con cinco máquinas de escribir a las que les tapaba las teclas con esparadrapo.

Oliva trabajó como tesorera municipal, secretaria del concejo municipal, secretaria académica del Inem Roblecabildo, directora de la sección literaria del periódico Ecos del Piedras y fue miembro del Centro de Historia de Jericó. Éste último fue su casa literaria durante muchos años. En la Revista Jericó, órgano del Centro, hizo sus primeras publicaciones que con los años se acumularon volviéndose uno de los repositorios más importantes de su obra.

 

Los libros

Oliva publicó su primer libro Cuando pasa la brisa. Poemas el 26 de diciembre de 1978 a sus 50 años. En ese mismo año, la Revista Jericó, presentó una lista de 82 escritores locales y solo 7 eran mujeres entre las que se encontraba Oliva: Luz Bohorquez de Raigosa, Madre Laura Montoya, Dolly Mejía, Ruth Mesa de Isaza, Fabiola Mesa Buitrago, Oliva Sossa de Jaramillo y Luz Vallejo Zuluaga. El segundo libro, Tierra quemada, lo publicó en 1981; el tercero, Vino tinto, en 1990; y el cuarto, Me contaron las estrellas, en 1995. Todos sus libros fueron producto de una formación autodidacta en el oficio de escribir que Oliva ejercía de manera incansable. «Ella era muy independiente. El liderazgo de una mujer en ese tiempo era muy escandaloso», atina a decir Amparo sobre el hecho de que su madre todo el tiempo escribiera y que en el pueblo fuera una figura visible por eso, por asumirse como escritora, como una mujer creadora. Su esposo parece no haberlo soportado; una vez le dedicó una canción que decía «para qué los libros» y se fue. Oliva quedó al cuidado de sus doce hijos y dicho evento atravesaría el resto de su obra.

En los años noventa, Oliva, Faustina Alzate, José Jairo Peláez, y Silvio Villa, todos escritores, conformaron La Peña Literaria: un grupo de lectura y discusión de textos que además tenía por objeto una publicación mensual en papel, diseñada en máquina de escribir, llamada Luna llena. Esta revista se distribuía en fotocopias, de pocas páginas, en todo el pueblo; en la editorial reflexionaba académicamente sobre el proceso creativo de la escritura y en las siguientes páginas publicaba textos de los escritores miembros e invitados y contaba con las ilustraciones de dibujantes locales como José Jairo Peláez y Alonso Santa. “Mi mamá se sentaba con un grupito, se sentaban a tertuliar, tomaban vino. Les ofrecía algo, almuerzo y tinto. Y nosotros, chiquitas, no entendíamos nada”, recuerda Amparo de estas reuniones que precedieron los más de cien números de Luna llena.

 

Oliva Sossa de Jaramillo y Silvio Villa
Izquierda: Silvio Villa; derecha: Oliva Sossa de Jaramillo. Foto: cortesía de la familia.

Oliva hacía poesía clásica. La familia, la casa, el amor, la modernización, la injusticia, la religión y su entorno inmediato fueron los temas que abordó tanto en su obra publicada como en la que permanece inédita.“Doña Oliva le hizo poemas a todo el pueblo, por encargo o por la motivación de ella”, dice Silvio Villa quien además la recuerda como una mujer que escribía todo el tiempo, imparable en su afán creativo. Él, tanto como muchas de las personas cercanas al proceso literario de Oliva, reclaman que la mayoría de su obra no esté publicada. A menudo Oliva mencionaba la dificultad que supone la publicación de un libro por la complejidad del asunto editorial y, principalmente, porque un libro, dice ella, necesita padrinos, es decir, de unos “otros” ilustrados que avalen la obra. Oliva se cansó de eso, pero siguió escribiendo y, sobre todo, leyendo. La línea: “Escribo para un mundo simple, descomplicado” es parte de un poema que se titula “Los otros”, aparece en el libro Vino tinto (1989), y contiene la esencia de su obra que está llena de asombro por las cosas que tiene justo frente a sus ojos.

 


Referencias
Pérez Sastre, Paloma. (2000). Antología de escritoras antioqueñas, 1919-1951. Medellín: Secretaría de educación y cultura.
Londoño Vega, Patricia. (2003). La vida de las antioqueñas, 1890-1940. Banco de la República. Recuperado de http://www.banrepcultural.org/revista-72.
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