La azotea | Fernanda Trías

Daniela Zapata

 

 

Todo empieza con una imagen en las primeras líneas: “Si llegaran en este momento me encontrarían sobre la cama boca arriba, en la misma posición en la que me deje caer cerca de medianoche. Once treinta y ocho exactamente, la hora en que miré el reloj por última vez y la hora en que todo terminó.” (Trías, 2015. p, 7) La protagonista de esta novela teme y espera; ella lo sabe y sabe que es el fin, que el mundo se le irá encima en cualquier momento. Su casa, su apartamento y la existencia que había creado junto a su padre y su hija, se resquebraja, y como una ola que se cierne por encima de su existencia, amenaza por engullirla. Esa primera imagen de ella tendida sobre la cama, va deslizando en la narración el miedo y la certeza que Clara tenía de que su vida, una vida que le costó conservar en una crisálida donde todo funcionaba bajo su control, no duraría para siempre.

Las primeras grietas en las paredes de su realidad fueron causadas por las sospechas sobre la señora Carmen y sus preguntas entrometidas: ¿quién era el padre del bebé? Deberías hacer esto y aquello para alimentar a la niña, y deberías llamar a la policía para que desalojen a esas escandalosas mujeres del 302, y otros consejos inocentes que implicaban decir más de lo necesario, que implicaban que otras personas la conocieran: ¿la policía? ¿Los vecinos? Pero Clara sabía que ellos sospechan de ella y cuando llegaran la hora de las preguntas no sería capaces de quedarse con una sola respuesta. Por eso cerro la puerta de su apartamento y  dejó las cuestiones sin responder.

El personaje de la señora Carmen, en los primeros momentos de la historia parecía ser el único personaje externo que tenía contacto con Clara, pero fue perdiendo sinceridad a los ojos de esta por querer saber más. Preguntas y sugerencias que no recibieron respuestas porque eso implicaba conocer las minucias de la vida de Clara, de su parte y de su hija Flor. Ella lo sabía y no se dejó caer en la trampa, cerró la puerta de par en par y le dio instrucciones estrictas sobre cómo debía hacerle los favores relativos al mundo exterior: el mercado y los objetos relativos a la limpieza.

 La azotea es una novela del encierro y de la fantasía ilusoria de encontrar en él la comodidad y la armonía entre la relación de tres personas, pero con el peligro de sentir siempre la sombra de la amenaza del mundo de afuera. El exterior era a lo que más le tenía miedo Clara, y el sentimiento de cumplir con las expectativas de su padre. Solo la pequeña azotea del edificio donde vivían era el único lugar que pudo encontrar ella para escapar de la existencia que había creado: el olor a pájaro, la escasez de comida, la inquietud de la pequeña Flor que no dejaba de preguntar por los pajaditos y su padre que deseaba salir y ella que odiaba el exterior que confabulaban para destruirlos. Pero la libertad y el consuelo de la azotea no duró lo suficiente. La amenaza de que vendría en cualquier momento la policía, las risas burlonas de la señora Carmen sobre su inefable fin y el triunfo del mundo sobre las cuatro paredes de Clara: ella, su padre, su hija y un pájaro que fue el único consuelo de su padre, fueron derrumbándose mientras llegaba el fin. “Yo los espero tranquila y me reservo una última risa apretada entre los labios secos. Una risa que va a sonar como un estallido en esa noche fría y acabada” (Trías, 2015. p,131) Solo el silencio de ese último momento llenó los rincones de la casa mientras quizás, se escuchaban los pasos a lo lejos.

Por Daniela Zapata. Licenciada en filosofía y letras de la Universidad Pontificia Bolivariana y librera. Medelllín, Colombia.

Nueva Antología de Luis Tejada | Gilberto Loaiza

Laura Ospina Montoya

 

 

La Nueva Antología de Luis Tejada, presenta la recopilación más completa de las crónicas que el periodista Luis Tejada Cano escribió para varios diarios del país en los años 20. Recopilaciones como Gotas de Tinta (1977) o Mesa de Redacción (1989) son aun incompletas para mostrar la integridad de este autor.

En general, los títulos son de una sencillez extraordinaria: Los bigotes, Las moscas, El pañuelo, La hora, Dormir, Las uñas, El pescador, Elogio del zapato, Los nombres, La vieja. Pero los contenidos no se quedan cortos, pues están llenos de sátira, humor, algunos de superficialidad pero otros de grandes reflexiones; y más bien, como dice Guillermo Loaiza en el prólogo del libro, Tejada es un ‘pequeño filósofo de lo cotidiano’.

Logra hacer trascendente lo efímero y contar lo maravilloso de lo cotidiano. La capacidad narrativa de Tejada, heredada de su ascendencia de familia ilustrada y de su bagaje que como lector llegó a adquirir a través de Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Gilbert K. Chesterton y George Bernard, lo convirtió en el “príncipe de los cronistas” colombianos y a sus textos en un material recomendado para científicos sociales que buscan entender la cultura colombiana y para periodistas por la claridad de su lenguaje y la fuerza de sus ideas.

Las nimiedades le eran más bien una excusa para retratar con cierta ironía cuestiones más profundas. “No sé por qué, el llevar la uñas muy pulcras entre nosotros indica todavía una rara aristocracia en la persona” (Las uñas, El Espectador, 28 de Febrero de 1921). Se divertía comparando el amor con un dolor de muelas. También le apetecían los temas abstractos, aprovechaba su “espíritu contradictor” para criticar abiertamente cosas como por ejemplo, la concepción que los colombianos tienen de esa felicidad que se define en la salud, el dinero y el amor, para él decir que la felicidad es “no desear nada, no poseer nada, no saber nada, porque el deseo es angustia, y el tesoro es honda preocupación, y el conocimiento que analiza y desnuda es desencanto”.

Memoria por correspondencia | Emma Reyes

Cuando la pintora colombiana Emma Reyes nunca pensó ni quiso ser reconocida como una gran escritora, la editorial independiente Laguna Libros publicó Memoria por Correspondencia en 2012 casi diez años después de su muerte.

Este libro recoge la historia de la infancia de la artista en 23 cartas dirigidas a su amigo, el intelectual Germán Arciniegas, en las que se revela una miseria casi divertida. La falta de comida, de luz, de agua, de amor y de todo son una constante en estas cartas que funcionan como cuentos, pero que, al contrario de generar un odio por las circunstancias, propicia la creación del mundo interior, sumamente poético y fantástico filtrado por los ojos de una niña de cinco años.

A los 20 años, Emma apenas estaba aprendiendo a escribir y luego de pasar por muchas dificultades, llegó a Argentina, se convirtió en pintora, trabajó en el taller del artista mexicano y esposo de Frida Kahlo, Diego Rivera, vivió en Italia y finalmente se radicó en París con dedicación exclusiva a su arte. Sin embargo, en Colombia su obra pictórica pasó casi desapercibida y es que durante su vida se privilegió más su historia de vida que su trabajo artístico; asunto del que siempre renegó. Uno de los artistas más importantes de nuestro país, Luis Caballero escribió una vez en un libro de Ramiro Castro que recogió textos críticos sobre la obra de Emma: “Hay pintores míticos, de leyenda. De los que se habla en torno a quienes se tejen y destejen anécdotas, pero cuya pintura se ignora. Emma es uno de ellos. Su enorme personalidad impide que se vea su obra para desventura de quienes aman la pintura. La leyenda de Emma se ha elaborado a partir de su propia vida a pesar de su obra; es por eso tal vez que su obra es ignorada”.

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